Acho, ¡qué precios!

domingo, 29 de junio de 2008

Una vez, un compañero le quería indicar a un amigo de Cáceres dónde se encontraba el hotel en el que nos hospedábamos para hacernos una visita. Cuando le indicamos que dormíamos en el Hotel Iberia, se quedó igual que si no le hubiéramos dicho nada. Pero enseguida reaccionó cuando le añadimos nos encontrábamos enfrente del Franki. "Ya sé dónde está", nos respondió. En otra ocasión, un viejito se puso malo y tuvimos que llevarlo en taxi al hospital. El taxista también desconocía donde se ubicaba el hotel, y de nuevo, recurriendo al comodín del Franki, acertó a recogernos.

Y es que el Franki es todo un referente en Cáceres. No se trata sólo de una simple tienda de ropa; es, sin duda, la tienda de ropa más barata que he visto en mi vida. Allí, dispuesta en pasillos como si un mercadillo fuese, se puede encontrar de todo a unos precios difíciles de creer. Pijamas a dos euros, pantalones a 5 euros, lotes de calcetines o calzoncillos a un euro... Y es que es tan barato que hasta yo he sucumbido: unas chanclas, 1,80.

El Franki siempre está lleno de gente que revolotea todo lo que encuentra a su paso. Es el paraíso de mis viejitos, el lugar ideal donde comprar un detallito gastando poco, y me divierte ver cómo miran una y otra vez el escaparate cada vez que pasan a su lado, o cómo, todos los días antes de que abran, a eso de las 10, ya hay alguno esperando en la puerta para entrar los primeros.

Es un espectáculo digno de ver y es fácil encontrarlo. Si no se sabe dónde está, basta con llamar a un taxi y decir: "Quiero ir al Franki".

En Monfragüe, buitres negros

jueves, 26 de junio de 2008

Fue Extremoduro, hace ya muchos años, quien me enseñó que Monfragüe era un parque natural con abundancia del buitre negro, esa especie que, como muchas otras en el mundo, está poco a poco extinguiéndose. En uno de mis trayectos en bus al parque leí con agrado en la revista National Geographic de marzo que los buitres negros han pasado de contar con 200 parejas hace 30 años, a las casi 2000 parejas actuales, que garantizan la superviviencia de la especie en un futuro a medio plazo.

Era sin duda una buena noticia. Sin embargo, en el centro de interpretación del parque (que desde marzo de 2007 ha subido a la categoría de Parque Nacional) nos comentaron que en nuestra excursión difícilmente veríamos a estas gigantescas aves, las mayores del país (su envergadura alar puede alcanzar más de 3 metros), puesto que suelen anidar en árboles y nosotros iríamos a ver el mirador del Salto del gitano (un gran cortado de piedra) donde se asientan otras especies diferentes, como los buitres leonados, los alimoches o la cigüeña negra, de la que quedan apenan 30 parejas.

El salto del gitano es una formación natural espectacular. Un gran bloque de piedra separado de otro más pequeño por las aguas del río Tajo, que como casi siempre en estos casos de pie a numerosas leyendas, como la que habla de un gitano que, siendo perseguido por la policía, llegó a la cima de la montaña y se paró a los pies del acantilado mirando desde el infinito al río. Al poco llegó la policía que, con gran asombro, no encontró a nadie, por lo que dedujo que el gitano había saltado desde allí y había desaparecido. Se cuenta que el gitano logró escapar, lo que no se sabe es si del brinco consiguió llegar al otro lado.

La sensación en el mirador es espectacular, con cientos de aves a un ritmo continuo saliendo de los agujeros de la roca y sobrevolando a escasos metros por encima de nuestras cabezas, en círculos como buscando alguna carroña. Alguno de mis viejitos pasó verdadero pavor pensando en que los buitres se pensaran que, al ver tanto pellejo, ya alguno hubiera estirado la pata. Tuvimos suerte de coincidir con personal del parque que estaba haciendo observaciones de la fauna, y que amablemente nos permitieron usar su telescopio para ver más de cerca qué estaba pasando en la gran roca. Sólo así pude tener la satisfacción de contemplar una cigüeña negra dando de comer tranquilamente en su nido a sus crías (esperemos que aumente la población pronto). Me sentí afortunado pues, al final, algo negro pude ver.

Una gran desconocida

martes, 24 de junio de 2008

¿Qué tendrá Cáceres, que desde que la conocí hace dos años con Carlos, he repetido visita 4 veces más trabajando con mis viejitos y aún sigo teniendo ganas y planes de volver? Si Cáceres no lo conoce nadie...

Eso es lo extraño, y quizás lo mejor de todo. Su nombre no suena a capital con un gran atractivo turístico, pero, sin embargo, es una de las ciudades más bonitas de toda España. Por su casco histórico todo son monumentos (de hecho, está considerado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco). Sus callejuelas jalonadas de esbeltos edificios de piedra con escudos blasonados te hacen retrotaerte a la época medieval. Y de noche, la sensación se acrecienta aún más.

Pero Cáceres no es sólo sus monumentos. Es una ciudad pequeña (apenas 80 mil habitantes) y muy tranquila, donde puedo afirmar que he estado viviendo una temporadita y donde me he sentido comodísimo. Toda la gente que he conocido allí son personas increíbles, siempre dispuestas a ayudar en todo lo que pueden.

Pasear por la ciudad es una gozada, escuchando cómo las miles de cigüeñas que anidan en los tejados chocan sus picos continuamente, o parando a comprar cerezas del Jerte para ir picoteándolas por el camino. Y aún me queda conocer sus fiestas, como el Womad o la feria, de las que hablan maravillas y siempre me han sido esquivas por poquito (casi todas son entre mayo y junio). Son algunos de los planes que están pendientes para la próxima vez.

Aunque, si, como desea, es escogida como Ciudad Europea de la Cultura en 2016, quizás deje de ser tan desconocida. Aún queda mucho para eso y puedo hacer muchas más visitas antes. Dicen que en 2012 abren aeropuerto... quién sabe.

La familia Krammer

lunes, 23 de junio de 2008


Cuando uno piensa en la personalidad de los alemanes, es fácil caer en el tópico de su forma de pensar cuadriculada y su seriedad. Mi experiencia de convivir un mes con una familia germana me ha permitido comprobar que, en parte, hay bastante de razón en ello.

Los Krammer me sorprendieron desde el principio, pues no me pareció nada normal encontrarme un gorro cordobés colgado en la pared del que iba a ser mi cuarto debido a que el padre, que en verdad es italiano, es un enamorado del Rocío. Y a los 10 minutos ya me estaban invitando a una cerveza de medio litro. Respondían a un modelo de familia perfecta: vivían en una barriada residencial al estilo Wisteria Lane (donde la gente pasea y hace footing a todas horas), y todos tenían una agenda diaria pluriocupada. El padre, tiene dos trabajos; la madre, tres, canta en un coro Gospell y saca tiempo para hacer escalada; la hija mayor, Lisa, canta en un grupo de rock, toca el piano y la guitarra y también escala; el hijo mediano, Gianlukas, escala y arregla ordenadores; y el hijo menor, Niko, toca el clarinete.

Con tanta actividad, me resultó curioso que en la cocina tuvieran un horario donde cada uno apuntaba qué tenía que hacer en ese día, sobre la base de lo cual decidían la hora a la que cenaban (¡algún día a las 5 y media de la tarde!). Y, como nunca estaban todos en casa a la vez, no pude hacer una foto de todos ellos juntos (que hubiera caido seguro en el blog).

Además, tenían unos roles muy marcados. Así, los hijos eran los que reparaban los muebles, pintaban los cuartos o cocinaban el fin de semana. Y había una serie de reglas que tenía que acatar pese a que en ocasiones resultaban un tanto absurdas. Por ejemplo, en el cuarto de baño siempre tenía que usar el water sentado (con un gracioso dibujo que lo explicaba) o tenía que dejar siempre la tapa levantada (para que cualquiera de sus tres gatos pudiese beber agua siempre que quisiera); o, para echarme desodorante, tenía que salir fuera al jardín (porque la madre era alérgica).

Por suerte, conocí a otros alemanes que se salían de este tópico, y que me comentaron que no todo el mundo era como mi familia. La verdad es que tanta norma intimidaba, pero en el fondo me trataton muy bien y siempre se lo agradeceré, pues me dieron la oportunidad de conocerlos y poder comprobar eso que se piensa de la personalidad de los alemanes por mi mismo.

La estrella de tres puntas

viernes, 13 de junio de 2008


Tenía ganas de inaugurar la etiqueta "Museos" en mi blog, y no se me ocurre mejor inicio que el que se enmarca dentro del vanguardista edificio de la fotografía. Se trata del museo de Mercedes-Benz, en Stuttgart, la capital mundial del automóvil (porque además de estar por todas partes inundada por el símbolo de la estrella de tres puntas, también ostenta la fabricación de los Porshe). Más que un museo de una marca de coches concreta, es un repaso a toda la historia de la automoción, desde sus orígenes en 1880 cuando Gottlieb Daimler y Karl Benz, ambos por separado y sin conocerse de nada, inventaron el motor de combustión interna que daba autonomía a los carros tirados por caballos que hasta entonces existían. Curiosamente, Daimler maquinó sus ideas en el barrio donde hoy se ubica el museo.

Personalmente, nunca me ha intesado en exceso el mundo del automóvil ni soy un entendido, pero este museo me fascinó. Por su espectacular diseño exterior y por su contenido. Se empieza por arriba, desde la planta octava, y se va descendiendo por rampas hasta la planta baja siguiendo en la exposición un orden cronológico desde el primer automóvil que se creó hasta los modernos Fórmula 1 (que tan mal augurio le supusieron a Fernando Alonso el año pasado).

Los diseños antiguos son fascinantes, por su simplicidad y belleza. Según se avanza en el tiempo, los coches van adaptando formas más parecidas a las actuales, con ruedas gruesas, puertas y capotas. Los cambios son más faciles de entender cuando se contextualizan en su época, por eso el museo informa con paneles de los hechos históricos más importantes que ocurrieron en el mundo mientras se va cambiando de sala. Por eso me enteré, por ejemplo, de que parte de culpa del "boom" del automóvil vino motivada por la gran oportunidad que le dio la Exposición Universal de París de 1889 para publicitarse (por la que se inauguró también la torre Eiffel); o que ambos inventores fusionaron sus empresas en 1926 para afrontar la crisis económica mundial de los años 20 (aunque Daimler cedió su nombre por el de su hija Mercedes para la nueva marca, que pasó a llamarse Mercedes-Benz).

Hay vehículos de todos los tipos: autobuses, guaguas, ambulancias, camiones, aviones, coches de policía... Para ver completo el museo harían falta al menos 4 horas, aunque es cierto que las últimas salas me interesaron menos, en las que abundan los coches más modernos. Pero todo ese tiempo se queda corto, incluso para mí que como dije no soy un gran fanático. Me acordé mucho de ingenieros como Guepardo o flipados del motor como Lobote, que hubieran disfrutado muchísimo durante esta visita.

El desastre de Ulm

domingo, 8 de junio de 2008

La ciudad de Ulm ha visto nacer a un genio de la física universal: Albert Einstein. Sin embargo, me parece mucho más interesante la historia de Albert Ludwing Berblinger, otro vecino de Ulm que intentó ser un adelantado a su tiempo haciendo posible el sueño humano de volar pero que, al contrario que Einstein, fracasó en su iniciativa.

Berblinger era satre de profesión pero no de vocación: su padre era inventor y desde pequeño se interesó por las posibilidades que le aportaba la mecánica. Su ingenió se demostró pronto cuando fabricó unas prótesis para ayudar a caminar aquellos que les faltaba una pierna. Pero su mayor ambición era la de construir un aparato capaz de volar.

Así, invirtió grandes sumas de dinero en construir su sueño con, según dicen, restos de madera, espinas de pescado, seda y cordones de seda. Su idea se asemejaba a la de los planeadores actuales, que no llevan motor y se deslizan desde una altura determinada hacia la tierra.

Pero el sastre de Ulm desconocía las leyes térmicas que le ayudarían a planear. Por eso, en 1811, con toda la ciudad reunida para contemplar su vuelo, su idea se tornó en desastre y el aparato volador se precipitó desde una altura de 19 metros a las aguas del Danubio. Menos mal que no le dió por tirarse desde lo alto de la torre de la catedral. La popularidad de Berblinger se hundió al mismo tiempo que su invento, y a partir de entonces, sin una clientela que confiase en él, vivió en la miseria y murió pobre.

Un final injusto para un hombre, precursor de la aviación, que intentó sin éxito algo que no consiguieron hasta 92 años después los hermanos Wrigth cuando realizaron el primer vuelo con motor. Alguien que, como calificó Max Eyth en una novela dedicada a su figura, fue "un hombre del siglo veinte que nació demasiado pronto".

A vista de campanario

lunes, 2 de junio de 2008

Uno de nuestros pasatiempos favoritos en Alemania fue el de coleccionar torres de iglesia. Ya fueran protestantes o cristianos (ambas religiones son igualmente seguidas por todo el país), cada templo nos ofrecía una nueva oportunidad de aumentar nuestra colección y de disfrutar de una panorámica sin igual sólo reservada en principio a las aves. Cada subida suponía un nuevo reto, y en cada ciudad nueva que visitábamos la conquista del campanario se convertía casi en una obsesión, tanto más cuanto mayor era la altura.

Munich. En la capital de Baviera no pudimos escalar su majestuosa catedral pero pudimos verla desde la torre de la iglesia de San Pedro, la más antigua de la ciudad. Por su estrechísimo cuerpo ascienden 306 agotadores escalones que nos hicieron jadear al llegar a la cima. Un estrecho pasillo rodea la cúspide y el magnífico día de sol nos permitió ver al sur los Alpes, nevados, formando un interminable telón de fondo blanco. Casi se podían tocas las rojas tejas de la catedral y fuimos testigos de excepción, casi a su ras, de las figuritas de la torre del ayuntamiento, que danzan mecánicamente al ritmo de la música.

Constanza. Limitando con Suiza (sólo hay que cruzar una barrera que por supuesto pasamos) se encuentra esta ciudad que no tiene mar aunque el inmenso lago que la baña dé esa impresión (el lago Constanza es el más grande del país). Desde la torre de su catedral, hecha de una pulcra piedra color gris, fuimos incapaces de poner límite a la parte sureña del lago (que en realidad es un ensanchamiento del río Rin), aunque supusimos que acabaría antes de la cordillera alpina que nuevamente se veía, mucho más cerca que desde Munich. Los edificios, antiguos en su mayoría, tuvieron la suerte de no sufrir las consecuencias de la guerra mundial y se conservan tal cual.

Heidelberg. Su iglesia principal, en el centro de la ciudad, tiene multitud de puestos turísticos en sus bajos. Dedicada al Espíritu Santo, es de carácter protestante y su característico color rojo proviene del material utilizado en su construcción, arenisca roja. Desde la torre vimos que, por su color, el famoso castillo de Heidelberg se construyó con la misma pieda que la iglesia. Al norte fluía el Neckar, de una anchura considerable comparada con la que tiene al pasar por Tübingen. Y al sur, los edificios de la universidad, que han hecho famosa a esta ciudad por ser la primera de todo el país en crear esta institución escolástica en 1386.

Tübingen. Subir a la torre de la Stifskirche fue realmente complicado, y eso que vivíamos allí. No fue hasta el tercer intento cuando el ingreso estaba permitido (aunque luego nos enteramos que sólo abría de viernes a domingo). Es curioso porque la torre está en el frente de la iglesia; sin embargo, el acceso se halla en la parte del altar, al otro lado, por lo que hay que cruzar toda la iglesia por encima y se ven todos sus entresijos. Desde arriba, los triángulos isósceles de los tejados rojos, muy juntitos; el castillo, el ayuntamiento, y el Neckar al sur que seguirá su curso hasta Heidelberg.

Ulm. La subida más esperada de todas: la catedral de Ulm cuenta con la torre eclesiástica más alta del mundo, 161,53 metros. Tardamos más de media hora en subir, con varias paradas ya que no es fácil subir de un tirón 768 escalones. Desde arriba, la vista es realmente impresionante. El Danubio, a sus pies, parece un arroyo; las personas, en la plaza, hormigas; y los coches, Micromachines. Es extraño pensar para qué necesitaría esta ciudad tan pequeña una atalaya tan elevada, aunque quizás sus motivos fueran similares a los de Merthin en Un mundo sin fin.

Friburgo. La última torre que consquistamos fue la de Friburgo, con su catedral cristiana de bella arenisca roja. Como no podía ser menos en la urbe con más horas de sol de Alemania, el despejado día nos obsequió con bonitas vistas del mercado en la plaza (con aires medievales), de los canalillos de agua que corren por las calles, de sus espacios verdes o de sus numerosos tranvías (porque, además, Friburgo es la ciudad más ecológica del país). No logramos llegar a sus 115 metros de altura por obras de restauración; mejor, así volvemos de nuevo.

Sin duda, una colección muy completita que nos permitió desde arriba verlo todo mucho más claro, como dice la canción de Jan Delay (Klar).


La feria de April

jueves, 29 de mayo de 2008


Para que luego digan de los andaluces. En Stuttgart, y en abril (como la de Sevilla), los alemanes celebran su propia feria , pero a diferencia de las de aquí, su duración no se limita a 7 días. Allí la mantienen durante 3 semanas seguidas, y no sólo eso, sino que en octubre la repiten. Es decir, 6 semanas de feria en total. No está nada mal.

En Suttugart la feria se llama Frühlingsfest, y se puede describir como una gran "calle del infierno", llena de atracciones de todos los tipos. En realidad, no son tan distintas a las de aquí, ya que no faltan los clásicos como la noria gigante o los coches locos. Tampoco faltan las tómbolas o los puestos de comidas, aunque adaptados a la cultura alemana. Así, los camellos de las clásicas carreras son sustituidos por coches de Fórmula 1; y degustamos unas deliciosas brochetas de frutas cubiertas con chocolate negro o por supuesto blanco.

Lo que sí cambia son las casetas. Sólo había 3, pero gigantescas. Allí se encuentra la esencia de esta feria. Innumerables filas de mesas y banquetas donde los alemanes se sientan para beber jarras de cerveza de a litro. Esa es la mayor diversión y es muy gracioso ver cómo el alcohol empieza a hacer sus efectos cuando todos al unísono se suben de pie encima de los bancos y comienzan a bailar.

Lo único malo es el aforo de las casetas es limitado y no se puede entrar cuando se quiera. Hay una larga cola que sólo avanza cuando sale alguien. Los porteros nos dijeron que la espera era de dos horas y media, así que decidimos hacer nuestra particular Frühlingsfest, y nos fuimos a uno de los puestos de bebidas a tomarnos cerveza y salchichas de un metro de largo. Para los alemanes el tamaño importa.

En canoa Danubio abajo

domingo, 25 de mayo de 2008


En la parte occidental del sur de Alemania se encuentra una gran riqueza natural que toma formas muy diversas: de bosque de coníferas en la Selva Negra; de mar interior en los espectaculares lagos Titisee o Constanza; o de ríos que comienzan su discurrir como el Neckar o el Danubio. Siguiendo el curso de este último se entra en una reserva llamada Naturpark Obere Donau, que encierra en sí un precioso valle de numerosas posibilidades.

Mi familia alemana nos organizó una excursión por ese valle, pero no por caminos forestales, sino en canoas biplaza. A lo largo de 11 kilómetros y 4 horas, descendimos por el segundo río más largo de Europa (que nace aquí y desemboca en Rumanía después de 2.888 kms) en medio de las altas montañas que formaban el valle. Por estas zonas, cercanas a su origen, el Danubio no lleva una gran corriente y el fondo se transparenta desde la superficie, pues el no está a más de metro y medio de distancia.

A pesar de ello, el descenso no fue sencillo del todo, aunque más por nuestra torpeza que por la dificultad, por lo que alguna rama de la orilla nos comimos. Lo más complicado del camino eran dos saltos de agua que había que sortear sacando las piraguas del río. En el primero así lo hicimos. Pero en el segundo nos arriesgamos a bajarlo sin salir de la canoa. No era muy alto, pero si lo afrontábamos sin estar completamente derechos corríamos serio riesgo de volcar en un tramo de fuerte corriente. Por suerte, nadie tuvo problemas y bajamos el tobogán con gran satisfacción. Podríamos haber seguido si hubiéramos querido río abajo un ratillo más hasta Budapest, pero optamos por salirnos donde nos correspondía y pergarnos un chapuzón en sus frías aguas.

El curso del río por el valle ofrece parajes de gran belleza. En varias ocasiones nos cruzamos con cisnes que tranquilamente flotaban en el agua. Las canoas nos permitieron acercarnos a ellos y ni se inmutaron. Y por las orillas del río, muchos aventureros haciendo senderismo, descansando en barbacoas o recorriendo en mountain bike todo el curso del Danubio desde su nacimiento hasta la frontera con Austria. Es esta una idea que he anotado para una próxima ocasión.

La ciudad de la sonrisa

martes, 20 de mayo de 2008


Me encanta Tübingen. Creo que lo he repetido a diario durante el mes que he pasado allí. La ciudad de la eterna sonrisa, que la lleva explícita incluso en su propio nombre (ya no puedo evitar ver siempre la carita sonriente en su segunda letra). No es de los lugares más conocidos de Alemania, pero es sorprendente. De un tamaño pequeño, conserva el encanto de una ciudad medieval que afortunadamente no notó los efectos de las bombas en las guerras sobre el país germano. Conserva muchos edificios de hace 500 años y, desde las vistas que ofrece el mirador de su castillo, se observan los escarpados tejados de teja roja de sus casas, similares a una cordillera montañosa de afilados picos (en invierno y con nieve el parecido debe ser asombroso).

Si por algo es conocida Tübingen en Alemania, es por su universidad, la segunda más antigua del país después de la de Heidelberg. Es por ello por lo que 23 mil de sus 80 mil habitantes son estudiantes, lo que la convierten en la ciudad con una media de edad más baja de toda la nación. Por sus calles, llenas de jóvenes, se respira acción. Hay miles de carteles o folletos con actividades de todo tipo (teatros, talleres, conciertos...) y existe cierto tono reivindicativo, que no deja escapar al mismísimo poeta Goethe con una placa que lo critica.

Salvo el 1 de mayo (con una gran manifestación a veces un poco alterada), es una ciudad muy tranquila. Es una delicia pasear por el centro peatonal o tomar un helado sentados en el murito sobre el río Neckar. Y para desplazarse, no existen atascos: apenas hay coches, las bicicletas invaden las calles y los transportes públicos cumplen a la perfección su cometido.

Además, tiene otras cosas muy curiosas. Aún se puede hacer botellona en la plaza del ayuntamiento (aunque allí son reuniones bastante menos ruidosas que por estos lares); tiene 4 ríos (uno de ellos forma un canal tipo veneciano que vertebra el centro de la ciudad); y a los coches se les puede poner la matrícula que se quiera, siempre que empiece por Tü y esté libre (con lo que da pie a curiosos juegos de palabras).

Por todo ello, es difícil no escapar de Tübingen con una sonrisa en la cara.

Una película para no olvidar

viernes, 16 de mayo de 2008

En las últimas 4 semanas he intervenido en una película de lo más original. El escenario, una ciudad pequeña pero preciosa, Tübingen, con unas posibilidades ingentes para el rodaje. El guión, escrito en unas frases ininteligibles llenas de consonantes seguidas unas detrás de otras que formaban palabras interminables. Y multitud de capítulos, todos interesantísimos: subida a 6 torres eclesiales incluyendo la más alta del mundo de este tipo, paseos en barcas tradicionales o en hidropedales por lagos en plena selva, descenso en canoa por el río más largo del mundo, cenas tradicionales, actividades al aire libre, museos, fiestas, contacto con animales desde monos a cisnes, castillos de cuento, cuevas, clases con diversión asegurada... un compendio completísimo.

Pero esta película no hubiera podido salir adelante sin su factor humano. Como directora de orquesta, nuestra querida Bettina Wissing, organizadora principal que escogió un elenco de actores de primer nivel internacional, cada uno con un rol decisivo para el éxito de esta opera prima. Desde Rusia, Anastasia alias Wikipedia, Olga Ohlala, Ivan crazy man, Niko Li hijo de Jackie Chan, la dulce Galina o la bailarina Jenny G. El explorador fue Jan el checo, con su inseparable sombrero scout. Actores británicos fueron Andrew y sus cervezas y Glen "Forget the film", encargado de la banda sonora. De Turquía participaron Sibel, olé por ella, Emrah alias "Wie Spät" y Nichet Firdes. Destacó la presencia de Pina Pie, italiana políglota encargada de las traducciones a cualquier idioma. Y los españolitos, Lourdes en su paraíso, Diana la Sexy sexy, Ibai hablador callejero y por supuesto Hanah "mein klein Kuchen". Otros actores secundarios pero importantes fueron las kazajas y la ucraniana, nuestro Papi Chulo texano y nuestros colaboradores del SIT: Flo, Fri, Crissy, Hannah, Susane, Daniele... Aunque no puedo olvidarme de Juta, que por motivos ajenos a la organización nunca llegó a aparecer (la última vez fue vista en Heidelberg) y ella "ist nicht da".

Gracias a todos ellos, la película pudo rodarse y aquí quedará para el recuerdo. Con todo cariño del último de los actores, George.

Dolor de cabeza

jueves, 15 de mayo de 2008

Después de 4 semanas viviendo en Tübingen, puedo afirmar que el alemán es muy difícil. Sin duda, el más complicado de todos los idiomas que intentado estudiar. Los primeros días, era frustrante estar totalmente concentrado en escuchar lo que mi familia quería decirme, y no comprender nada; o tratar de leer cualquier texto y ser incapaz de distinguir qué era un verbo o un adjetivo. Pero me apasionan los retos, y quedé profundamente satisfecho cuando, en la última cena en casa, fui capaz de mantener una conversación de lo más divertida con mi madre y mis hermanos.

El alemán tiene todas las dificultades de todos los idiomas. Los verbos se conjugan en todas las personas (como en español), y además de todos los tiempos del indicativo añaden la incertidumbre del subjuntivo. Los sustantivos pueden ir acompañados de 3 artículos (masculino, femenino o neutro) pero sin ningún tipo de lógica (con casos tan curiosos como que "la manzana" es masculino, der Apfel, pero "la niña" tiene género neutro, das Madchen). Para más inri, no se les ocurrió que para formar el plural podían añadir una simple -s; no, ellos tienen 7 plurales diferentes que, como en el caso de los artículos, hay que estudiarse todos de memoria. Todas las palabras tienen un orden determinado en la frase que hay que respetar (con lo que una frase correcta podría ser "yo he hoy por la mañana en el colegio a Pedro una sandía dado"). Y, al igual que el latín, las palabras cambian de forma según su función en la frase por las temidas declinaciones.

Pero sin duda, lo que más gracia me hace del alemán es que se pueden unir de manera interminable las palabras una detrás de otra, con la libertad de que te puedes "inventar" palabras a tu antojo. Así, Frauenarmbanduhr significaría algo parecido a "reloj con correa de pulsera para mujeres". Una vez quedé impresionado cuando leí en el titular de un periódico Wirtschaftsförderungsgesellschaft (a saber qué quiere decir). Y nuestra profesora Anette (curioso nombre) nos enseñó la palabra más larga por ella conocida: Verkehrßinfrastrukturfinanzierungsgesellschaft, 46 letras que fui incapaz de escribir en una sola línea en la pizarra. Pronunciarla velozmente es todo un desafío.

En mi opinión, el alemán es un idioma muy divertido. Una de las cosas que más me gustaba era encontrar la palabra con más consonantes seguidas. En una revista leí un apellido curioso, el de Michael Krtsch (¡no tiene vocales!). Pero me quedo con una de mis palabras favoritas (después de la archiusada kaputt), Kopfschmerzen, que une 6 consonantes todas seguidas y que significa literalmente... "dolor de cabeza" (supongo que por lo que cuesta aprendérsela).

Así da gusto

jueves, 1 de mayo de 2008


Uno de los motivos principales por los que estoy en Alemania es el de conocer la estructura y funcionamiento de algunas instituciones juveniles del país. Desde la escuela nos han organizado diversas visitas a centros de este tipo en Tübingen, en los que trabajan con chavales de todas las edades y circunstancias, y a mi me ha tocado realizar una presentación de uno de estos lugares, la Epplehaus.

Epplehaus es un edificio muy llamativo desde el exterior. Situado junto a la estación de trenes, la fachada de sus 5 plantas está decorada con graffitis con dibujos y eslóganes varios (de temas pacíficos y reivindicativos). La casa en sí es enorme. En total, el edificio cuenta con 850 metros cuadrados, y en él colaboran a medias trabajadores sociales del ayuntamiento de Tübingen y una asociación juvenil. Thomas, uno de los encargados, nos contó que a la Epplehaus puede venir cualquiera, aunque fundamentalmente trabajan con jóvenes de entre 16 y 20 anos desfavorecidos (sin techo, malos estudiantes, drogadictos) a los que les ofrecen divesas alternativas de ocio repartidas en cada una de las plantas: una discoteca, una sala de edición de música, un taller de carpintería, una sala de ordenadores, una sala de conciertos... el tema central es la música, y en nuestra visita comprobamos cómo a un grupo de chavales con síndrome de Down les organizaban un taller de baile.

Mientras lo visitaba, la envidia me corroía. El ayuntamiento de Tübingen está muy concienciado en la educación de sus jóvenes, y en particular dona sin problemas 20.000 euros al ano a la Epplehaus para que gestione sus actividades. Desde mi punto de vista, la Epplehaus no está muy bien aprovechada, pues creo que se le podría sacar mucho más partido con un programa de actividades más sólido e interesante (Thomas nos contó que suelen acudir de 10 a 15 personas al día). Por ello no podía parar de pensar en las trabas que nos pone la Diputación de Sevilla para cedernos a los scouts unos de los inutilizados locales del Psiquiátrico de Miraflores, que se están pudriendo por el desuso; o en todas las actividades que podríamos llevar a cabo con sólo la mitad del dinero que le dan a la Epplehaus o simplemente con una de las plantas del edificio.

Nuevamente, los alemanes nos ganan en lógica por goleada.

Tirol porque me toca

martes, 29 de abril de 2008


En Munich, la ciudad más importante del sur de Alemania, comimos en un bar de lo más típico. Al norte del lugar más ilustre de la ciudad (la Marienplatz, el centro neurálgico) callejeamos hasta encontrar una pintoresca plaza llena de refinados bares entre los que se encontraba la Hofbräuhaus. Acudí a él un poco receloso, pues lo recomendaba mi guía a sabiendas de que era un sitio clásico de reunión de guiris (aún no me acostumbro a asimilar que ahora también lo soy yo) al estilo de la Carbonería en Sevilla. Pero la experiencia fue sumamente satisfactoria.

Al entrar, nos encontramos con un amplio espacio lleno de alargadas mesas con sus respectivos bancos. Todas estaban ocupadas, aunque en una de ellas sólo había un hombre mayor sentado. Sabíamos que en Alemania es normal compartir mesa con desconocidos, así que no nos sorprendió la amabilidad con la que el senor nos acogió. Era alemán, y nos dio algunas recomendaciones sobre la cerveza que debíamos tomar y las comidas más típicas de la región (cómo no, salchichas, hervidas en esta ocasión, y un poco de carne banada en salsa de cerveza).

La Hofbrähaus, a pesar de estar llena de extranjeros, es un lugar de reunión de la gente de la zona de Baviera, quienes no dudan en ponerse sus trajes tradicionales de tiloreses para encontrarse con sus paisanos. Nuestro amigo alemán nos comentó que se reunen todas las semanas (ese día era domingo), y alzando un poco la vista comprobamos que en la mesa de al lado la indumentaria de tres personas no eran los clásicos vaqueros que todo el mundo lleva en Alemania; al contrario, eran tiroleses, con sus clásicos gorros verdes, camisas blancas con tirantes y pantalones cortos (aunque haga muchísimo frío). Uno de ellos llevaba incluso el típico bigote de color gris con las puntas alargadas y en forma de espiral.

Allí estaban, bebiendo cerveza en jarras de litro (que aún no he sido capaz de pedir -me conformo de momento con la de medio litro) y disfrutando al son de una banda de música tirolesa que tocaba unas canciones muy divertidas (con instrumentos de viento y percusión) y que animaba a la gente a beber a la voz de "Ein, zwai, suffe" (algo así como: "uno, dos, y a beber"). El bar estaba repleto de tiroleses y me llamó la antención una senora perfectamente ataviada para la ocasión que, golpeando su mesa con dos cucharas de madera, podía con naturalidad seguir la melodía de las canciones. Nuestro amigo alemán, cuyo ritmo de beber cervezas era imposible de mantener, nos comentó que esa mujer siempre aparecía por allí y ocupaba el mismo lugar.

Las camareras también iban vestidas conforme al estilo tirolés (con sus faldas y apretadas vestimentas); algunos jóvenes pasaban vendiendo los clásicos "Pretzels" (un pan en espiral algo saldado que se toma a todas horas) que sostenían en sus manos; y lo que más me llamó la atención fueron unas taquillas especiales, con forma de jarra de cerveza, en la que los clientes habituales podían guardar bajo llave su recipiente favorito (todo el mundo sabe que la cerveza hay que beberla en su vaso adecuado).

Todo de lo más típico, pero yo salí encantado. Ahora entiendo algo más a los guiris que visitan la Carbonería.

Mejor sin humos

lunes, 21 de abril de 2008


Ya he dado uno de las pasos más importantes para integrarme en la cultura alemana: me he comprado una bici, el medio de transporte más utilizado en Tübingen y en toda Alemania. La adquirí en una tienda-taller donde reparan los ciclos viejos y los venden de segunda mano. Y ahora la uso para ir todas las mananas a la escuela de idiomas, gracias a la cual gano 30 minutos de sueno y me ahorro unos 15 de viaje (también me integro en esto de calcular los tiempos).

Por la ciudad apenas hay coches. No he visto aún ningún atasco ni mucho menos a nadie tocando el claxon. Hay aparcamiento de sobra por todos sitios y los pocos vehículos que circulan lo hacen moderadamente. La mayoría de la población utilizada la práctica red de autobuses, que con apenas 30 líneas alcanzan todos los puntos de la ciudad. Hay autobuses a todas horas y lo más increíble es que en cada parada se puede leer en una tabla a qué hora pasará el próximo autobús... !y siempre coincide! No he escuchado a ningún companero quejarse de que algún autobús se haya retrasado (al contrario, casi todos hemos perdido alguno). Y por supuesto nadie paga. Bueno, nadie controla que lleves el ticket encima, aunque doy más que por sentado que todos y cada uno de los viajeros cumplen con la legalidad (a mi me dieron los del curso un abono mensual).

Pero, sin duda, la reina es la bicicleta. Están aparcadas por toda la ciudad (sobre todo en la estación de tren), con simples cadenas porque nadie las roba. De hecho, muchas de ellas están abandonadas y nadie te diría nada si las cogieras y las repararas. Hay carril bici, aunque simplemente es un par de líneas rojas que separan la calzada para los vehículos de la de las bicicletas (el de Sevilla está bastante mejor disenado). Pero no hace falta porque todo el mundo respeta a los ciclistas. Y con una tecnología de vanguardia: desde chubasqueros que cubren hasta el manillar, hasta remolques adosados al cuadro bajo el sillín para poder llevar a los ninos.

Yo con mi bici voy encantado. Cierto es que la alterno con el autobús, sobre todo los días que llueve mucho. Pero también podría combinarlos, ya que aquí te dejan subir las bicis en el autobús (te dejan subir hasta los perros). Es sin duda un país con otra mentalidad, muy bien organizado y un magnífico ejemplo a seguir en la lucha por conseguir un transporte más limpio y eficaz.