Huesca es una ciudad peculiar: tan sólo dos visitas me han bastado para percatarme de que cuenta con rasgos característicos que le otorgan una personalidad genuina. Turísticamente, los atractivos no son muchos, aunque no escasean; fundamentalmente, su Catedral gótica, sus murallas y algunas iglesias románicas. Pero lo más curioso es que el monumento más conocido de huesca es... un par de pajaritas de papel de tamaño gigante. Ubicadas en el gran parque urbano, su imagen se usa como reclamo turístico en tiendas, portales web... Original desde luego.
Huesca es una ciudad de contradicciones. De seguro es la única ciudad del mundo que, pese a contar sólo con 51.000 habitantes, tiene la fortuna de contar con aeropuerto (Monflorite) y tren del alta velocidad que en apenas dos horas y media te deja en Atocha. Algo tendrá que ver su magnífico entorno natural: en sólo una hora te plantas en plenos Pirineos, con alturas que se elevan más allá de los 3 mil metros... cuando la capital se encuentra simplemente a 400 metros sobre el nivel del mar. De hecho, no es raro ver las cimas nevadas de las cercanas montañas que se hallan al norte, mientras que en la llanura sobre la que se asienta la ciudad apenas caen copos.
Huesca es una ciudad muy pequeñita. No hay ningún punto de su trazado urbano que se tarde en llegar más de 30 minutos a pie. Una gozada para los que vivimos en ciudades cargadas de atascos. Sin embargo, a los oscenses les gusta mucho coger el coche, por muy a mano que quede todo. En un lugar tan pequeño, la intimidad brilla por su ausencia. Lo que más me llamó la atención es que todo el mundo se conoce, aunque sea de vista: ese es el hermano del frutero; esa iba conmigo al colegio; esa se casó el otro día, es la hija del vecino de mi tía. Un fenómeno curioso: por muy rápido que quieras llegar a un sitio, siempre acabas encontrándote a alguien por el camino con el que pararte a charlar. Debe ser que no pasé el suficiente tiempo en ella porque no me topé con nadie.
Huesca es es el lema con el que el Ayuntamiento promociona la ciudad, acompañado por un caballito. Un nuevo elemento curioso en un lugar a descubrir. Un logotipo rojo en una ciudad donde se lleva el verde, el color del pañuelito que los oscenses se colocan al cuello en agosto en las fiestas de San Lorenzo, el patrón de la parrilla. Aunque este año les ha gustado más el blaugrana, pero no por el Barça, sino por la S.D Huesca, que he hecho un gran papel en la 2ª división: el equipo ha revolucionado la ciudad, y se han medido después de muchísimos años al Zaragoza, el gran rival de siempre, el pique asegurado. El año que viene igual me toca venir de visita a ver al Betis. Seguro que la próxima vez que vuelva ya me encuentro a alguien por la calle.
Huesca es...
domingo, 28 de junio de 2009
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De ermita a ermita
viernes, 26 de junio de 2009
Ermitaño, en su origen, era una palabra asociada a los monjes que voluntariamente rehuían de toda compañía y aceptaban una vida en soledad apartado de todo contacto con el exterior. Es por ello por lo que las ermitas donde profesaban su fe estaban ubicadas en lugares hinóspitos, de difícil acceso y de una sencillez extrema. El término ermita se ha generalizado para desginar cualquier capilla o iglesia, pero aún quedan muchos vestigios de aquellos aislados lugares de culto.
El mejor ejemplo de ello es la ruta de las ermitas, en el pre-pirineo oscense. Desde Yebra de Basa, un diminuto poblado cerca de Sabiñánigo, parte un sendero que asciende un empinado valle en el que se descubren poco a poco ermitas excavadas en las rocas. En dos horas y media se salvan 670 metros de desnivel hasta alcanzar los 1.550 metros de altitud a los que se asienta la ermita de Santa Orosia, punto final del camino al que cada año acuden en romería muchos fieles.Una pequeña capilla con el cartel en flecha de Santuarios rupestres nos indica que vamos por el buen camino. La senda está marcada con las marcas amarillas y blancas de los PR; con su ayuda y la de los mojones la meta no tiene pérdida. Ascendemos por la ladera de la montaña y la sombra del bosque de pinos amortigua el fuerte calor. De fondo se oye el curso de un río y se vislumbra la enorme montaña que tenemos que ascender.
Pasamos una pequeña casa que resultó ser la segunda ermita en el camino; y enseguida la tercera, dedicada a San Lorenzo con una enorme piedra dentro de la ermita. Una disposición extraña para poder orar, aunque la leyenda dice que las aberturas de la roca eran usadas para hincar las rodillas y poder rezar genuflexionado. La obligada comprobación no pudo demostras más que la postura era muy incómoda.Seguimos la ruta en ascenso, y de repente cruzamos un pequeño riachuelo para pasar al otro lado de la ladera. El pequeño curso de agua que acabábamos de saltar era sólo el anticipo de la enorme cascada que nos esperaba. Porque justo cuando la montaña parecía acabarse al toparnos con paredes verticales de roca, llegamos a lo más espectacular del camino: dos ermitas excavadas en la roca, una encima de la otra, acompañadas de un espectacular salto de agua de 35 metros.
Parece imposible poder construir edificaciones en lugares como este. Pero precisamente ese tuvo que ser el mtovio que animó a los ermitaños a decidirse: un lugar inalcanzable donde disfrutar su soledad con un paisaje natural único. Las ermitas de San Cornelio, abajo, y de La cueva, arriba, se fusionan con la roca y es un lugar ideal para sentirse sólo en el mundo.No sólo, claro. La constante caída de agua les acompañaba, y realmente te deja hipnotizado. Te puedes quedar horas mirándola y viendo cómo cambia de posición con las ráfagas del viento. A un lado y a otro, con más agua y con menos; ningún segundo es igual. La ruta pasa por debajo de la cascada y para nuestra sorpresa, en nuestro camino, nos encontramos aún dos ermitas más excavadas en las rocas: las de Santa Bárbara y San Blas.
Unos metros más y ya se llega a lo alto de la montaña. Una enorme cruz al pie del precipio te marca el lugar desde el que observar vistas espectáculares del sur pre-pirenaico. Montañas y más montañas, algún pueblo y, por supuesto, ermitas, como la que hacía la número 8, junto a la cruz.
Ya estábamos en llano, y fondo del paisaje divisamos el final del camino. La Ermita de Santa Orosia, extraño nombre pero de gran devoción; situada ya en una extensa llanura toda verde, con agua para beber y una pequeña habitación en la ermita con función de refugio donde se permita pernoctar por las noches. Un magnífico lugar para descansar y coger fuerzas para el camino de vuelta, por el mismo sitio.
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Loarre, el castillo inconquistable
sábado, 20 de junio de 2009
Muy cerquita de Huesca se encuentra el Castillo de Loarre, uno de los castillos españoles mejor conservados, lo que le ha otorgado fama internacional al punto de haberse convertido en estrella de la pantalla, pues formó parte de escenario del aquel programa sobre castillos de La Primera, y recientemente se rodaron en él algunas escenas de la película El Reino de los Cielos, de Ridley Scott. No es casual que el equipo de Orlando Bloom y compañía eligiese este recinto para grabar una película ambientada en las cruzadas medievales; al igual que sus primeros ocupantes lo construyeron pensando en su estratégica posición.
Los reyes cristianos del siglo XI, abrumados por la extensiva conquista de la Península por los árabes, decidieron edificar una fortaleza en un emplazamiento infranqueable que pusiese freno a la expansión musulmana. Y dieron con el sitio en Loarre. El castillo se ubica en la alto de una montaña, sobre un enorme bloque de piedra que cumplía la doble función de cimiento y muralla natural. Con el paso del tiempo, se añadieron unas murallas con torreones que delimitaban un seguro recinto interior protegido de posibles invasores.
El lugar no podía ser estar mejor pensado. Desde el castillo, cualquier tipo de acercamiento podía ser fácilmente atisbado. Al sur de las murallas desciende la colina, con un desnivel de unos 400 metros, que desemboca en una extensísima llanura que hoy se conoce como la Hoya de Huesca. Hoy en un día claro se llega a ver hasta Zaragoza. Hace 1000 años se podría preparar la defensa con la antelación suficiente para condenar el ataque enemigo al fracaso sin remisión.
El castillo, restaurado, presenta un aspecto impecable. Las huellas de su tiempo permanecen en su distribución. El arte románico propio de la época se encuentra presente y los imprescidibles elementos religiosos ocupan gran parte de su extensión. Así, al margen de las estancias reales, encontramos un par de capillas y una impresionante iglesia donde el retumbar del eco de la voz hace poner los pelos de punta. Se ven trozos de roca sobre la que está asentado, y la visita permite subir a torreones, ver los aljibes, los patios, las cocinas y hasta el retrete de la monarca. Pero sin duda me quedo con el Mirador de la Reina, la ventana perfecta desde la que disfrutar, de un modo seguro, de un paisaje espectacular.
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Montaña rusa de río
martes, 16 de junio de 2009
Huesca es un paraíso para los deportes de aventura. Alpinismo, kayaks, rapel, escaladas, rafting, barranquismo... de todo para todos en entornos naturales de ensueño, con ríos con abundante agua y valles espectaculares. El lugar propicio para conocer uno nuevo: el Hidrospeed.
Esta modalidad de descenso de río me ha gustado por encima de muchas otras, como las aguas bravas o el rafting, pues es sentir el curso del agua como si formases verdaderamente parte de él. Es fácil y accesible, pero no deja de tener su punto de riesgo que le hace formar parte de los deportes de aventura. Te equipan con un neopreno especial, reforzado en las articulaciones para prevenir los seguros golpes contra las rocas de los ríos. Al chaleco y el casco se suman las aletas como elemento fundamental para el impulso en el agua, y el hidro trineo. Esta herramienta es una especie de tabla de body surf gruesa, de un material de alta flotabilidad sobre la que se apoya el cuerpo y en la que se meten las manos que ejerecen de timón de la "embarcación". Y ya está: a dejarse llevar por el río.
Aunque la cosa no es tan fácil. Nosotros elegimos la empresa Ur, en el pueblo de Murillo de Gállego. Allí nos propusieron un descenso de 5 kilómetros por el río Gállego, que en aquel momento se encontraba óptimo para esta actividad (hay que pillar el río con un volumen de agua determinado, porque muy por encima o por debajo de los límites hacen imposible su realización). Debido al fuerte calor, sus frías aguas fueron un gran alivio. Las primeras lecciones son de adaptación al hidro y de aleteo, que aumentan mi fama de patoso. No es tan sencillo como parece.
Enseguida comenzamos el descenso. Los tramos de rápidos se suceden uno tras otro, y las emociones aumentan. Los giros del hidro son fundamentales para coger bien las curvas y no volcar arrastrados por la corriente. El camino se convierte en un continuo sube y baja entre las olas que hacen poner el hidro casi en vertical. Los meandros del río aseguran la aventura y cada recoveco es un reto. Hay que tratar de esquivar las piedras aunque los golpes, si bien leves, son inevitables.
Algún remanso permite descansar y disfrutar del paisaje. Nos encontramos con el valle del río Gállego, cruzamos por debajo del Puente de Carcavilla y a nuestra izquierda nos acompañan por siempre las vías del famoso tren de montaña Canfranero. De fondo, los inmensos Mallos de Riglos.
La tranquilidad dura poco y la corriente del río se vuelve de nuevo vertiginosa. Nuevas olas, nuevos desniveles, y alguna cascada sobre nuestras cabezas para refrescarnos aún más. Ya se le va cogiendo el truco al hidro y es más cómodo controlarlo. Después de más de una hora descenso, llegamos al final. Se hace corto pero el cansancio se nota. Al fin y al cabo, no es sólo dejarse llevar por el río. Pero las agujetas del día siguiente no empañan el gran recuerdo de esta experiencia. Una montaña rusa de agua natural altamente recomendable.
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Los mallos en junio
domingo, 14 de junio de 2009
La naturaleza no deja de sorprender. Uno cree que ya ha visto de todo y, de repente, se encuentra con lugares como los Mallos de Riglos, en la provincia de Huesca. En medio de un precioso valle, vertebrado por el aturquesado río Gállego, y en la ladera de una montaña, se elevan sin más unas inmensas cuasi verticales paredes de roca color anaranjada, o rojiza, que parecen colocadas "ad hoc" por un amante del dibujo como telón de fondo del pintoresco pueblo de Riglos que se asienta a sus pies.
En efecto, los mallos, por su enclave, sus formas redondeadas, su incalculable altura, sus crestas suaves y su disposición nos pueden hacer pensar en un elemento decorativo artificial. Pero estas rocas no tienen nada de mentira; al contrario, son muchos los estudios que han intentado explicar su evolución geológica. Las conclusiones son difíciles de entender (al menos para mí), lo que contribuye a acrecentar un halo de misterio en torno a los mallos. Lógicamente, el viento y el agua y el material del que están compuestos han colaborado en la formación de esos recovecos tan característicos que han servido para dar nombre a cada uno de ellos (El Puro, Visera, Cuchillo...), pero a raíz de ahí me pierdo. Como a la hora de adivinar su elevación. Hablan de 300 metros, de 150 metros... da lo mismo, impresionan por sí solos.
La palabra "mallo" es de origen aragonés, y se utiliza para referirse a este tipo de paredes verticales. Desde Aragón el término se ha internacionalizado, pues este lugar, entre los escaladores, se ha convertido en uno de los puntos de referencia a nivel mundial. No es raro encontrar practicantes de la escalada o el rapel afrontando con esmero la ardua tarea de ponerse cara a cara con el mallo. Incluso el pasado día, en pleno junio y a las 3 de la tarde, comprobamos cómo algunos valientes desafiaban el intenso calor y se pasaban horas tratando de hacer cumbre. Diminutos puntos perdidos en el inmenso mallo, con un avance lento pero seguro, desafiando al sol, a la gravedad y al vértigo. Sencillamente espectacular.Los mallos, según he visto en Youtube, también sirven para los amantes del salto base (un brinco hacia el vacío con la única ayuda de tu paracaidas), lo que de haberlo visto en directo me hubiera quitado el hipo de por vida. Yo me conformaría con dar una vuelta a su alrededor por el sendero que se ha habilitado para poder contemplarlos de cerca, pues los mallos, desde abajo, también se ven muy bien.
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Piruetas en el aire
lunes, 8 de junio de 2009
Todos los domingos primeros de mes el Aeródromo de Cuatro Vientos cierra su servicio de vuelos visuales para organizar una exhibición aérea de aviones antiguos de entre su colección de piezas que conserva en su museo permanente. Ayer fue primer domingo de mes y algunos de la clase con el wikipédico Iñaki a la cabeza fuimos a disfrutar del espectáculo.
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Fiambres a la parrilla
lunes, 25 de mayo de 2009
El Monasterio de San Lorenzo del Escorial es uno de los monumentos más sorprendentes que he visto. Su grandiosidad salta a la vista, comparándolo sobre todo con el pequeño municipio de San Lorenzo que lo acompaña en su ubicación y resaltada desde el mirador que subiendo por la calle Presa se encuentra en las faldas del Monte Abantos. Desde esta privilegiada posición, en plena Sierra de Guadarrama, el monasterio domina el horizonte, quedando a lo lejos Madrid y la silueta de sus torres.
Los 60 kilómetros que lo separan de la capital, un suspiro de trayecto en coche, se tradujeron en 8 días de paseo en silla elevada (muy al estilo de Abraracúrcix) para el rey Felipe II, principal propulsor de la idea de construir un palacio real cerca de la villa de Madrid en el que la familia del monarca pudiera habitar 3 de los 12 meses del año (al parecer, cada estación la pasaban en uno de los 4 sitios reales que hay desperdigados por el país). Su construcción se justificó como un homenaje a la victoria en la Batalla de San Quintín, el 10 de agosto de 1557, precisamente el día de San Lorenzo. El patrón de Huesca está definitivamente ligado al edificio: su muerte quemado en una parrilla se refleja simbólicamente por todos los rincones del monasterio; el cuadrado rayado con el asa es su logotipo, y hasta la estructura del mismo recuerda a una parrilla dada la vuelta (en las 4 esquinas hay unas torres, y el asa de la parrilla sería los aposentos reales que sobresalen de la base cuadrada del edificio).
Lo primero que se visita son las estancias reales, los lugares donde el monarca y su familia pasaban los días. No dejaba de ser una vida aburrida y monótona. Las habitaciones estaban separadas (incluso las del rey y la reina), rodeando la basílica para escuchar la misa desde una ventana y no tener que bajar a la iglesia; a los niños sólo los podían ver en una sala donde daban paseos y leían unos mapas; y, en el comedor, los monarcas no hacían ningún esfuerzo: nada más sentarse, su séquito se ponía manos a la obra, y, para el colmo de la vagueza, les metían los cubiertos con los alimentos en la boca para que los reyes no hiciesen ningún esfuerzo.
El palacio, de suma austeridad para ser real, copa sus paredes con cuadros de los Austrias, hasta que la dinastía desapareció (cosa lógica, pues se casaban entre parientes; al ver la sucuesión de los cuadros se nota en sus caras una cierta degradación con el paso de las generaciones, y el último, Carlos II, murió sin descendencia y con un aspecto físico no muy digno de rey). También se visitan la Biblioteca, un magnífico templo del saber con una cúpula que recuerda a la de la Capilla Sixtina; los jardines, las salas capitulares y la iglesia, aunque estos días estaba de reforma.
Pero sin duda lo que más me llamó la atención fue el panteón funerario de todos los Reyes de España. No sabía que todos los cuerpos yacientes de los monarcas españoles y de sus cónyuges, desde el primero de los Austrias hasta el último de los Borbones que ha fallecido, se encontraban en los bajos del monasterio. Este lugar, de una belleza extrema, fue construido por Felipe II para honrar a su padre Carlos I (el de la cantinela de "Carlos I de España y V de Alemania"). El lugar asombra a todo el que lo visita: una sala cilíndrica, con 26 huecos donde reposan veintiséis sarcófagos de oro y mármol negro sostenidos sobre garras de león en bronce. Allí sólo está permitodo el descanso para las personas que han reinado la nación. Reposan, en un lado de la sala, las tumbas de los reyes (y de la única reina, Isabel II); y justo enfrente, las de sus esposas (y el marido de Isabel). No todas están ocupadas: antes de reposar para siempre en el panteón, los reyes pasan de 30 a 40 años en el "Pudridero", donde se van descomponiendo; allí se encuentran aún Victoria de Battember, don Juan de Borbón y Doña María de las Mercedes. Cuando pasen al Panteón, aún quedarán dos huecos para Don Juan Carlos y Doña Sofía; lo que pase en el futuro (si habrá más reyes, si no los habrá, dónde se ubicarán sus cuerpos), es aún una incógnita. Pero aún quedan muchos años para ello.
Al margen de los monarcas, el subsuelo del Monasterio es un pequeño cementerio de los cuerpos de sus familiares y allegados. Impresiona sobremanera el panteón en forma de tarta de comunión, de todos los infantes muertos de pequeños. Nunca imaginé que el monasterio pudiera albergar tanta tumba, supongo que por eso también le dieron forma de parrilla.
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Los monos se vistieron de seda
martes, 19 de mayo de 2009
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Ver lo invisible
miércoles, 13 de mayo de 2009
La astronomía. Siempre me ha gustado mirar al cielo, ver las estrellas, preguntarme la distancia a la que están, o si la luz que estamos viendo es la de una estrella viva o muerta, si eso tan grande será un planeta, qué habrá ahí fuera que no vemos, o cómo puedo verlas si están tan lejos... Son tantas las preguntas y a veces tan pocas las respuestas. Eso es quizás lo que haga de la astronomía una ciencia tan interesante. Un par de visitas a dos observatorios astronómicos me han hecho acrecentar la admiración por el cielo.
Observatorio astronómico de Cantabria, Valderredible. Situado en medio de la nada, justo en la frontera entre Burgos y Cantabria, en lo alto de la gran llanura del páramo de la Lora. Alejado de toda luz artificial, es un lugar ideal para la observación de cuerpos celestes. Nada interfiere entre tus ojos y el cielo. El observatorio organiza visitas gratuitas, nocturnas y, para mi sorpresa, diurnas. Nuestra visita era a las cinco de la tarde y su experto personal nos dio la oportunidad de comprobar que las cosas están ahí aunque no las veamos.
Nos subieron a la segunda planta del observatorio donde una gran cúpula de 4 metros de diámetro coronaba la sala. En medio, un gigantesco telescopio al que se accedía por unas escaleras demandaba nuestra atención. Antes de poder utilizarlo, una de las personas del centro nos estuvo explicando algunos conceptos básicos de la astronomía. Pero enseguida pasamos a la acción. Nuestro guía puso una lente de 10 cm y nos dijo que nos preparásemos para ver el sol. Siempre es peligroso dirigir los ojos al astro rey, pero eso colocó un filtro a través del cual obervamos una especie de ostia consagrada de una redondez perfecta. A continuación, un nuevo filtro rojo que nos desveló algunos secretos que nuestro sol esconde: tiene unas manchas que corresponden a zonas frías que no mantienen la temperatura global de la estrella (aunque me gustaría saber a qué se llama "fría" en un astro que está a 5.000 grados de temperatura), y de su perímetro se desprendían unos hilillos, correspondientes a protuberancias en su forma. Después, una lente más ancha, de 40 cm, nos permitió llegar más lejos (a 25 años luz) para divisar Vega, una de las estrellas más cercanas al sistema solar. Se trata de una de las objetos más brillantes del cielo, aunque nunca imaginé que podría llegar a verla en pleno día.
Observatorio astronómico de Cardeña, Córdoba. En el paraje natural de la Sierra de Montoro y Cardeña, el pequeño municipio que da nombre al parque tiene, en su parte más elevada, un observatorio referencia en Andalucía. A pesar de no estar totalmente aislado, no existen grandes núcleos de población cerca luego las observaciones son excelentes. En esta ocasión la visita fue nocturna, junto con uno de los grupos de escolares de las Aulas Viajeras de la Junta, aunque me comentaron que también está abierto al público en general para visitas puntuales.
Lo más llamativo de la visita fue que, gracias a la buena temperatura, pudimos subir a una azotea desde la que el guía en cuestión nos estuvo explicando las principales constelaciones del cielo. Para ello, utilizó un puntero láser especial, de una potencia específica para este uso, pues su rayo verde llegaba tan lejos que tocaba los puntos brillantes del firmamento. El guía me comentó que para poder usar esta herramienta hay que tener un permiso especial, pues apuntar a los ojos con él puede ser bastante peligroso. Acto seguido, nos metimos en la cúpula que alberga el telescopio y, tras mostranos las Pléyades, nos dio la sorpresa de enfocar a Saturno. Fue una sensación muy especial ver otro planeta, no en foto ni en la televisón, sino allí, en vivo y en directo. De color blanquecino con un filtro especial, se observaban perfectamente sus anillos, y unos puntos negros que, según nos dijeron, correspondían a las sombras que dejaban sus lunas. Tan lejos y tan cerca. Algo que está a millones de kilómetros de distancia visto a golpe de telescopio. Impresionante.
Observar el firmamento es un lujo gratuito del que las grandes ciudades nos han privado. Por eso, estas visitas son tan especiales. Aunque no podré evitar siempre que pueda tumbarme en el campo una noche bien abrigadito a ver qué nuevo espectáculo me brinda el cielo.
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En busca del templo perdido
domingo, 10 de mayo de 2009
En algún lugar del Valle de Manzanedo, al norte de la provincia de Burgos, existe un lugar enigmático escondido en la ladera de una de sus montañas, un marco incomparable para cualquier explorador ávido de aventuras. Desde la angosta carretera paralela al río Ebro, a la altura del salto de agua de Rioseco, unas piedras que se entreven entre la maleza nos dan la pista definitiva: parece que hemos acertado.
Tras aparcar el coche, seguimos un sendero que asciende el cual nos conduce, tras unos cuantos metros, a un muro ruinoso llenos de zarzas con una oquedad que nos sugiere ser la entrada. La suerte está echada. ¿Qué habrá detrás? La curiosidad nos puede y no dudamos en penetrar por esa puerta a pesar de que la naturaleza parezca querer evitarlo.Tras sortear los pinchos, nos encontramos un paisaje desolador. Una especie de casa demolida, de dos plantas, con las vigas caidas, una gruesa columna en buen estado y algún arco. Una escalera alimenta las tentaciones de subir arriba, pero el mal estado del techo desaconsejan tal locura. Mejor contarlo desde abajo.
Seguimos andando y observamos otro muro, con una entrada en forma de arco llena, cómo no, de arbustos y ramas. Pero, al fondo, algo vuelve a hacer resurgir la curiosidad por este enigmático lugar. Se divisa el campanario de lo que sería una iglesa, de varios arcos y, desde luego, muy muy alto para estar en un sitio como este. No cabe duda, hay que traspasar esta nueva puerta.Y, a partir de entonces, la aventura cobra un nuevo color. El nuevo espacio en el que nos encontramos nos confirma que debemos estar en un lugar religioso abandonado, de mucha importancia. Llegamos a una especie de plaza cuadrada, rodeada de arcos de altura colosal unidos entre sí en dos plantas. La mayoría se conservan muy bien, aunque pasar debajo de alguno daba bastante respeto. La forma de este lugar nos recuerda, evidentemente, a los claustros de los monasterios.
Entre más y más arbustos, encontramos una puerta de madera abierta de par en par. Hay que entrar ahí como sea. Y, nada más traspasar la entrada, nos dimos cuenta de que la aventura había merecido la pena. De repente, y de forma totalmente inesperada, nos encontramos dentro de un inmenso templo, el típico de cruz latina con 2 naves laterales y una central. ¿Quién hubiera podido imaginar que algo así podría estar allí, alejado de todo y oculto entre el bosque? El ambiente era de lo más enigmático. Por las ventanas, la luz entraba tenue y daba más misterio a nuestra exploración. La iglesia estaba en ruinas, conservando su estructura pero con grandes bloques de piedra esparcidos por el suelo. Son momentos en los que te sientes como Indiana Jones descubriendo algo que poca gente conoce. No podía evitar pensar en algún tesoro escondido.
En nuestro paseo vimos el altar, marcos colgados de la pared sin cuadros que mostrar, vidrieras rotas, una escalera que bajaba a lo que parecían ser unas catacumbas, y otra oscura de caracol que ascendía a una torre. Desde arriba, bosque y más bosque. Estábamos solo por allí. Pero ningún tesoro a la vista (no sé si oculto). Ni lo más recóndito se libra del expolio. Aunque el lugar en sí es un tesoro, y haberlo encontrado te llena de satisfacción.
Todo este misterio tiene una buena explicación. El conjunto se denomina Monasterio de Santa María de Rioseco y data del s. XIII; durante años fue un foco de riqueza para la zona norte de la provincia, pero la decadencia tras la conquista de los franceses y la desamortización de Mendizábal en 1835 hizo que se abandonara poco a poco hasta su desuso total en la década de 1960. Desde entonces, el lugar ha quedado abandonado sin proyecto alguno de reforma o reutilización, para el libre uso de ilusionados Indianas en busca de aventuras.
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Lo nunca visto
miércoles, 6 de mayo de 2009
Sevilla es una ciudad especial para muchas cosas; todos los acontecimientos se suelen vivir con mucha intensidad, y por supuesto la inauguración de un transporte público tan costoso como el metro no podía ser menos. La solución para muchos de las congestiones de tráfico en el centro y periferia de la ciudad ha tenido una acogida masiva y, desde los ojos de un lince viajero, ha dado lugar a situaciones nunca vistas.
Ha sido el proyecto más esperado. De hecho, nunca había visto que se tardasen más de 30 años en terminar la primera línea, desde la idea inicial de los años setenta a los parones por las supuestas críticas condiciones del subsuelo sevillano (repleto de agua... como si no hubiera islas con líneas y líneas de metro subterráneo). La reactivación de la iniciativa en 1999 vivió un retraso tras otro hasta su inauguración oficial hace justo un mes. Eso sí, con 5 de las 22 estaciones cerradas.
Ha sido el proyecto más accidentado. De hecho, nunca había visto tantas y tantas incidencias desde los rallies de Carlos Sainz. Una tuneladora que pierde aceite, los túneles que se desvían unos metros de su trazado original, una viga que se desploma sobre la SE-30 y el colmo unos días antes de la supuesta puesta en marcha: un quiosco que es engullido de repente creando un socavón de 6 metros en la Puerta de Jerez.
Ha sido el proyecto con mejor acogida. De hecho, nunca había visto que, en sus primeros días, los usuarios de las paradas intermedias no se pudieran subir al vagón porque la gente no se bajaba en ninguna estación: cogían el metro en las cabeceras y de ahí no se apeaban hasta que volvían a su casa. El recorrido completo ida y vuelta. Ir de excursión al metro. Las colas para entrar, en los días de Semana Santa, salían de la estación y daban la vuelta a todo el edificio. Ni Madonna había creado tanta expectación.
Ha sido el proyecto que más ha dado que hablar. De hecho, nunca había visto tanta disparidad de criterios: que si nadie entiende cómo se saca el billete, que si no hay bancos en las estaciones, que si es muy moderno y limpio, que si las mamparas de seguridad son un acierto, que si el vagón es muy chico, que si los diseños de Vittorio y Luchino de los asientos son una pasada, que si va muy lento, que si las estaciones están muy lejos... El caso es hablar de él. Pero todos lo han cogido.
Ha sido el proyecto más peculiar. De hecho, nunca había visto situaciones como la del otro día volviendo de la Feria, cuando el tren repleto se detuvo unos metros después de arrancar en Blas Infante. El conductor, micrófono en mano, soltó una parrafada que no podía haber ocurrido en ningún otro lugar del mundo: "A vé, er grasioso que haya tirao de la palanca de emergensia, que la vuerva a poné en su sitio; ¡o de aquí no nos movemo hasta mañana!". No pude evitar una sonrisa. Primero, porque en ningún momento pensó que a lo mejor se tiró de la palanca porque hubiera una emergencia de verdad. Y luego, por la formalidad del protocolo de actuación: ni advertir que eso es una falta grave, ni amenazar con que venga la seguridad... todo muy de andar por casa. Inigualable.
Pero, sea lo que fuere, el metro ya está aquí para el disfrute de todos. Y que dure.
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Para Paracuellos
miércoles, 29 de abril de 2009
Unos intrépidos estudiantes de SENASA habían intentado sin éxito en varias ocasiones alcanzar las enormes bolas blancas de radar próximas al mirador de Paracuellos del Jarama, pueblo situado sobre una colina al pie del aeropuerto de Barajas. Las malas condiciones atmosféricas, unas veces por baja visibilidad, otras por una gélida temperatura cercana al punto de rocío, habían convertido en frustradas todas sus aproximaciones para alcanzar el elevado lugar desde el que observar sus aviones favoritos. Pero como la perseverancia es una virtud, estos estudiantes consiguieron su objetivo en un día de esos de "sol y moscas".
Felices y bien preparados, nuestros aspirantes a controladores metieron motor en su coche con un motero como número dos siguiendo al tránsito a la vista, y enfilaron juntos la avenida principal del pueblo de Barajas, que parece tener fin cuando se topa con las vallas del aeropuerto. Pero no, un camino secreto en forma de túnel se abre por debajo de las pistas y vertebra las entrañas del aeropuerto. Tras varios kilómetros de oscuridad, pudieron notificar pistas libres y de repente aumentó la visibilidad a más de 10 kilómetros. Ante ellos se alzaba la cuesta de Paracuellos, curvas ilimitadas en un circuito a izquierda y derecha que desembocaba en la entrada al pueblo. Tras alguna órbita, viraron derecha por la Avenida del Radar y encontraron una urbanización con calles pero sin casas. Ese era su destino. Dejaron los vehículos lo más cerca que pudieron del acantilado y recorrieron andando por tierra los últimos pies que los separaban del borde del precipicio.Bajo sus pies se alzaba el aeropuerto de Barajas, el más grande de España y uno de los más concurridos del mundo. Desde esa privilegiada posición se podían distinguir sus 4 pistas, dos paralelas para aterrizar y otras 2 para despegar; sus 4 torres de control, su laberíntico entramado de calles de rodaje y sus edificiones terminales (el combinado de las T1, T2 y T3, y los dos separados de las modernas T4 y T4S); al fondo de la estampa, la ciudad de Madrid, con la inconfundible silueta de las míticas 4 torres. Y, por supuesto, un avión tras otro sin parar para llenar de movimiento la espectacular imagen que se captaba.
El espectáculo estaba servido. Un improvisado mirador, la compañía de unas cervecitas, unos prismáticos para hacerlo todo más cercano y unos receptores de alta frecuencia que permitían cotillear todo lo que se estaba cociendo. Con estos walkies especiales, bien sintonizados, se pueden oir las conversaciones que mantienen pilotos y controladores en su quehacer diario. Pero con cuidado, porque si bien la escucha pasiva está permitida, la transmisión ilegal es un delito (menos mal porque se podría liar parda). De esta forma, pusieron sonido a la película muda que se proyectaba ante sus ojos. De no ser por ellos, no habrían comprendido que la anormal configuración del aeropuerto (las aeronaves venían del norte) estaba provocando retrasos de hasta media hora; o que una bandada de pájaros era el motivo por el que un avión alineado en pista tardaba demasiado en salir.
Lo mejor es que, a estas alturas, estas conversaciones ya resultan normales, y, lo que es más extraño, hasta coherentes. Cifras, letras, matrículas, Ecos y Charlis, todos unidos formando complicados trabalenguas bilingües; enemigos imposibles hace poco y ahora compañeros de una vida. Y entre gigantes Boeings 777 y pequeños Embraers se fue la tarde en un plis. Rodadura terminada.
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Un poquito de laurel
lunes, 20 de abril de 2009
El laurel, esa planta aromática que condimenta nuestros guisos y que los emperadores romanos utilizaban illo tempore como símbolo de la victoria, adquiere connotaciones especiales en boca de los logroñeses. Pero no precisamente por el sabor que desprende en algún plato de la gastronomía local; "Laurel" es el nombre de la calle más populosa, conocida y atrayente de la ciudad de Logroño.
La Laurel es una estrecha calle que tiene la particularidad de contar con más de 50 bares en los que se pueden degustar vinos (de Rioja, por supuesto) y tapas o pinchos. Es costumbre entre los vecinos de Logroño acudir en masa a las horas de comer y de cenar para tapear de bar en bar y reunirse con amigos o conocidos. La particularidad es que cada bar se ha especializado en un pincho o dos que se muestran rodeados de todos los demás tras las cristaleras de las barras de los bares. El pincho y la copita de Rioja forman un hábito inevitable que se repite en cada una de las paradas de esta ruta de bares. De hecho, la conocen como "La senda de los elefantes" por la trompa que se suele coger antes de volver a casa.
En pleno centro de la urbe, nuestros primeros pasos no se encaminaron a la catedral o al paseo del Ebro; la hora a la que llegamos (una y media de la tarde) nos hizo decantarnos sin dubitar demasiado a la irresistible tentación de la Laurel. Entre una ingente masa de gente, nos dirigimos a un bar, otro y otro, y en todos la escena se repetía. Bebida y el pincho de la casa. Así, fuimos probando sepias, gambas fritas, setas, zapatillas de jamón, huevos rotos y "wonderbras". Una tapa en cada bar y a buscar otro. Y lo mejor es que el precio era de lo más asequible: no más de dos euros y medio el conjunto (bebida y tapa). Entre vinos y jotas que nos cantó algún lugareño, la diversión era cada vez mayor. Y, por culpa de la ley no escrita que dictamina que hay que acabar en número impar, terminamos conociendo hasta 7 bares de la calle.Tapear es todo un arte. Pero está claro que si es con un poquito de laurel, mucho mejor.
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Aterrizar desde fuera
jueves, 16 de abril de 2009
El auténtico control aéreo se visualiza desde la torre de control de los aeropuertos. En los centros las aviones se reducen a simples puntos de varios colores que pululan por las azules pantallas de las posiciones UCS. Tras las cristaleras de las torres, los puntos se transforman en aviones de chapa y metal, y sus movimientos, simulados en las pantallas, se tornan reales en el aire.
Tuve la suerte de poder visitar la Torre del aeropuerto de Asturias, el más septentrional de España, ubicado en Ranón (que también es el más alejado de su capital de toda España, nada menos que a 50 kilómetros de Oviedo). Aprovechando el día despejado, los aviones que llamaban por frecuencia para aterrizar se podían buscar en el cielo y desde la lejanía se divisiban pequeños puntos a los que poco a poco les crecían alas, ventanas y les salía un tren de aterrizaje de la panza. Parece mentira cómo, hace varios meses, me resultaban incomprensibles las comunicaciones aeronáuticas, y cómo, ahora, alcanzaba a entender las autorizaciones, las incidencias, las peticiones, y toda la parafernalia que rodea a este trabajo: los cruces de pista de coches para revisar algo (más habitual de lo que creía), el encender las luces del aeropuerto a la intensidad adecuada (para no molestar a los pilotos), el meter en el ordenador los planes de vuelo de forma correcta y la importancia de preactivarlos en el momento adecuado (para que durante todo su trayecto pueda ser vigilado por los siguientes compañeros)...El despegue y la llegada de un avión son los momentos más emocionantes. Comprobar cómo se eleva sobre las alturas apenas a media pista (desde dentro parece que tarda muchísimo más) y cómo enfila el aterrizaje desde tan lejos descendiendo gradualmente hasta posarse como un pájaro sobre el asfalto de la pista. Y es curioso cómo cambian los conceptos cuando te situas desde fuera. Si uno llega de sus vacaciones, cuando las ruedas del avión tocan tierra parece que ya todo acaba; pero desde el fanal me di cuenta de todo el trabajo extra que ello conlleva. Desde ese momento, un coche de color amarillo chillón ya esta esperando para guiar a la aeronave al estacionamiento adecuado. Cuando llega, del vehículo sale un operario vestido del mismo color hortera con dos luces para avisar al piloto de cuándo tiene que frenar, al tiempo que otra persona ya está preparada para ponerle un calzo a las ruedas delanteras. Mientras esto ocurre, una camioncito con varios remolques ya rodea al avión preparándose para empezar a transportar maletas, y una pasarela telescópica se va acercando poco a poco a la puerta delantera para que salgan por allí los pasajeros. Todo perfectamente coordinado.
La visita a la torre fue muy interesante y aprendí mucho, pero aún me quedaba otra sorpresa. La conductora del coche amarillo aceptó darme una vuelta por todo el aeropuerto. Nervioso y animado, corrí raudo en su búsqueda y, a ras de pista, guiamos a un par de aviones hasta su aparcamiento correspondiente. En un momento de tranquilidad, nos metimos en la pista (previo permiso del controlador, claro) y me resultó impresionantemente ancha (45 metros). Allí aceleró y la recorrimos a toda velocidad ida y vuelta. Después de eso, un avión más en su sitio y dimos una vuelta por la perimetral del aeropuerto, que es una carretera que lo bordea por dentro de las vallas de protección. En 7 minutos (son varios kilómetros de camino) vi de cerca el ILS, el VOR/DME (que son los radares que guían a los pilotos en sus trayectorias) y las luces de aproximación, esos conceptos teóricos que tanto usamos en clase y a los que pocas veces les das forma. Terminado el paseo, vuelta a la torre después de una novedosa experiencia.
Los conceptos cambian. Y mola.
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Desfile de Xanas
domingo, 12 de abril de 2009
Las tierras del norte son muy dadas a la creencia en seres extraordinarios que habitan de forma subrepticia en sus bosques y montañas. En Asturias, la mitología guarda un lugar privilegiado a las Xanas, unas ninfas cuya existencia se liga a la cercanía de las dulces aguas de los ríos más cristalinos, que estas bellas hadas utilizan para lavar sus ropajes o como espejo para peinarse mientras susurran canciones misteriosas. Naturalmente, por su extrema singularidad, encontrarse con una Xana es casi tan complicado como ver un lince en Doñana, pero quizás el problema sea saber dónde buscar.
Muy cerca de Oviedo (las posibilidades que para el senderismo ofrecen la proximidad de las montañas a esta ciudad son inmensas) se halla el conocido como Desfiladero de las Xanas, que enlaza con la popular Ruta del Oso que recorre el valle del río Trubia. Sus características hidrográficas lo convierten en un lugar perfecto para el escondite de las ninfas. Saliendo de la capital y tras poco más de 20 kilómetros, se inicio el sendero justo antes del pueblo de Villanueva y del área recreativa donde se cuidan a las osas pardas Paca y Tola.
El camino se empina súbitamente para alcanzar las altas paredes del acantilado. A casi 80 metros de atura el angosto sendero quita el hipo al mirar hacia abajo y divisar el río Viescas (o De las xanas) convertido en un fino hilo de agua. Echamos la vista atrás y los poblados se pierden en la serranía. Hacia delante, las paredes de las montañas se confunden entre sí aproximándose cada vez más y resultan un refugio ideal para las Xanas. El trazado atraviesa túneles, cascadas de agua y, cuando camino y río se unen, puentes y bosques que permiten acercarse a la corriente. Pero, entre piedras y árboles llenos de musgo, propios de parajes encantados, ni rastro de las hadas de agua. El susurro de una canción me hace sospechar la presencia de alguna, pero no era más que mi compañero Alfredo cantando "Una rosa es una rosa".
Tras dos horas de caminata, el desfiladero concluye en el minúsculo pueblo de Pedroveya, en entorno de lo más rural con laderas verdecidas, animales de granja con su inconfundible olor, y los clásicos horreos asturianos. En el poblado hay un famoso restaurante donde dimos buena cuenta de una señora fabada; tuvimos suerte, pues es el único bar de la aldea y siempre está muy demandado. La vuelta atrás transcurre por el mismo camino, pero en pendiente cuesta abajo (muy recomendable para bajar la copiosa comida). El regreso permite disfrutar nuevamente de esta ruta que algunos conocen como "El pequeño Cares"; pero las ninfas de agua dulce seguieron escondidas a nuestros pasos. No hubo la suerte que tuve en Doñana.
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