Ya conocía de anteriores visitas la preocupación que se tiene en el Reino Unido por el riesgo de incendio, pero en este último viaje a Escocia este temor ha llegado a rayar la obsesión. Cualquier edificio de uso público, cualquier habitación, cualquier pared, está plagada de carteles advirtiendo del peligro de fuego. Como si los edificios ardiesen en llamas tan asiduamente, es habitual encontrar dos, tres, diez papeles informativos con conductas a evitar, con planos del edificio y vías de evacuación.
Es curiosa está preocupación en un país en el que llueve a todas horas; pero el riesgo de fuego está siempre ahí, y hay que ponerle freno como sea. Es por ello por lo que todas las habitaciones tienen un detector de humos, conectado a la central de bomberos por si salta la alarma. La obsesión es tal que da lugar a situaciones abusrdas, como la del año pasado cuando, con una ducha propia en mi habitación, tenía que cerrar la puerta del aseo mientras me duchaba porque, según rezaba, por supuesto, un cartel informativo, el vapor del agua podía hacer saltar la alarma.
Este año la residencia era incomodísima. Los largos pasillos estaban divididos por pesadas puertas, que además siempre se cerraban solas, de modo que ir de un lado a otro parecía más un ejercicio de fortalecimiento de músculos por tener que abrirlas constantemente. La explicación la encontramos de nuevo en el fuego: son puertas corta-fuegos, de modo que siempre cerradas pueden obstruir el paso de las llamas en un incendio.
Otra cosa curiosa que jamás había visto antes estaba a la entrada de la residencia. Un gran panel azul lleno de alcallatas, cada una con un número. A cada uno de nosotros nos correspondía un número diferente, y cada vez que salíamos de la residencia, teníamos que colocar en nuestra alcallata una fichita roja. Y cada vez que regresábamos, acordarnos de quitarla. El sentido, nuevamente, la prevención: en caso de incendio, un vistazo a qué fichas están puestas nos revela quién está dentro del edificio y quién fuera. Un sistema tan incómodo como absurdo: por las veces que se te olvida ponerla cuando te vas, por las que no la quitas cuando regresas, y, sobre todo, ¿quién, estando dentro y cuando salta la alarma, va a perder tiempo en colocar su fichita?
Quien visita UK se da cuenta de lo estructurado y cuadriculado que lo tienen todo. No se saltan ni un procedimiento, aunque tarden más en lograr lo que buscan. Todos hacen todo igual. Con el fuego pasa algo parecido. Los protocolos de actuación están establecidos por ley, y nadie se los salta. Por eso cada 15 días hacen un simulacro de incendio en empresas, oficinas, colegios... Y por eso hay tantos carteles, tantas puertas, tantos extintores, tantos detectores y tantas alarmas de incendio por todas partes. Tanto tanto tanto que a veces pasa lo que pasa.
Y pasa que a veces salta la alarma cuando es falsa. Como cuando te duchas sin cerrar la puerta. O como en la ghymkana del primer día, cuando los chavales en la residencia abrieron las puertas de emergencia durante el juego sin saber que sólo eran para casos de incendio y un estridente sonido empezó a chirriar nuestros oidos. Menos mal que se pudo avisar a los bomberos del error, pues una falta alarma provocada se castiga con una multa de mil libras. Como para andar con bromas en UK.
Fire alarm
jueves, 24 de septiembre de 2009
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Pasión por el fútbol
jueves, 17 de septiembre de 2009
Siempre ha sido uno de mis sueños asistir a un partido en UK; disfrutar de la calidad de su juego y sentir en vivo la pasión desmesurada que los hinchas de los equipos británicos inculcan a su equipo. Pero conseguir entradas es casi una lotería: se reservan únicamente a los socios y apenas sacan unas pocas a la venta para los visitantes. En Glasgow me tocó el gordo por estar, sin quererlo, en el sitio adecuado a la hora justa.
Y vaya partido: la previa de la Champions League entre el Celtic y el Arsenal. Un estadio a rebosar que me recordó al del Betis, por su forma y sus colores pero que, curiosamente, en sus aledaños no emanaba ruido alguno. Los británicos son silenciosos hasta en sus aglomeraciones.
Todo lo contrario que en el interior. El Celtic Park se iba llenando amenizado por un concierto de un grupo local que iba calentando el ambiente. Cuando ya no cabía ni un alfiler, el speaker tomó las riendas y todo el público se puso en pie, en una especie de ritual al que, sorprendido, me tuve que unir y para el que no iba preparado: los aficionados, todos en camiseta, de aros verdes y blancos; y yo, muerto de frío, con chaleco, chubasquero y braga, de color rojo para más inri (el color, precisamente, del Alsenal).
Dada mi posición, no quedaba más remedio que unirse a la fiesta. Pero no costó mucho. Por los altavoces empezó a sonar una canción que los hinchas comenzaron a cantar al unísono. La Celtic song, un himno con melodías irlandesas muy animada.
Y a continuación, sin parar, empezaron los acordes de algo que me sonaba: era el You'll never walk alone, la canción símbolo de los aficionados del Liverpool. No me había equivocado de partido: Celtic y Liverpool están hermanados y ambas aficiones cantan esta exitoso tema de Gerry & The Pacemakers que triunfó en los 60. Los pelos se pusieron rápidamente como escarpias ante las 60 mil gargantas cantando en una sola voz con sus bufandas al aire. Un sonido capaz de intimidar al adversario más aguerrido. Algo realmente impresionante.La afición estaba ya enfervorecida, y yo con ellos; pero aún gritaban más cuando salieron los jugadores y comenzó a sonar el himno de la Champions. Y aún más cuando los jugadores del Celtic se reunieron en una piña conocida como The huddle que forma parte de la ceremonia de inicio del partido. Y aún más con el pitido inicial. El estadio estalló. La pasión se desborda.
Vivir esta partido fue toda una experiencia. La afición se fue enfriando conforme su equipo jugaba cada vez peor, pero siempre actuando con deportividad. Fue una pena no poder cantar ningún "Yes" porque el Celtic no marcó, pero por lo menos comprobé que es cierto que se vuelven locos cuando tienen un corner a favor. Consuelo de muchos. Y después de la derrota 0-2 contra el Arsenal, y de un nefasto partido de los locales, los aficionados despidieron a su equipo con una sonora ovación. En ejemplo de que la pasión no está reñida con las buenas maneras. Cuanto tendríamos que aprender por los campos de España...
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Tiempo de perros
domingo, 13 de septiembre de 2009
La profesión más frustrante en Escocia es la del hombre del tiempo. Ciertamente, en un lugar en el que las condiciones atmosféricas cambian cada 5 minutos no debe ser nada fácil acertar con una predicción general. De 15 días que he estado en Glasgow me ha llovido en 13, y el sol sólo ha brillado con fuerza en los otros dos restantes. Pero lo peor es el hecho de que el día empiece lloviendo no quiere decir que se vaya a mantener así. La impredicción está a la orden del día.
Así, lo primero que se hace en Escocia al levantarse es mirar por la ventana qué tiempo hace. Normalmente, te encontrarás un día gris con un cielo nublado y gotas de lluvia rebotando en los charcos del suelo. En función de ello, tienes que elegir qué vestimenta llevar para afrontar el día. Lo normal es calzarse las botas, un buen chubasquero y un paraguas que amaine la lluvia. Pero enseguida te das cuenta de que la lluvia es un chirimiri constante que hace incomodísimo el paraguas. De repente la lluvia cesa y aparece un tímido rayo de sol entre las nubes. La esperanza del buen tiempo dura poco: a los diez minutos se vuelve a nublar, o empieza a llover, o a ventear, o a clarear... para volverse locos.
Es muy difícil acostumbrarse al tiempo en escocia. Comprobé que la mejor solución era portar siempre una mochila en la que guardar el paraguas, el chubasquero y el chaleco por si en algún momento del día no hiciera falta. Los escoceses tampoco lo aceptan pero viven con ello. Es normal que miren al cielo y, dependiendo de la dirección y velocidad con la que se muevan las nubes, acepten si en un corto intervalo de tiempo lloverá o no. Y están bien preparados: hasta los gaiteros llevan unos impermeables especiales para que no se estropeen sus faldas. Ya se sabe que en UK pueden llover hasta perros y gatos...
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Bienvenidos a Escocia
miércoles, 9 de septiembre de 2009
Este año Escocia se viste de fiesta. Los escoceses han elegido este año para dar al conocer al mundo su cultura con motivo del 250 aniversario del nacimiento de Robert Burns, su poeta más conocido y símbolo nacional. Burns representa los ideales de una identidad escocesa que otros defendieron en las batallas y él supo combatir a través de las palabras. Aunque quizás nos interese más saber que él fue el creador de la triste cancioncilla que se canta en las despedidas: "Llegado ya el momento...".
Con esa excusa se ha creado "Homecoming Scotland", un evento de un año de duración que gira en torno a las aportaciones de Escocia al mundo, desde el golf al whisky, a través de más de 200 eventos repartidos por todas y cada una de sus regiones. Música, danza, exposiciones, festivales, acontecimientos deportivos... todo tiene cabida en un programa repleto para todos los gustos. En mi estancia en agosto ha podido disfrutar de algunos de ellos.
Glasgow, Piping Festival. Durante una semana los gaiteros invadieron Glasgow. Era imposible pasear por sus calles sin disfrutar de los grupos tocando sus tradicionales canciones y vestidos con las clásicas faldas a cuadros. Un ambiente festivo que se concentraba a media mañana en George Square, donde varias bandas desfilaban con sus inconfundibles sonidos de viento. Y como fin de fiesta, un impecable desfile por todo el centro.
Edimburgo, Fringe Festival. Agosto es sinónimo de fiesta en Edimburgo. Su festival es famoso en el mundo entero, un festival en el que cada día supone algo nuevo. A lo largo de la Royal Mail las actuaciones callejeras se suceden una tras otra: magos, equilibristas, humoristas o cantantes, artistas anónimos que buscan divertir al público y, porqué no, una merecida propina. Las actuaciones son impresionantes y el público lo agradece entregado a ellas.
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La Catedral de Kingsbridge
lunes, 7 de septiembre de 2009
Cuando Ken Follet escribió Los Pilares de la Tierra tuvo que hacer un enorme esfuerzo de investigación sobre el tema de la construcción en general y de templos en particular para poder reflejar en su best-seller una historia atrayente para un lector medio. La catedral de Kingsbridge es un ente ficticio, irreal, que se fue moldeando en la mente de Ken Follet y que cobró forma en las cabezas de todos los los que nos empapamos de las aventuras de Tom Builder y compañía.
Para la secuela de esta obra, Un mundo sin fin, Ken Follet lo tuvo un poco más sencillo. La catedral que él siempre soñó quizás sí que existiera sin él saberlo. Y la encontró en Vitoria, en pleno centro urbano. El escritor galés visitó la Catedral de Santa María, una edificación peculiar porque aún está en obras... más exactamente, en restauración.
Y la visitó porque, a pesar de estar en obras, la Catedral de Santa María está abierta al público en visitas organizadas que, con el correspondiente casco en la cabeza, te muestran las labores de restauración y te explican in situ parte de su historia. El templo eclesiástico está patas arriba. Los andamios invaden un espacio que debería estar ocupado por bancos y símbolos religiosos. El suelo levantado deja ver los cimientos de una construcción colosal. Y una simple mirada a su estructura deja ver grietas en los muros y arcos deformados que dan sensación de colapso inminente.
Todo comenzó cuando una parte del edificio se derrumbó en los 90. Los estudios demostraron que la catedral fue construida con unos materiales que soportaban las cargas estructurales para las que fue concebido. Pero reformas posteriores, como la sustitución de la bóveda de madera original por una de piedra, más pesada, o la construcción de un triforio que quitó consistencia a las columnas, fueron mermando poco a poco la estructura, lo que facilitó su deterioro.
Los planes de restauración, que se entienden perfectamente en la visita, tienen como objetivo el afianzar el templo para evitar su derrumbamiento con la colocación de nuevas resistencias en el subsuelo y las columnas, y el dotar al edificio de una doble función, religiosa y cultural, para el disfrute de todos.
La visita a esta obra es altamente didáctica, y ayuda a entender la complejidad constructiva de este tipo de edificaciones. Los trabajos acabarán en 2012, fecha en la que dejarán de estar descubiertas las entrañas de la catedral que Ken Follet nunca imaginó encontrar.
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Vitoria-Gasteiz, dos en una
jueves, 3 de septiembre de 2009
Ya su nombre da mucho que pensar acerca de lo que significa esta ciudad. Un ejemplo de integración, una dualidad siempre presente en busca de una convivencia pacífica y armoniosa. Porque Vitoria no es sólo Vitoria, es también Gasteiz. Al contrario de lo que pensaba, Gasteiz no es el nombre en euskera de la capital del País Vasco. Gasteiz es el nombre de la primitiva ciudad medieval que se formó en lo alto de un cerro a la que con el paso del tiempo se fueron anexionando extramuros nuevos asentamientos que convirtieron a la aldea en villa y a Gasteiz en Vitoria.
Hoy ese cerro es el centro histórico de la ciudad, con una muy característica forma de almendra, con calles concéntricas con nombres de gremios otrora significativos, que poco a poco se van despoblando de su envejecida población para dar paso los inmigrantes. Unas escaleras mecánicas bien integradas en el conjunto tratan de evitar salvar los desniveles de las cuestas y la desertización del centro.
Vitoria y Gasteiz son dos en una, y dos es un número importante en la ciudad. Porque no tiene una sólo catedral, sino dos, la vieja gótica, estandarte de la céntrica almendra, y la nueva neogótica, en el ensanche. El ensanche es un gran espacio céntrico de calles amplias y en su mayoría peatonales, donde pasear siempre que no llueva o nieve es una delicia. Grandes plazas como la de
La ciudad se prepara para sus fiestas, la primera semana de agosto. Los carteles nos lo recuerdan: Jai Zoriontsuak/Felices Fiestas. Nueva dualidad, castellano/euskera, que conviven en señales, nombres de calles, anuncios... incluso en las conversaciones de calle. Vitoria también apuesta por el futuro y tiene recientemente dos, lógicamente, nuevos medios de transporte: el nuevo tranvía y las bicicletas de alquiler, con un curioso sistema protector que las envuelve para evitar el vandalismo.
Entre pinchos y zuritos por alguna tasca, me sorprende la cantidad de espacios verdes de la urbe, especialmente el Parque de
Vitoria-Gasteiz es una gran ciudad, donde me da la impresión de que se vive muy bien. Quizás por ello la elijan los lehendakaris para residir, en el lujoso Palacio de Ajuria Enea. Sus otros 250.000 habitantes disfrutan de ella y de sus posibilidades. De sus dos, claro, equipos deportivos favoritos, el exitoso Tau y el ahora no tanto Alavés; de la fusión en una de sus dos cajas principales, Caja Vitoria y Caja Álaba que ahora son Caja Vital; y de sus dos, principales fábricas,
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Crónicas de un pueblo
lunes, 31 de agosto de 2009
Covanera, el pueblo sin plaza, un pueblo de apenas 50 habitantes perennes en el que nunca pasa nada... a priori. Una semana basta para quitar toda certeza a tal afirmación. Cualquier cambio es noticia en el pueblo, y nada más llegar apercibo que se han instalado nuevas vallas junto al río y se ha renovado al antiguo puente sobre el Rudrón. El Plan E de Zapatero también se hace notar en Covanera, y las opiniones, como era de esperar, son dispares. Pero las reformas también llegan a los particulares. El hijo de la Paulina ha hecho una espectacular obra en la parte trasera de la casa de su madre, y los rumores invaden los ávidos oidos de los lugareños. "Parece que le han tocado los millones en la lotería", se comenta de boca en boca. En cualquier caso, la Paulina responde orgullosa a las felicitaciones por la obra: "Y porque no las has visto por dentro, ¡mejor que la de Franco!".
Covanera también ha estrenado hace poco un nuevo ambulatorio. Como tal, ha sido adoptado como un nuevo motivo de ocio en el pueblo. Las consultas sólo son los martes cada 15 días, pero las señoras del pueblo esperan ese día con ansia: como antaño, se ponen guapísimas con sus mejores galas para ver al médico y hacen la ronda de enfermedades de una y otra en los bancos de la espera. También es curioso la forma de repartir los medicamentos: el farmacéutico recoge las recetas en el buzón, y luego baja a Covanera y se los da todas a la Nati, quien se encarga de repartirlos puerta a puerta. Quien mejor que un oriundo que conoce todas las casas; y también seguro todas las enfermedades.
Mi tío Pepe pasa más del 50% del día en la huerta, donde siembra y recoge todo tipo de productos buenísimos: tomates, garbanzos, lechugas, patatas, cebollas, alubias, frutas... Como él, todos los jubilados del pueblo encuentran en la huerta una forma de pasar el día. Además, el trueque aún persiste en Covanera: Pepe cambia sus fresas por las cerezas de la Encarna. Y todos contentos. El resto del día seguramente lo pasen echando la partida en el único bar del pueblo, o en casa de algún vecino con el que no se lleven a rabiar. Porque en Covanera los piques se magnifican, y una mera ensalada puede dar al traste con relaciones de varios años de amistad.
El fuego ha sido noticia este verano en toda España; también en Covanera. Las llamas han devastado una pequeña loma en lo alto del pueblo, al lado de la casa del Chimbo. Nueva noticia y nuevos rumores: se achaca a unos cristales la causa del incendio, aunque también hay quien quiere creer que unas chuletas mal preparadas pueden estar detrás de ello. En cualquier caso, afortunadamente parece que la montaña no tardará en recuperarse.
De camino al pozo me encuentro a mi tío Eloy y a Gelo junto a las nuevas vallas del río. Después de oir su discusión sobre la estética de las mismas, me hace gracia escucharles hablar de las truchas del río. Debaten sobre si la trucha que acaba de aparecer, por su tamaño, es la misma que la del año pasado que estuvo a punto de pescar José Luis, el de la Marcelina. En Covanera hasta los peces del río están fichados. En el Pozo Azul, el precioso manantial de agua del pueblo, unos niños tratan de bañarse soportando sus gélidas temperaturas. Seguro que no llegarán tan lejos como los de Al filo de la imposible, que han centrado en el Pozo Azul su nueva aventura, tratando de llegar al enigmático final de una cueva inundada de más de 6 kilómetros que aún se resiste a ser descubierta por completo. Al día siguiente de que María Escario lo anunciase en los deportes de La Primera, la noticia de que el Pozo Azul había salido en la tele era, por supuesto, lo más comentado en el pueblo.
El día 7 de agosto es San Mamés, patrón de Covanera, y día de las fiestas, conocida como El santillo. A 3 kilómetros y por una senda se accede a la ermita donde se adora al santo. Allí se celebra una misa en plena naturaleza a la que acuden la mayoría de las señoras del pueblo. Este año el cura quiere que la liturgia sea más participativa, por eso pregunta a los asistentes cosas tan existenciales como "¿Qué es creer?". Ante el lógico silencio, la insistencia del párroco hace saltar a la Ina: "Padre, no es que no queramos responder, es que no nos sabemos explicar; usted mejor siga con la misa". Frase tan lapidaria como la de la Merche el año pasado en la boda de mi primo Carlos, que sin ser familiar ni nada llegó allí la primera y se subió a los bancos de arriba: "Lo más importante en estos casos es ver, y que no te vean".Desde el año pasado en El Santillo se organiza una paella para todo el pueblo. El éxito de convocatoria y sabor hizo que este año se repitiese, y desde más de un mes antes ya estaba la gente preguntando que dónde había que apuntarse. Menos mal que también salió buena; seguro que alguno ya está preguntando si el año que viene se vuelve a hacer.
Esto es Covanera, esto y mucho más; un pueblo en el que no hay plaza en la que aburrirse.
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Las joyas del románico burgalés
martes, 25 de agosto de 2009
El norte de la provincia de Burgos está plagado de montañas de media altura en las que abundan valles, ríos y diminutos pueblos cuyo encanto reside en su tamaño y aislamiento. En este contexto, las pequeñas aldeas esconden grandes tesoros históricos en forma de ermitas o iglesias, la mayoría de estilo románico y propias de una época en la que la Iglesia como institución ostentaba todo tipo de poderes.
La Ruta del románico se convirtió en una auténtica clase de historia del arte. Iletrado como soy en estos temas, aprendí de mi experta cuñá antes de iniciarla unas nociones básicas que después, satisfactoriamente, fui comprobando en la práctica una a una en las iglesias por las que pasamos.
El arte románico destaca por su sencillez: el lugar de culto se pensaba como un refugio para que el eclesiástico se encontrase con dios y viviese plenamente esa experiencia. Por ello sus muros de piedra son sobrios, las ventanas escasean y las que hay son pequeñas, y apenas entra luz en el exiguo recinto. Otra característica se halla en la necesidad de adoctrinar en la fe cristiana a unos fieles analfabetos. Por ello encontraremos canecillos, contrafuertes, arcos, ábsides, arquivoltas y capiteles repletos de todo tipo de figuras, como si de un cómic en 3D se tratase: músicos, apóstoles, animales, plantas… todo vale pero todo tenía un significado, que hoy muchas veces desconocemos. Por último, en el románico se usó la policromía, es decir, el colorear todas las figuras y paredes para llamar más la atención de los devotos; aunque los restos de color no han resistido el paso del tiempo y hoy casi todo ha desaparecido.
San Pedro de Tejada. En el bello pueblo de Puente Arenas se alza la joya del románico burgalés. Una ermita pequeña pero perfectamente conservada, un libro de arte abierto por el capítulo del románico. En su interior encontramos los escasos restos de policromía que quedan, unos capiteles pintados de rojo y negro. Por fuera, el pórtico representa con graciosas figuras de los 12 apóstoles, la última cena con un Judás ladrón, o los 4 evangelistas y el tetramorofo (el toro, el león, el águila y el ángel). Merece la pena mirar uno a uno los canecillos que sobresalen del tejado. Hay perros, ciervos y cabras, pero todos con morro de cerdo; pero destacan sobre todo las escenas sexuales: un hombre y una mujer mostrando sus genitales, y un coito que, desgraciadamente, el cura del pueblo se encargó de romper martillo en mano hace 35 años. El arte y la historia le dan las gracias señor cura.
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El mirador de Urbión
sábado, 8 de agosto de 2009
He tenido la suerte de volver a ir a los Picos de Urbión, pero esta vez para observarlos desde fuera, desde el improvisado mirador que generan las rocas del refugio Peñasalbas. Una pequeña ruta a pie desde el alto del Punto de Nieve por una pista forestal te conduce a este refugio desde el que se obtiene una estampa inmejorable de toda la serranía soriana.
A la derecha sobresale el Pico Urbión, ya conquistado el año pasado, desde el que desciende un valle hasta
Pero lo más llamativo de esta postal son los verdes bosques de pinos que invaden todas las laderas de las montañas. El bosque es inmenso pero no regular. Hay zonas donde los pinos son más altos que otros; otras parcelas cuadradas aparecen peladas y en algunas apenas hay unos brotes. Todo tiene una explicación que viene desde la época medieval, donde se creó una institución formada por 150 pueblos sorianos que decidieron que los bosques eran de todos, y como tal, los beneficios que de ellos se derivasen deberían ser repartidos en función de la población autóctona de cada municipio.
Así, cada año se elige qué zona del bosque se tala. Los pinos quedan asolados y la madera se vende; todo lo que se recauda se reparte a partes desiguales según esa complicada regla a los interesados. Pero todo está pensado para que el crecimiento del bosque sea perfectamente sostenible. Nada más talar una parte, se vuelve a repoblar; y los de esa zona no se volverán a cortar hasta que se complete un ciclo de 90 años. Otro año se elige otra zona, y así sucesivamente.
Por eso el bosque es irregular. Por eso, y por la presencia de otros árboles como las hayas que no se talan jamás y que aportan nuevas tonalidades de verde en verano y de otros colores en otoño. Un paisaje espectacular y cambiante año a año desde un mirador inigualable.
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Etiquetas: 006.Lugares, 100.España, 120.Castilla y León, 122.Soria
Una noche en las carreras
jueves, 30 de julio de 2009
El jueves pasado acudimos al Hipódromo de la Zarzuela, donde cada semana de verano se celerabran carreras de caballos que últimamente han tenido una gran popularidad. Picado por la curiosidad de en qué consistiría un evento de este tipo, no pude evitar llevarme una gran sorpresa por lo que allí me encontré.
Las gradas estaban repletas, y la expectación era máxima. Una carrera estaba a punto de comenzar. Casi todos los asistentes portaban en sus manos los boletos donde figuraban sus apuestas que les podían hacer ganar unos cuantos euros. El juez da la salida y después de un minuto el caballo más veloz cruza la meta el primero. Algarabía entre los ganadores y resignación entre los muchos perdedores.
Animados por la competición, no dudamos en apostar. Un complicado folleto te trata de explicar las múltiples combinaciones y los estadísticas de los caballos. Las opciones eran tantas que preferimos que nuestras apuestas estuvieran más ligadas a la atracción por el nombre del caballo, los digitos de la hora o la serie númerica de Lost. Entre carrera y carrera pasa casi media insufrible hora en la que no hay muchas posibilidades de distracción. El momento álgido llega cuando se da la salida y el speaker anuncia por megafonía que tu caballo va el primero; el momento bajo llega cuando el favorito le rebasa y gana la carrera. Fin de la carrera y vuelta a empezar: apuestas, esperas y carrera.
Dado que el evento en sí no era especialmente entretenido, nos detuvimos en observar el tipo de gente que va a las carreras. Ir a las carreras se ha puesto de moda entre la gente mas cool de Madrid y por ello los modelos parecen sacados de una boda. Vestidos de noche con altos tacones y trajes de chaqueta con zapatos de marca se suceden curiosamente en un lugar que se halla en medio del campo, con césped, con un fétido olor a caballo y el humo de las barbacoas de los restaurantes inundándolo todo. Realmente, no pega ni con cola.
Pero llegué a la conclusión de que las carreras de caballos son la excusa para lo que denominamos el "postureo", es decir, el paseíllo de modelitos de un lado a otro del hipódromo. Entre carrera y carrera, la gente iba y venía mostrando sus mejores galas. Y había incluso quien durante la carrera no miraba los caballos, sino que se dedicaba a hablar y comentar con sus conocidos. Además, el hipódromo oferta una serie de discotecas y bares dentro del recinto para que todos los "posturantes" puedan encontrarse a gusto. De hecho, al acabar las carreras y salir por la entrada, la cola para entrar a la fiesta posterior era impresionante.
Nunca imaginé que las carreras de caballos se hubieran puesto de moda más por lo que generan alrededor de ellas que por la competición en sí; lo malo de las modas es que desaparecen casi tan rápico como llegan, y si las carreras siguen siendo tan aburridas (por el tiempo que se tarda entre una y otra) auguro que su éxito pervivirá sólo mientras a los más pijos les siga gustando como lugar de reunión.
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Érase una muralla
martes, 21 de julio de 2009
Pero no una muralla cualquiera. En este cuento se trataba de la muralla mejor conservada de toda Europa, de un recinto inexpugnable a los ataques enemigos o al avance del tiempo, distante de Madrid a poco más de una hora y que se convirtió en una excusa perfecta para disfrutar de un agradable día en Ávila. El coche se deja extramuros en la misma cuesta que cada año los ciclistas de la Vuelta a España ascienden fatigados para ganar la correspondiente etapa.
La ciudad antigua queda dentro y las únicas entradas son 9 puertas hoy afortunadamente abiertas para poder pasear por su interior. Porque la muralla forma un rectángulo perfectamente cerrado con un perímetro de 2.500 metros y paredes que alcanzan los 12 metros de altura. Obstáculo insalvable para las huestes enemigas de los reyes cristianos allá por el siglo XII en el que fue construida, herencia de incalculable valor monumental para los turistas del siglo XXI. Impresiona su espléndido estado de conservación, la disposición ordenada de sus 88 torreones que forman curiosas estampas en perspectiva, y el característico perfil que le confieren las más de 2.500 almenas que intermitentemente se alternan una tras otra en su contorno.
La muralla es visitable y se pueden hacer recorridos por varios tramos en altura. Algunas partes no están acondicionadas y otras son inaccesibles, como aquella en que la muralla queda fusionada con la Catedral; pero merece la pena pasear por los 1.500 metros transitables. Unas empinadas escaleras que conducen a unas excelentes vistas de la ciudad, antigua y nueva, dentro y fuera, pasado y presente. Y colorín colorado. En Ávila fuimos felices y comimos... un enorme chuletón.
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Alcázar a la vista
sábado, 18 de julio de 2009
Decir Segovia es hablar de su acueducto. El genial monumento eclipsa cualquier otro rasgo distintivo de la ciudad; basta con preguntar a cualquier foráneo qué más destacaría de la capital para darnos cuenta del desconocimiento generalizado. Cometeríamos un craso error si nos conformásemos con admirar sólo la colosal obra romana, pues justo al otro lado, destacando sobre un cerro bajo el cual se fusionan los ríos Eresma y Clamores, se encuentra otra maravilla arquitectónica que no pasa desapercibida: el Alcázar.
Este castillo no tiene nada que ver con algún otro que haya conocido en España, donde abundan los medievales de piedra o los alcázares construidos por los musulmanes. Pero el nombre de Alcázar no debe llevarnos a engaño: la edificación fue llevada a cabo tras la reconquista cristina, aunque se tenga constancia de usos anteriores, sobre todo en época romana. El Alcázar de Segovia más bien recuerda a los tradicionales castillos alemanes, por sus picudas torres con tejas negras que le otorgan un cierto aire de cuento infantil. Su ubicación es sublime y destaca en la silueta de la ciudad como su parte frontal, como la proa del barco con el que todos comparan el perfil segoviano.
En su interior la visita se hace estancia por estancia, destacando por su importancia la presencia de elementos pertenecientes a los Reyes Católicos. De hecho, Isabel la Católica salió de la fortaleza el 13 de diciembre de 1474 para ser proclamada Reina de Castilla en la Plaza Mayor. Me gustó especialmente la Sala de los Reyes, en cuyo friso aparecen una tras otra figuras de todos los reyes de Castilla, León y Asturias, y en la que Alfonso X (el inventor del NO&DO sevillano) se camufla bajo el nombre de Alfonso XI, por un error a la hora de contar los reyes con ese nombre.
Las vistas son espectaculares y la visita permite subir los 152 escalones que por una estrechísima escalera de caracol conducen a lo alto de la torre del homenaje, desde la que por un lado se observa la ciudad, con su fabulosa Catedral que hace funciones de mástil del barco, y por el otro la llanura, el mar verde sobre el que navega la nave.
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Segovia... y la cosa se complicó
sábado, 11 de julio de 2009
Una tranquila visita turística a Segovia puede, inesperadamente, convertirse en una magnífica oportunidad de descubrir múltiples aspectos de una ciudad que desconocía abiertamente. Un día es suficiente para curiosear esta pequeña capital de provincia, de unos 56 mil habitantes. Situada sobre un promontorio rodeado por dos ríos que se eleva sobre la gran llanura de en derredor, vista de lejos asimila la forma de un barco, con su impresionante Alcázar actuando de avanzadilla en la proa. Sin duda, una magnífica elección para comenzar la visita, pues este castillo nos da la bienvenida con sus picudas torres que recuerdan a los castillos de la Alemania profunda.
Después de comer en una de las múltiples zonas verdes de que dispone el centro, continuamos nuestro descubrimiento de Segovia por las apacibles calles del casco antiguo, con cuidadas casas que no desentonan con el medieval entorno que nos rodea. Enseguida llegamos a la Plaza Mayor, donde la informadora turística no supo determinamos en qué casa de la ciudad vivía Eva Hache, aunque nos comentó que Perico Delgado sí se encontraba comiendo por el centro. Segovianos ilustres. La plaza queda eclipasada por la colosal Catedral, último vestigo del gótico en España y que sorprende por su gran altura y su claustro, inhabitual en los iglesias magnas de las ciudades.
En la plaza vimos que Segovia también dispone de SegoBici; me alegra comprobar que este medio de transporte se implanta cada vez más en nuestras ciudades. A la espalda de la Catedral se encuentra el barrio judío, por el que descendemos hasta pasar por un arco que es una de las puertas de la muralla. Esa es otra de las sorpresas: en Segovia, como en Ávila, también hay murallas, aunque, a diferencia de éstas, son de origen árabe y no se conservan en su totalidad.
Nuestro paseo continua hasta encontrarnos con nuevas reminiscencias del románico. La piedra domina la Plaza de Juan Bravo, con sus iglesias y casas medievales. Un poco más adelante nos volvemos a encontrar con multitud de piedras, pero dispuestas en arcos y de una altura enorme: hemos llegado al excepcional Acueducto de Segovia, símbolo de la ciudad y una maravilla universal conocida en todo el mundo.
Así acabó nuestra visita turística, pero no la visita a Segovia. A eso de las 7 de la tarde nos encontramos con Alberto, oriundo segoviano amigo de Jesús que se ofreció a mostrarnos otra cara más interesante de la ciudad. Enseguida nos llevó de tapas a los bares de alrededor de la Plaza Mayor. En ellos, además de que las cervezas son baratas (sobre todo comparándolas con Madrid), te regalan una tapa muy elaborada que además puedes elegir a tú gusto. Buena nota deberían tomar los bares del centro de Sevilla, que tanto presumen de tapeo con sus abusivos precios. Una caña tras otra de bar en bar y pronto te encuentras que sin darte cuenta has cenado. Así que queda explorar un poco más la noche segoviana.
Si bien nuestra intención era volver a Madrid en el día, la oportunidad no podía ser rechazada. Una noche de marcha por la ciudad sonaba más que bien. Así que conocimos la famosa "Calle de los bares" de Segovia, que no podía tener el nombre mejor puesto. Mucha gente en la calle y buen ambiente. Un día para recordar. Me encanta que los planes salgan mal.
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Más que unos arcos
jueves, 9 de julio de 2009
Todo lo que se diga del Acueducto más famoso del mundo es poco. Espectacular, colosal, sorprendente... faltan calificativos para describir la primera impresión que provoca ver in situ el emblema de Segovia. Es difícil de entender cómo hace dos mil años se pudo construir tal obra de ingeniería con medios rudimentarios, y que aún se conserve y se mantenga en pie. Su máxima expresión se halla en la Plaza del Azoguejo, donde se levanta la sección del acueducto que todos conocen: la doble galería de arcadas que alcanza casi los 30 metros de altura.
Pero en esta visita a Segovia la curiosidad me hizo ir más allá de la plaza. Iniciamos un paseo cuesta arriba siempre en compañía de las columnas graníticas de esta obra romana hasta ver dónde llegaba. Para nuestra sorpresa, los arcos se decrecían en altura conforme subíamos, al punto que la doble arcada se quedaba en simple justo al torcer una curva a la izquierda. Un poco más allá, tras más de 700 metros de camino, los arcos desaparecieron de repente.Todo tiene su explicación. El acueducto no siempre va sobre arcos. Es más, su inicio se halla a 18 kilómetros de Segovia, en el río Frío, de donde los romanos tomaban el agua para abastecerse. A través de un canal de 0,30 metros de ancho y otros 30 centímetros de profundo, el agua descendía desde la montaña hasta la ciudad. Pero por la especial configuración de Segovia, hubo que salvar un gran desnivel para llegar a la parte alta. Para ello se construyeron los 166 arcos de medio punto que han dado a este monumento fama mundial.
Es más, el agua seguía su discurso por el canal hoy soterrado por la ciudad hasta llegar a la ubicación donde hoy se sitúa el Alcázar, pero estas partes no están visibles. Por ello la gente se queda sólo con la imagen del acueducto de la plaza (que no es poco), pero para entender su importancia hay que ver más allá de los arcos.
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Emulando a Tarzán
lunes, 6 de julio de 2009
De vez en cuando los controllers deben despejar su mente de tanto avioncito; por ello, el fin de semana pasado un osado grupo se propuso liberar estrés de una forma muy original. En Navafría, en Segovia, la empresa De Pino a Pino tiene organizado un recorrido de 4 circuitos de aventura en el aire, en un frondoso bosque de pinos de la Sierra de Guadarrama. La mecánica consiste en solventar todos los obstáculos de cada recorrido para poder pasar de un pino a otro por el aire, a través de juegos de dificultad creciente. Siempre atados a una línea de vida, y con dos mosquetones de seguridad yuna polea colgando de tu arnés, los monitores te dejan a tu libre albedrío mientras ellos vigilan desde el suelo.
La cosa prometía. El primer circuito era para niños así que empezamos directamente en el segundo. Al principio, la cosa parecía sencilla. Subir por una escala, pasar por un cable, unas cuerdas, unas anillas donde meter los pies, puentes tibetanos, alguna tirolina, un salto en liana para quedar enganchados en una red suspendida... Muy divertido y no excesivamente complicado. Así que decididos empezamos el segundo. En este, la altura de los juegos aumentaba desde el inicio, y también la dificultad. Unas cuerdas para subir daban paso a unos toneles que había que reptar. Nuevos puentes, tirolinas más altas con espectaculares pasos sobre el río agarrados simplemente con las manos a un tronco que se deslizaba, pasos entre redes, troncos cada vez más lejanos, subidas y bajadas por escalas... Al acabar, el cansancio se notaba, pero aún quedaban fuerzas.
Antes de entrar en el último circuito, un cartel avisaba de que si nos encontrábamos sin fuerzas no deberíamos comenzarlo. Pero el reto quedaba pendiente y las ganas de hacerlo pudieron al agotamiento. Pero ya desde el principio se vio que la cosa cambiaba. Cada juego costaba un mundo acabarlo: las distancias de paso aumentaban, la altura crecía y el cansancio hacía mella. Pero las propuestas eran chulísimas: toneles mucho más alejados (por momentos te quedabas casi suspendido en el aire), troncos en vertical, anillas, cuerdas sueltas... y el espectacular salto del ángel. En este juego, te tirabas sin manos atado a una cuerda y tenías que quedarte agarrado a una red que no estaba enganchada al suelo, por lo que subir por ella hasta la plataforma de seguridad costaba bastante. La sensación de no estar sujeto a nada mientas te dejabas caer era adrenalínica. Y ahí acabó mi aventura. Aunque me quedaba la mitad del circuito, las fuerzas flaqueron... pero daba igual, ya había disfrutado lo suficiente. Una última tirolina de escapatoria para regresar al suelo. Más de 3 horas de aventura que justificaron un gran día, algún moratón y unas buenas agujetas al día siguiente.
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