El Monasterio de San Lorenzo del Escorial es uno de los monumentos más sorprendentes que he visto. Su grandiosidad salta a la vista, comparándolo sobre todo con el pequeño municipio de San Lorenzo que lo acompaña en su ubicación y resaltada desde el mirador que subiendo por la calle Presa se encuentra en las faldas del Monte Abantos. Desde esta privilegiada posición, en plena Sierra de Guadarrama, el monasterio domina el horizonte, quedando a lo lejos Madrid y la silueta de sus torres.
Los 60 kilómetros que lo separan de la capital, un suspiro de trayecto en coche, se tradujeron en 8 días de paseo en silla elevada (muy al estilo de Abraracúrcix) para el rey Felipe II, principal propulsor de la idea de construir un palacio real cerca de la villa de Madrid en el que la familia del monarca pudiera habitar 3 de los 12 meses del año (al parecer, cada estación la pasaban en uno de los 4 sitios reales que hay desperdigados por el país). Su construcción se justificó como un homenaje a la victoria en la Batalla de San Quintín, el 10 de agosto de 1557, precisamente el día de San Lorenzo. El patrón de Huesca está definitivamente ligado al edificio: su muerte quemado en una parrilla se refleja simbólicamente por todos los rincones del monasterio; el cuadrado rayado con el asa es su logotipo, y hasta la estructura del mismo recuerda a una parrilla dada la vuelta (en las 4 esquinas hay unas torres, y el asa de la parrilla sería los aposentos reales que sobresalen de la base cuadrada del edificio).
Lo primero que se visita son las estancias reales, los lugares donde el monarca y su familia pasaban los días. No dejaba de ser una vida aburrida y monótona. Las habitaciones estaban separadas (incluso las del rey y la reina), rodeando la basílica para escuchar la misa desde una ventana y no tener que bajar a la iglesia; a los niños sólo los podían ver en una sala donde daban paseos y leían unos mapas; y, en el comedor, los monarcas no hacían ningún esfuerzo: nada más sentarse, su séquito se ponía manos a la obra, y, para el colmo de la vagueza, les metían los cubiertos con los alimentos en la boca para que los reyes no hiciesen ningún esfuerzo.
El palacio, de suma austeridad para ser real, copa sus paredes con cuadros de los Austrias, hasta que la dinastía desapareció (cosa lógica, pues se casaban entre parientes; al ver la sucuesión de los cuadros se nota en sus caras una cierta degradación con el paso de las generaciones, y el último, Carlos II, murió sin descendencia y con un aspecto físico no muy digno de rey). También se visitan la Biblioteca, un magnífico templo del saber con una cúpula que recuerda a la de la Capilla Sixtina; los jardines, las salas capitulares y la iglesia, aunque estos días estaba de reforma.
Pero sin duda lo que más me llamó la atención fue el panteón funerario de todos los Reyes de España. No sabía que todos los cuerpos yacientes de los monarcas españoles y de sus cónyuges, desde el primero de los Austrias hasta el último de los Borbones que ha fallecido, se encontraban en los bajos del monasterio. Este lugar, de una belleza extrema, fue construido por Felipe II para honrar a su padre Carlos I (el de la cantinela de "Carlos I de España y V de Alemania"). El lugar asombra a todo el que lo visita: una sala cilíndrica, con 26 huecos donde reposan veintiséis sarcófagos de oro y mármol negro sostenidos sobre garras de león en bronce. Allí sólo está permitodo el descanso para las personas que han reinado la nación. Reposan, en un lado de la sala, las tumbas de los reyes (y de la única reina, Isabel II); y justo enfrente, las de sus esposas (y el marido de Isabel). No todas están ocupadas: antes de reposar para siempre en el panteón, los reyes pasan de 30 a 40 años en el "Pudridero", donde se van descomponiendo; allí se encuentran aún Victoria de Battember, don Juan de Borbón y Doña María de las Mercedes. Cuando pasen al Panteón, aún quedarán dos huecos para Don Juan Carlos y Doña Sofía; lo que pase en el futuro (si habrá más reyes, si no los habrá, dónde se ubicarán sus cuerpos), es aún una incógnita. Pero aún quedan muchos años para ello.
Al margen de los monarcas, el subsuelo del Monasterio es un pequeño cementerio de los cuerpos de sus familiares y allegados. Impresiona sobremanera el panteón en forma de tarta de comunión, de todos los infantes muertos de pequeños. Nunca imaginé que el monasterio pudiera albergar tanta tumba, supongo que por eso también le dieron forma de parrilla.
Fiambres a la parrilla
lunes, 25 de mayo de 2009
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Los monos se vistieron de seda
martes, 19 de mayo de 2009
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Ver lo invisible
miércoles, 13 de mayo de 2009
La astronomía. Siempre me ha gustado mirar al cielo, ver las estrellas, preguntarme la distancia a la que están, o si la luz que estamos viendo es la de una estrella viva o muerta, si eso tan grande será un planeta, qué habrá ahí fuera que no vemos, o cómo puedo verlas si están tan lejos... Son tantas las preguntas y a veces tan pocas las respuestas. Eso es quizás lo que haga de la astronomía una ciencia tan interesante. Un par de visitas a dos observatorios astronómicos me han hecho acrecentar la admiración por el cielo.
Observatorio astronómico de Cantabria, Valderredible. Situado en medio de la nada, justo en la frontera entre Burgos y Cantabria, en lo alto de la gran llanura del páramo de la Lora. Alejado de toda luz artificial, es un lugar ideal para la observación de cuerpos celestes. Nada interfiere entre tus ojos y el cielo. El observatorio organiza visitas gratuitas, nocturnas y, para mi sorpresa, diurnas. Nuestra visita era a las cinco de la tarde y su experto personal nos dio la oportunidad de comprobar que las cosas están ahí aunque no las veamos.
Nos subieron a la segunda planta del observatorio donde una gran cúpula de 4 metros de diámetro coronaba la sala. En medio, un gigantesco telescopio al que se accedía por unas escaleras demandaba nuestra atención. Antes de poder utilizarlo, una de las personas del centro nos estuvo explicando algunos conceptos básicos de la astronomía. Pero enseguida pasamos a la acción. Nuestro guía puso una lente de 10 cm y nos dijo que nos preparásemos para ver el sol. Siempre es peligroso dirigir los ojos al astro rey, pero eso colocó un filtro a través del cual obervamos una especie de ostia consagrada de una redondez perfecta. A continuación, un nuevo filtro rojo que nos desveló algunos secretos que nuestro sol esconde: tiene unas manchas que corresponden a zonas frías que no mantienen la temperatura global de la estrella (aunque me gustaría saber a qué se llama "fría" en un astro que está a 5.000 grados de temperatura), y de su perímetro se desprendían unos hilillos, correspondientes a protuberancias en su forma. Después, una lente más ancha, de 40 cm, nos permitió llegar más lejos (a 25 años luz) para divisar Vega, una de las estrellas más cercanas al sistema solar. Se trata de una de las objetos más brillantes del cielo, aunque nunca imaginé que podría llegar a verla en pleno día.
Observatorio astronómico de Cardeña, Córdoba. En el paraje natural de la Sierra de Montoro y Cardeña, el pequeño municipio que da nombre al parque tiene, en su parte más elevada, un observatorio referencia en Andalucía. A pesar de no estar totalmente aislado, no existen grandes núcleos de población cerca luego las observaciones son excelentes. En esta ocasión la visita fue nocturna, junto con uno de los grupos de escolares de las Aulas Viajeras de la Junta, aunque me comentaron que también está abierto al público en general para visitas puntuales.
Lo más llamativo de la visita fue que, gracias a la buena temperatura, pudimos subir a una azotea desde la que el guía en cuestión nos estuvo explicando las principales constelaciones del cielo. Para ello, utilizó un puntero láser especial, de una potencia específica para este uso, pues su rayo verde llegaba tan lejos que tocaba los puntos brillantes del firmamento. El guía me comentó que para poder usar esta herramienta hay que tener un permiso especial, pues apuntar a los ojos con él puede ser bastante peligroso. Acto seguido, nos metimos en la cúpula que alberga el telescopio y, tras mostranos las Pléyades, nos dio la sorpresa de enfocar a Saturno. Fue una sensación muy especial ver otro planeta, no en foto ni en la televisón, sino allí, en vivo y en directo. De color blanquecino con un filtro especial, se observaban perfectamente sus anillos, y unos puntos negros que, según nos dijeron, correspondían a las sombras que dejaban sus lunas. Tan lejos y tan cerca. Algo que está a millones de kilómetros de distancia visto a golpe de telescopio. Impresionante.
Observar el firmamento es un lujo gratuito del que las grandes ciudades nos han privado. Por eso, estas visitas son tan especiales. Aunque no podré evitar siempre que pueda tumbarme en el campo una noche bien abrigadito a ver qué nuevo espectáculo me brinda el cielo.
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En busca del templo perdido
domingo, 10 de mayo de 2009
En algún lugar del Valle de Manzanedo, al norte de la provincia de Burgos, existe un lugar enigmático escondido en la ladera de una de sus montañas, un marco incomparable para cualquier explorador ávido de aventuras. Desde la angosta carretera paralela al río Ebro, a la altura del salto de agua de Rioseco, unas piedras que se entreven entre la maleza nos dan la pista definitiva: parece que hemos acertado.
Tras aparcar el coche, seguimos un sendero que asciende el cual nos conduce, tras unos cuantos metros, a un muro ruinoso llenos de zarzas con una oquedad que nos sugiere ser la entrada. La suerte está echada. ¿Qué habrá detrás? La curiosidad nos puede y no dudamos en penetrar por esa puerta a pesar de que la naturaleza parezca querer evitarlo.Tras sortear los pinchos, nos encontramos un paisaje desolador. Una especie de casa demolida, de dos plantas, con las vigas caidas, una gruesa columna en buen estado y algún arco. Una escalera alimenta las tentaciones de subir arriba, pero el mal estado del techo desaconsejan tal locura. Mejor contarlo desde abajo.
Seguimos andando y observamos otro muro, con una entrada en forma de arco llena, cómo no, de arbustos y ramas. Pero, al fondo, algo vuelve a hacer resurgir la curiosidad por este enigmático lugar. Se divisa el campanario de lo que sería una iglesa, de varios arcos y, desde luego, muy muy alto para estar en un sitio como este. No cabe duda, hay que traspasar esta nueva puerta.Y, a partir de entonces, la aventura cobra un nuevo color. El nuevo espacio en el que nos encontramos nos confirma que debemos estar en un lugar religioso abandonado, de mucha importancia. Llegamos a una especie de plaza cuadrada, rodeada de arcos de altura colosal unidos entre sí en dos plantas. La mayoría se conservan muy bien, aunque pasar debajo de alguno daba bastante respeto. La forma de este lugar nos recuerda, evidentemente, a los claustros de los monasterios.
Entre más y más arbustos, encontramos una puerta de madera abierta de par en par. Hay que entrar ahí como sea. Y, nada más traspasar la entrada, nos dimos cuenta de que la aventura había merecido la pena. De repente, y de forma totalmente inesperada, nos encontramos dentro de un inmenso templo, el típico de cruz latina con 2 naves laterales y una central. ¿Quién hubiera podido imaginar que algo así podría estar allí, alejado de todo y oculto entre el bosque? El ambiente era de lo más enigmático. Por las ventanas, la luz entraba tenue y daba más misterio a nuestra exploración. La iglesia estaba en ruinas, conservando su estructura pero con grandes bloques de piedra esparcidos por el suelo. Son momentos en los que te sientes como Indiana Jones descubriendo algo que poca gente conoce. No podía evitar pensar en algún tesoro escondido.
En nuestro paseo vimos el altar, marcos colgados de la pared sin cuadros que mostrar, vidrieras rotas, una escalera que bajaba a lo que parecían ser unas catacumbas, y otra oscura de caracol que ascendía a una torre. Desde arriba, bosque y más bosque. Estábamos solo por allí. Pero ningún tesoro a la vista (no sé si oculto). Ni lo más recóndito se libra del expolio. Aunque el lugar en sí es un tesoro, y haberlo encontrado te llena de satisfacción.
Todo este misterio tiene una buena explicación. El conjunto se denomina Monasterio de Santa María de Rioseco y data del s. XIII; durante años fue un foco de riqueza para la zona norte de la provincia, pero la decadencia tras la conquista de los franceses y la desamortización de Mendizábal en 1835 hizo que se abandonara poco a poco hasta su desuso total en la década de 1960. Desde entonces, el lugar ha quedado abandonado sin proyecto alguno de reforma o reutilización, para el libre uso de ilusionados Indianas en busca de aventuras.
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Lo nunca visto
miércoles, 6 de mayo de 2009
Sevilla es una ciudad especial para muchas cosas; todos los acontecimientos se suelen vivir con mucha intensidad, y por supuesto la inauguración de un transporte público tan costoso como el metro no podía ser menos. La solución para muchos de las congestiones de tráfico en el centro y periferia de la ciudad ha tenido una acogida masiva y, desde los ojos de un lince viajero, ha dado lugar a situaciones nunca vistas.
Ha sido el proyecto más esperado. De hecho, nunca había visto que se tardasen más de 30 años en terminar la primera línea, desde la idea inicial de los años setenta a los parones por las supuestas críticas condiciones del subsuelo sevillano (repleto de agua... como si no hubiera islas con líneas y líneas de metro subterráneo). La reactivación de la iniciativa en 1999 vivió un retraso tras otro hasta su inauguración oficial hace justo un mes. Eso sí, con 5 de las 22 estaciones cerradas.
Ha sido el proyecto más accidentado. De hecho, nunca había visto tantas y tantas incidencias desde los rallies de Carlos Sainz. Una tuneladora que pierde aceite, los túneles que se desvían unos metros de su trazado original, una viga que se desploma sobre la SE-30 y el colmo unos días antes de la supuesta puesta en marcha: un quiosco que es engullido de repente creando un socavón de 6 metros en la Puerta de Jerez.
Ha sido el proyecto con mejor acogida. De hecho, nunca había visto que, en sus primeros días, los usuarios de las paradas intermedias no se pudieran subir al vagón porque la gente no se bajaba en ninguna estación: cogían el metro en las cabeceras y de ahí no se apeaban hasta que volvían a su casa. El recorrido completo ida y vuelta. Ir de excursión al metro. Las colas para entrar, en los días de Semana Santa, salían de la estación y daban la vuelta a todo el edificio. Ni Madonna había creado tanta expectación.
Ha sido el proyecto que más ha dado que hablar. De hecho, nunca había visto tanta disparidad de criterios: que si nadie entiende cómo se saca el billete, que si no hay bancos en las estaciones, que si es muy moderno y limpio, que si las mamparas de seguridad son un acierto, que si el vagón es muy chico, que si los diseños de Vittorio y Luchino de los asientos son una pasada, que si va muy lento, que si las estaciones están muy lejos... El caso es hablar de él. Pero todos lo han cogido.
Ha sido el proyecto más peculiar. De hecho, nunca había visto situaciones como la del otro día volviendo de la Feria, cuando el tren repleto se detuvo unos metros después de arrancar en Blas Infante. El conductor, micrófono en mano, soltó una parrafada que no podía haber ocurrido en ningún otro lugar del mundo: "A vé, er grasioso que haya tirao de la palanca de emergensia, que la vuerva a poné en su sitio; ¡o de aquí no nos movemo hasta mañana!". No pude evitar una sonrisa. Primero, porque en ningún momento pensó que a lo mejor se tiró de la palanca porque hubiera una emergencia de verdad. Y luego, por la formalidad del protocolo de actuación: ni advertir que eso es una falta grave, ni amenazar con que venga la seguridad... todo muy de andar por casa. Inigualable.
Pero, sea lo que fuere, el metro ya está aquí para el disfrute de todos. Y que dure.
Publicado por Lince, viajero de culo inquieto en 23:16 2 comentarios
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