El jueves pasado acudimos al Hipódromo de la Zarzuela, donde cada semana de verano se celerabran carreras de caballos que últimamente han tenido una gran popularidad. Picado por la curiosidad de en qué consistiría un evento de este tipo, no pude evitar llevarme una gran sorpresa por lo que allí me encontré.
Las gradas estaban repletas, y la expectación era máxima. Una carrera estaba a punto de comenzar. Casi todos los asistentes portaban en sus manos los boletos donde figuraban sus apuestas que les podían hacer ganar unos cuantos euros. El juez da la salida y después de un minuto el caballo más veloz cruza la meta el primero. Algarabía entre los ganadores y resignación entre los muchos perdedores.
Animados por la competición, no dudamos en apostar. Un complicado folleto te trata de explicar las múltiples combinaciones y los estadísticas de los caballos. Las opciones eran tantas que preferimos que nuestras apuestas estuvieran más ligadas a la atracción por el nombre del caballo, los digitos de la hora o la serie númerica de Lost. Entre carrera y carrera pasa casi media insufrible hora en la que no hay muchas posibilidades de distracción. El momento álgido llega cuando se da la salida y el speaker anuncia por megafonía que tu caballo va el primero; el momento bajo llega cuando el favorito le rebasa y gana la carrera. Fin de la carrera y vuelta a empezar: apuestas, esperas y carrera.
Dado que el evento en sí no era especialmente entretenido, nos detuvimos en observar el tipo de gente que va a las carreras. Ir a las carreras se ha puesto de moda entre la gente mas cool de Madrid y por ello los modelos parecen sacados de una boda. Vestidos de noche con altos tacones y trajes de chaqueta con zapatos de marca se suceden curiosamente en un lugar que se halla en medio del campo, con césped, con un fétido olor a caballo y el humo de las barbacoas de los restaurantes inundándolo todo. Realmente, no pega ni con cola.
Pero llegué a la conclusión de que las carreras de caballos son la excusa para lo que denominamos el "postureo", es decir, el paseíllo de modelitos de un lado a otro del hipódromo. Entre carrera y carrera, la gente iba y venía mostrando sus mejores galas. Y había incluso quien durante la carrera no miraba los caballos, sino que se dedicaba a hablar y comentar con sus conocidos. Además, el hipódromo oferta una serie de discotecas y bares dentro del recinto para que todos los "posturantes" puedan encontrarse a gusto. De hecho, al acabar las carreras y salir por la entrada, la cola para entrar a la fiesta posterior era impresionante.
Nunca imaginé que las carreras de caballos se hubieran puesto de moda más por lo que generan alrededor de ellas que por la competición en sí; lo malo de las modas es que desaparecen casi tan rápico como llegan, y si las carreras siguen siendo tan aburridas (por el tiempo que se tarda entre una y otra) auguro que su éxito pervivirá sólo mientras a los más pijos les siga gustando como lugar de reunión.
Una noche en las carreras
jueves, 30 de julio de 2009
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Érase una muralla
martes, 21 de julio de 2009
Pero no una muralla cualquiera. En este cuento se trataba de la muralla mejor conservada de toda Europa, de un recinto inexpugnable a los ataques enemigos o al avance del tiempo, distante de Madrid a poco más de una hora y que se convirtió en una excusa perfecta para disfrutar de un agradable día en Ávila. El coche se deja extramuros en la misma cuesta que cada año los ciclistas de la Vuelta a España ascienden fatigados para ganar la correspondiente etapa.
La ciudad antigua queda dentro y las únicas entradas son 9 puertas hoy afortunadamente abiertas para poder pasear por su interior. Porque la muralla forma un rectángulo perfectamente cerrado con un perímetro de 2.500 metros y paredes que alcanzan los 12 metros de altura. Obstáculo insalvable para las huestes enemigas de los reyes cristianos allá por el siglo XII en el que fue construida, herencia de incalculable valor monumental para los turistas del siglo XXI. Impresiona su espléndido estado de conservación, la disposición ordenada de sus 88 torreones que forman curiosas estampas en perspectiva, y el característico perfil que le confieren las más de 2.500 almenas que intermitentemente se alternan una tras otra en su contorno.
La muralla es visitable y se pueden hacer recorridos por varios tramos en altura. Algunas partes no están acondicionadas y otras son inaccesibles, como aquella en que la muralla queda fusionada con la Catedral; pero merece la pena pasear por los 1.500 metros transitables. Unas empinadas escaleras que conducen a unas excelentes vistas de la ciudad, antigua y nueva, dentro y fuera, pasado y presente. Y colorín colorado. En Ávila fuimos felices y comimos... un enorme chuletón.
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Alcázar a la vista
sábado, 18 de julio de 2009
Decir Segovia es hablar de su acueducto. El genial monumento eclipsa cualquier otro rasgo distintivo de la ciudad; basta con preguntar a cualquier foráneo qué más destacaría de la capital para darnos cuenta del desconocimiento generalizado. Cometeríamos un craso error si nos conformásemos con admirar sólo la colosal obra romana, pues justo al otro lado, destacando sobre un cerro bajo el cual se fusionan los ríos Eresma y Clamores, se encuentra otra maravilla arquitectónica que no pasa desapercibida: el Alcázar.
Este castillo no tiene nada que ver con algún otro que haya conocido en España, donde abundan los medievales de piedra o los alcázares construidos por los musulmanes. Pero el nombre de Alcázar no debe llevarnos a engaño: la edificación fue llevada a cabo tras la reconquista cristina, aunque se tenga constancia de usos anteriores, sobre todo en época romana. El Alcázar de Segovia más bien recuerda a los tradicionales castillos alemanes, por sus picudas torres con tejas negras que le otorgan un cierto aire de cuento infantil. Su ubicación es sublime y destaca en la silueta de la ciudad como su parte frontal, como la proa del barco con el que todos comparan el perfil segoviano.
En su interior la visita se hace estancia por estancia, destacando por su importancia la presencia de elementos pertenecientes a los Reyes Católicos. De hecho, Isabel la Católica salió de la fortaleza el 13 de diciembre de 1474 para ser proclamada Reina de Castilla en la Plaza Mayor. Me gustó especialmente la Sala de los Reyes, en cuyo friso aparecen una tras otra figuras de todos los reyes de Castilla, León y Asturias, y en la que Alfonso X (el inventor del NO&DO sevillano) se camufla bajo el nombre de Alfonso XI, por un error a la hora de contar los reyes con ese nombre.
Las vistas son espectaculares y la visita permite subir los 152 escalones que por una estrechísima escalera de caracol conducen a lo alto de la torre del homenaje, desde la que por un lado se observa la ciudad, con su fabulosa Catedral que hace funciones de mástil del barco, y por el otro la llanura, el mar verde sobre el que navega la nave.
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Segovia... y la cosa se complicó
sábado, 11 de julio de 2009
Una tranquila visita turística a Segovia puede, inesperadamente, convertirse en una magnífica oportunidad de descubrir múltiples aspectos de una ciudad que desconocía abiertamente. Un día es suficiente para curiosear esta pequeña capital de provincia, de unos 56 mil habitantes. Situada sobre un promontorio rodeado por dos ríos que se eleva sobre la gran llanura de en derredor, vista de lejos asimila la forma de un barco, con su impresionante Alcázar actuando de avanzadilla en la proa. Sin duda, una magnífica elección para comenzar la visita, pues este castillo nos da la bienvenida con sus picudas torres que recuerdan a los castillos de la Alemania profunda.
Después de comer en una de las múltiples zonas verdes de que dispone el centro, continuamos nuestro descubrimiento de Segovia por las apacibles calles del casco antiguo, con cuidadas casas que no desentonan con el medieval entorno que nos rodea. Enseguida llegamos a la Plaza Mayor, donde la informadora turística no supo determinamos en qué casa de la ciudad vivía Eva Hache, aunque nos comentó que Perico Delgado sí se encontraba comiendo por el centro. Segovianos ilustres. La plaza queda eclipasada por la colosal Catedral, último vestigo del gótico en España y que sorprende por su gran altura y su claustro, inhabitual en los iglesias magnas de las ciudades.
En la plaza vimos que Segovia también dispone de SegoBici; me alegra comprobar que este medio de transporte se implanta cada vez más en nuestras ciudades. A la espalda de la Catedral se encuentra el barrio judío, por el que descendemos hasta pasar por un arco que es una de las puertas de la muralla. Esa es otra de las sorpresas: en Segovia, como en Ávila, también hay murallas, aunque, a diferencia de éstas, son de origen árabe y no se conservan en su totalidad.
Nuestro paseo continua hasta encontrarnos con nuevas reminiscencias del románico. La piedra domina la Plaza de Juan Bravo, con sus iglesias y casas medievales. Un poco más adelante nos volvemos a encontrar con multitud de piedras, pero dispuestas en arcos y de una altura enorme: hemos llegado al excepcional Acueducto de Segovia, símbolo de la ciudad y una maravilla universal conocida en todo el mundo.
Así acabó nuestra visita turística, pero no la visita a Segovia. A eso de las 7 de la tarde nos encontramos con Alberto, oriundo segoviano amigo de Jesús que se ofreció a mostrarnos otra cara más interesante de la ciudad. Enseguida nos llevó de tapas a los bares de alrededor de la Plaza Mayor. En ellos, además de que las cervezas son baratas (sobre todo comparándolas con Madrid), te regalan una tapa muy elaborada que además puedes elegir a tú gusto. Buena nota deberían tomar los bares del centro de Sevilla, que tanto presumen de tapeo con sus abusivos precios. Una caña tras otra de bar en bar y pronto te encuentras que sin darte cuenta has cenado. Así que queda explorar un poco más la noche segoviana.
Si bien nuestra intención era volver a Madrid en el día, la oportunidad no podía ser rechazada. Una noche de marcha por la ciudad sonaba más que bien. Así que conocimos la famosa "Calle de los bares" de Segovia, que no podía tener el nombre mejor puesto. Mucha gente en la calle y buen ambiente. Un día para recordar. Me encanta que los planes salgan mal.
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Más que unos arcos
jueves, 9 de julio de 2009
Todo lo que se diga del Acueducto más famoso del mundo es poco. Espectacular, colosal, sorprendente... faltan calificativos para describir la primera impresión que provoca ver in situ el emblema de Segovia. Es difícil de entender cómo hace dos mil años se pudo construir tal obra de ingeniería con medios rudimentarios, y que aún se conserve y se mantenga en pie. Su máxima expresión se halla en la Plaza del Azoguejo, donde se levanta la sección del acueducto que todos conocen: la doble galería de arcadas que alcanza casi los 30 metros de altura.
Pero en esta visita a Segovia la curiosidad me hizo ir más allá de la plaza. Iniciamos un paseo cuesta arriba siempre en compañía de las columnas graníticas de esta obra romana hasta ver dónde llegaba. Para nuestra sorpresa, los arcos se decrecían en altura conforme subíamos, al punto que la doble arcada se quedaba en simple justo al torcer una curva a la izquierda. Un poco más allá, tras más de 700 metros de camino, los arcos desaparecieron de repente.Todo tiene su explicación. El acueducto no siempre va sobre arcos. Es más, su inicio se halla a 18 kilómetros de Segovia, en el río Frío, de donde los romanos tomaban el agua para abastecerse. A través de un canal de 0,30 metros de ancho y otros 30 centímetros de profundo, el agua descendía desde la montaña hasta la ciudad. Pero por la especial configuración de Segovia, hubo que salvar un gran desnivel para llegar a la parte alta. Para ello se construyeron los 166 arcos de medio punto que han dado a este monumento fama mundial.
Es más, el agua seguía su discurso por el canal hoy soterrado por la ciudad hasta llegar a la ubicación donde hoy se sitúa el Alcázar, pero estas partes no están visibles. Por ello la gente se queda sólo con la imagen del acueducto de la plaza (que no es poco), pero para entender su importancia hay que ver más allá de los arcos.
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Emulando a Tarzán
lunes, 6 de julio de 2009
De vez en cuando los controllers deben despejar su mente de tanto avioncito; por ello, el fin de semana pasado un osado grupo se propuso liberar estrés de una forma muy original. En Navafría, en Segovia, la empresa De Pino a Pino tiene organizado un recorrido de 4 circuitos de aventura en el aire, en un frondoso bosque de pinos de la Sierra de Guadarrama. La mecánica consiste en solventar todos los obstáculos de cada recorrido para poder pasar de un pino a otro por el aire, a través de juegos de dificultad creciente. Siempre atados a una línea de vida, y con dos mosquetones de seguridad yuna polea colgando de tu arnés, los monitores te dejan a tu libre albedrío mientras ellos vigilan desde el suelo.
La cosa prometía. El primer circuito era para niños así que empezamos directamente en el segundo. Al principio, la cosa parecía sencilla. Subir por una escala, pasar por un cable, unas cuerdas, unas anillas donde meter los pies, puentes tibetanos, alguna tirolina, un salto en liana para quedar enganchados en una red suspendida... Muy divertido y no excesivamente complicado. Así que decididos empezamos el segundo. En este, la altura de los juegos aumentaba desde el inicio, y también la dificultad. Unas cuerdas para subir daban paso a unos toneles que había que reptar. Nuevos puentes, tirolinas más altas con espectaculares pasos sobre el río agarrados simplemente con las manos a un tronco que se deslizaba, pasos entre redes, troncos cada vez más lejanos, subidas y bajadas por escalas... Al acabar, el cansancio se notaba, pero aún quedaban fuerzas.
Antes de entrar en el último circuito, un cartel avisaba de que si nos encontrábamos sin fuerzas no deberíamos comenzarlo. Pero el reto quedaba pendiente y las ganas de hacerlo pudieron al agotamiento. Pero ya desde el principio se vio que la cosa cambiaba. Cada juego costaba un mundo acabarlo: las distancias de paso aumentaban, la altura crecía y el cansancio hacía mella. Pero las propuestas eran chulísimas: toneles mucho más alejados (por momentos te quedabas casi suspendido en el aire), troncos en vertical, anillas, cuerdas sueltas... y el espectacular salto del ángel. En este juego, te tirabas sin manos atado a una cuerda y tenías que quedarte agarrado a una red que no estaba enganchada al suelo, por lo que subir por ella hasta la plataforma de seguridad costaba bastante. La sensación de no estar sujeto a nada mientas te dejabas caer era adrenalínica. Y ahí acabó mi aventura. Aunque me quedaba la mitad del circuito, las fuerzas flaqueron... pero daba igual, ya había disfrutado lo suficiente. Una última tirolina de escapatoria para regresar al suelo. Más de 3 horas de aventura que justificaron un gran día, algún moratón y unas buenas agujetas al día siguiente.
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Huesca es...
domingo, 28 de junio de 2009
Huesca es una ciudad peculiar: tan sólo dos visitas me han bastado para percatarme de que cuenta con rasgos característicos que le otorgan una personalidad genuina. Turísticamente, los atractivos no son muchos, aunque no escasean; fundamentalmente, su Catedral gótica, sus murallas y algunas iglesias románicas. Pero lo más curioso es que el monumento más conocido de huesca es... un par de pajaritas de papel de tamaño gigante. Ubicadas en el gran parque urbano, su imagen se usa como reclamo turístico en tiendas, portales web... Original desde luego.
Huesca es una ciudad de contradicciones. De seguro es la única ciudad del mundo que, pese a contar sólo con 51.000 habitantes, tiene la fortuna de contar con aeropuerto (Monflorite) y tren del alta velocidad que en apenas dos horas y media te deja en Atocha. Algo tendrá que ver su magnífico entorno natural: en sólo una hora te plantas en plenos Pirineos, con alturas que se elevan más allá de los 3 mil metros... cuando la capital se encuentra simplemente a 400 metros sobre el nivel del mar. De hecho, no es raro ver las cimas nevadas de las cercanas montañas que se hallan al norte, mientras que en la llanura sobre la que se asienta la ciudad apenas caen copos.
Huesca es una ciudad muy pequeñita. No hay ningún punto de su trazado urbano que se tarde en llegar más de 30 minutos a pie. Una gozada para los que vivimos en ciudades cargadas de atascos. Sin embargo, a los oscenses les gusta mucho coger el coche, por muy a mano que quede todo. En un lugar tan pequeño, la intimidad brilla por su ausencia. Lo que más me llamó la atención es que todo el mundo se conoce, aunque sea de vista: ese es el hermano del frutero; esa iba conmigo al colegio; esa se casó el otro día, es la hija del vecino de mi tía. Un fenómeno curioso: por muy rápido que quieras llegar a un sitio, siempre acabas encontrándote a alguien por el camino con el que pararte a charlar. Debe ser que no pasé el suficiente tiempo en ella porque no me topé con nadie.
Huesca es es el lema con el que el Ayuntamiento promociona la ciudad, acompañado por un caballito. Un nuevo elemento curioso en un lugar a descubrir. Un logotipo rojo en una ciudad donde se lleva el verde, el color del pañuelito que los oscenses se colocan al cuello en agosto en las fiestas de San Lorenzo, el patrón de la parrilla. Aunque este año les ha gustado más el blaugrana, pero no por el Barça, sino por la S.D Huesca, que he hecho un gran papel en la 2ª división: el equipo ha revolucionado la ciudad, y se han medido después de muchísimos años al Zaragoza, el gran rival de siempre, el pique asegurado. El año que viene igual me toca venir de visita a ver al Betis. Seguro que la próxima vez que vuelva ya me encuentro a alguien por la calle.
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De ermita a ermita
viernes, 26 de junio de 2009
Ermitaño, en su origen, era una palabra asociada a los monjes que voluntariamente rehuían de toda compañía y aceptaban una vida en soledad apartado de todo contacto con el exterior. Es por ello por lo que las ermitas donde profesaban su fe estaban ubicadas en lugares hinóspitos, de difícil acceso y de una sencillez extrema. El término ermita se ha generalizado para desginar cualquier capilla o iglesia, pero aún quedan muchos vestigios de aquellos aislados lugares de culto.
El mejor ejemplo de ello es la ruta de las ermitas, en el pre-pirineo oscense. Desde Yebra de Basa, un diminuto poblado cerca de Sabiñánigo, parte un sendero que asciende un empinado valle en el que se descubren poco a poco ermitas excavadas en las rocas. En dos horas y media se salvan 670 metros de desnivel hasta alcanzar los 1.550 metros de altitud a los que se asienta la ermita de Santa Orosia, punto final del camino al que cada año acuden en romería muchos fieles.Una pequeña capilla con el cartel en flecha de Santuarios rupestres nos indica que vamos por el buen camino. La senda está marcada con las marcas amarillas y blancas de los PR; con su ayuda y la de los mojones la meta no tiene pérdida. Ascendemos por la ladera de la montaña y la sombra del bosque de pinos amortigua el fuerte calor. De fondo se oye el curso de un río y se vislumbra la enorme montaña que tenemos que ascender.
Pasamos una pequeña casa que resultó ser la segunda ermita en el camino; y enseguida la tercera, dedicada a San Lorenzo con una enorme piedra dentro de la ermita. Una disposición extraña para poder orar, aunque la leyenda dice que las aberturas de la roca eran usadas para hincar las rodillas y poder rezar genuflexionado. La obligada comprobación no pudo demostras más que la postura era muy incómoda.Seguimos la ruta en ascenso, y de repente cruzamos un pequeño riachuelo para pasar al otro lado de la ladera. El pequeño curso de agua que acabábamos de saltar era sólo el anticipo de la enorme cascada que nos esperaba. Porque justo cuando la montaña parecía acabarse al toparnos con paredes verticales de roca, llegamos a lo más espectacular del camino: dos ermitas excavadas en la roca, una encima de la otra, acompañadas de un espectacular salto de agua de 35 metros.
Parece imposible poder construir edificaciones en lugares como este. Pero precisamente ese tuvo que ser el mtovio que animó a los ermitaños a decidirse: un lugar inalcanzable donde disfrutar su soledad con un paisaje natural único. Las ermitas de San Cornelio, abajo, y de La cueva, arriba, se fusionan con la roca y es un lugar ideal para sentirse sólo en el mundo.No sólo, claro. La constante caída de agua les acompañaba, y realmente te deja hipnotizado. Te puedes quedar horas mirándola y viendo cómo cambia de posición con las ráfagas del viento. A un lado y a otro, con más agua y con menos; ningún segundo es igual. La ruta pasa por debajo de la cascada y para nuestra sorpresa, en nuestro camino, nos encontramos aún dos ermitas más excavadas en las rocas: las de Santa Bárbara y San Blas.
Unos metros más y ya se llega a lo alto de la montaña. Una enorme cruz al pie del precipio te marca el lugar desde el que observar vistas espectáculares del sur pre-pirenaico. Montañas y más montañas, algún pueblo y, por supuesto, ermitas, como la que hacía la número 8, junto a la cruz.
Ya estábamos en llano, y fondo del paisaje divisamos el final del camino. La Ermita de Santa Orosia, extraño nombre pero de gran devoción; situada ya en una extensa llanura toda verde, con agua para beber y una pequeña habitación en la ermita con función de refugio donde se permita pernoctar por las noches. Un magnífico lugar para descansar y coger fuerzas para el camino de vuelta, por el mismo sitio.
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Loarre, el castillo inconquistable
sábado, 20 de junio de 2009
Muy cerquita de Huesca se encuentra el Castillo de Loarre, uno de los castillos españoles mejor conservados, lo que le ha otorgado fama internacional al punto de haberse convertido en estrella de la pantalla, pues formó parte de escenario del aquel programa sobre castillos de La Primera, y recientemente se rodaron en él algunas escenas de la película El Reino de los Cielos, de Ridley Scott. No es casual que el equipo de Orlando Bloom y compañía eligiese este recinto para grabar una película ambientada en las cruzadas medievales; al igual que sus primeros ocupantes lo construyeron pensando en su estratégica posición.
Los reyes cristianos del siglo XI, abrumados por la extensiva conquista de la Península por los árabes, decidieron edificar una fortaleza en un emplazamiento infranqueable que pusiese freno a la expansión musulmana. Y dieron con el sitio en Loarre. El castillo se ubica en la alto de una montaña, sobre un enorme bloque de piedra que cumplía la doble función de cimiento y muralla natural. Con el paso del tiempo, se añadieron unas murallas con torreones que delimitaban un seguro recinto interior protegido de posibles invasores.
El lugar no podía ser estar mejor pensado. Desde el castillo, cualquier tipo de acercamiento podía ser fácilmente atisbado. Al sur de las murallas desciende la colina, con un desnivel de unos 400 metros, que desemboca en una extensísima llanura que hoy se conoce como la Hoya de Huesca. Hoy en un día claro se llega a ver hasta Zaragoza. Hace 1000 años se podría preparar la defensa con la antelación suficiente para condenar el ataque enemigo al fracaso sin remisión.
El castillo, restaurado, presenta un aspecto impecable. Las huellas de su tiempo permanecen en su distribución. El arte románico propio de la época se encuentra presente y los imprescidibles elementos religiosos ocupan gran parte de su extensión. Así, al margen de las estancias reales, encontramos un par de capillas y una impresionante iglesia donde el retumbar del eco de la voz hace poner los pelos de punta. Se ven trozos de roca sobre la que está asentado, y la visita permite subir a torreones, ver los aljibes, los patios, las cocinas y hasta el retrete de la monarca. Pero sin duda me quedo con el Mirador de la Reina, la ventana perfecta desde la que disfrutar, de un modo seguro, de un paisaje espectacular.
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Montaña rusa de río
martes, 16 de junio de 2009
Huesca es un paraíso para los deportes de aventura. Alpinismo, kayaks, rapel, escaladas, rafting, barranquismo... de todo para todos en entornos naturales de ensueño, con ríos con abundante agua y valles espectaculares. El lugar propicio para conocer uno nuevo: el Hidrospeed.
Esta modalidad de descenso de río me ha gustado por encima de muchas otras, como las aguas bravas o el rafting, pues es sentir el curso del agua como si formases verdaderamente parte de él. Es fácil y accesible, pero no deja de tener su punto de riesgo que le hace formar parte de los deportes de aventura. Te equipan con un neopreno especial, reforzado en las articulaciones para prevenir los seguros golpes contra las rocas de los ríos. Al chaleco y el casco se suman las aletas como elemento fundamental para el impulso en el agua, y el hidro trineo. Esta herramienta es una especie de tabla de body surf gruesa, de un material de alta flotabilidad sobre la que se apoya el cuerpo y en la que se meten las manos que ejerecen de timón de la "embarcación". Y ya está: a dejarse llevar por el río.
Aunque la cosa no es tan fácil. Nosotros elegimos la empresa Ur, en el pueblo de Murillo de Gállego. Allí nos propusieron un descenso de 5 kilómetros por el río Gállego, que en aquel momento se encontraba óptimo para esta actividad (hay que pillar el río con un volumen de agua determinado, porque muy por encima o por debajo de los límites hacen imposible su realización). Debido al fuerte calor, sus frías aguas fueron un gran alivio. Las primeras lecciones son de adaptación al hidro y de aleteo, que aumentan mi fama de patoso. No es tan sencillo como parece.
Enseguida comenzamos el descenso. Los tramos de rápidos se suceden uno tras otro, y las emociones aumentan. Los giros del hidro son fundamentales para coger bien las curvas y no volcar arrastrados por la corriente. El camino se convierte en un continuo sube y baja entre las olas que hacen poner el hidro casi en vertical. Los meandros del río aseguran la aventura y cada recoveco es un reto. Hay que tratar de esquivar las piedras aunque los golpes, si bien leves, son inevitables.
Algún remanso permite descansar y disfrutar del paisaje. Nos encontramos con el valle del río Gállego, cruzamos por debajo del Puente de Carcavilla y a nuestra izquierda nos acompañan por siempre las vías del famoso tren de montaña Canfranero. De fondo, los inmensos Mallos de Riglos.
La tranquilidad dura poco y la corriente del río se vuelve de nuevo vertiginosa. Nuevas olas, nuevos desniveles, y alguna cascada sobre nuestras cabezas para refrescarnos aún más. Ya se le va cogiendo el truco al hidro y es más cómodo controlarlo. Después de más de una hora descenso, llegamos al final. Se hace corto pero el cansancio se nota. Al fin y al cabo, no es sólo dejarse llevar por el río. Pero las agujetas del día siguiente no empañan el gran recuerdo de esta experiencia. Una montaña rusa de agua natural altamente recomendable.
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Los mallos en junio
domingo, 14 de junio de 2009
La naturaleza no deja de sorprender. Uno cree que ya ha visto de todo y, de repente, se encuentra con lugares como los Mallos de Riglos, en la provincia de Huesca. En medio de un precioso valle, vertebrado por el aturquesado río Gállego, y en la ladera de una montaña, se elevan sin más unas inmensas cuasi verticales paredes de roca color anaranjada, o rojiza, que parecen colocadas "ad hoc" por un amante del dibujo como telón de fondo del pintoresco pueblo de Riglos que se asienta a sus pies.
En efecto, los mallos, por su enclave, sus formas redondeadas, su incalculable altura, sus crestas suaves y su disposición nos pueden hacer pensar en un elemento decorativo artificial. Pero estas rocas no tienen nada de mentira; al contrario, son muchos los estudios que han intentado explicar su evolución geológica. Las conclusiones son difíciles de entender (al menos para mí), lo que contribuye a acrecentar un halo de misterio en torno a los mallos. Lógicamente, el viento y el agua y el material del que están compuestos han colaborado en la formación de esos recovecos tan característicos que han servido para dar nombre a cada uno de ellos (El Puro, Visera, Cuchillo...), pero a raíz de ahí me pierdo. Como a la hora de adivinar su elevación. Hablan de 300 metros, de 150 metros... da lo mismo, impresionan por sí solos.
La palabra "mallo" es de origen aragonés, y se utiliza para referirse a este tipo de paredes verticales. Desde Aragón el término se ha internacionalizado, pues este lugar, entre los escaladores, se ha convertido en uno de los puntos de referencia a nivel mundial. No es raro encontrar practicantes de la escalada o el rapel afrontando con esmero la ardua tarea de ponerse cara a cara con el mallo. Incluso el pasado día, en pleno junio y a las 3 de la tarde, comprobamos cómo algunos valientes desafiaban el intenso calor y se pasaban horas tratando de hacer cumbre. Diminutos puntos perdidos en el inmenso mallo, con un avance lento pero seguro, desafiando al sol, a la gravedad y al vértigo. Sencillamente espectacular.Los mallos, según he visto en Youtube, también sirven para los amantes del salto base (un brinco hacia el vacío con la única ayuda de tu paracaidas), lo que de haberlo visto en directo me hubiera quitado el hipo de por vida. Yo me conformaría con dar una vuelta a su alrededor por el sendero que se ha habilitado para poder contemplarlos de cerca, pues los mallos, desde abajo, también se ven muy bien.
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Piruetas en el aire
lunes, 8 de junio de 2009
Todos los domingos primeros de mes el Aeródromo de Cuatro Vientos cierra su servicio de vuelos visuales para organizar una exhibición aérea de aviones antiguos de entre su colección de piezas que conserva en su museo permanente. Ayer fue primer domingo de mes y algunos de la clase con el wikipédico Iñaki a la cabeza fuimos a disfrutar del espectáculo.
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Fiambres a la parrilla
lunes, 25 de mayo de 2009
El Monasterio de San Lorenzo del Escorial es uno de los monumentos más sorprendentes que he visto. Su grandiosidad salta a la vista, comparándolo sobre todo con el pequeño municipio de San Lorenzo que lo acompaña en su ubicación y resaltada desde el mirador que subiendo por la calle Presa se encuentra en las faldas del Monte Abantos. Desde esta privilegiada posición, en plena Sierra de Guadarrama, el monasterio domina el horizonte, quedando a lo lejos Madrid y la silueta de sus torres.
Los 60 kilómetros que lo separan de la capital, un suspiro de trayecto en coche, se tradujeron en 8 días de paseo en silla elevada (muy al estilo de Abraracúrcix) para el rey Felipe II, principal propulsor de la idea de construir un palacio real cerca de la villa de Madrid en el que la familia del monarca pudiera habitar 3 de los 12 meses del año (al parecer, cada estación la pasaban en uno de los 4 sitios reales que hay desperdigados por el país). Su construcción se justificó como un homenaje a la victoria en la Batalla de San Quintín, el 10 de agosto de 1557, precisamente el día de San Lorenzo. El patrón de Huesca está definitivamente ligado al edificio: su muerte quemado en una parrilla se refleja simbólicamente por todos los rincones del monasterio; el cuadrado rayado con el asa es su logotipo, y hasta la estructura del mismo recuerda a una parrilla dada la vuelta (en las 4 esquinas hay unas torres, y el asa de la parrilla sería los aposentos reales que sobresalen de la base cuadrada del edificio).
Lo primero que se visita son las estancias reales, los lugares donde el monarca y su familia pasaban los días. No dejaba de ser una vida aburrida y monótona. Las habitaciones estaban separadas (incluso las del rey y la reina), rodeando la basílica para escuchar la misa desde una ventana y no tener que bajar a la iglesia; a los niños sólo los podían ver en una sala donde daban paseos y leían unos mapas; y, en el comedor, los monarcas no hacían ningún esfuerzo: nada más sentarse, su séquito se ponía manos a la obra, y, para el colmo de la vagueza, les metían los cubiertos con los alimentos en la boca para que los reyes no hiciesen ningún esfuerzo.
El palacio, de suma austeridad para ser real, copa sus paredes con cuadros de los Austrias, hasta que la dinastía desapareció (cosa lógica, pues se casaban entre parientes; al ver la sucuesión de los cuadros se nota en sus caras una cierta degradación con el paso de las generaciones, y el último, Carlos II, murió sin descendencia y con un aspecto físico no muy digno de rey). También se visitan la Biblioteca, un magnífico templo del saber con una cúpula que recuerda a la de la Capilla Sixtina; los jardines, las salas capitulares y la iglesia, aunque estos días estaba de reforma.
Pero sin duda lo que más me llamó la atención fue el panteón funerario de todos los Reyes de España. No sabía que todos los cuerpos yacientes de los monarcas españoles y de sus cónyuges, desde el primero de los Austrias hasta el último de los Borbones que ha fallecido, se encontraban en los bajos del monasterio. Este lugar, de una belleza extrema, fue construido por Felipe II para honrar a su padre Carlos I (el de la cantinela de "Carlos I de España y V de Alemania"). El lugar asombra a todo el que lo visita: una sala cilíndrica, con 26 huecos donde reposan veintiséis sarcófagos de oro y mármol negro sostenidos sobre garras de león en bronce. Allí sólo está permitodo el descanso para las personas que han reinado la nación. Reposan, en un lado de la sala, las tumbas de los reyes (y de la única reina, Isabel II); y justo enfrente, las de sus esposas (y el marido de Isabel). No todas están ocupadas: antes de reposar para siempre en el panteón, los reyes pasan de 30 a 40 años en el "Pudridero", donde se van descomponiendo; allí se encuentran aún Victoria de Battember, don Juan de Borbón y Doña María de las Mercedes. Cuando pasen al Panteón, aún quedarán dos huecos para Don Juan Carlos y Doña Sofía; lo que pase en el futuro (si habrá más reyes, si no los habrá, dónde se ubicarán sus cuerpos), es aún una incógnita. Pero aún quedan muchos años para ello.
Al margen de los monarcas, el subsuelo del Monasterio es un pequeño cementerio de los cuerpos de sus familiares y allegados. Impresiona sobremanera el panteón en forma de tarta de comunión, de todos los infantes muertos de pequeños. Nunca imaginé que el monasterio pudiera albergar tanta tumba, supongo que por eso también le dieron forma de parrilla.
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Los monos se vistieron de seda
martes, 19 de mayo de 2009
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Ver lo invisible
miércoles, 13 de mayo de 2009
La astronomía. Siempre me ha gustado mirar al cielo, ver las estrellas, preguntarme la distancia a la que están, o si la luz que estamos viendo es la de una estrella viva o muerta, si eso tan grande será un planeta, qué habrá ahí fuera que no vemos, o cómo puedo verlas si están tan lejos... Son tantas las preguntas y a veces tan pocas las respuestas. Eso es quizás lo que haga de la astronomía una ciencia tan interesante. Un par de visitas a dos observatorios astronómicos me han hecho acrecentar la admiración por el cielo.
Observatorio astronómico de Cantabria, Valderredible. Situado en medio de la nada, justo en la frontera entre Burgos y Cantabria, en lo alto de la gran llanura del páramo de la Lora. Alejado de toda luz artificial, es un lugar ideal para la observación de cuerpos celestes. Nada interfiere entre tus ojos y el cielo. El observatorio organiza visitas gratuitas, nocturnas y, para mi sorpresa, diurnas. Nuestra visita era a las cinco de la tarde y su experto personal nos dio la oportunidad de comprobar que las cosas están ahí aunque no las veamos.
Nos subieron a la segunda planta del observatorio donde una gran cúpula de 4 metros de diámetro coronaba la sala. En medio, un gigantesco telescopio al que se accedía por unas escaleras demandaba nuestra atención. Antes de poder utilizarlo, una de las personas del centro nos estuvo explicando algunos conceptos básicos de la astronomía. Pero enseguida pasamos a la acción. Nuestro guía puso una lente de 10 cm y nos dijo que nos preparásemos para ver el sol. Siempre es peligroso dirigir los ojos al astro rey, pero eso colocó un filtro a través del cual obervamos una especie de ostia consagrada de una redondez perfecta. A continuación, un nuevo filtro rojo que nos desveló algunos secretos que nuestro sol esconde: tiene unas manchas que corresponden a zonas frías que no mantienen la temperatura global de la estrella (aunque me gustaría saber a qué se llama "fría" en un astro que está a 5.000 grados de temperatura), y de su perímetro se desprendían unos hilillos, correspondientes a protuberancias en su forma. Después, una lente más ancha, de 40 cm, nos permitió llegar más lejos (a 25 años luz) para divisar Vega, una de las estrellas más cercanas al sistema solar. Se trata de una de las objetos más brillantes del cielo, aunque nunca imaginé que podría llegar a verla en pleno día.
Observatorio astronómico de Cardeña, Córdoba. En el paraje natural de la Sierra de Montoro y Cardeña, el pequeño municipio que da nombre al parque tiene, en su parte más elevada, un observatorio referencia en Andalucía. A pesar de no estar totalmente aislado, no existen grandes núcleos de población cerca luego las observaciones son excelentes. En esta ocasión la visita fue nocturna, junto con uno de los grupos de escolares de las Aulas Viajeras de la Junta, aunque me comentaron que también está abierto al público en general para visitas puntuales.
Lo más llamativo de la visita fue que, gracias a la buena temperatura, pudimos subir a una azotea desde la que el guía en cuestión nos estuvo explicando las principales constelaciones del cielo. Para ello, utilizó un puntero láser especial, de una potencia específica para este uso, pues su rayo verde llegaba tan lejos que tocaba los puntos brillantes del firmamento. El guía me comentó que para poder usar esta herramienta hay que tener un permiso especial, pues apuntar a los ojos con él puede ser bastante peligroso. Acto seguido, nos metimos en la cúpula que alberga el telescopio y, tras mostranos las Pléyades, nos dio la sorpresa de enfocar a Saturno. Fue una sensación muy especial ver otro planeta, no en foto ni en la televisón, sino allí, en vivo y en directo. De color blanquecino con un filtro especial, se observaban perfectamente sus anillos, y unos puntos negros que, según nos dijeron, correspondían a las sombras que dejaban sus lunas. Tan lejos y tan cerca. Algo que está a millones de kilómetros de distancia visto a golpe de telescopio. Impresionante.
Observar el firmamento es un lujo gratuito del que las grandes ciudades nos han privado. Por eso, estas visitas son tan especiales. Aunque no podré evitar siempre que pueda tumbarme en el campo una noche bien abrigadito a ver qué nuevo espectáculo me brinda el cielo.
Publicado por Lince, viajero de culo inquieto en 19:00 0 comentarios
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