Más ligero que el aire

martes, 20 de octubre de 2009

La nueva aventura la vivimos en el aeródromo de Ocaña, donde en una clase práctica de física íbamos a comprobar cómo objetos pesados pueden oponerse a la gravedad y ascender sin propulsión gracias a la ayuda de las masas de aire. Practicamos el vuelo sin motor, pequeños veleros de escaso cuerpo y alargadas alas pero con una estabilidad enorme, capaces de, sin ayuda propulsiva, elevar hasta 600 kilos de peso (la suma del peso del aparato más el de los dos ocupantes) aprovechando las corrientes térmicas de aire caliente.

Pero para ponerlos en marcha sí que hace falta ayuda. El velero no puede despegar por sí solo, sino que, unido por una cuerda, va a remolque de una avioneta motorizada que lo separa del suelo. Una vez en el aire, se va ganando altura poco a poco hasta que, a 800 metros, se tira de una palanca para que la cuerda se suelte y el velero empiece a volar por sí mismo.

Es en ese momento cuando te das cuenta de que estás levitando en el aire. El ruido del motor de la avioneta se aleja, el silencio te rodea y te encuentras flotando lejísimos del suelo. El instructor toma los mandos y, afortunadamente, sus instrumentos de vuelo le indicaron que había encontrado una térmica. Comenzamos a ganar altura, en círculos, hasta la increíble cifra de 1.700 metros. Compruebo que los pueblos, a esa altura, son diminutos; estamos altísimos, pero la seguridad de la aeronave logra batir el temor inicial y comienzo a disfrutrar del viaje. Dejamos la térmica y volamos perdiendo altura gradualmente.

Tras un minuto de curso, el instructor te deja los mandos. Manajar un velero no es difícil, aunque no me hubiera atrevido a hacerlo si él no tuviera también mandos para evitar mis locuras. Siempre con el horizonte como referencia, y con las interferencias de Radio Nacional en la radio de a bordo, comenzamos a hacer piruetas. La punta hacia abajo para ganar velocidad: llegamos a los 180 kilómetros por hora. Llegamos a sentir la ingravidez: como cuando vas con un coche y tomas un cambio de rasante, practicamos lo mismo en el aire y noté como todo mi cuerpo flotaba a tanta distancia del suelo. Después entramos en pérdida, es decir, subimos el morro lo máximo posible para perder la sustentación y que el avión se precipitase al vacío: la capacidad de recuperarse de los veleros es tan elevada que casi no te da tiempo a tener miedo. Luego, con el ala izquierda casi en vertical, hicimos giros sobre esa misma ala, con la sensación de estar totalmente perpendicular a la tierra.

Después de media hora de viaje, tocaba aterrizar en la pista. Tras las correspondientes autorizaciones, tomamos tierra, aunque no sé muy bien que hice que nos salimos de la pista. Salimos del estrecho aparato y hubo que empujarlo manualmente para sacarlo de la pista (no había aire ni motores que nos movieses). Volar en velero es una manera diferente de experimentar nuevas sensaciones y, desde luego, una clase de física muy bien aprovechada.

Madrid bajo tierra

sábado, 17 de octubre de 2009

Cuando bajas al subsuelo para subirte a él, el cierre de puertas da paso a un símil de lo que es Madrid. La vida en el metro refleja en parte lo que ocurre encima de los túneles. El metro parece la ONU: no habrá vagón en el que no haya rumanos, chinos, sudamericanos, nacionales o guiris. Desde mi lejana parada en la Alameda de Osuna, los viajeros van entrando poco a poco en los vagones, peleando por los asientos libres cuando alguien ha llegado a su destino.

En el metro la gente se mezcla, se iguala: no hay marcas caras de coche que los diferencien, todos luchan por no perder el equilibrio. Los largos trayectos se salvan de muchos modos: la lectura o la música en los cascos son las opciones predilectas; también es frecuente que en alguna parada un músico en ciernes se suba y cante (a menudo con poco arte) alguna cancioncilla en busca de una propina.

La gente se agolpa en el vagón, y el viaje entre estación y estación es un paréntesis de tranquilidad en la ajetreada vida madrileña. Pero todo concluye con el anuncio de la llegada al destino: la masa se mueve, busca hueco, se prepara para la salida, y la apertura de puertas marca el inicio de una nueva carrera por salir cuanto antes y volver a las prisas que caracterizanlos hábitos madrileños.

Hoy, 17 de octubre, el metro de Madrid cumple 90 años. En todos esos años, el subterráneo ha evolucionado desde la primera línea inaugurada por Alfonso XIII entre Sol y Cuatro Caminos hasta convertirse hoy en el tercer metro más largo del mundo, con 16 líneas, 310 kilómetros de vías, con infinidad de correspondencias entre las líneas (casi todas se comunican con todas) que es lo que de verdad le da utilidad, o con la asombrosa cifra de 335 trenes funcionando al mismo tiempo. Toda la ciudad y exteriores está conectada, y en un futuro la expansión aún será más impresionante. Un ejemplo de movilidad y de un proyecto bien hecho.

El ágora escocés

martes, 13 de octubre de 2009

La religión ha sido motivo de conflictos a lo largo de la historia, como el otro día vi un poco decepcionantemente en Ágora. Necesitado de un poco más de argumento por lo poco que me aportó el film de Amenábar, recordé que en Escocia la religión es un asunto importante, y quizás investigarla me aportase datos interesantes.

Escocia siempre vive a la espalda de Inglaterra; y en temas religiosos no iba a ser menos. La influencia católica en Escocia proviene de sus vecinos de Irlanda (otros que siempre van de la mano de los ingleses), cuando un emigrante irlandés, San Columba, fundó la primera abadía católica en la isla de Iona. Tras la caída del Imperio Romano, los católicos fueron extendiéndose en declive de los paganos, y uno de ellos, San Mungo, fundó la ciudad de Glasgow en el 543 d.c.

La Catedral de Glasgow se fundó en 1136 en lo alto de una colina, sobre la que fue capilla de San Mungo. Pero los brotes de protestantismo no tardaron en sacudir Escocia. El reformador que introdujo la reforma religiosa fue John Knox, quien aprovechó la victoria de los ingleses sobre los escoceses a finales del s. XVI para imponer su doctrina, y la Catedral cambió súbitamente de signo religioso.

Hoy se viven tiempo más pacíficos, que es lo que debería ser el objetivo de todo esto. El protestantismo está asentado en Escocia, aunque el catolicismo se mantiene en buena parte de su vertiente occidental. De hecho, en Glasgow, la gran capital del oeste, los fieles se reparten al 50% entre una y otra doctrina. La Catedral protestante convive con la Católica de Saint Andrew's, y los aficionados al fútbol hacen de la religión el estandarte de sus equipos: los católicos del Celtic frente a los protestantes del Glasgow Rangers. Un enfoque curioso que, visto lo visto, podría ser guión de cualquier largometraje.

Y Wallace gritó "Libertad"

martes, 6 de octubre de 2009

William Wallace es el héroe nacional de Escocia. A diferencia de otros ilustres escoceses como Robert Burns (era también otra época), quien luchó a través de la palabra, el famoso guerrillero dio su vida por la independencia de su país frente al ejército invasor inglés. Como buen visitante de Escocia, antes del viaje tuve mi sesión de Braveheart, la superproducción de Mel Gibson que narra la vida de Wallace y las batallas que libró por defender sus ideas.

Esta historia hizo acrecentar mis ganas de visitar el recuerdo que Escocia ha dedicado a este personaje. El Monumento Nacional de William Wallace se sitúa en lo alto de alto del monte Abbey Craig, desde cuya cima se dice que Wallace divisó a las huestes inglesas, factor que fue decisivo en la victoria del agerrido pero ínfimo y rudimentario ejército escocés frente al más avanzado inglés en la famosa Batalla del puente de Stirling.

En este destacado lugar se ha construido una torre de 70 metros de altura, que hay que salvar gracias a los 246 escalones de una estrecha escalera de caracol. En su interior se narra la vida y milagros de Wallace, aparte de diversos objetos como una espada casi tan alta como yo. Pero lo mejor viene arriba del todo, con una extraordinaria vista del pueblo de Stirling, con su castillo dominador, y de un casi circular meandro del río Forth donde se libró la batalla.

Wallace ganó un combate pero no la guerra. No logró la libertad del pueblo escocés pero su influencia siempre quedará. De hecho, ha logrado vencer una lid menor del s XIX: alguna mente pensante decidió dedicar una estatua a William Wallace a los pies del monumento... con la inteligente idea de ponerle la cara de Mel Gibson. Afortunadamente, años de protestas y vejaciones a la misma consiguieron su retirada.

El patito feo

martes, 29 de septiembre de 2009

Glasgow siempre ha vivido a la sombra de Edimburgo, la capital bonita de Escocia. Las comparaciones son odiosas, pero es cierto que todos los tópicos que describen a Glasgow como una urbe grisácea, antigua, triste e industrial, se cumplen en apariencia. Glasgow no tiene ni más ni menos lo mismo que cualquier otra ciudad británica: un centro con algunas calles peatonales, todo muy comercial y enfocado al consumo constante, con edificios grises de época victoriana (a ver cuándo aprendo qué significa esto exactamente), con calles de típicas aceras de granito sin baldosas, y ningún edificio especialmente remarcable.

Pero, afortunadamente, las primeras impresiones no siempre son las que cuentan. Quince días viviendo en Glasgow me han permitido comprobar que el patito feo escocés quizás esconda un bello cisne. La ciudad, consciente de sus carencias, ha hecho un enorme esfuerzo por hacer de ella un sitio más saludable, por reencontrarse a sí misma, por buscar nuevos objetivos: de su lejano pasado ligado a la Revolución Industrial al presente enfocado a Glasgow como ciudad referente en cultura, diseño y ocio.

Arquitectónicamente, la ciudad se ha renovado. El punto de inflexión fue el genial Mackintosh con su innnovador estilo de primeros del siglo XX; la vanguardia la encontramos a orillas del río Clyde, principal arteria fluvial de Glasgow, con edificios ultramodernos siendo el buque insignia el Armadillo de Norman Foster (parecido a la Ópera de Sydney). El lavado de cara continúa en el casco histórico, en torno a la amplia y genial plaza de George Square: Glasgow es ciudad de compras. Las principales marcas se agrupan en las peatonales Argyle St y Buchanan St, siempre abarrotadas de gente, haga el tiempo que haga. Por último, la gran apuesta de la ciudad es su oferta cultural. Nombrada Ciudad Europea de la Cultura en 1990, en Glasgow no faltan esporádicos conciertos, teatros, espectáculos, exposiciones y permanentes museos y exhibiciones.

Por ello, podría decir que Glasgow es más una ciudad para vivirla que para visitarla. De hecho, la zona más bonita, desde mi punto de vista, está alejada del centro. Los alrededores del río Kelvin, segundo río de la ciudad, al noroeste en el plano que te dan en la oficina de Turismo, son un compendio de zonas verdes, casi boscosas, de jardines botánicos y de una espectacular Universidad con patios, jardines y los edificios más bellos de la ciudad.

Mereció la pena el viaje: me encantó descubir Glasgow y no dejarme engañar por el patito feo.

Un mundo feliz

domingo, 27 de septiembre de 2009

El único libro que he leido este verano ha sido "Un mundo feliz", el clásico relato de Aldous Huxley en el que desde una perspectiva de hace 80 años el autor imagina un futuro en el que las personas se fabrican a la carta, la sociedad está estandarizada, y el pensamiento brilla por su ausencia en contrapartida de un modo de vida sin problemas en la que todo el mundo está contento.

En Escocia, un lugar llamado New Lanark me recordó al escenario inventado por Huxley. New Lanark fue un poblado creado a finales del s XVIII, en plena eclosión de la Revolución Industrial, cuyo aislamiento no fue óbice para ser autosuficiente: a orillas del río Clyde, supo aprovechar sus recursos hidráulicos para instalar fábricas de algodón y sus recursos naturales para autoabastecerse de los alimentos necesarios para sus 2500 habitantes (tenían carne del ganado, pescado, verduras, pan...).

La peculiaridad de este idílico lugar fue la labor de gestión de Robert Owen, un lugareño que supo introducir ideas innovadoras para la época en tan pequeña sociedad. Avanzándose a su tiempo, y al contrario que en el resto de Europa, donde el proletariado vivía hacinado en condiciones insalubres, Owen decidió aplicar ciertos principios de la sociedad del bienestar en un contexto diametralmente opuesto. Así, los beneficios adquiridos los empleó en reformas sociales (asistencia médica gratuita para los residentes, horario laboral reducido) y educativas (los niños no trabajaban; al contrario, la escolaridad era obligatoria hasta los 10 años). Owen apostó por la psicología en su pequeño mundo donde los castigos estaban prohibidos y se premiaban los buenos comportamientos (por ejemplo, colocaba flores en las ventanas de aquellos que tuvieran la cabeza limpia). La mayor similitud con la obra de Huxley es que Owen creó un Instituto para la formación del carácter, un parvulario donde mandaba el principio del "todos somos iguales".

Robert Owen imaginó su comunidad ideal y la vio materializado en New Lanark. Aldous Huxley lo pensó en su mente y lo materializó en su libro. Uno es real, el otro ficticio, pero ambos te hacen pensar en lo fácil que es la manipulación de las personas y en lo difícil que es la búsqueda de la felicidad. Me gustó mucho la historia de este pequeño pueblo que fue, a todos los efectos, un mundo feliz.

Fire alarm

jueves, 24 de septiembre de 2009

Ya conocía de anteriores visitas la preocupación que se tiene en el Reino Unido por el riesgo de incendio, pero en este último viaje a Escocia este temor ha llegado a rayar la obsesión. Cualquier edificio de uso público, cualquier habitación, cualquier pared, está plagada de carteles advirtiendo del peligro de fuego. Como si los edificios ardiesen en llamas tan asiduamente, es habitual encontrar dos, tres, diez papeles informativos con conductas a evitar, con planos del edificio y vías de evacuación.

Es curiosa está preocupación en un país en el que llueve a todas horas; pero el riesgo de fuego está siempre ahí, y hay que ponerle freno como sea. Es por ello por lo que todas las habitaciones tienen un detector de humos, conectado a la central de bomberos por si salta la alarma. La obsesión es tal que da lugar a situaciones abusrdas, como la del año pasado cuando, con una ducha propia en mi habitación, tenía que cerrar la puerta del aseo mientras me duchaba porque, según rezaba, por supuesto, un cartel informativo, el vapor del agua podía hacer saltar la alarma.

Este año la residencia era incomodísima. Los largos pasillos estaban divididos por pesadas puertas, que además siempre se cerraban solas, de modo que ir de un lado a otro parecía más un ejercicio de fortalecimiento de músculos por tener que abrirlas constantemente. La explicación la encontramos de nuevo en el fuego: son puertas corta-fuegos, de modo que siempre cerradas pueden obstruir el paso de las llamas en un incendio.

Otra cosa curiosa que jamás había visto antes estaba a la entrada de la residencia. Un gran panel azul lleno de alcallatas, cada una con un número. A cada uno de nosotros nos correspondía un número diferente, y cada vez que salíamos de la residencia, teníamos que colocar en nuestra alcallata una fichita roja. Y cada vez que regresábamos, acordarnos de quitarla. El sentido, nuevamente, la prevención: en caso de incendio, un vistazo a qué fichas están puestas nos revela quién está dentro del edificio y quién fuera. Un sistema tan incómodo como absurdo: por las veces que se te olvida ponerla cuando te vas, por las que no la quitas cuando regresas, y, sobre todo, ¿quién, estando dentro y cuando salta la alarma, va a perder tiempo en colocar su fichita?

Quien visita UK se da cuenta de lo estructurado y cuadriculado que lo tienen todo. No se saltan ni un procedimiento, aunque tarden más en lograr lo que buscan. Todos hacen todo igual. Con el fuego pasa algo parecido. Los protocolos de actuación están establecidos por ley, y nadie se los salta. Por eso cada 15 días hacen un simulacro de incendio en empresas, oficinas, colegios... Y por eso hay tantos carteles, tantas puertas, tantos extintores, tantos detectores y tantas alarmas de incendio por todas partes. Tanto tanto tanto que a veces pasa lo que pasa.

Y pasa que a veces salta la alarma cuando es falsa. Como cuando te duchas sin cerrar la puerta. O como en la ghymkana del primer día, cuando los chavales en la residencia abrieron las puertas de emergencia durante el juego sin saber que sólo eran para casos de incendio y un estridente sonido empezó a chirriar nuestros oidos. Menos mal que se pudo avisar a los bomberos del error, pues una falta alarma provocada se castiga con una multa de mil libras. Como para andar con bromas en UK.

Pasión por el fútbol

jueves, 17 de septiembre de 2009

Siempre ha sido uno de mis sueños asistir a un partido en UK; disfrutar de la calidad de su juego y sentir en vivo la pasión desmesurada que los hinchas de los equipos británicos inculcan a su equipo. Pero conseguir entradas es casi una lotería: se reservan únicamente a los socios y apenas sacan unas pocas a la venta para los visitantes. En Glasgow me tocó el gordo por estar, sin quererlo, en el sitio adecuado a la hora justa.

Y vaya partido: la previa de la Champions League entre el Celtic y el Arsenal. Un estadio a rebosar que me recordó al del Betis, por su forma y sus colores pero que, curiosamente, en sus aledaños no emanaba ruido alguno. Los británicos son silenciosos hasta en sus aglomeraciones.

Todo lo contrario que en el interior. El Celtic Park se iba llenando amenizado por un concierto de un grupo local que iba calentando el ambiente. Cuando ya no cabía ni un alfiler, el speaker tomó las riendas y todo el público se puso en pie, en una especie de ritual al que, sorprendido, me tuve que unir y para el que no iba preparado: los aficionados, todos en camiseta, de aros verdes y blancos; y yo, muerto de frío, con chaleco, chubasquero y braga, de color rojo para más inri (el color, precisamente, del Alsenal).

Dada mi posición, no quedaba más remedio que unirse a la fiesta. Pero no costó mucho. Por los altavoces empezó a sonar una canción que los hinchas comenzaron a cantar al unísono. La Celtic song, un himno con melodías irlandesas muy animada.

Y a continuación, sin parar, empezaron los acordes de algo que me sonaba: era el You'll never walk alone, la canción símbolo de los aficionados del Liverpool. No me había equivocado de partido: Celtic y Liverpool están hermanados y ambas aficiones cantan esta exitoso tema de Gerry & The Pacemakers que triunfó en los 60. Los pelos se pusieron rápidamente como escarpias ante las 60 mil gargantas cantando en una sola voz con sus bufandas al aire. Un sonido capaz de intimidar al adversario más aguerrido. Algo realmente impresionante.

La afición estaba ya enfervorecida, y yo con ellos; pero aún gritaban más cuando salieron los jugadores y comenzó a sonar el himno de la Champions. Y aún más cuando los jugadores del Celtic se reunieron en una piña conocida como The huddle que forma parte de la ceremonia de inicio del partido. Y aún más con el pitido inicial. El estadio estalló. La pasión se desborda.

Vivir esta partido fue toda una experiencia. La afición se fue enfriando conforme su equipo jugaba cada vez peor, pero siempre actuando con deportividad. Fue una pena no poder cantar ningún "Yes" porque el Celtic no marcó, pero por lo menos comprobé que es cierto que se vuelven locos cuando tienen un corner a favor. Consuelo de muchos. Y después de la derrota 0-2 contra el Arsenal, y de un nefasto partido de los locales, los aficionados despidieron a su equipo con una sonora ovación. En ejemplo de que la pasión no está reñida con las buenas maneras. Cuanto tendríamos que aprender por los campos de España...

Tiempo de perros

domingo, 13 de septiembre de 2009

La profesión más frustrante en Escocia es la del hombre del tiempo. Ciertamente, en un lugar en el que las condiciones atmosféricas cambian cada 5 minutos no debe ser nada fácil acertar con una predicción general. De 15 días que he estado en Glasgow me ha llovido en 13, y el sol sólo ha brillado con fuerza en los otros dos restantes. Pero lo peor es el hecho de que el día empiece lloviendo no quiere decir que se vaya a mantener así. La impredicción está a la orden del día.

Así, lo primero que se hace en Escocia al levantarse es mirar por la ventana qué tiempo hace. Normalmente, te encontrarás un día gris con un cielo nublado y gotas de lluvia rebotando en los charcos del suelo. En función de ello, tienes que elegir qué vestimenta llevar para afrontar el día. Lo normal es calzarse las botas, un buen chubasquero y un paraguas que amaine la lluvia. Pero enseguida te das cuenta de que la lluvia es un chirimiri constante que hace incomodísimo el paraguas. De repente la lluvia cesa y aparece un tímido rayo de sol entre las nubes. La esperanza del buen tiempo dura poco: a los diez minutos se vuelve a nublar, o empieza a llover, o a ventear, o a clarear... para volverse locos.

Es muy difícil acostumbrarse al tiempo en escocia. Comprobé que la mejor solución era portar siempre una mochila en la que guardar el paraguas, el chubasquero y el chaleco por si en algún momento del día no hiciera falta. Los escoceses tampoco lo aceptan pero viven con ello. Es normal que miren al cielo y, dependiendo de la dirección y velocidad con la que se muevan las nubes, acepten si en un corto intervalo de tiempo lloverá o no. Y están bien preparados: hasta los gaiteros llevan unos impermeables especiales para que no se estropeen sus faldas. Ya se sabe que en UK pueden llover hasta perros y gatos...

Bienvenidos a Escocia

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Este año Escocia se viste de fiesta. Los escoceses han elegido este año para dar al conocer al mundo su cultura con motivo del 250 aniversario del nacimiento de Robert Burns, su poeta más conocido y símbolo nacional. Burns representa los ideales de una identidad escocesa que otros defendieron en las batallas y él supo combatir a través de las palabras. Aunque quizás nos interese más saber que él fue el creador de la triste cancioncilla que se canta en las despedidas: "Llegado ya el momento...".

Con esa excusa se ha creado "Homecoming Scotland", un evento de un año de duración que gira en torno a las aportaciones de Escocia al mundo, desde el golf al whisky, a través de más de 200 eventos repartidos por todas y cada una de sus regiones. Música, danza, exposiciones, festivales, acontecimientos deportivos... todo tiene cabida en un programa repleto para todos los gustos. En mi estancia en agosto ha podido disfrutar de algunos de ellos.

Glasgow, Piping Festival. Durante una semana los gaiteros invadieron Glasgow. Era imposible pasear por sus calles sin disfrutar de los grupos tocando sus tradicionales canciones y vestidos con las clásicas faldas a cuadros. Un ambiente festivo que se concentraba a media mañana en George Square, donde varias bandas desfilaban con sus inconfundibles sonidos de viento. Y como fin de fiesta, un impecable desfile por todo el centro.



Edimburgo, Fringe Festival. Agosto es sinónimo de fiesta en Edimburgo. Su festival es famoso en el mundo entero, un festival en el que cada día supone algo nuevo. A lo largo de la Royal Mail las actuaciones callejeras se suceden una tras otra: magos, equilibristas, humoristas o cantantes, artistas anónimos que buscan divertir al público y, porqué no, una merecida propina. Las actuaciones son impresionantes y el público lo agradece entregado a ellas.

Aparte de ellos, la calle se llena de figurantes que tratan de promocionar otros espectáculos ya de pago: títeres, danza, ópera, conciertos, teatro... todo tiene cabida. De este modo, el paseo por la Royal Mail es un surrealista viaje donde se encontra gente disfrazada de cualquier cosa.

Así me dio la bienvenida Escocia, un país que me ha fascinado y al que tengo que regresar, y así nos la dan algunos de los escoceses más ilustres en pintorescos lugares de esta tierra:


La Catedral de Kingsbridge

lunes, 7 de septiembre de 2009

Cuando Ken Follet escribió Los Pilares de la Tierra tuvo que hacer un enorme esfuerzo de investigación sobre el tema de la construcción en general y de templos en particular para poder reflejar en su best-seller una historia atrayente para un lector medio. La catedral de Kingsbridge es un ente ficticio, irreal, que se fue moldeando en la mente de Ken Follet y que cobró forma en las cabezas de todos los los que nos empapamos de las aventuras de Tom Builder y compañía.

Para la secuela de esta obra, Un mundo sin fin, Ken Follet lo tuvo un poco más sencillo. La catedral que él siempre soñó quizás sí que existiera sin él saberlo. Y la encontró en Vitoria, en pleno centro urbano. El escritor galés visitó la Catedral de Santa María, una edificación peculiar porque aún está en obras... más exactamente, en restauración.

Y la visitó porque, a pesar de estar en obras, la Catedral de Santa María está abierta al público en visitas organizadas que, con el correspondiente casco en la cabeza, te muestran las labores de restauración y te explican in situ parte de su historia. El templo eclesiástico está patas arriba. Los andamios invaden un espacio que debería estar ocupado por bancos y símbolos religiosos. El suelo levantado deja ver los cimientos de una construcción colosal. Y una simple mirada a su estructura deja ver grietas en los muros y arcos deformados que dan sensación de colapso inminente.

Todo comenzó cuando una parte del edificio se derrumbó en los 90. Los estudios demostraron que la catedral fue construida con unos materiales que soportaban las cargas estructurales para las que fue concebido. Pero reformas posteriores, como la sustitución de la bóveda de madera original por una de piedra, más pesada, o la construcción de un triforio que quitó consistencia a las columnas, fueron mermando poco a poco la estructura, lo que facilitó su deterioro.

Los planes de restauración, que se entienden perfectamente en la visita, tienen como objetivo el afianzar el templo para evitar su derrumbamiento con la colocación de nuevas resistencias en el subsuelo y las columnas, y el dotar al edificio de una doble función, religiosa y cultural, para el disfrute de todos.

La visita a esta obra es altamente didáctica, y ayuda a entender la complejidad constructiva de este tipo de edificaciones. Los trabajos acabarán en 2012, fecha en la que dejarán de estar descubiertas las entrañas de la catedral que Ken Follet nunca imaginó encontrar.

Vitoria-Gasteiz, dos en una

jueves, 3 de septiembre de 2009

Ya su nombre da mucho que pensar acerca de lo que significa esta ciudad. Un ejemplo de integración, una dualidad siempre presente en busca de una convivencia pacífica y armoniosa. Porque Vitoria no es sólo Vitoria, es también Gasteiz. Al contrario de lo que pensaba, Gasteiz no es el nombre en euskera de la capital del País Vasco. Gasteiz es el nombre de la primitiva ciudad medieval que se formó en lo alto de un cerro a la que con el paso del tiempo se fueron anexionando extramuros nuevos asentamientos que convirtieron a la aldea en villa y a Gasteiz en Vitoria.


Hoy ese cerro es el centro histórico de la ciudad, con una muy característica forma de almendra, con calles concéntricas con nombres de gremios otrora significativos, que poco a poco se van despoblando de su envejecida población para dar paso los inmigrantes. Unas escaleras mecánicas bien integradas en el conjunto tratan de evitar salvar los desniveles de las cuestas y la desertización del centro.


Vitoria y Gasteiz son dos en una, y dos es un número importante en la ciudad. Porque no tiene una sólo catedral, sino dos, la vieja gótica, estandarte de la céntrica almendra, y la nueva neogótica, en el ensanche. El ensanche es un gran espacio céntrico de calles amplias y en su mayoría peatonales, donde pasear siempre que no llueva o nieve es una delicia. Grandes plazas como la de la Virgen Blanca (con el monumento a la Independencia de España, de nuevo dos –doble sentido), la creada por Chillida para practicar juegos tradicionales (frontón, bolos, juegos rústicos) o la Plaza porticada con, nuevamente, doble nombre, Plaza de España o Plaza Nueva, dependiendo del partido político de turno que le toque gobernar.


La ciudad se prepara para sus fiestas, la primera semana de agosto. Los carteles nos lo recuerdan: Jai Zoriontsuak/Felices Fiestas. Nueva dualidad, castellano/euskera, que conviven en señales, nombres de calles, anuncios... incluso en las conversaciones de calle. Vitoria también apuesta por el futuro y tiene recientemente dos, lógicamente, nuevos medios de transporte: el nuevo tranvía y las bicicletas de alquiler, con un curioso sistema protector que las envuelve para evitar el vandalismo.


Entre pinchos y zuritos por alguna tasca, me sorprende la cantidad de espacios verdes de la urbe, especialmente el Parque de la Florida, un auténtico bosque en pleno centro. Pero eso es poco comparado con lo que rodea a Vitoria. Alrededor de la ciudad se ha creado un anillo verde, aprovechando varios parques que la bordeaban, de forma que se puede circundar todo lo urbanizado entre pinos, lagos y ciervos. Todo un lujo.


Vitoria-Gasteiz es una gran ciudad, donde me da la impresión de que se vive muy bien. Quizás por ello la elijan los lehendakaris para residir, en el lujoso Palacio de Ajuria Enea. Sus otros 250.000 habitantes disfrutan de ella y de sus posibilidades. De sus dos, claro, equipos deportivos favoritos, el exitoso Tau y el ahora no tanto Alavés; de la fusión en una de sus dos cajas principales, Caja Vitoria y Caja Álaba que ahora son Caja Vital; y de sus dos, principales fábricas, la Michelín y la Mercedes. Un gran lugar para vivir donde no serás tentado a comer en un McDonalds: el único que había en el centro cerró por su escaso éxito. Ninguno mejor que uno; al contrario que Vitoria-Gasteiz: dos mejor que una.

Crónicas de un pueblo

lunes, 31 de agosto de 2009

Covanera, el pueblo sin plaza, un pueblo de apenas 50 habitantes perennes en el que nunca pasa nada... a priori. Una semana basta para quitar toda certeza a tal afirmación. Cualquier cambio es noticia en el pueblo, y nada más llegar apercibo que se han instalado nuevas vallas junto al río y se ha renovado al antiguo puente sobre el Rudrón. El Plan E de Zapatero también se hace notar en Covanera, y las opiniones, como era de esperar, son dispares. Pero las reformas también llegan a los particulares. El hijo de la Paulina ha hecho una espectacular obra en la parte trasera de la casa de su madre, y los rumores invaden los ávidos oidos de los lugareños. "Parece que le han tocado los millones en la lotería", se comenta de boca en boca. En cualquier caso, la Paulina responde orgullosa a las felicitaciones por la obra: "Y porque no las has visto por dentro, ¡mejor que la de Franco!".

Covanera también ha estrenado hace poco un nuevo ambulatorio. Como tal, ha sido adoptado como un nuevo motivo de ocio en el pueblo. Las consultas sólo son los martes cada 15 días, pero las señoras del pueblo esperan ese día con ansia: como antaño, se ponen guapísimas con sus mejores galas para ver al médico y hacen la ronda de enfermedades de una y otra en los bancos de la espera. También es curioso la forma de repartir los medicamentos: el farmacéutico recoge las recetas en el buzón, y luego baja a Covanera y se los da todas a la Nati, quien se encarga de repartirlos puerta a puerta. Quien mejor que un oriundo que conoce todas las casas; y también seguro todas las enfermedades.

Mi tío Pepe pasa más del 50% del día en la huerta, donde siembra y recoge todo tipo de productos buenísimos: tomates, garbanzos, lechugas, patatas, cebollas, alubias, frutas... Como él, todos los jubilados del pueblo encuentran en la huerta una forma de pasar el día. Además, el trueque aún persiste en Covanera: Pepe cambia sus fresas por las cerezas de la Encarna. Y todos contentos. El resto del día seguramente lo pasen echando la partida en el único bar del pueblo, o en casa de algún vecino con el que no se lleven a rabiar. Porque en Covanera los piques se magnifican, y una mera ensalada puede dar al traste con relaciones de varios años de amistad.

El fuego ha sido noticia este verano en toda España; también en Covanera. Las llamas han devastado una pequeña loma en lo alto del pueblo, al lado de la casa del Chimbo. Nueva noticia y nuevos rumores: se achaca a unos cristales la causa del incendio, aunque también hay quien quiere creer que unas chuletas mal preparadas pueden estar detrás de ello. En cualquier caso, afortunadamente parece que la montaña no tardará en recuperarse.

De camino al pozo me encuentro a mi tío Eloy y a Gelo junto a las nuevas vallas del río. Después de oir su discusión sobre la estética de las mismas, me hace gracia escucharles hablar de las truchas del río. Debaten sobre si la trucha que acaba de aparecer, por su tamaño, es la misma que la del año pasado que estuvo a punto de pescar José Luis, el de la Marcelina. En Covanera hasta los peces del río están fichados. En el Pozo Azul, el precioso manantial de agua del pueblo, unos niños tratan de bañarse soportando sus gélidas temperaturas. Seguro que no llegarán tan lejos como los de Al filo de la imposible, que han centrado en el Pozo Azul su nueva aventura, tratando de llegar al enigmático final de una cueva inundada de más de 6 kilómetros que aún se resiste a ser descubierta por completo. Al día siguiente de que María Escario lo anunciase en los deportes de La Primera, la noticia de que el Pozo Azul había salido en la tele era, por supuesto, lo más comentado en el pueblo.

El día 7 de agosto es San Mamés, patrón de Covanera, y día de las fiestas, conocida como El santillo. A 3 kilómetros y por una senda se accede a la ermita donde se adora al santo. Allí se celebra una misa en plena naturaleza a la que acuden la mayoría de las señoras del pueblo. Este año el cura quiere que la liturgia sea más participativa, por eso pregunta a los asistentes cosas tan existenciales como "¿Qué es creer?". Ante el lógico silencio, la insistencia del párroco hace saltar a la Ina: "Padre, no es que no queramos responder, es que no nos sabemos explicar; usted mejor siga con la misa". Frase tan lapidaria como la de la Merche el año pasado en la boda de mi primo Carlos, que sin ser familiar ni nada llegó allí la primera y se subió a los bancos de arriba: "Lo más importante en estos casos es ver, y que no te vean".

Desde el año pasado en El Santillo se organiza una paella para todo el pueblo. El éxito de convocatoria y sabor hizo que este año se repitiese, y desde más de un mes antes ya estaba la gente preguntando que dónde había que apuntarse. Menos mal que también salió buena; seguro que alguno ya está preguntando si el año que viene se vuelve a hacer.

Esto es Covanera, esto y mucho más; un pueblo en el que no hay plaza en la que aburrirse.

Las joyas del románico burgalés

martes, 25 de agosto de 2009

El norte de la provincia de Burgos está plagado de montañas de media altura en las que abundan valles, ríos y diminutos pueblos cuyo encanto reside en su tamaño y aislamiento. En este contexto, las pequeñas aldeas esconden grandes tesoros históricos en forma de ermitas o iglesias, la mayoría de estilo románico y propias de una época en la que la Iglesia como institución ostentaba todo tipo de poderes.

La Ruta del románico se convirtió en una auténtica clase de historia del arte. Iletrado como soy en estos temas, aprendí de mi experta cuñá antes de iniciarla unas nociones básicas que después, satisfactoriamente, fui comprobando en la práctica una a una en las iglesias por las que pasamos.

El arte románico destaca por su sencillez: el lugar de culto se pensaba como un refugio para que el eclesiástico se encontrase con dios y viviese plenamente esa experiencia. Por ello sus muros de piedra son sobrios, las ventanas escasean y las que hay son pequeñas, y apenas entra luz en el exiguo recinto. Otra característica se halla en la necesidad de adoctrinar en la fe cristiana a unos fieles analfabetos. Por ello encontraremos canecillos, contrafuertes, arcos, ábsides, arquivoltas y capiteles repletos de todo tipo de figuras, como si de un cómic en 3D se tratase: músicos, apóstoles, animales, plantas… todo vale pero todo tenía un significado, que hoy muchas veces desconocemos. Por último, en el románico se usó la policromía, es decir, el colorear todas las figuras y paredes para llamar más la atención de los devotos; aunque los restos de color no han resistido el paso del tiempo y hoy casi todo ha desaparecido.


La ruta es larga e interminable, pues los restos son múltiples y las carreteras para acceder a ellos son malas y sinuosas. Esta es una selección de lo mejor del románico. A veces hay que tener suerte con los horarios para poder visitar las iglesias por dentro; aunque como último recurso, por lo general la señora que vive más cerca de la iglesia tiene la llave y con un poco de interés y suerte siempre estará dispuesta a mostrarte todo su esplendor.

San Pedro de Tejada. En el bello pueblo de Puente Arenas se alza la joya del románico burgalés. Una ermita pequeña pero perfectamente conservada, un libro de arte abierto por el capítulo del románico. En su interior encontramos los escasos restos de policromía que quedan, unos capiteles pintados de rojo y negro. Por fuera, el pórtico representa con graciosas figuras de los 12 apóstoles, la última cena con un Judás ladrón, o los 4 evangelistas y el tetramorofo (el toro, el león, el águila y el ángel). Merece la pena mirar uno a uno los canecillos que sobresalen del tejado. Hay perros, ciervos y cabras, pero todos con morro de cerdo; pero destacan sobre todo las escenas sexuales: un hombre y una mujer mostrando sus genitales, y un coito que, desgraciadamente, el cura del pueblo se encargó de romper martillo en mano hace 35 años. El arte y la historia le dan las gracias señor cura.

San Pantaleón de Losa. Lo mejor de esta ermita es su enclave: en lo alto de una gigantesca roca en lo alto de un gigantesco cerro, que visto de lejos recuerda a un casco de barco son su mástil encima. En su interior es curioso ver cómo se salva el gran desnivel del terreno; en su exterior destacan las columnas de su pórtico, que en vez de ser cilíndricas, la de la izquierda es un caballero y la de la derecha un zigzag. Lo peor es su guía, que como llegues un poco apurado con el tiempo se enfada.

Santa María de Siones, en Siones. Otra maravilla del románico, de supuesto origen templario. Por fuera, dos puertas de múltiples arquivoltas y varios arcos ciegos cada uno decorado de una manera diferente. Los motivos de las figuras son muy variados: los que más me llamaron la atención fueron el señor que se burlaba de nosotros y la calavera. Por dentro, la iglesia es preciosa. Escenas del demonio, del pecado original (Adán y Eva con la serpiente), un genuino ábside de doble arcada y unos arcos lobulados que no había visto nunca antes.

Iglesia de San Lorenzo, en Vallejo de Mena. La catedral del románico por sus dimensiones. Por fuera, destacan la gran cantidad de columnas y sus 3 puertas de acceso, una de ellas destinada a los peregrinos del camino de Santiago. Entra las figuras me gustó la representación de unos barriles y nuevamente el Pecado Original (la historia se repite). Por dentro, muchas columnas de variados tipos y la historia en capiteles: la resurreción de Lázaro, un monstruo de múltiples cabezas, un barco y conchas de los peregrinos de Santiago… Una visita perfectamente amenizada por la simpática viejecilla que nos la enseñó, la vecina guardiana de la llave.

El mirador de Urbión

sábado, 8 de agosto de 2009

He tenido la suerte de volver a ir a los Picos de Urbión, pero esta vez para observarlos desde fuera, desde el improvisado mirador que generan las rocas del refugio Peñasalbas. Una pequeña ruta a pie desde el alto del Punto de Nieve por una pista forestal te conduce a este refugio desde el que se obtiene una estampa inmejorable de toda la serranía soriana.

A la derecha sobresale el Pico Urbión, ya conquistado el año pasado, desde el que desciende un valle hasta la Laguna Negra, inapreciable por el pico que desde nuestra posición queda delante. Al fondo, la población de Vinuesa bañada por las azules aguas del Embalse de la Cuerda del Pozo, que obtiene sustento de los cuaces del Duero y del Revinuesa. Y más allá se debería intuir Soria, la pequeña capital de la provincia.

Pero lo más llamativo de esta postal son los verdes bosques de pinos que invaden todas las laderas de las montañas. El bosque es inmenso pero no regular. Hay zonas donde los pinos son más altos que otros; otras parcelas cuadradas aparecen peladas y en algunas apenas hay unos brotes. Todo tiene una explicación que viene desde la época medieval, donde se creó una institución formada por 150 pueblos sorianos que decidieron que los bosques eran de todos, y como tal, los beneficios que de ellos se derivasen deberían ser repartidos en función de la población autóctona de cada municipio.


Así, cada año se elige qué zona del bosque se tala. Los pinos quedan asolados y la madera se vende; todo lo que se recauda se reparte a partes desiguales según esa complicada regla a los interesados. Pero todo está pensado para que el crecimiento del bosque sea perfectamente sostenible. Nada más talar una parte, se vuelve a repoblar; y los de esa zona no se volverán a cortar hasta que se complete un ciclo de 90 años. Otro año se elige otra zona, y así sucesivamente.

Por eso el bosque es irregular. Por eso, y por la presencia de otros árboles como las hayas que no se talan jamás y que aportan nuevas tonalidades de verde en verano y de otros colores en otoño. Un paisaje espectacular y cambiante año a año desde un mirador inigualable.