La cañada de mentira

sábado, 14 de febrero de 2009

Madrid se ha llenado de vacas. Y no precisamente de las que, año tras año, colapsan la Castellana en la popular Fiesta de las trashumancia reivindicando la defensa de las cañadas reales, esos pasos para el ganado que recorren durante centenares de kilómetros la Península Ibérica. Estas vacas de mentira forman parte de Cowparade, una iniciativa curiosa que trata de acercar el arte a todos mediante su exposición pública a pie de calle (algo que, como en otras ocasiones, aplaudo sin dudar).

La idea de Cowparade surgió hace 10 años en Zurich, y desde entonces ha copado plazas y calles de las principales ciudades del mundo. Las vacas llenan Madrid de color, y la gente se detiene con asombro a ver estos curiosos animales de fibra de vidrio a tamaño real. Las 100 vacas no pasan desapercibidas; no obstante, están repartidas por los lugares más emblemáticos de la ciudad, como la Puerta del Sol, la plaza de Santa Ana, la Puerta de Toledo y muchos más. La de la Puerta de Alcalá enseña orgullosa un "2016" para apoyar la candidatura olímpica de la ciudad.

La idea parece un poco tonta, pero algo tendrá cuando tiene tanto éxito. Y es que esta iniciativa va más allá de la simple exposición de estas obras al aire libre. Tiene un trasfondo social, pues desde su preparación (los diseños, desde reivindicativos, humorísticos o publicitarios, se sacaron de un concurso en el que todo el mundo pudo participar) hasta su finalización (en la que algunas de las vacas serán subastadas para obtener fondos de ayuda a diversas ONGs) están pensadas para unir arte y solidaridad.

Me gusta Cowparade porque está muy bien pensada. De hecho, han contado incluso con la desgraciadamente inevitable acción de los vándalos. La vaca de la foto de arriba, Albertina, fue robada de su ubicación en la plaza de Lavapiés por un grupo de chavales que no tuvo otra cosa que hacer que llevársela a su casa. Otras aparecen rotas y llenas de graffitis. Para paliar un poco este daño se ha creado un "Hospital de vacas" en el que todos los desperfectos son "sanados" por estudiantes de la Escuela de Restauración y Conservación de Bienes Culturales de Madrid metidos a "veterinarios"; además, han tenido el acierto de colocarlo junto al Hospital Infantil Universitario Niño Jesús para que los niños enfermos puedan disfrutar de este evento. Un nuevo punto a favor.

Esta particular cañada estará por Madrid hasta el 21 de marzo. Mejor, aún me quedan muchas por ver.

No hay domingo sin rastro

martes, 10 de febrero de 2009

El domingo hice lo que muchos madrileños hacen los domingos: ir al rastro, ese lugar en el que, como en los zocos árabes, se compra y se vende de todo. Aprovechando una tregua en la meteorología y sin intención de comprar nada, cogí el metro y me bajé en la parada de Puerta de Toledo, como podía haberlo hecho en la de La Latina (impresionante el número de personas que se bajaron en esta estación), Tirso de Molina o Embajadores, todos ellas formando un rectángulo que encierra en su seno el barrio de Lavapiés, sede de este popular mercadillo.

No es casual la ubicación del rastro. Lavapiés y su castizo nombre han sido siempre un barrio humilde, hogar de las clases bajas de la ciudad en otras épocas. Por ello no extraña que allí nazca y muera todos los domingos y festivos un improvisado mercado lleno de puestecillos que van desde tenderetes a una simple acera en el suelo (todo vale) en los que se puede hallar cualquier cosa. De hecho, hay un popular dicho que afirma que "lo que no se encuentre en el rastro, no existe". Y puede que sea verdad.

Al rastro llegué a eso de las 12:30, la hora de los guiris. Y es que en el rastro el tiempo importa. Los que simplemente van a pasear, por conocerlo, suelen visitarlo en sus dos últimas horas de vida (de una a tres, que coincide con el momento de mayor bullicio y ajetreo). Sin embargo, los auténticos buscadores de objetos, van al rastro a primera hora (a las 9:00), a patearse todas sus calles y encontrar las mejores gangas que poder regatear con algo de tranquilidad. De momento, no era mi caso.

Mi camino por el rastro se sucedió por sus típicas y empinadas callejuelas: la calle Mira el río Baja, la Ribera de Curtidores, la Plaza del Cascorro. En ese recorrido, los puestos de objetos se sucedían sin descanso, y la masa de gente, curiosa o interesada, se agolpaba por doquier. Con mi mano siempre en el bolsillo (los frecuentes robos son la cara triste de todo esto) me sorprendí de ver cosas que jamás pensé que se pudieran vender: tornillos, pomos y visagras antiguas (¿quién quiere una visagra oxidada?). Pues sí, había gente preguntando por ellas. Y es que, una de las cosas que he aprendido, es que en Madrid hay gente para todo. Y eso me fascina.

Relojes, libros usados, espejos, sillas, banderas, chapas... You name it... Hasta unos patines (justo en la semana en que me había planteado comprarme unos, y en la que había poco más que ironizado sobre la posibilidad de encontrarlos en el rastro). Pues allí estaban. Además, el rastro tiene algo de social: la gente va, pasea, se entretiene, compra algo, disfruta de algún espectáculo callejero y después se va a La Latina de tapeo. Cosa que, para adaptarme aún más a la cultura madrileña, no dejé de hacer.

Fue un gran día de domingo, aunque no encontré rastro de nada que me interesase plenamente. Pero, después de lo vivido, estoy seguro que es que no busqué bien. Está claro que tendré que volver otro día más temprano.

Guadalajara de cerca

domingo, 1 de febrero de 2009

Ya sabía yo que tarde o temprano terminaría visitando Guadalajara; por mucho que me habían insinuado sobre la pérdida de tiempo que supondría ir a una ciudad carente de atractivos turísticos, mi permanente curiosidad y los escasos 53 kilómetros que la separan de Madrid (lo que convierten a estas dos ciudades en las terceras capitales de provincia más próximas de toda España, por detrás de las duplas Valladolid-Palencia y Bilbao-Vitoria) me animaron a aprovechar mi sábado libre para hacerle una visita.

Y en tan sólo 25 minutos ya había llegado. No es un dato irrelevante, pues su proximidad a la capital de España forma parte, para bien o para mal, de su idiosincrasia. Esta tan cerca que desde allí se divisan a lo lejos las impresionante 4 torres de Madrid. Guadalajara está circundada por las autopistas que van a Zaragoza (la A-2 y la R-2) lo que la convierte en un lugar de fácil acceso para los madrileños que, por su cercanía, la han acogido como ciudad dormitorio (también quizás por unos precios de vivienda más asequibles). Ello repercute en la ciudad, que crece, pero con gente de fuera; algo que los guadalajareños asumen con la duda de si se convertirán en un barrio más de Madrid.

Pero Guadalajara tiene muchas aspectos que le confieren identidad propia. Tiene una historia, desde los árabes que la fundaron y le dieron ese nombre con el prefijo característico. Y unos nombres importantes para la ciudad, como la familia de los Mendoza, que dejaron como legado un impresionante palacio con un patio de doble arcada reflejo de su riqueza; o la condesa de la Vega del Pozo, que está presente en todos los rincones aunque nosotros sólo vimos un Panteón con su nombre de accesos complicados junto al recinto ferial.

El paseo por la ciudad es agradable aunque corto, pues con sólo 80.000 habitantes hay que tener cuidado para no salirse del perímetro. Pero tiene pinta de ser un lugar donde se vive con mucha tranquilidad. Como un pequeño pueblo. Subiendo por su calle mayor, se ven edificios de todos los tipos. Desde el ayuntamiento o el inmenso Banco de España, hasta las pequeñas casas que rodean la Concatedral. Desde fachadas mudéjares que recuerdan su pasado musulmán a graciosas muestras de graffitismo permitido en muchas paredes del centro. Casas que vieron nacer a ilsutres famosos como Buero Vallejo o afables anónimos como la señora Julia que nos ayudó por dos veces a encontrar nuestro camino. Contrastes extraños pero interesantes.

Por todo ello, rechazo las opiniones prejuiciosas que me aconsejaban no visitar esta ciudad manchega. Siempre es beneficioso conocer sitios nuevos, y más aún si los tengo a mi lado.

Las noticias desde dentro

martes, 27 de enero de 2009

No todos los días se tiene la oportunidad de visitar el periódico generalista de mayor tirada en España. En la facultad nos enseñaron que los medios son el cuarto poder y que su poder de influencia en la sociedad es determinante en la mentalidad de la masa (al hilo de la actualidad, parece que lo de "derrocar gobiernos" no es exclusivo de las profesiones de altos vuelos; o al menos, lo de "derrocar presidentes", como ha conseguido sorprendentemente el Marca con el del Madrid). Por eso, el ofrecimiento de mi amigo Nando de dar una vuelta por la redacción de El País me inspiró una creciente curiosidad.

Mi compañero en Periodismo está viviendo en primera persona lo que se cuece en el medio impreso del grupo Prisa, pues está empezando a hacer sus pinitos en la sección de Internacional. Así que nadie mejor que él para enseñarme algún entresijo del coloso de la información. Lo primero que vimos fue la puerta de atrás, repleta de furgonetas que, debido a la hora (las once de la noche) se preparaban para cargarse de manojos de periódicos para que a primera hora del día siguiente todos sus fieles pudieran ver en portada la sonriente cara de Obama (no podía ser de otra forma).

En la entrada principal, el recepcionista me dejó pasar sin impedimentos. "A estas horas no hay problema". Dejamos la cafetería y subimos a la segunda de las cinco plantas del edificio. Y, al abrirse las puertas, la sorpresa inesperada. Nunca imaginé que la redacción de El País fuera un inmenso espacio diáfano, donde se mezclaban en aparente caos todas y cada una de las secciones del periódico sin ninguna pared que sirviera de separación entre ellas.

Desde el pasillo que la circunda y a través de los cristales que la rodean, pude ver cómo a esas horas el trabajo en la redacción estaba casi hecho. De las casi 300 mesas que rebosaban aquel espacio (todas llenas de papeles amontonados y pantallas de ordenador), apenas quedaban algunas ocupadas: las de los de Deportes, que esperaban con cara de sueño y aburrimiento a que acabase el partido de Copa entre el Español y el Barcelona; y los del periódico Digital, estos sí en mayoría, que tienen que quedarse toda la noche en vela para actualizar la web en el caso de que algo suceda. Es lo que tiene la inmediatez informativa.

La redacción vacía y el periódico en la rotativa, imprimiéndose. Visitamos también la redacción de El País Semanal (nuevamente sin gente) y fue significativo el hecho de ver un ABC tirado en el suelo de uno de los pasillos. Yo, prudente de mí, pasé a su lado sin pisarlo.

La verdad es que, a pesar de ver la redacción dormida (como el periodista que veía el partido), me impresionó. Pero tiene que ser espectacular verla despierta, llena de gente, de bullicio cada vez que hay una noticia, de personas corriendo por los pasillos con papeles en la mano y bolígrafos en la oreja. O al menos así es como yo siempre me la he imaginado. Espero tener otro día la oportunidad de descubrirlo.

Pinsapos entre tinieblas

lunes, 19 de enero de 2009

"Hecho en Andalucía" (como rezaba el lema de la campaña con la que la Junta quiso promocionar los productos andaluces). El pinsapo es una especie vegetal única y genuina del sur de España. Debe ser que las condiciones de los lugares en los que abunda (la serranía de Ronda), con veranos cálidos, inviernos fríos y precipitaciones abundantes, favorece su crecimiento. Parece una mezcla de abeto y pino, pero tiene sus diferencias: algunas se me escapan pues no soy un entendido (seguro que algún biólogo podría aportar algo más), pero superficialmente sus hojas tiene una forma muy peculiar, con hojas muy erguidas con miles de pequeños "pinchos" verdes y pequeños conos en su punta que deben de ser su fruto.

Es un árbol precioso, pero, realmente, muchas veces no sabemos valorar lo que tenemos. De hecho, su descubridor ni siquiera procedía de aquí. Fue un suizo llamado Edmund Boissier, un botánico aventurero que con ganas de explorar nuevos horizontes vino a Andalucía. Quedó prendado de este tierra (cómo no) y realizó múltiples viajes observando su flora, hasta dar con la clave de su nuevo hallazgo en 1838, que reflejó en su libro Notice sur l'Abies Pinsapo. Una vez más, los foráneos conocen más que los oriundos.

Es una suerte poder contar con una especie autóctona, pero su disfrute puede tener caducidad: está en peligro de extinción (a veces creemos que sólo los animales corren el riesgo de desaparecer) por causas varias como la deforestación o los proyectos urbanísticos. Es por ello por lo que su observación está restringida en algunos casos, como en el Parque de Grazalema en Cádiz (donde, para poder hacer alguna ruta, hay que solicitar permiso previo y el cupo de visitantes es limitado). Sin embargo, en la Sierra de las Nieves, en Málaga, este árbol también copa las montañas y todo tipo de rutas (por el momento) están permitidas. Así, aprovechando que el pasado campamento de Navidad se ubicó en plena sierra, nos adentramos en una de ellas para conocerlo.

Comenzamos en el pueblo de Yunquera, desde donde partía un camino que pasaba por el camping "El Pinsapo Azul" (pinsapo lo entiendo, pero ¿azul?) y proseguía sin pérdida en ascenso continuo hasta el Puerto del Saucillo durante 6 kilómetros. En este trayecto divisamos nuestro primeros pinsapos, preludio de lo que vendría después.

Ya arriba, el Saucillo cuenta con un mirador, pero la espesa niebla que nos acompañó durante toda la ruta (habitual por esta zona) nos impidió ver nada. Allí comenzaban dos senderos, una para llegar a al cumbre del Torrecilla (el pico más alto de la provincia de Málaga) y un nuevo sendero, circular, con una longitud de 5 kilómetros, que fue el que tomamos. Un cartel indicador nos daba información de la ruta, pero no nos avisaba de que nos adentrábamos en un bosque espectacular.

De repente, caminando por un estecho sendero nos vimos cubiertos por una frondosa masa de vegetación que la niebla contribuía a hacer aún más interesante. En este trayecto los pinsapos se multiplicaban, y se mezclaban con quejigos, pinos y otros arbustos. Un número inimaginable de árboles comparado con lo que habíamos visto hasta entonces.

Si hubiésemos hecho caso al cartel de la ruta, que nos avisaba de tomar en los cruces siempre el camino de la izquierda, habríamos llegado a Puerto Bellina y desde allí habríamos iniciado el camino de vuelta al Puerto del Saucillo y después la bajada a Yunquera. Pero como en algún momentos tomamos el camino equivocado (pues nuestra ruta se yuxtaponía con un sendero GR que nos confundió), acabamos dando una vuelta tremenda hasta acabar (sin saber aún cómo) en la carretera que uno Yunquera y El Burgo. No nos importó pues, así, pudimos disfrutar más de los pinsapos.

Adiós a la navidad

martes, 13 de enero de 2009

Resulta llamativo despedir la Navidad cuando Madrid sigue cubierta de un manto blanco y cuando aún hoy hemos visto caer (aunque en menor medida que el pasado viernes) algunos copos de nieve. Pero este período del año se dio por concluido la semana pasada cuando, el día siguiente al de Reyes, los operarios del ayuntamiento comenzaron a desmantelar toda la parafernalia navideña.

Este año, al igual que el anterior, me ha tocado vivir parte de esta fiesta en otra ciudad. Y por supuesto la Navidad en la capital da mucho que contar. Como ya he corroborado en más de una ocasión, en Madrid todo es más grande de lo normal. Y como tal, impresiona. Gallardón, el alcalde, en sus presupuestos (y quizás con algo de conciencia ecológica que nunca viene mal a un político) ha invertido menos dinero en la colocación de bombillas (aún así se han colocado casi 7 millones en toda la ciudad) que además son de menor consumo. A pesar de ello, el gasto municipal ha aumentado porque parte de ese dinero lo han destinado a pagar a diseñadores de lujo para establecer modelos de iluminación innovadores, únicos y, ciertamente, espectaculares.

De esta forma, la moda también ha llegado este año colgada de un lado a otro de la calle. Las tradicionales campanitas de bombillas amarillas han pasado la historia en favor de vanguardistas modelos de múltiples colores y parámetros minimalistas (menos es más). En Chueca la bandera multicolor pendía en tiras sobre las cabezas de los viandantes, y en el paseo de Recoletos eran millones de círculos los que se perdían en el horizonte. Merecía la pena hacer un recorrido pues cada calle ofrecía una imagen diferente; de hecho, este año han puesto un servicio de autobús (por un euro) para poder ver las principales con un extra de un de guía cantando villancicos incluido.

A ello hay que añadir los árboles. Tanto los de verdad (con lucecitas en vez de frutos) como los de mentira, los de Navidad, que por supuesto, también eran enormes. Hasta 17 metros medía el de la Puerta del Sol (una especie de cono gigante decorado con triángulos verdes asimétricos); pero se ve que había otro de 51 metros diseñado por Agatha Ruiz de la Prada (esta mujer hace de todo) en la plaza de Carlos V. Habría que haberlo visto.

Pero lo que más me ha sorprendido de Madrid no ha sido ni su espectacular cabalgata ni la inimaginable marabunta de gente que invade el centro en estas fechas (y que literalemente te impide avanzar por las calles). Pues no. Lo que más me ha llamado la atención es la extraña costumbre que tienen los madrileños de ponerse pelucas de extravagantes tonalidades en la cabeza, a cada cual más ridícula. Es un fenómeno digno de estudio, pues lo mismo te ves a un cabeza de familia con un gorro con dos cuernos de reno, que a un abuelete con una cabellera morada tipo Alaska. La gente compra en masa estos productos y se los pone sin pudor. Y preguntando preguntando, aún no he encontrado a nadie que me explique este sin sentido. Igual es para ir a juego con la iluminación.

La gran nevada en Madrid

viernes, 9 de enero de 2009

Hoy hemos vivido una jornada histórica en Madrid. El despertar me trajo una sorpresa al mirar por la ventana del salón. ¡Estaba nevando! Llevábamos ya muchos días de frío y la posibilidad de precipitación de nieve sopesaba en el ambiente. Así que no lo dudé y enseguida me cambié de calzado: los botines por las botas de montaña. El día prometía. Ataviado con gorro y guantes nos dirigimos a las clases matinales, cuando por el camino me encontré con que casi no reconocía mi coche. Menos mal que a la escuela voy a pie.

La nieve lo cambia todo. De hecho, es la única que ha conseguido que los madrileños se vean forzados a conducir despacio. Era gracioso comprobar las caras de algunos al volante, impacientes por no poder acelerar. Al comenzar la clase, faltaba más de la mitad de los compañeros. Por las ventanas se veía cómo se empezaban a formar atascos en las carreteras. Y, después de apenas 3 horas con nuestro profesor, se nos anuncia que se suspende la jornada por el mal estado del tiempo. Día libre y rienda suelta a los juegos, batallitas y bolazos en un entorno totalmente recubierto de nieve que se asemejaba a la típica estampa navideña.


Los propios madrileños no recordaban una nevada igual desde hacía mucho tiempo. Los copos no han parado durante todo el día, y se ha formado una capa en el suelo que ha alcanzado los 10 centímetros. Según la tele, no ocurría algo igual desde 1977. Qué suerte estar aquí para contarlo. La ciudad se ha colapsado por completo, y muchos conductores, por la impericia de pisar el freno en un suelo tan resbaladizo, han terminado con sus vehículos en la cuneta. Las cabezas pensantes de la ciudad, desbordados por un fenómeno que les ha cogido por sorpresa, han pedido a sus ciudadanos que usen el transporte público; era lógico dejar el coche en casa, pero el metro estaba repleto de gente y muchos autobuses, como este que vimos en la Alameda, han perdido el control y se han cruzado obstaculizando algunas calles y consecuentemente todo el tráfico.

Otra importante consecuencia ha sido el cierre de Barajas, por primera vez en su historia. Hasta que las máquinas quitanieves han hecho su trabajo y han liberado las pistas, multitud de vuelos han sido desviado a aeródromos cercanos y el caos, nuevamente, se ha adueñado del principal aeropuerto del país.

Yo por mi parte he disfrutado como un enano de mi primer día de nieve en Madrid. Nos han dado fiesta en el "cole" y lo hemos aprovechado al máximo. Y es que la nieve, realmente, lo cambia todo. Menos mal que me puse las botas.

El Cabo de Gata desde una piragua

miércoles, 7 de enero de 2009

Tenía muchas ganas desde hace tiempo de visitar el Cabo de Gata; por eso, la maravillosa propuesta liderada por nuestro querido José Carlos de hacer una ruta en piraguas recorriendo el litoral mediterráneo del sur de España era poco menos que irresistible. Un fin de semana con los quetzales bien merecían las 6 y pico de horas que separaban Madrid de Agua Amarga, la pequeña aldea desde donde comenzaríamos nuestra aventura al sur de Carboneras (donde se iba a construir el famoso hotel que destruiría el desértico y virgen terreno natural que hacen único a este parque exento de complejos vacacionales que atraigan al turismo de masas). En el litoral oriental de España no existe otro lugar igual.

El sábado la jornada comenzó pronto, con los primeros rayos del sol. Las 12 canoas biplaza y la individual comenzaron su marcha dirección sur en una espléndida jornada soleada y carente de viento (el cual hubiera dificultado enormemente la estabilidades de nuestras naves). Desde el mar, y a bastantes metros de la orilla, la naturaleza nos ofrecía un paisaje espectacular: la aridez más absoluta (no obstante, el Cabo de Gata es una de las zonas menos pluviosas de Europa) a través de montañas rocosas formadas bien por acumulación de sedimentos o por restos volcánicos que no dejaban opción a la supervivencia de planta alguna. Pasamos la Cala de enmedio y la Punta Javana y apenas vimos varios arbustos y alguna palmera solitaria.

La primera parada la efectuamos en la Cala de San Pedro, un lugar propicio para los nudistas debido a que su acceso es muy complicado. Ante los restos de una antigua torre vigía, y sin mirar mucho de reojo, estuvimos jugando a un anárquico baloncesto sin reglas en un agua de temperatura templada. Después de descansar sobre su arena de color grisáceo, proseguimos la marcha. Dejamos atrás el Playazo de Rodalquilar donde descubrimos que también hay playas de arena blanca en el Parque Natural y nos aproximábamos a uno de los puntos críticos de la ruta si hubiera habido viento: la Punta de la Polacra. Al ser un saliente de tierra que provoca un cambio de dirección en la ruta de sur a oeste, es una zona donde el fuerte aire puede ocasionar violentos oleajes que ponen en peligro a toda embarcación que ose rondar cerca de la costa. Nostros tuvimos suerte y el tiempo, contradiciendo a las predicciones meteorológicas, nos concedió una tregua y pudimos disfrutar de un paraje extraordinario.

El mismo viento que hubiera condenado al fracaso nuestra expedición había forjado, a lo largo del tiempo, unas formas curvas en las montañas de roca que conferían a sus paredes diseños espectaculares. Lugares innaccesibles para el hombre y sólo conquistados por las gaviotas, únicas testigos de aquella obra de arte. Ellas y nosotros. Antes de terminar de cruzar la Polacra, descubrimos una cueva a la que pudimos acceder sin bajarnos de nuestras piraguas. Otro lugar inédito para muchos se abría antes nuestras embarcaciones. Conforme nos adentrábamos en ella, la luz se atenuaba hasta llegar al límite de paso posible. Allí nos topamos con unas bolas rojas pegadas en la roca bajo el nivel de la superficie del agua. Se trataba de una especie viva que algunos denominaron "tomatitos de mar". No sé si el nombre es muy científico pero sí bastante clarividente.

Continuamos remando y decidimos que era un buen momento para comer. Nos detuvimos en la Cala del Carnaje, que no era el mejor lugar porque en vez de arena contaba con pedrolos gordos como bolas de una bolera. Pero aprovechamos para hacer submarinismo en sus transparentes aguas. Allí vimos bancos de peces, erizos de mar, su fondo rocoso y por supuesto Andrea, la estrella del mar, encontró cosas donde nadie más las veía.

El agua en el Cabo de Gata no tiene comparación. Durante toda la ruta era increíble comprobar cómo debajo de nuestra canoa se podía contemplar el fondo marino. Su color variaba del turquesa al azul oscuro dependiendo de la profundidad del fondo y de su composición. Por eso pararse para bucear era casi una obligación, aunque algún vuelco de piragua no fue precisamente voluntario.

Al atardecer nos detuvimos en la Cala del Toro, único lugar de todo el Cabo de Gata donde encontramos una especie de bosque, lleno de árboles. Un oasis en el desierto. Allí plantamos el campamento y descansamos del largo día de remar tumbados en la orilla. Sin duda, el hotel más barato y de más estrellas.

Al día siguiente, tras un precioso amanecer, reanudamos el viaje pasando por nuevas calas de ensueño, como el Islote del Moro donde tuvimos que tener pericia para pasar entre dos grandes rocas sin volcar. Finalmente, llegamos a nuestro destino, San José, un lugar bastante más turístico y alejado de la paz que nos había acompañado el día y medio anterior. Una ruta de casi 40 kilómetros inolvidable que desbordó las ganas que tenía de conocer este lugar mágico.

Nuevo año

jueves, 1 de enero de 2009

Hace justo 365 días estaba celebrando la entrada en 2008 muy lejos de España, en un lugar mágico como la Playa Uvita de Costa Rica. Este año el escenario ha sido el tradicional, en casa y con la familia. Diferente pero igualmente satisfactorio. El año pasado los actores fueron los peligros de la Ruta Quetzal, y ayer, los amigos scouts. Muy bien rodeado dimos todos juntos la bienvenida a 2009.

Hoy me quiero acordar de un viaje que tenía pendiente de comentar. Hace unos meses nos reunimos en Agua Amarga, en pleno Cabo de Gata, un grupo de monitores de la ruta para uno de nuestros famosos encuentros. Año tras año, la familia va creciendo, y lo que en principio se convirtió en reuniones por España de los monitores de 2006, se ha convertido ya en una tradición a la que se sumaron el año pasado los de 2007 y recientemente los nuevos de 2008.

En Almería el número de participantes ascendió a 25, todo un record. Aún me sigue impresionando el enorme esfuerzo que realizamos todos por llegar a tiempo, tanto por el número de horas de trayecto (Marta vino desde Asturias, Charuca desde Valladolid, Andrea desde Ponferrada o Meri Angels desde Salamanca, por ejemplo) como por el escaso tiempo del que disponemos para reunirnos (apenas un fin de semana). Pero quizás por ello estos encuentros se viven tan intensamente: todos vamos con ganas e ilusión por reencontrar caras conocidas y por disfrutar al máximo cada segundo.

La excusa en esta ocasión era realizar una ruta en piraguas por el Parque Nacional del Cabo de Gata. Una experiencia impresionante maravillosamente organizada, como siempre, por el frente granadino encabezado por José Carlos. Las cristalinas aguas del mar Mediterráneo fueron testigos de los ataques piratas de canoa o canoa (con míticas peleas como la encarnizada contra Palma y José Pablo), con robos de remos incluidos y trasvase de objetos de una embarcación a otra. Volteos no autorizados de piraguas y paradas en el camino para sumergirnos y explorar el fondo marino fueron constantes en nuestro recorrido. Que si una playa nudista por aquí; que si una estrella de mar encontrada, cómo no, por Andrea; que si Charuca y Paula dedicen hacer más kilómetros que nadie y pasarse el destino...

Dos días intensos cargados de anécdotas que llevarnos en la retina. Anécdotas y otras cosas, pues alguno se llevó equipaje extra. Agustín y su pedrolo, la manta azul, la gorra amarilla, algunas piñas, y por supuesto la margarina tricolor que hizo las delicias de todos los presentes... y que incomprensiblemente (aún no me lo explico) se encuentra actualmente en el congelador de mi piso de Madrid.

Espero que el recién estrenado 2009 traiga nuevas aventuras. Por ganas de verse, desde luego, no va a quedar.

Yo seguiré mirando al cielo

sábado, 20 de diciembre de 2008

El otro día, nada más salir de la estación de Chamartín, me quedé embobado. Nunca me habría podido imaginar que, ascendiendo desde las catacumbas del metro, se iban a alzar ante mí los edificios más altos que he visto en mi vida. Ya conocía de su existencia, y de hecho, los veo a lo lejos desde el parque Juan Carlos I cuando me pongo a correr alguna tarde (y eso que ambos puntos se encuentran situados a muchos kilómetros de distancia). Pero tenerlos enfrente tuya impresiona. Me resultaba imposible apartar la mirada ante semejantes colosos. Y el cuello, desde luego, se resentía.

Madrid siempre ha tenido edificios muy altos, pero, al igual que no tiene playa, tampoco contaba con el rascacielos de mayor altura de España, honor que ostentaba hasta ahora el hotel Bali de Benidorm. Lo de acercar el mar es tarea imposible (aunque si Esperanza Aguirre se lo propone...) pero lo segundo, en la ciudad donde todo es grande, parecía al alcance de los presupuestos municipales.

Así surgió la idea de crear, en los antiguos terrenos del Real Madrid (por los que recibió una descomunal fortuna con la que enriquecerse aún más), un complejo de oficinas de concepción vertical, basado en 4 inmensos rascacielos situados al final del paseo de la Castellana, justo después de las Torres KIO (que hoy en día están absolutamente eclipsadas por sus vecinas mayores).

El nuevo centro de negocios se ha denominado Cuatro Torres Business Area (que suena tan raro como decir Área de Negocios de las Four Towers) y está basando en 4 edificios:
- La más sureña es la Torre Caja Madrid, que ostenta a día de hoy el record de edificio más alto de todo el país con 250 metros desde el suelo. Norman Foster ha sido su diseñador y desde mi punto de vista debería entrar en el Libro Guiness por crear la estantería de CDs más grande del mundo. Su forma es sencillamente espectacular.
- La siguiente es la Torre Sacyr Vallehermoso, la única con arquitectos españoles. "Sólo" mide 236 metros y tiene una base de triángulo equilátero de puntas redondeadas.
- Después viene la Torre de Cristal, diseñada por César Pelli (el arquitecto que levantará en Sevilla ese rascacielos que hará sombra a la Giralda). Dicen que tiene 249 metros de altura (por sólo un metro no es la más alta) y lo más interesante es que en el piso superior tienen la intención de instalar un jardín cubierto.
- La última de las torres es la que tiene un diseño más extraño pero, en mi opinión, más original. Es la Torre Espacio, de 223 metros. Parece un cohete espacial de dimensiones exageradas, pues su base es cuadrada y a medida que va ganando altura ese cuadrado se va transformando en una elipse. Increíble pero cierto.

El complejo de rascacielos aún no está inaugurado, pero se prevé que queden abiertos a principios de 2009. Y con ellos, toda la red de caminos que han construido en el subsuelo para que los empleados que trabajen allí accedan directamente al CTBA sin colapsar el tráfico de la superficie. En Madrid todo está pensado.

Yo, de momento, me conformo con seguir mirando al cielo para ver y nunca acabar estos magníficos rascacielos, que son tan altos que a veces, como pude comprobar, las nubes les quedan por debajo. Espero que dentro de poco pueda comentar la vista desde todo lo alto.

¿Habrá calefacción en La Peineta?

martes, 16 de diciembre de 2008

Ayer fui al fútbol, pero no a jugar, sino a verlo. Aprovechando que el Betis visitaba la capital, mi amigo Iván me consiguió un carnet de socio para entrar en el Calderón y disfrutar del partido. Me gusta mucho hacer turismo futbolístico, y aprovechando que ahora vivo en Madrid, no podía desaprovechar esta oportunidad.

Mi parada de metro, la última de la línea verde, me deja directamente en el estadio, y es gracioso comprobar cómo los vagones se van llenando cada vez más de aficionados del Atlético de Madrid conforme te acercas a Pirámides, la parada correspondiente. El viaje se ameniza con personas que llevan bufandas y gorros a rayas, camisetas de fútbol por encima de los chaquetones y cántico pro Atleti (por una vez, se oye música en el metro sin que nadie pida dinero por ello).

Antes de entrar nos tomamos Iván y yo una cañita (hay que acostumbrarse a que en Madrid no se piden "cervecitas") con su tapita y, a pesar de que quedaba poco tiempo para que empezase el partido, no hubo mucho agobio de colas masivas (como sucede partido tras partido en los tornos del Ruiz de Lopera). Regresaba de nuevo al campo donde vi ganar al Betis la Copa del Rey en 2005.

El Vicente Calderón es un estadio extraño. Está considerado un 5 estrellas, aunque a mi modo de ver le sobra alguna. Es amorfo por naturaleza, pues no está cerrado por completo sino que tiene un par de aperturas entre las zonas de gol y preferencia; la M-30 pasa por debajo de su grada principal; y el acceso a las gradas sigue un complicado sistema de números y de palabras tan feas como la de "vomitorio". Quizás por ello (o por razones económicas), justo el viernes el presidente del Atleti Enrique Cerezo firmó con Gallardón el acuerdo para mudarse al estadio de La Peineta (que queda cerca de mi casa) y vender los terrenos actuales.

De ello se hablaba en el Calderón, pero sobre todo los colchoneros tenían un aliciente mayor: si ganaban al Betis, se ponían, después de mucho tiempo, por delante del eterno rival. Los aficionados no lo olvidaron y le dedicaban al Madrid sus "mejores" cánticos (especialmente cariñosos para Guti). También había representación verdiblanca; de hecho, justo detrás mía una señora me contó que ella era bética desde "chiquitita" porque su padre era del Betis y, a pesar de estar casada con un hombre seguidor del Atlético de Madrid, ella no perdía sus raíces y anhelaba la victoria verdiblanca. Una aliada mía. Nunca dejaré de sorprenderme dónde se puede encontrar a un bético.

El partido no tuvo mucha historia, y el juego del Betis me dejó aún más frío de lo que estaba. Porque si algo tengo que destacar de esta experiencia, es el tremendo frío que pasé allí a la intemperie. No sé si tenía que ver el estar en la grada superior, o el aire que entraba por las dos aberturas del campo; quizás influya la proximidad del río Manzanares; pero el caso es que Iván me advirtió que no me abrigase del todo en la primera parte, pues en la segunda iba a ser aún peor y tenía que reservar algo. Menos mal que le hice caso, porque efectivamente, a las diez de la noche, la temperatura bajaba y bajaba y, a pesar del gorro, la bufanda y los guantes, no me sentía ni los dedos. Entonces entendí porqué el estadio estaba medio lleno (apetecía verlo en casita y por el Plus). Parece que al estadio 5 estrellas le falta calefacción.

A pesar del frío, fue una experiencia interesante. El resultado, por supuesto, es lo de menos.

¡Que me den morcilla!

domingo, 14 de diciembre de 2008

Comer en "Casa Palencia" (nombre genérico para hablar de Luis y Lorenzo) es sinónimo de comer bien. Si a ellos debo mi costumbre de llenar mi mochilla de buen embutido cada vez que viajo al extranjero, no podía esperar un nivel alimenticio inferior el pasado fin de semana en Paredes de Nava, pues contaban con la ventaja de jugar en casa.

Llegué tarde para degustar el lechazo (el corderito cayó el viernes por la noche), pero entre el sábado y el domingo no paré de comer otra de las exquisiteces de la gastronomía palebntina: la morcilla. A pesar de su cercanía con Burgos, este producto es radicalmente diferente, pues en las tierras del Cid la morcilla se prepara con arroz, mientras que en Palencia lleva cebolla. La primera tiene un color más negro y parece más consistente, mientras que la segunda es más claro y su sabor es más picante. Da lo mismo, ambas están riquísimas.

La comida del sábado fue especial, pues probé una "sopa de pan", que algunos llaman de chichurro, cuyo ingrediente básico, aparte del pan, es la morcilla de Palencia. En Paredes de Nava existe un horno panadería donde te dan la posibilidad de, o comprar directamente los platos recién hechos, o llevar los ingredientes y utensilios y que te lo preparen in situ. Luis les llevó un gran cuenco de barro por la mañana y se trajo de vuelta un delicioso plato humeante que entró de maravilla para combatir el frío húmedo que dejaba la incipiente lluvia. La receta es muy simple y el resultado excelente.

Pero no contentos con eso, por la noche y tapeando por Palencia nos pusieron de nuevo morcillas, en este caso fritas y acompañando a un huevo frito. Y al día siguiente, como despedida, un poco de marisco y... morcillas de Palencia. Hechas en la sartén de casa y nuevamente deleitables. Como sea eso verdad que de lo que se come se cría... :P

Encuentro en casa rural

lunes, 8 de diciembre de 2008

Este fin de semana he vivido un encuentro muy especial, pues mis amigos de Palencia han organizado una reunión de las personas que vivimos en Hull (Inglaterra) hace ya cuatro años. Luis Ángel nos ofreció su casa del pueblo (por lo que puede ser considerada a todos los efectos como una "casa rural") y allí, en Paredes de Nava, además del anfitrión nos reunimos Lorenzo, Nachete, Clementita, Gabri, Tinín y yo para pasar puente bajo la lluvia pero al calor de la chimenea del hogar.

La jornada empezó ya de forma surrealista cuando, al llegar con el tren a la estación del pueblo, las puertas del vagón no se me abrieron. Traté de salir corriendo hasta el siguiente, pero tampoco lo conseguí... y cuando llegué al de más alante... el tren reanudó su marcha. Me quedé atónito viendo por las ventanas a los pasajeros que sí habían logrado bajar, y allí a Luis Ángel que esperaba verme bajar del tren. Los policías del tren me dijeron que ya nada se podía hacer... y a bordo me quedé. Consecuencia: si ya eran pocas 4 horas de viaje, una ratito más hasta el siguiente pueblo (Villada) donde me tuvieron que recoger en coche... a 25 kilómetros de Paredes. Una buena forma de comenzar. Aunque, viéndolo por el lado positivo, me enteré de que Villada, un minúsculo pueblo, tiene las fábricas de las famosas pipas Facundo, y los camiones con el logotipo inundan sus calles.

Después llegó la degustación de manjares palentinos, un placer que nunca decepciona en "Casa Palencia". El recordatorio de anécdotas de nuestras andanzas por Hull, acompañadas por algunas copillas de ron Gran Capitán (del que el padrino Luis tiene cantidades industriales) y celebrando los goles que en aquel momento estaba marcando el Hull en la Premier League (somos, por supuesto, fans de los Tigers, que en su primer año en la primera división inglesa están codeándose con los grandes).

Por la noche, nos trasladamos a la capital, donde tapeamos por alguno de sus bares y nos aventuramos en la noche palentina. Me sorprendió la gran cantidad de pubs que tiene, repartidos por algunas zonas y en los que, por supuesto, puedes entrar vestido (y calzado) como quieras. Después de hacer de relaciones públicas con todas las señoritas palentinas que se cruzaron en nuestro camino, nos retiramos en taxi a la casa rural.

Al día siguiente vivimos ese gran momento de después de cada salida, en el que te reunes en el salón y comentas las jugadas de la noche anterior. Grandes risas, florero de oro para Nachete y poco tiempo más, pues al poco salía mi tren de vuelta. Una pequeña vuelta por Paredes y su preciosa plaza mayor me han autoconvencido para volver a visitarla con un poco más de tiempo. Si es en casa Palencia, seguro que me tratan estupendamente.

El viaje de vuelta transcurrió sin problemas, entre apuntes del curso y bastante sueño. Eso sí, no me pasé de parada y me bajé en el momento oportuno en Chamartín (aunque tengo que advertir que era la última parada). Un encuentro grande grandísimo.

Tocado y hundido

sábado, 6 de diciembre de 2008

Tocado y hundido te quedas después de circular en coche por Madrid, un deporte de altísimo riesgo no apto para conductores foráneos. El día que llegué con mi Focus, todo iba muy bien desde Sevilla hasta que me metí en la M-40 (una de las muchas circunvalaciones de la capital). La entrada no fue complicada, aunque hay que estar muy atento a los carteles que te guían por el laberinto de carreteras de múltiples carriles que te rodean por todos lados.

Una vez en la circunvalación y superado el problema de ubicación en la vía correcta, nos enfrentamos al segundo obstáculo: la agresividad de los conductores. En Madrid hay que tener un cuidado enorme, pues parece que cobran impuestos por usar el intermitente (casi nadie te avisa de sus giros) y los cambios de carril son muy bruscos (se meten en cualquier espacio por pequeño que sea).

A este riesgo de colisión hay que sumarle una tarea simultánea muy importante: leer (o más bien interpretar) los carteles. Por la M-40 los carteles parecen el Hundir la Flota, pues no hay más que números y letras por todos lados (que si la R-4, que si la A-3, que si la M-12) sin indicación de a dónde te conducen esas carreteras. Así, mientras trataba de esquivar a los "Alonsitos" de turno y de seguir a mi compañero Jesús que iba delante con su coche, tuve que analizar e interpretar qué querían decirme los carteles: las letras y números de arriba es la vía por la que vas (M-40); las siguientes líneas, si además del Hundir la flota aparece un nombre, es la salida más próxina que corresponde (M-21 San Fernando); por último, un galimatías de números y letras que te indican las futuras salidas de la carretera (hay que avisar con tiempo). A ella hay que sumar que el cartel suele llevar acoplado uno anexo a él con información de la salida inminente (de características similares).

Por supuesto, tenía que ocurrir: nos perdimos. Nos pasamos la salida a nuestro barrio y tuvimos que dar la vuelta, pero luego la vuelta te dejaba en otra carretera. Preguntamos, pero nadie sabía dónde estaba la Alameda de Osuna (¿?). Lo más gracioso es que en los carriles de salida de las carreteras (carril de decelaración) yo siempre dejo un hueco (de seguridad) para no chocarme con el de delante; pues aquí en Madrid, a la mínima que dejaba ese margen con el coche de Jesús, se me colaba uno. Yo cometía el mismo error (perdón, la misma prudencia) y se me colaba otro. Total que antes de salir a otra carretera ya tenía varios coches entre el de Jesús y el mío.

Finalemente, apareció un milagroso cartel con el nombre de nuestro barrio y yo, que aún no sé cómo he podido llegar a la Alameda, no he vuelto a sacar el coche de aquí (por si acaso no sé volver). El Focus aparcadito, pero también tocado y hundido... tocado por alguien que lo rozó y un pelín hundida la carrocería. Por suerte el que lo hizo me dejó una notita. Menos mal. La buena gente de la Alameda.

El tiempo de mi vida

martes, 2 de diciembre de 2008

Con tanto viaje atrasado (y los que aún tengo en reserva) casi no me ha dado tiempo a hablar de cómo me va en Madrid. La verdad es que estoy tan contento que no sabría por dónde empezar. Estoy feliz y mis propios compañeros de clase dicen que se me nota. Simplemente, bastaría con decir que estoy disfrutando de mi nueva vida; una vida autodependiente, donde organizo a mi forma el desarrollo de los días y con ganas de asumir las nuevas responsabilidades. Ya estoy hecho un cocinillas: la olla rápida es todo un invento, cocinar de más para congelar es una idea absolutamente genial, y ya he empezado a preparar postres (el próximo, la clásica pannacotta para la fiesta que tendremos el jueves). Y las funciones de amo de casa las llevo con resignación pero a mi ritmo (a ver cuando España gana otra Copa Davis para aprovechar a planchar).

La verdad es que aquí en Madrid vivo en una burbuja, que me está absorbiendo en todos los sentidos. El curso es duro, bastante exigente, a examen por semana donde no se aprueba con menos de 7,5. Estoy estudiando lo que no hice durante la universidad, pero al menos lo que doy me gusta bastante más.

Los compañeros son de lo mejor: intercambiamos todo tipo de información y ayudas para el estudio; ya hemos hecho un par de salidas por Madrid (memorable la del sábado); hemos jugado al fútbol sala y el martes lo haremos al fútbol 11 con otra promoción de controlatas, y tenemos previsto torneos de tenis y pádel, y salidas de senderismo; tenemos la buena costumbre de celebrar cualquier cosa en los bares del barrio (y, en este viaje tan largo hasta alcanzar esta profesión, parece que hay que celebrar algo todos los días); y muchos vivimos en el barrio, la Alameda (de Osuna), donde los compañeros que somos vecinos somos como la familia aquí en Madrid. Las anécdotas son parte ya de nuestra convivencia y el frikismo nos invade hablando y haciendo bromas todo el día sobre aviones y demás.

Esta experiencia, que sólo acaba de comenzar (dicen que lo duro está por llegar), va a ser muy intensa, y estoy plenamente convencido de que nos va a marcar muchísimo a todos. A mí, desde luego, ya lo está haciendo.

De hecho, casi no me da tiempo a pensar en nada que no sea mi vida aquí. Pero esto es cierto a medias. El otro día, volviendo en metro (en esos interminables viajes), sin nada que leer me puse a repasar fotos de mi cámara (donde tengo tropecientas mil). La verdad es que son tantos momentos que a veces es fácil olvidar las etapas por las que vas pasando. En Sevilla, multitud de viajeros me han acompañado durante tantos años; algunos permanecerán, y otros se irán quedando en el camino. Pero, sin duda, todos han sido especiales para mí, y han contribuido a componer el tiempo de mi vida.



Vuelvo a Sevilla por Navidad (como el turrón). ¡Nos vemos entonces!