Mil años con un drago

lunes, 24 de mayo de 2010

Al habitante más antiguo de Tenerife, 31 años teóricamente más viejo que Matusalén, le cuesta aferrarse a la vida. Los achaques de la edad no pasan en balde para el ejemplar de drago que sobrevive en Icod de los Vinos, al norte de la isla. Determinar la edad de este árbol es tarea imprecisa, pues los tallos de los dragos carecen de anillos de crecimiento y sus años se determinan en función de las ramas que se distribuyen en su copa en forma de paraguas. Pero lo que es seguro es que el drago milenario tiene muchos, muchos años.

Las arrugas en su ancho tronco (9 metros de diámetro), o la enorme cavidad de 6 metros que se ha desarrollado en su interior, son sólo indicios de su deterioro. La salud de este vestigio del pasado languidece, y las actuaciones para su conservación han respondido a técnicas tan inverosímiles como el relleno de su oquedad interior con cemento y piedras, o la instalación de un ventilador para deshumidificarlo y evitar la aparición de hongos y bacterias que dañen la madera. Todo por conservar este símbolo de 16 metros de altura declarado monumento nacional en 1917.

Un árbol único en el mundo, pues por él fluye savia de color rojo y no blanca como en todos los demás, sin duda la sangre que emana de este dragón dormido que, según cuenta la leyenda, se despertó hace siglos para ayudar a una joven guanche que huía de un mercader que le perseguía. El mercader, precisamente, llegó a Tenerife en búsqueda de esa sangre roja con propiedades curativas, pero su encontró en su camino esta joven de la que se enamoró. La joven, aprovechando un momento de descuido mientras el mercader comía manjares de la tierra, corrió a esconderse en el hueco del tronco del drago. Y como si estuviésemos en el Jardín de las Hespérides, el árbol se transformó en un monstruoso dragón que defendió a su manzana de oro, a su joven guanche, de los ataques del mercader, que huyó despavorido al creer haber interferido en los legados de los dioses.

Realidad o leyenda, el Drago de Icod de los vinos continúa aún resistiendo al paso del tiempo. Matusalén murió en el diluvio universal, ¿hasta cuándo fluirá la sangre de este dragón?

La primera titada

viernes, 21 de mayo de 2010

Una titada es una reunión de titos (aunque ahora también está asumiendo el significado de "primera ronda del póker en la que todos juegan"). Y los titos son un grupo de tonTitos que no para de decir palabras sin sentido, fundamentalmente que rimen con "mi brigada" y otros sufijos indeterminados que entraran a formar parte de la CrAcademia. En este plan, el tito Fots, el tito Rou, el Tito Rich, el titjo Jaf y el tito Phelps se dispusieron a hacer su primera titada en Tenerife.

Los locarios aspirantes a brigadieres montaron su campamento base en Los Cristianos, cerquita de una playa que juega para coger un poco de morenismo. Entre partidas de dados, partidas de póker, partidos de fútbol playa y partidos de ping pong playa, los titos pronto empezaron a expander su círculo de amistades: que si una barbacoa el jueves, que si 5 italianas que al final se quedaron en dos, que si chicas de Vigo, que si unas irlandesas de acento incomprensible, que si una novia farlopera... que liada mi brigada.

También hubo tiempo para conocer todas las carreteras de la isla, a bordo de nuestro flamante Seat Córdoba con apertura en 6 cómodos pasos. Conforme se acercaba el final del viaje, los titos se fueron convirtiendo en Rafa Mora, Felpi, la Rouquesa de Alba, Feti y Desmondo, pero el éxito de la titada no decreció. ¿Para cuando la siguiente? Cuando quieras, maquinón.

Las sorpresas de la caja mágica

domingo, 16 de mayo de 2010

Nunca sabes qué sorpresa te depará el contenido de una caja mágica. La Caja Mágica de Madrid es, en principio, el lugar donde se celebra el Masters Series de Madrid, uno de los torneos de tenis más importantes del circuito ATP. El recinto, de novísima construcción, cuenta con un moderno cierre que permite cubrir el campo en caso de inclemencia meteorológica, tres pistas centrales y otras muchas secundarias para entrenamientos y partidos menos importantes, y es una de las bazas más sólidas en la(s) candidatura(s) de Madrid a las Olimpiadas.

En la pista central vi el primer partido de tenis oficial en directo de mi vida, en el que un decadente Carlos Moyá fue vapuleado por un tal B. Becker que no se llamaba Boris. Me llamó la atención el silencio que reina durante la disputa de los puntos: no se puede entrar o salir de la grada hasta el descanso que se hace cada dos juegos, no se puede hablar durante el intercambio de golpes, el móvil debe estar en silencio... El tenis en directo mola, se escuchan los golpes, el esfuerzo, se aprecian los bolazos en la arcilla, se ven las caras del público como se mueven de un lado a otro, se ve cómo funciona toda la maquinaria de recogepelotas, jueces de líneas (vaya curro), limpiadores de líneas, o la espectacular cámara que sobrevuela las cabezas de todos por un sistema de cables en suspensión. Una pena que el partido no estuviera más interesante, porque en uno disputado el ambiente debe ser espectacular.


Pero este Masters Series es mucho más. Tiene un punto de glamour que nada tiene que ver con el tenis. Yo, como espectador normalucho, tuve que sentarme en las gradas más altas, pues el estadio tiene reservados nada menos que 394 palcos con las mejores perspectivas del juego. Eso hace que los mortales, los verdaderos aficionados, estén lejos y los VIP (¡cuántos hay en Madrid!), se queden con las mejores plazas. Porque en el palco de debajo mía se reunieron un cuarteto de famosos que me sorprendió por los escasos nexos de unión con los que los relaciono: Paulina Rubio, Santiago Segura, Juande Ramos y Manolo Santana, los cuatro juntos y disfrutando (de cerca) del tenis (del del alemán, porque el de Moyá...).

Además, los bajos de la Caja Mágica parecen un centro comercial, lleno de tiendas de lujo para que los del postureo compren mientras van al tenis. Un poco extraño, la verdad. Y en los descansos, o si el partido era aburrido, unas terrazas con bares y restaurantes que dan a un laguito, un sitio donde al solecito se estaba tan a gusto que fácilmente se te puede olvidar que a lo que habías venido era a ver tenis. O no, porque nunca se sabe lo que hay dentro de una caja mágica.

El camino de puntos amarillos

viernes, 7 de mayo de 2010

Los finde de semana los madrileños se lanzan a la sierra, como se conoce por estos lares a las montañas del norte de la provincia. Una de las rutas más populares es el Camino Schmidt, nombre nada castizo para un sendero creado en los años 20 por un guarda austriaco del bosque. La ruta es muy asequible y no tiene pérdida, pues, cual Dorothy en Oz, basta con seguir los puntos amarillos que en árboles y piedras van señalizando el camino a seguir.

Una buena idea para realizarla es dejar el coche en Cercedilla, lugar donde termina la ruta. Allí se puede coger el tren de la sierra, la pintoresca línea de Cercanías que une Cercedilla y el puerto de Cotos y que atraviesa la montaña por su estrecha vía rodeada de pinos. El paisaje lo abandonaremos en la estación del Puerto de Navacerrada, desde donde comienza nuestra ruta a pie. Entre los edificios de una estación de esquí ya cerrada por estas fechas, debemos ascender por carretera hasta tomar una pista de tierra a la izquierda. Antes de llegar a la residencia del ejército del aire, el sendero ya señalizado se inicia a nuestra izquierda.

El camino es sencillo, y alterna repechos y bajadas. Aún en abril, el hielo recubre parte del camino, y hay que andar con cuidado para no resbalar en un descuido. Por eso sorprender ver cómo osados ciclistas desafían las leyes de resistencia para hacer el camino a dos ruedas. Entre un espeso bosque de pinos silvestres y siempre con sombra que alivie el calor, el sendero cruza transversalmente la pista de esquí de El escaparate, aún con mucha nieve. Sin crampones lo único que queda es pasar despacito para no probar el descenso acelerado de pistas sin esquíes.

En pocos kilómetros llegamos al Collado Ventoso, el punto más alto del recorrido, con 1892 m AMSL. Hoy sin viento, es un lugar precioso para descansar y tomar un piscolabis. A partir de aquí, y siempre siguiendo nuestras guías amarillas, el camino sólo es de descenso, entre más pinos y robles, hacia el Valle de la Fuenfría. Es esta una zona muy transitada, pero es normal, pues es ideal para pasar el fin de semana. Verdes praderas, el río, los árboles y bien comunicado por carretera, un lugar5 estrellas en el manual del buen dominguero.

Camino abajo llegamos en pocos kilómetros al lugar donde comenzamos nuestra ruta, la estación de tren de Cercedilla, completando así mi primera ruta de senderismo por la sierra.

El palacio da pena

martes, 4 de mayo de 2010

La mayoría de las veces la evaluación que se hace de un viaje depende no ya del valor histórico o monumental de sus elementos visitados; frecuentemente, el hecho de que nos guste algo más o menos puede depender de nuestro estado de ánimo, del tiempo que hizo, del cansancio acumulado, de los percances que nos ocurrieron o de las gentes que conocimos. Muchos factores que dan lugar a múltiples interpretaciones.

Algo parecido ocurrió en Sintra, la bella población portuguesa cuya visita me decepcionó por la masificación de turistas que decidieron visitarla el mismo día que yo. Añadiendo además un día lluvioso nada favorable, las colas, los atascos y el gentío no me dejaron disfrutar de un sitio que por otra parte me pareció único: un microclima que genera copiosos bosques rodea una ciudad de palacios y callejuelas con un encanto especial.

El ejemplo más claro ocurrió en el Palacio da Pena, un lugar de fantasía situado en la peña de una montaña (de ahí su nombre), en medio de un bosque de 200 ha de lagos, pinos, helechos y secuoyas, donde se pueden hacer rutas de senderismo y admirar las vistas que desde lo alto ofrece la planicie portuguesa. El Palacio es de cuento de hadas, con sus torres y almenas, con sus paredes de colores, con sus mosaicos de azulejos, con su puente levadizo que da al patio y sus recónditos rincones para perderse.

Pero lo que parecía una visita idílica me dejó mal sabor de boca, precisamente, por esa sobresaturación de personas. Tuvimos que hacer cola para coger el bus que nos subiese a lo alto, después cola de 15 minutos para sacar la entrada, y luego una vez dentro del parque, nueva cola para entrar al recinto del palacio. Cuando las colas parecían haber terminado, una nueva fila de gente para entrar a visitar las estancias; pero una vez dentro, había tanta gente que de habitación en habitación se avanzaba al ritmo del de alante. Así es imposible disfrutar de algo, aprate de que las habitaciones de los monarcas me parecieron una recopilación de lo más kitch de todas las culturas del mundo (árabes, indios, japoneses...). Seguramente me influenció mi estado de ánimo. Y para rematar, nueva cola para coger el bus de vuelta.

Por todo ello, la visita al Palacio me dio pena, porque en verdad el lugar era increíble. Pero de todo se aprende, así que en vez de ir a Sintra un sábado santo como esta vez, estoy seguro de que la disfrutaré mucho más en mi próxima visita, un martes a ser posible.

Un viaje super super chulo

lunes, 26 de abril de 2010

Hay muchos adjetivos que podrían describir el viaje a Lisboa, como el de rabioso, pero me quedo mejor con el de super chulo; bueno no, super super chulo. Los mejores viajes son los que pasan las cosas más inesperadas, y en esto ya empezó así desde el principio, porque desde luego quién se iba a esperar que a Fati la del GPS se le ocurriera mandarnos a otro pueblo con una calle igual que la del albergue de Lisboa.

Pero una vez superada esta primera dificultad, todo salió a pedir de boca: y desde luego, porque no pasaban ni dos horas desde la última comida que ya nos entraba otra vez hambre: los choripanes de Óbidos, las queijadas de Sintra, la torta de miel de Nazaré, el bacalao de Lisboa... siempre acompañado, no podía ser de otra forma, de su cervecita, Sagres si era posible.

Un viaje en el que también acompañó el tiempo: unas veces llovía, otras hacía bueno... con esta predicción, ¿quién se iba a resistir a pegarse un bañito en la playa de Guincho? Entre viaje y viaje en coche, un repaso a la guía para conocer mejor los lugares, aunque ya sabéis, si te interesa, manda callar al que va leyendo.

Un viaje en el que al principio no pintaba nada y al final me alegró mucho conocer a Paula, Rosanna la que siempre faltaba, Zaida, Alberto, Tania, Andrea y Cecilia, y al que ya conocía, claro. Obrigado-nos.

Portugal alicatada

jueves, 22 de abril de 2010

Uno de los aspectos más curiosos de Lisboa, y de Portugal en general, es su propensión a revestir de azulejos, como si fuera el más clásico de los cuartos de baño, todo fachada o pared que se precie. Los mosaicos de azulejos lo adornan todo: fachadas de edificios de viviendas, paredes de interior de monumentos tan importantes como el monasterio de Alcoçaba, las estaciones del metro de Lisboa... una tradición que no por antigua se pierde: al contrario, las nuevas construcciones utilizan el azulejo como un ornamento importante, y lo comprobamos en alguno de las modernas construcciones de la Expo del 98 o en el estadio del Sporting de Lisboa hecho para la Eurocopa de 2004.

El azulejo fue introducido en la península por los árabes, pero su gran impulsor en Portugal fue Manuel I, quien lo importó de Sevilla. Al principio, se mantuvo el estilo árabe de figuras geométricas, pero más adelante, con la reconquista, se dio paso a los clásicos temas religiosos y posteriormente a temas costumbristas, como las escenas de caza del Palacio Nacional de Sintra. En esta época, el uso del color se limitó al azul. Hoy en día, los azulejos muestran colores de todo tipo, y rellenan las paredes de toda la ciudad incluso con funciones divulgativas, como en aquel puente en el que se disponían una serie de diferentes mariposas con sus nombres latinos.

Los azulejos dan un toque de personalidad propia al país; de hecho, en Lisboa tienen su propio museo. Aunque bien es cierto que, los que decoran los exteriores de los edificios, los podrían tener un poco más cuidados, pues por Alfama se pueden ver muchos desgastados, rotos o caídos. A no ser, pensandolo bien, que esto sea también un signo de distinción.

Colgado por Lisboa

lunes, 19 de abril de 2010

Por Lisboa corre una esencia especial, diferente, heterogénea y embaucadora; es una ciudad difícil de definir, mezcla de nuevo y viejo, de culturas y estilos. Quizás es esa indefinición lo que la hace tan atrayente o misteriosa, o la que provoca que todos los que han ido a Lisboa coincidan en que cuando estás saliendo de ella siempre te quede la sensación de que estás deseando regresar. Te quedas colgado por Lisboa.

En Lisboa, incluso las cosas que no te gustan tienen su encanto. Su aire se enrarece por su odioso tráfico, propio de una gran ciudad; pero, en contraprestación, su metro, moderno y cómodo, funciona a la perfección. La ciudad se asienta junto a la desembocadura del en este punto inmenso Tajo; aunque la brisa fluvial no sea especialmente amable para los olfatos, el río ofrece otros muchos valores añadidos: atempera el frío, los paseos junto a él en días soleados son una delicia y las vistas de Lisboa con el Tajo de fondo desde los muchos miradores de los barrios altos son inigualables.

En Lisboa, una calle es la columna vertebral: la rua Augusta, absolutamente plana, conecta la plaza del Rossio con el arco que se antepone a la Praça de Comercio, abierta al río. Me llamó la atención el particular enlosado de las calles, un sencillo pero estéticamente resolutivo mosaico de piedras blancas y azules, que combinados formaban figuras geométricas o incluso nombres de comercios. A ambos lados, cuestas y más cuestas conducen a dos de los barrios más populares.

Alfama, al oeste, es un típico barrio árabe de callejuelas y cuestas. Lo mejor para adentrase en él es pillar uno de los míticos tranvías amarillos lisboetas; su traquetreo denota vetustez, palabra que puede definir esta parte de Lisboa. Por Alfama la decadencia no es fea: las casas pueden estar cayéndose, las paredes desconchadas, a las clásicas paredes de azulejos que recubren la mayoría de sus casas siempre les falta alguno, las calles pueden estar levantadas... pero todo ello confiere a Alfama un encanto íntimo y especial. En el barrio destacan la Catedral o Sé y el Castelo de Sao Jorge, que domina la colina desde su privilegiada posición.

Al este, tras empinadas rampas llegaremos al Barrio Alto. Podemos optar por ascender los cientos de escalones o usar el Elevador da Bica que en pocos segundos salva el desnivel con nuevas vistas espectaculares. Por sus callecitas se respira la Lisboa más tradicional; sin duda, lo que más me llamó la atención fue cómo los lisboetas no dudan en tender su ropa en el balcón para que se seque. Debe ser tradición el exponer las intimidades a todos los viandantres. El Barrio Alto es el mejor lugar para disfrutar la noche lisboeta, ya sea en la animada Rua Atalaya, donde sus decenas de bares te permiten sacar las bebidas a la calle y charlar con tus amigos bajo las ropas colgadas; o en algún lugar donde escuchar la canción portuguesa por excelencia: el fado.

Pero Lisboa ofrece mucho más. Como todos sabemos el año del descubrimiento de América, los lisboetas se saben de carrerilla la fecha del terremoto de Lisboa de 1755; prácticamente, la historia de todos sus edificios empieza con la cantinela del "Fue reconstruido después del terremoto de Lisboa de 1755..."; el más significativo que se salvó fue el Monasterio dos Jerónimos, en el barrio de Belem; otra visita obligada, no sólo por comprar pasteles, sino porque el día que fuimos hacía tan bueno que sus amplias explanadas de césped estaban abarrotadas de gente, incluso algunos osados jugaban al fútbol delante de la Torre de Bélem, el símbolo de la ciudad.

La experiencia del terremoto transformó Lisboa; por ello todo lo nuevo se hace con cabeza. A este respecto, me maravilló el Parque das Naçoes, los restos de la expo de 1998. Con muchísima envidia comprobé cómo, a diferencia del caso de la expo de Sevilla, todos sus modernos edificios han sido conservados y reutilizados: el oceanario, el teleférico, sus cuidadas y limpias calles, incluso edificios de viviendas y restaurantes que dan vida a una de las zonas más bellas de la ciudad.

Así es Lisboa; y espero que la próxima vez que vaya, la encuentre tan igual y diferente como la conocí.

Donde occidente acaba

sábado, 17 de abril de 2010

Es el punto final. Más allá, ningún caminante puede ir más lejos. El meridiano más occidental de toda la Europa continental pasa por unos acantilados que se han dado en llamar el Cabo da Roca. Ciento cuarenta metros roca abajo, el mar azota fuerte contra las paredes; es el primer contacto de las aguas con un continente inmenso.

El lugar llama la atención por sus increíbles vistas. Desde el mirador, el horizonte se abre en perfecta línea recta, y en los acantilados se abren cuevas enigmáticas. Al contrario que en el sureño Cabo de San Vicente, en el Cabo de Roca abunda la vegetación, y las laderas se copan de verde. Un monumento con una cruz nos recuerda las coordenadas que ponen fin al continente, y un faro datado en 1772 resiste aún y siempre el fuerte azote del viento que siempre reina en este punto.

Unos kilómetros más al sur, se halla una de las playas más espectaculares de la zona, la playa de Guincho, un lugar preferente para windsurfistas que tienen aseguradas las olas en cualquier época. La fuerza del agua es tan intensa que apenas con mojarte los pies se corre el riesgo de ser llevado por una ola, por eso es considerada una playa peligrosa. Pero ello no es óbice para disfrutar del encanto de una puesta de sol desde sus dunas.


Óbidos, regalo de bodas

miércoles, 14 de abril de 2010

Al norte de Lisboa, en plena región de Estremadura, descubrimos el pequeño Óbidos, un pueblo cuyo nombre me era tan desconocido como los encantos que escondía. Tan escondidos los tiene que para conocerlos hay que asaltar las murallas de 13 metros de altura que lo rodean a través de alguna de sus puertas. Las viviendas quedan así aisladas intramuros por estas paredes defensivas que construyeron las árabes. Se puede dar la vuelta a Óbidos desde las alturas, con las almenas como barandillas a lo largo de 1 kilómetro y medio.

Desde allí, desde lo alto de alguna de sus torres, se ve que todo el pueblo confluye hacia su castillo, una construcción con historia pues el rey Dinis I lo utilizó como regalo de bodas a su esposa Isabel en 1282 y esta tradición se mantuvo inalterada hasta 1833. Hoy constituye uno de los paradores nacionales más espectaculares de Portugal, y una estancia en él sería sin duda un buen regalo de compromiso.

El recorrido ya sobre tierra transcurre por pequeñas calles empedradas y sinuosas, y la gran cantidad de iglesias revelan que que el fervor religioso es importante en Óbidos; no obstante, su Semana Santa es muy famosa por una procesión nocturna a la luz de las antorchas. Las casas, blancas y relucientes, cubren sus paredes con franjas de colores amarillo o azul, mientras se adornan con variadas flores. Entre ellas, algún bar en el que degustar el popular licor de Ginjinha, hecho a base de cereza.

El ultraje del peaje

domingo, 11 de abril de 2010

Un road trip es una forma divertida, rápida y económica de viajar por un país; sin embargo, en el viaje por Portugal sólo podría estar de acuerdo con la primera de esas premisas, porque los atascos y los peajes imposibilitaron el cumplimiento de las otras dos.

Desde hace unos años, Portugal ha modernizado su red de comunicaciones con autopistas de varios carriles que vertebraban los flujos norte-sur y este-oeste del país. Trasladarse por estas nuevas carreteras es casi obligatorio, pues las antiguas son malas y peligrosas. Lo malo de ello es que por todas ellas hay que pagar un peaje de tránsito, cogiendo un ticket cuyo coste se paga al final, dependiendo de qué salida hayas tomado.

Este peaje, sin importar el trayecto, es carísimo, desorbitado diría yo (está claro de dónde quieren sacar el dinero para financiar las obras); pero es que además provocan unas colas de coches incomprensibles. Vale que estuviéramos en Semana Santa y todos los españoles nos pusiéramos de acuerdo en ir a Portugal. Pero el tardar 40 minutos en recorrer 600 metros para poder pagar es ilógico; una vez que te acercas a la taquilla, vemos que no todas están abiertas y que los taquilleros, por decirlo de alguna forma, no se manejan con mucha prisa. Lo cual mosquea aún más. El tiempo que se gana circulando por las autopistas se pierde intentando pagar por su servicio.

El caso más flagrante fue intentando entrar en Lisboa por el magnífico Puente del 25 de abril. Para cruzarlo en sentido entrada, hay que pagar un peaje ínfimo de algo más de un euro. Pero las colas para pagarlo son interminables. No tiene ningún sentido construir un puente para mejorar la circulación si para poder cruzarlo te llevas media hora. En Portugal, salga con tiempo.

Atasco en la comarcal

miércoles, 7 de abril de 2010

Los madrileños, durante los días laborables, tienen que soportar los terribles embotellamientos que se suceden a todas horas en sus calles; por eso, los fines de semana, aprovechan para desintoxicarse huyendo de la capital... lo único malo es que el hecho de salir todos provoca que un sábado por la mañana pueda haber tanto atasco como cualquier otro día.

Hace poco fui a Patones de Arriba, un pintoresco pueblo del norte, situado en plena montaña, al sur del embalse del Atazar. Nuestro plácido viaje para comer un buen cochinillo en uno de los numerosos restaurantes del pueblo se vio repentinamente alterado porque cientos de madrileños habían pensado exactamente lo mismo que nosotros.

Para acceder a Patones, hay que tomar una estrecha carretera que salva el desnivel de la montaña. Difícilmente pasan dos coches en sentido opuesto, pero sin duda esto fue lo de menos. A poco de llegar, primera dificultad: un coche parado en una curva, tratando de dejar pasar a turismos que se iban y sin saber muy bien porqué no se movía. Pero lo mejor llegó después: a doscientos metros del pueblo, un atasco de coches en doble sentido, todos parados; ¿el motivo? una discusión entre dos individuos que acabó con una luneta trasera rota, una mano ensangrentada y con toneladas de paciencia de los no involucrados. Menos mal que salió el típico a dar fluidez al tráfico (buenísima su frase de "pegaos un poco más", refiriéndose a que orillásemos los coches, pero no demasiado bien aplicada en este contexto). Cuando por fin nos movimos, tocaba estacionar, entre los muchos coches que habían llegado antes que nosotros. Una vez conseguido, sólo queda andar de vuelta al pueblo.

Los coches no pueden entrar en Patones; de hecho, un bolardo impide su entrada. Tampoco cabrían, pues por sus estrechas calles sólo pueden circular sus pocos vecinos. Si consigues llegar a Patones de Arriba, disfrutarás de un pueblo de postal, en plena montaña con todas sus casas construidas al estilo de la Arquitectura negra, edificaciones que utilizan la pizarra como materia prima constructiva. Esto da homogeneidad al pueblo, con calles apacibles, llenas de plantas y empinadas cuestas, de suelo empedrado. El paseo, las vistas y el cochinillo bien merecen la visita, pero eso sí, habrá que procurar ir un día entre semana, cuando el atasco se encuentre en la capital.

Julio Baptista en el mercado

lunes, 5 de abril de 2010

Julio Baptista soñaba con ser un gran futbolista, una estrella del balón como el gran jugador brasileño con el comparte nombre. Pero el camino a la gloria del pequeño Julio se presentaba bastante arduo. El lugar en el que le tocó crecer no era el más propicio para cumplir su anhelo; más bien todo lo contrario.

Julio era un niño de corta edad, que vivía en Chichicastenango, la población gutemalteca donde cada jueves y domingo se celebra un populoso mercado de artesanía, ropa, alimentos y demás enseres. Entre tenderetes de máscaras y y humeantes puestos de mazorcas, Julio, como cualquiera niño de su edad en Chichicastenango, nos recibió con cara de pena, haciendo suyo el clásico "un quetzal amigo", la moneda equivalente a unos pocos céntimos con la pretendía ayudar a su familia. Entre todos, la dulce mirada de Julio nos conmovió, las historias de su familia que su frágil voz contaba nos llegaron dentro, y sus ganas de jugar al fútbol y dejar de pedir en el mercado nos decidieron a comprarle un balón de fútbol. Nos despedimos de Julio contemplando su sonrisa y con la promesa de que el domingo, cuando volviéramos, jugaríamos con él un partido.

Pero la realidad de Julio no es tan sencilla. Los niños como él se ven obligados por sus padres a pedir a los turistas, que abarrotan los puestos del mercado buscando con el regateo que ese producto tan exótico les salga aún unos céntimos más barato; si no llevan nada a casa por la tarde, reciben reprimenda. Por contra, las niñas dejan de ser niñas muy pronto. Su cultura las hace mayores, y enseguida se encargan, ataviadas con los vivos colores de las faldas y mantas de la etnia maya quiché, de cuidar a sus hermanos pequeños portándolos a su espalda; sus caras reflejan tristeza, quizás la pena de una niñez perdida, de ancianas encerradas en un cuerpo de niña.

El domingo regresamos al mercado de Chichicastenango. Entre la multitud buscamos a Julio, con el deseo de no encontrarlo y de que estuviera con sus amigos echando una pachanguita. La masa invadía los puestos, no importaba qué se estuviera vendiendo. Los mayas hacían su agosto vendiendo su artesanía a cambio de unos pocos quetzales, que significa nada para nosotros y tantísimo para ellos. Pero, justo cuando nos íbamos, apareció Julio. Nuestra alegría de que viniera a despedirse se truncó cuando lo primero que nos dijo fue "un quetzal amigo"; le preguntamos por la pelota y nos volvió a pedir dinero. La sensación de rabia fue inevitable; es probable que su padre hubiera revendido el balón a la tienda donde lo compramos para sacar algo de beneficio de un círculo vicioso sin sentido.

Me dio mucha pena la historia de Julio Baptista; muchas veces me pregunto qué habrá sido de él, si su vida habrá cambiado algo, si habrá podido dejar de pedir en la calle, o si por contra él estará haciendo lo mismo con su descendencia. Quien sabe si, la próxima vez que vuelva a Chichicastenango, la pelota de fútbol volverá a estar en la misma tienda donde la compré.

Y de repente... Tikal

lunes, 29 de marzo de 2010

Y de repente, tras muchas, muchas horas de camino por carreteras y caminos sinuosos e incluso peligrosos hacia el norte de Guatemala, tras soportar un intenso aguacero tan habitual por las tardes a estas latitudes, llegamos a Tikal aún sin ser muy conscientes de lo que ello suponía. Alcanzar Tikal es llegar a la cuna de la civilización maya, una referencia obligada para quien quiéra entender una de los pueblos más sorprendentes de la historia de la humanidad.

Tikal fue una de las ciudades mayas más importante de toda la civilización, tanto en extensión como en población (pudo llegar a los 150.ooo habitantes). Rival de la hoy mexicana Calakmul, su esplendor se mantuvó durante 6 siglos hasta su misteriosa decadencia a finales del s. X. En todo ese tiempo, los mayas, jerarquizados en reyes y pueblo, construyeron un tejido urbano lleno de templos, tumbas, observatorios astronómicos (los avances en este campo fueron increiblemente certeros), palacios y residencias de los que hoy en día perviven edificaciones muy destacadas.

El mejor ejemplo es La gran Plaza, un rectángulo jalonado por palacios, una necrópolis y los templos I y II. Viendo las dimensiones de estas escarpadas construcciones de piedra, me maravilla el pensar de lo que fue capaz el hombre de levantar sin apenas medios, y de cómo han resistido el paso del tiempo. Aunque la mano del hombre actual debe ayudar a rescatarlos, pues la selva se ha ido tragando los edificios y los trabajos arqueológicos, como los que se realizan en la Plaza de los 7 templos, se afanan por retirar toda la maleza con que la naturaleza ha ido cubriendolos. A varios kilómetros de allí se eleva el templo IV, cuyos 64 metros constituyen el techo de toda la ciudad. Si puedes subir su empinada escalera sin problemas, la vista te ayudará a comprender qué es de verdad Tikal: un inmenso mar verde, un canopy de vegetación que va más allá de donde alcanza tu mirada del que emergen, salpicados, las partes más altas de los templos mayas. Impresionante.

Pero Tikal no es solo ruinas mayas. Tikal también es selva. La inaccesibilidad de este emplazamiento lo vuelve aún más interesante. Alrededor de los templos sólo hay selva, y por la selva hay que encaminarse para ir de un lugar a otro dentro del parque. Los senderos se ensombrecen ante los altísimos árboles, como la ceiba, el árbol nacional de Guatemala. De repente, unas ramas comienzan a caer sobre nuestras cabezas. Son los monos, que desde las copas dejan a las claras que estamos invadiendo su territorio. Vemos helechos y plantas gigantes con hojas más grandes que nosotros. Hormigas rojas por cuya entrada al hormiguero cabe mi zapato entero, pájaros carpinteros de cabeza roja que repican en los troncos, órugas anaranjadas, toda clase de insectos, serpientes y tarántulas... los grandes mamíferos y el quetzal se han ocultado durante el día. Es la selva de día, pero el vivirla de noche no tiene precio. En la oscuridad los sonidos se intensifican, se oyen monos aulladores y otros ruidos indescriptibles, que asustan al más osado. No hay que tentar a las fieras, que los monos ya nos habían advertido durante el día.

Y la lava la vi

sábado, 20 de marzo de 2010

En Guatemala tuve la ocasión de cumplir uno de lo sueños que perseguía desde pequeño. Fascinado por el espectáculo natural (aunque a veces trágico) de las erupciones volcánicas, tan asiduas en el Etna, siempre me preguntaba cómo sería la lava. Y el volcán Pacaya, al sur de la capital guatemalteca, me brindó esa oportunidad. A pesar de haber estado inactivo durante siglos, sus entrañas explosionaron en 1965 y desde entonces los ríos de lava discurren por sus laderas de manera habitual.

La lava es fascinante, evocadora e hipnotizante. Su presencia se siente mucho antes de verla. Las ondanadas de calor se notan a más de 100 metros de distancia del río. Acercarse mucho a la lengua de fuego es peligroso, pues las rocas de lava fosilizada que se asientan a su orilla en pueden estar tan calientes que pueden derretirse en cualquier momento. Desde una distancia prudencial, y como adormecido por la alta temperatura, te puedes pasar horas viendo el magma externo en su lentísimo fluir ladera abajo. Parece mentira que algo tan bonito pueda resultar tan peligroso, aunque bien es verdad que en una carrera por la supervivencia cualquiera podría ir más rápido y salir vencedor.

El volcán Pacaya es una ascensión asequible. En su primera parte, el camino tiende a subir rodeado de extensa vegetación, entre las que destacan las palmeras llamadas "pacaya" que dan nombre al volcán. Al final, el paisaje se desertiza y surge el gran cono final, siempre humeante y del que brotan las lenguas de lava. Su ascensión es complicada, pues el único lado factible es una empinada cuesta cuyo suelo está formado por infinitas piedras que mientras asciendes 3 metros te obligan a retroceder 2. Una extenuación soportable por el ansia de poder ver el cráter desde el mismo borde, pero la misión debe ser abortada casi en la cima: un horrible hedor a huevos podridos nos indica que las emisiones de azufre han aumentado y la respiración se vuelve peligrosa. Los volcanes son imprevisibles y no hay que hacerles enfadar.

Volvemos camino atrás, desandando por las rocas volcánicas que los visitantes recolocan para formar palabras o mensajes. Nos acompañan durante todo el día dos niños guatemaltecos, que al comienzo de la subida vendían como bastones palos de un metro de altura (fácilmente cogidos de cualquier rama de árbol) por un quetzal (la moneda nacional, equivalente a menos de 10 céntimos) y que ahora en la bajada se obstinaban por recuperarlos; hay que volver a hacer negocio con los próximos soñadores que quieran ver la lava.