Tenía ciertos reparos a la hora de ir a conocer el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, ya fuera por lo repipi del nombre o por todas las implicaciones de lujo y fama que rodean a la familia de Tita Cervera. Pero la verdad es que, dejando al margen el lado rosa, me alegro mucho de haberme comido mis prejuicios porque la visita es, sencillamente, imprescindible.
Esta acaudalada familia ha apostado por invertir su fortuna en el coleccionismo de obras de arte, que ahora queda expuesto a pocos metros del Museo del Prado. Pero, a diferencia de este, el Thyssen está organizado de una manera cronológica, es decir, esta familia tiene tantísimo dinero que ha sido capaz de recopilar cuadros que van desde la pintura medieval del siglo XIV hasta los más modernos del Por Art del siglo pasado, pasando por todos los estilos y escuelas de la historia.
Así, ir al Thyssen es como acudir a una clase práctica de Historia del Arte. Con la audioguía al oido me fui enterando de toda la evolución del arte, claramente ejemplificada en la colección. Del teocentrismo al humanismo, de la pintura burguesa a la popular, del policromismo al tenebrismo, de Tintoretto a Van Gogh, del rococó al cubismo, de los patrones al individualismo... los progresos de las técnicas artísticas resumidas en 3 plantas. En ninguna clase teórica aprendí tanto como en este museo.
Además, por esta época el Thyssen (conjuntamente con la Fundación Caja Madrid) acoge la exposición temporal Las lágrimas de Eros, que nuevamente está organizada de una manera que considero muy acertada: se elige un tema genérico, en esta ocasión la relación del amor y la muerte en el arte, y se exponen obras de épocas y estilos diferentes sobre ese tema. Es muy ilustrativo porque da a entender de qué variada forma se puede expresar lo mismo, y se observa también la evolución del arte. No sé muy bien qué pinta el vídeo de Beckham echándose una siesta, pero todo lo demás de la exposición me pareció realmente interesante.
Clase de arte
domingo, 24 de enero de 2010
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La cañada de mentira
sábado, 14 de febrero de 2009
Madrid se ha llenado de vacas. Y no precisamente de las que, año tras año, colapsan la Castellana en la popular Fiesta de las trashumancia reivindicando la defensa de las cañadas reales, esos pasos para el ganado que recorren durante centenares de kilómetros la Península Ibérica. Estas vacas de mentira forman parte de Cowparade, una iniciativa curiosa que trata de acercar el arte a todos mediante su exposición pública a pie de calle (algo que, como en otras ocasiones, aplaudo sin dudar).
La idea de Cowparade surgió hace 10 años en Zurich, y desde entonces ha copado plazas y calles de las principales ciudades del mundo. Las vacas llenan Madrid de color, y la gente se detiene con asombro a ver estos curiosos animales de fibra de vidrio a tamaño real. Las 100 vacas no pasan desapercibidas; no obstante, están repartidas por los lugares más emblemáticos de la ciudad, como la Puerta del Sol, la plaza de Santa Ana, la Puerta de Toledo y muchos más. La de la Puerta de Alcalá enseña orgullosa un "2016" para apoyar la candidatura olímpica de la ciudad.
La idea parece un poco tonta, pero algo tendrá cuando tiene tanto éxito. Y es que esta iniciativa va más allá de la simple exposición de estas obras al aire libre. Tiene un trasfondo social, pues desde su preparación (los diseños, desde reivindicativos, humorísticos o publicitarios, se sacaron de un concurso en el que todo el mundo pudo participar) hasta su finalización (en la que algunas de las vacas serán subastadas para obtener fondos de ayuda a diversas ONGs) están pensadas para unir arte y solidaridad.Me gusta Cowparade porque está muy bien pensada. De hecho, han contado incluso con la desgraciadamente inevitable acción de los vándalos. La vaca de la foto de arriba, Albertina, fue robada de su ubicación en la plaza de Lavapiés por un grupo de chavales que no tuvo otra cosa que hacer que llevársela a su casa. Otras aparecen rotas y llenas de graffitis. Para paliar un poco este daño se ha creado un "Hospital de vacas" en el que todos los desperfectos son "sanados" por estudiantes de la Escuela de Restauración y Conservación de Bienes Culturales de Madrid metidos a "veterinarios"; además, han tenido el acierto de colocarlo junto al Hospital Infantil Universitario Niño Jesús para que los niños enfermos puedan disfrutar de este evento. Un nuevo punto a favor.
Esta particular cañada estará por Madrid hasta el 21 de marzo. Mejor, aún me quedan muchas por ver.
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Arte en la calle
miércoles, 29 de octubre de 2008
Hace ya algún tiempo que el ayuntamiento de Sevilla ha decidido tomar parte activa en el acercamiento de la gente al arte, que sale de los museos (ese lugar al que, aún cercano, nos cuenta tanto ir) para exhibirse en la calle, gratis y abierto 24 horas.
La nueva galería al aire libre se encuentra temporalmente en la renovada plaza de la Iglesia del Salvador, que, como dirían algunos, "ya no es lo que era"; y menos mal, desde mi punto de vista, pues ayer estuve por allí y se ha convertido en un amplísimo espacio para el disfrute de todos sin la horrible carga de coches que soportada antes. Y encima ahora es un espacio expositivo que acoge 6 esculturas de Dalí en bronce de estilo, como es habitual en este autor, muy particular y con representaciones bastante imaginativas (pues en algunas hay que echarle imaginación). No llega a la categoría del elefante de largas patas o el reloj blando que se ven de forma permanente a la orilla del Támesis junto al London Eye, pero me parece una iniciativa muy acertada.
Bien es cierto que esta preocupación por divulgar las formas artísticas adolece de un cierto interés partidista por parte de la corporación municipal, pues han estado ligadas a inauguraciones de plazas que se han llevado mucho tiempo en obras. Empezaron con las esculturas gigantes de Igor Mitoraj en la Plaza Nueva, y continuaron con las Meninas gigantes de Manolo Valdés en la Alameda (que algunos vándalos pintarrajearon) o las de Baltasar Lobo en la Alfalfa. Aún así, me sigue pareciendo excelente esta nueva política. Y sobre todo porque parece que tiene un efecto continuista, pues también ayer me fijé en los llamativos colores con que de repente me recibió la Plaza Nueva. Otra exposición, diez esculturas multicolor de Cristóbal Gabarrón dedicadas a su tocayo Colón en el 500 aniversario de su muerte. Y en esta ocasión no se inauguraba nada. O las fotografías que con motivo de la Bienal de Flamenco se suceden por toda la avenida de la Constitución (aunque tengo que decir que me parecen horrorosas; pero sobre gustos...).
Espero que continúe así pues si ya pasear por Sevilla es una delicia, si se hace con arte mucho más.
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Parece mentira
sábado, 25 de octubre de 2008
Parece mentira que hayan pasado 27 años hasta que por fin he visitado el Museo de Bellas Artes de Sevilla. Y eso a pesar de que es gratis, de que he pasado por su puerta miles de veces, de que hablan maravillas de él... Pues no, no lo conocía, hasta que el otro día, de paseo con Otto, y buscando un sitio para tomar algo que no encontramos, nos topamos con él y nos animamos a entrar.
El museo me gustó mucho, pues no tiene afán acumulativo sino que gira principalmente en torno a un tema: el arte en Sevilla, pasando por diversas épocas y por los artistas principales de la escuela sevillana. Hay obras de una calidad excepcional, destacando sobre manera las de nuestros dos principales representantes, Murillo con sus inmaculadas y Zurbarán (aunque extremeño de nacimiento) con sus monjes siempre en contrastes blancos y negros. También hay alguna de Velázquez (tal vez debería haber más) e incluso de Bécquer. Todo ello en el entorno de un antiguo convento (el de la Merced Calzada) que da personalidad propia al museo y espectacularidad a alguna de sus salas, como la de la iglesia.Es cierto de que si lo hubiese visitado antes quizás no habría sabido valorar las valiosas colecciones artistícas que posee; aunque también creo que a este museo, considerado la segunda pinacoteca más importante de España después del Prado, no se le da la publicidad que merece. Una campaña adecuada atraería a más visitantes (también oriundos de Sevilla) pues es algo de lo que creo que la ciudad debe sentirse orgullosa.
Además, coincidió que el museo presentaba una interesante exposición de esas itinerantes que me fascinó (está hasta el 5 de noviembre). Se trataba de una serie de fotografías del israelí Ilan Wolff que fueron tomadas de una forma innovadora: con una cámara oscura que, a diferencia de las que todos hemos hecho en algún taller de fotografía (con una caja de zapatos), el autor creaba a partir de objetos cilíndricos (como una lata de refresco o un bidón) en los que, aprovechando la curvatura de sus paredes, colocaba el papel fotográfico. Una vez captaba la imagen, el revelado ofrecía efectos espectaculares, pues los edificios retratados cambiaban sus rectas líneas de las fachadas por sinuosas curvas. Así, se puede ver la Torre Eiffel que parece que está andando o puentes similares a serpientes en movimiento. Las fotos parecen cuadros pintados pero no lo son.La verdad es que impresiona ver cómo se puede captar la realidad de formas tan variadas e ingeniosas. Otto y yo, que precisamente habíamos quedado para hacer fotos artísticas de Sevilla, hemos encontrado a un innovador que nos ha aportado nuevas ideas.
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La expo se fue...
domingo, 5 de octubre de 2008
A pesar de que las comparaciones son odiosas, me fue inevitable pensar la Expo de Sevilla cuando estuvimos visitando en julio su homónima en Zaragoza. Yo entonces era mucho más pequeño, y quizás por ello todo me pareció que en el recinto de la Cartuja todo era grandioso. Sin embargo, la Expo del agua me dejó un sabor agridulce. Había tenido tanto bombo publicitario que esperaba encontar algo más que unos pabellones monodedicados a la concienciación del uso del agua de una manera sostenible. Y lo que es peor, en muchos de los que visité se veía claramente que el agua era sólo una excusa para intentar vender el país de alguna forma.
La expo en sí era bastante bonita. Tenía grandes cubetas de agua, amplias avenidas, y algunos pabellones muy modernos arquitectónicamente hablando (como el Pabellón-Puente o la Torre del agua), pero la mayoría se encontraban apilados unos detrás de otros como naves industriales en un polígono (aunque mejor decoradas, claro). Una vez en el interior, muchas fotos, algún vídeo y la inevitable tienda, 3 elementos que desde mi punto de vista no justifican una presencia en un evento de tal magnitud. Cierto es que debido a las colas no entré en los supuestamente mejores pabellones, pero sí que estuve en muchos y el esquema se repetía una y otra vez.
Los pabellones nos defraudaron, aunque los rovers lo pasaron en grande intentando buscar recuerdos que regalar al resto del grupo que permanecía en el campamento en Talveila. Por la noche, los espectáculos animaron un poco más el ambiente y la expo despertó de su letargo. La función del iceberg sobre el río Ebro fue bastante espectacular, y nos lo pasamos en grande asistiendo a unas clases de salsa para toda la multitud.
Después de tanto tiempo, creo que mereció la pena ir a Zaragoza y ser partícipes de tal evento, aunque la Expo del agua (que por cierto carecía de fuentes para beber el líquido al que estaba dedicada) no fue exactamente lo que esperaba.
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