¿Hay alguien ahí?

miércoles, 30 de diciembre de 2009

El último pueblo de Andorra, frontera con Francia, y separado del resto del mini país por el puerto con carreteras más álto de todos los Pirineos, el Puerto de Envalira (2.409 metros AMSL). Es Pas de la Casa, un poblado de 2.500 habitantes con una situación de aislamiento que se refleja en su población pero no en su encanto.

Los autóctonos de Pas hay que buscarlos con lupa. Se mezclan por un lado con los turistas de deportes de nieve, principal fuente de ingresos, y los buscadores de trabajo en temporada de invierno, que hace que el país de llene de argentinos que de autostop en autostop (muy usual en Andorra) buscan un buen curro para hacer su agosto en navidad.

La nieve es riqueza en Pas. Si no nieva, el pueblo queda desierto, como en verano, cuando se vive de los ingresos del invierno. Con nieve, las montañas enblanquecen y se abren las pistas de esquí y snowboard. Las pistas de Pas están conectadas con las de otros pueblos cercanos por medio de los remontes, lo que hace que, en una buena temporada, haya 193 kilómetros de disponibles en 110 pistas de todos los colores.

Pero Andorra es rico, y los andorranos se aprovechan de su ventaja fiscal de no pagar impuestos para ofrecer precios competitivos que llenen sus arcas. Pero no en todo: el ahorro se nota en tabaco (casi la mitad de económico), gasolina (10 céntimos menos por litro), alcohol (como en los Duty free de los aeropuertos) y en perfumes. Y les debe ir bien porque si no no me explico cómo las perfumerías Gala copan el pueblo pudiendo haber hasta 4 establecimientos iguales en un cruce de calles.

El alto status social se nota en muchas cosas. No ya en los coches caros (hay más coches que personas) o en las casas de lujo: la simple iluminación navideña, tan limpia, blanca y bonita, dan fe de ello (había hasta una grúa de obra decorada).

También me llamó la antención el idioma. Aún no tengo claro si escuché más español, francés o catalán. Y los que hablaban uno bien se dejaban llevar en el otro. La propia disyuntiva aparece incluso en el nombre del pueblo. Pas de la Casa parece una mezcla de francés y español, ¿o estará en catalán?.

Sea como fuere, mereció la pena conocer este lugar y sus gentes, aunque los -12 grados que llegamos a sufrir me hicieron cuestionarme si de verdad había alguien ahí; había que saber bien dónde buscar (sin duda, los bares como el Underground o el Déjà Beer eran buenas recomendaciones).

Un as en La Manga

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Puede que La Manga del Mar Menor sea el lugar más conocido de Murcia, por la singularidad del estrecho brazo de tierra que origina un gran lago interior separado del gran Mediterráneo. Sin embargo, su encanto natural se ha perdido en pro de la urbanización masiva: hoteles y apartamente se suceden devastándolo todo.

Pero en este Monopoly aún no está todo comprado: a escasa distancia al sur del Mar Menor existe una zona conocida como Calblanque, una extensión de 13 kilómetros de litoral de playas vírgenes (que me recordaron a Doñana o Cabo de Gata) en las que la acción de algunos seres racionales ha impedido que la especulación urbanística haya arrasado con semejante paraíso natural.

Efectivamente, para llegar a Calblanque hay que acceder por una pista de tierra. La única edificación es un centro de interpretación e información: todo lo demás es nada. Sólo un templado y cristalino mar, y multitud de playas, que van de inmensos arenales de un intenso amarillo a diminutas calas de ensueño, flanqueadas por montañas de escasa altura repletas de arbustos aromáticos como la jara, la lavanda o el romero.

Por Calblanque se pueden hacer rutas de senderismo o en bicleta, visitar sus salinas o unas dunas fósiles prehistóricas que hoy están protegidas. Pero lo más recomendable es dejarse atrapar por su aislamiento y tranquilidad. Proteger este lugar es tarea de todos, pues conservar este as es sin duda una jugada maestra.

¿Hay montañas en Murcia?

domingo, 20 de diciembre de 2009

¿Quién dijo que en Murcia no había montañas? Pues no sé quién lo dijo, pero yo así lo creía. Y muy cerquita de la ciudad: en apenas 7 kilómetros ya se empieza a ascender por una verde ladera. La ruta empieza en el santuario de la Fuensanta, un lugar de devoción para los murcianos desde el que cada septiembre la virgen, patrona de la ciudad, es bajada a la catedral. Como no podía ser menos, sábado por la mañana y boda al canto en la ermita con Murcia al fondo.

Desde allí, una vereda secreta, que solo conocen los buenos murcianos, continua subiendo hasta el techo de la montaña, un mirador conocido como La Gaveta desde el que se obtiene una panorámica magnífica de toda la ciudad. Una imagen de la que resalta una mancha blanca central, correspodiente a lo urbanizado, y un anillo verde que la rodea, de las huertas que aún perduran en Murcia.

Nuestra ruta continúa, ya sin ascender demasiado, rodeados de pinos que estaban siendo talados para evitar mayores riesgos de incendio en el futuro. Hasta llegar a uno de los lugares más populares en Murcia, la cresta del Gallo, una serie de grandes peñascos (no hace falta decir qué forma tienen) rodeados de vegetación que son el auténtico pulmón de aire fresco que mitiga un poco el sofocante calor de la ciudad. Es un lugar ideal para sentirse en el campo, foco de salidas de grupos scouts y montañeros, pero sobre todo de escaladores que aprovechan sus empinadas paredes para practicar este deporte. Verlos trepar en vertical es una delicia.

Las vistas desde la cresta son espectaculares. A un lado Murcia y sus huertas, y al otro el mar, el gran Mediterráneo y el menor de La Manga. Es lo que tienen las montañas, que sí, efectivamente, existen en Murcia.

Murcia, hermosa, ¿qué eres?

jueves, 17 de diciembre de 2009

Nunca había estado en Murcia y mi conocimiento sobre ella se limitaba a ese programa que cada 9 de junio (día de la comunidad) echaban por la noche en La Primera, con un lema que los murcianos han cogido un poco de tirria. Porque aquel programa de propaganda política no ha ayudado en nada para dar a conocer a una ciudad que, sin hacer ruido, es la séptima en población de toda España con nada menos que 430.000 habitantes. Murcia, hermosa, ¿qué eres?

Murcia se relaciona siempre con la huerta: hace años todos los murcianos tenían una casa con un huerto que les suministraba los productos más básicos ayudados por el benigno clima de la región; pero la expansión urbanística rompió tendencia y los murcianos vendieron sus tierras para que se construyeran los nuevos barrios. Por eso hoy se ven pocas huertas, y las que hay las encontramos en la periferia.

La venta de tierras dio dinero a los murcianos, la ciudad duplicó su población en 50 años, y hoy, según nos cuenta Juanchope, el estatus de vida mejoró y se nota en los hábitos de la gente, como en su forma de vestir o en el hecho de que algunos procuran perder el característico acento murciano (de boca abierta y con muchas "ees") por uno más formal.

Por lo demás, en Murcia se vive muy bien. El clima es espectacularmente cálido aunque bochornoso en verano; por eso, en diciembre, y a 20 grados, la gente va por la calle con abrigos (algún día habría que ponérselos). La ciudad está llena de bares y es típico el salir de tapas; de hecho, dimos buena cuenta de productos típicos como el zarangollo, los michirones, la ensalada murciana o el pastel de carne (espectacular el de sesos). Y por la noche, se nota buen ambiente por las calles.

El día que visitamos Murcia era día de fiesta, y la gente se agolpaba por las calles peatonales del centro. Por el cruce de las calles Platería y Trapería o en la Plaza de la Catedral, los murcianos disfrutaban de los edificios como el Casino o el Palacio Almodóvar; aunque lo que más nos llamó la antención es que todos los niños hermanos, aunque fueran de edades diferentes, iban vestidos iguales.

Por cierto, siempre se dijo que Murcia era una región seca. Es cierto, llueve poco, y el Segura recorre con poco caudal y un color verdáceo bajo varios puentes (uno, el típico de Calatrava) al sur de la ciudad. Del ayuntamiento y de varios puntos de la ciudad cuelgan pancartas reivindicando el "agua para todos", pero ese es un polémico tema de difícil solución.

Pon un Juanchope en tu vida

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Qué difícil es resumir el encuentro de Murcia... tan corto pero tan intenso. Empecemos por sus participantes, siendo protagonista indiscutible el gran anfitrión Juanchope, cuya bondad nos tiene ganada el cariño inmenso de todos... y por ser integrante del buen dúo Los caños; la cumpleañera Almu, que no duda en tratar de que su tos nos deje dormir curándola con chupitos de licor de crema; el inquieto Curro, estrenando California yendo a por el turrón; la reflexiva Meriangels, que busca El secreto de orientarse un poco mejor; el cuentacuentos Agus, feliz de poder por fin haber terminado una historia de miedo; la nutricionista Gema, tan contenta de ver el lema "Agua para todos" por doquier; y el lector Felirrintxi, que a falta de Audi se entretiene con las citas del libro rutero "Qué soñaste". Aunque, aún ausente, hay que citar al gran fichaje Mariana, cuya casa invadimos y que no puede faltar a la próxima quedada.

Ha sido un encuentro con cabida para la reflexión. A sabiendas de que el reto de vivir es el reto de elegir, hemos llegado a profundas conclusiones sobre el "¿Porqué no tengo pareja?". Pero no hablamos de ligar con furcias que fumándose un par de pitis nos digan vamos a follar por la calle; los achos pijos, para conquistar zagalas, tienen que empezar comprándose un perro, un capricho de Braco de Weimar a ser posible; o meterse a pintor de cuadros, o dejar medio armario vacío esperando a que venga tu media naranja. Todo sea por arrimar el caño...

Pero también tuvo cabida el entretenimiento. Tras un copioso desayuno con macedonias, tostadas de tomate y dulces varios, tuvimos ruta de senderismo por la sierra periférica de la ciudad. Visita a la virgen de la Fuensanta con boda incluida (algún pico de más) y subida a un precioso mirador de la ciudad y la Cresta del Gallo, un lugar ideal para practicar la escalada. Por la tarde, talleres varios: aprendimos cómo saber si eres zurdo o diestro de ojo; y a fabricar unas complejas estrellas de papiroflexia... con papel de servilleta. Y por la noche, tapitas por Murcia probando lo mejor de la huerta: zarangoyo, berenjenas fritas, ensalada murciana, habitas y sangre frita; y salidita nocturna por Murcia la nuit para bailar y adivinar las canciones que sonaban.

Al día siguiente tocaba baño. Tras comer la tarta que regalamos a Almu, nos fuimos al parque regional de Calblanque, donde entre montañas verdes llenas de arbustos aromáticos encontramos la calita que sería la base para el baño ritual. Arena amarilla y agua cristalina para disfrutar del calor murciano un 6 de diciembre. Comida y juego de orientación para que Almu encontrase sus regalos de cumpleaños. Y luego visita Portman para disfrutar de los colores de un atardecer en la bahía. De noche nos separamos con tristeza, ya que la mitad del grupo tenía que marchar. Los que nos quedamos pudimos conocer a la familia de Juanchope, tan buena como él. Y al dia siguiente nos dedicamos a visitar Murcia y sus monumentos, aunque por llegar apurados de tiempo siempre nos terminaban echando de todos ellos. Unas tapas por el centro, que en ausencia de Gema era fritanga y sesos altos en colesterol, un campeonato de lanzamiento de huesos de aceituna y el tiempo justo para recoger e irnos con una gran sensación de felicidad.

Glacias Juanchope por ponernos en tu vida.

Gato encerrado

lunes, 30 de noviembre de 2009

Aquí hay gato encerrado: más de un año viviendo entre madrileños y aún no digo "ejque" ni "Rijquetos"... ¿pero no hablaban todos así?. No es casualidad que, a mí que se me pega todo, hable más gallego que madrileño. Los madrileños de mi entorno carecen de ese característico deje que los foráneos adoptamos con mofa como genérico. Pero, en verdad, esa "j" tan sonora no se oye mucho en Madrid. Sólo en algunos barrios del sur, porque el ejqueísmo, para quien no lo sepa, es más propio de Albacete.

No ocurre lo mismo con el "lalala" de Massiel: el laísmo y el leísmo sí están más extendidos, pero como quiera que creo que la RAE los acepta no me queda más remedio que procurar que no se me peguen.

Los tópicos, que malos son. Otra idea preconcebida que tenía de los madrileños es que eran unos chulos. Su forma de hablar puede denotarlo un poco, pero lo imagen que tengo, del pequeño espectro que conozco (para mí suficientemente representativo), es totalmente contraria. Desde que llegamos los madrileños nos han recibido con los brazos abiertos. Me ha sorprendido que desde el principio nos han acogido en sus vidas, quizás acostumbrado a mi querida Sevilla donde los grupos son más cerrados y cuesta hacerse un hueco. Supongo que tendrá que ver con lo que es Madrid: una ciudad cosmopolita y multicultural donde todo el mundo tiene cabida.

Son abiertos pero también independientes, un reflejo de lo que es la ciudad. Porque es cierto que la gente en la calle siempre va con prisas: el nivel de estrés es muy alto, pero yo también procuraría tardar lo menos posible en llegar a mi trabajo si me quita 3 horas de vida al día. Pero también son muy amables: cualquier viandante te explica lo mejor que puede cómo encontrar esa calle de la que estás perdido.

Madrid, una ciudad llena de gente, con muchos madrileños pero con pocos gatos... Va en serio; los gatos en Madrid son una especie en extinción, pues aquí un "gato" es alguien cuyos dos padres y cuatro abuelos nacieron en Madrid. Un mote que la leyenda remonta a la conquista de la ciudad por Alfonso VI, cuando uno de sus soldados logró franquear la elevada muralla árabe subiendo por la pared "como un ágil gato". Hoy, no conozco a ningún gato y sólo Elenita me contó que conoció a una compañera de clase que era un "gato", un extraño caso. ¿Dónde están los demás? Encerrados, supongo.

De Madrid al cielo

lunes, 16 de noviembre de 2009

Esta es buena. Una excursión por Madrid, bocadillo en mano, por el eje viario más importante de la ciudad, la gran avenida que forman los paseos de El Prado, Recoletos y la Castellana. Un recorrido de 8 kilómetros, antiguo cauce de un arroyo llamado Fuente Catellana, que diametriza la M-30 y que acoge en su ribera los principales edificios y museos de la ciudad.

El paseo del Prado empieza en la glorieta de Atocha, que en verdad se llama de Carlos V. Empezamos bajo tierra, en la estación
de trenes, que acoge el monumento a
las víctimas del 11-M, mucho más impresionante en su azulada sala interior que en su horrenda chimenea de cristal externa. Alrededor de la plaza se levantan también el Ministerio de Agricultura y el Museo Reina Sofía de arte contemporáneo.


El paseo dirección norte nos lleva por un bulevar lleno de árboles, los del "No a la tala" de Tita Cervera. A la izquierda la sala de exposiciones Caixa Forum, que se sostiene milagrosamente en el aire, junto con el impresionante jardín vertical. Miramos derecha donde sabemos que se encuentran el Jardín Botánico y la pinacoteca más famosa, el Museo del Prado. Pasamos junto al Ministerio de Sanidad y Consumo y enseguida llegamos a la siguiente plaza.

Es la Plaza de Neptuno, donde el Atleti muy de vez en cuando celebra algo, rodeado de dos de los hoteles más lujosos, el Ritz y el Palace. Más adelante llegamos a la Plaza de la Lealtad, que recuerda a los caídos el 8 de mayo, donde también se encuentra la Bolsa de Madrid. Más museos en este tramo: el Thyssen (el de Tita) y el Naval, para acabar el Paseo del Prado en la siguiente plaza.


Es Cibeles, cita obligada en los triunfos del Madrid. La diosa está rodeada de edificios tan importantes como el Cuartel General del Ejército, Correos (que será el próximo ayuntamiento de Madrid), la Casa América y el Banco de España, y es el cruce de camino con la otra calle más larga de Madrid, la de Alcalá.




En seguida empieza el Paseo de Recoletos, que pasando por la Biblioteca Nacional y la sala de exposiciones Fundación Mapfre termina en la siguiente plaza, la de Colón, donde se halla la bandera de España más grande del mundo. Allí se encuentra el soterrado teatro Fernán Gómez, unos pedruscos dedicados al descubrimiento, y rodeando, el Museo de Cera y el primer gran edificio alto: las Torres de Colón. A partir de ahora empieza la castellana y vamos a tener que mirar para arriba.

Entramos en la zona financiera de Madrid. Se suceden bancos y rascacielos como el de Mutua Madrileña. Debajo de un puente hay una exposición permanente al aire libre de esculturas contemporáneas. Pasamos la Plaza de Emilio Castelar y la de Gregorio Marañón para encontrarnos con el Museo de Ciencias Naturales y el cubículo que está dedicado a la constitución de 1978.


La tortícolis empieza después de pasar los edificios de Nuevos Ministerios. Llega AZCA, el complejo de negocios más importante de la ciudad con sus impresionante rascacielos: el edificio BBVA, la Torre Picaso que con sus 157 metros de altura fue hasta hace poco la mayor altura de todo Madrid, y la Torre Europa. Era en esta zona donde existía un famoso Windsor que acabó calcinado.



El dolor de cuello se relaja para mirar a la derecha y llegar al Santiago Bernabeu, el campo del Madrid. Seguimos y pasamos el INE (que será desde nos llaman para hacer esas "interesantes" encuestas telefónicas) y llegamos a la Plaza de Cuzco, donde se empieza a divisar el final de nuestro camino.




Unos metros más adelante llegamos a la Plaza Castilla, casi ya a las afueras, famosa por sus inclinadas Torres Kio que hasta hace poco eran el símbolo de la salida de la ciudad. Hoy está eclipsada por un obelisco dorado aún en construcción, invención de Calatrava que cuando esté operativo hara girar sus 92 metros sin descanso. Y más adelante, como colosal final del paseo, las 4 torres del business area, los edificios más altos de todo el país.

Tres horas de paseo para conocer la zona más espectacular de toda la ciudad. Un recorrido muy recomendable de hacer a pie; aunque, la vuelta, por supuesto, la hice en metro.

La construcción de un sueño

domingo, 8 de noviembre de 2009

Hace unos años Aquarius nos sorprendió con un emotivo anuncio en el que nos contaba el afán de superación de un hombre que, con sus propias manos, estaba construyendo una catedral. Ese hombre existe, y su catedral también. Y, para mi sorpresa, muy cerca de mi casa, en el pueblo de Mejorada del campo.

El sujeto se llama Justo Gallego, un mejoreño al que la vida no le dio la oportunidad de cumplir con su vocación de ser religioso. Expulsado del monasterio debido a la tuberculosis que padecía, emprendió un camino de locura al proponerse construir, en unos terrenos propiedad de su familia, una Catedral. Justo cambió el reto que no le dejaron seguir por otro que nadie podía negárselo. El mérito de Justo es, con 80 años, llevar más de media vida levantando un gran edificio sin tener ni idea de arquitectura, sin medios materiales y sin ayuda: todo por su cuenta.

Con estas referencias, la Catedral de Justo, que es como se conoce popularmente, deja boquiabierto a todo el que la visita. Dadas las condiciones, el proyecto es espectacular. Al estar inconclusa, se observan perfectamente los procesos constructivos. Las torres están ladeadas, no se sigue ningún patrón, todo es rudimentario... eso sí, la base tiene tanto cemento que la catedral no se cae ni tirándola. Los materiales que utiliza son reciclados, los coge de donde puede o se los dan... un collage inmenso.

Y lo mejor es que parece una Catedral. Tiene su altar, su cripta, su cúpula, su patio, su rosetón, su pórtico y escalinatas... perderse por ella es descubrir en cada esquina algo nuevo y sorprendente. Tiene estatuas con bustos reutilizados, frescos pintados por un amigo suyo y vidrieras hechas pegando pequeños cristalitos uno junto a otro. A su vez, no sigue ningún estilo arquitectónico en concreto pero recuerda a todos a la vez: gótico, modernista, renacentista...

¿Y cómo ha podido Justo financiar tal proyecto? Fundamentalmente, de donaciones particulares (él mismo dispone una gran caja a la entrada de la catedral para el que quiera colaborar). Pero sobre todo fue Aquarius y su anuncio el que le dio la fama; de hecho, desde entonces Justo siempre lleva mientras trabaja en gorrito rojo con el que apareció, pues a la gente le gustaba. Se ha vendido un poco al marketing pero se ha asegurado cumplir su sueño. Porque él sigue currando; se le puede ver de lunes a viernes hasta las 6 de la tarde, y los sábados hasta mediodía. Es curioso verlo trabajar; pero si él no está cuando lo visites, seguro que está su cuñado, un personaje casi aún más peculiar que Justo. Pero no le quitemos protagonismo... aquí dejo el anuncio para recordarlo.


El Mesías de Alcalá

martes, 3 de noviembre de 2009

Menuda sorpresa me llevé en Alcalá de Henares al descubrir que la ciudad no es sólo patrimonio de la humanidad por su legado histórico sino también por acoger al verdadero mesías de todo el orbe. Un caso único que no alcanzo a entender cómo ha escapado de los micrófonos del caza-frikis Javier Cárdenas.

En pleno centro del pueblo, en la calle paralela a la Mayor, tiene su taller el Toro Bravo. A pesar de lo que pudiera parecer, este lugar nada tiene que ver con corridas y demás. Bueno, aunque algún capotazo (al mundo en general) sí que habrá dado su propietario. Toro Bravo es un pintor, aunque sólo por hobby; él en verdad es el Mesías, un incomprendido salvador de la humanidad que tiene tantos años como desde que el mundo es mundo. Él es dios, la ciencia debería hacerle más caso pues puede curar todo tipo de enfermedades. No creo que viva de vender sus cuadros, así que, como dice que lleva 5 años seguidos acertando el gordo de la Navidad, supongo que algo tendrá ahorrado. Además, al más puro estilo La vida de Bryan, Toro Bravo refleja en sus cuadros su preocupación por los ovnis que invadirán la Tierra, y cómo el hombre, sus hombres, deberían prepararse por explorar nuevos planetas.

Así es Toro Bravo, y sus ideas están recogidas en libros (publicados por Editorial) que también tiene en su taller. Un mundo de irrealidad paralelo, como la calle de su taller, a la real Alcalá de Henarés. Aquí un reportaje de Callejeros para conocerle un poco más:


¿Recordar o ensalzar?

miércoles, 28 de octubre de 2009

La tan polémica Ley de memoria histórica aprobada por el gobierno en 2007 dividió, como siempre, a los partidos (y por ende a sus adláteres seguidores) entre aquellos que se oponían a la eliminación de estatuas y símbolos de exaltación franquista, y los que aplaudían la iniciativa de borrar para siempre los rastros de una época deshonrosa de nuestro país. La propia ley hace especial mención en uno de sus artículos al Valle de los Caídos, ese lugar de culto mandado construir por Franco 8 kilómetros al norte del Monasterio del Escorial.

Tenía ganas de visitar este monumento para poder hablar de él. El lugar impresiona; no obstante, consta de una cruz latina de 150 metros de altura (visible casi desde Madrid, a 60 kilómetros) cuya base se apoya sobre una gigantesca roca, en cuya interior se ha excavado un templo religioso que, para hacerse una idea de su magnitud, mide 262 metros de largo. La cripta consta de una única nave cuyo interior recuerda al intrépido Robert Langdon buscando símbolos en el Louvre del Código da Vinci.

El sitio es único; el problema es lo que significa. El Valle de los Caídos fue mandado construir por Franco tras su victoria en la Guerra Civil en homenaje a las víctimas del bando nacional. No hace falta ser muy listo para imaginarse quiénes fueron los artífices de abrir un agujero inmenso en una roca para recordar a los vencedores: cuántos presos de guerra no morirían retirando los 200.000 metros cúbicos de piedra necesarios para abrir tan ingente hueco. En la última época, con una dictadura más aperturista, el general decidió que el monumento sería un homenaje para los caídos en ambos frentes de la guerra. Pero lo cierto es que, en mi visita, no vi ni un solo motivo de recuerdo a los republicanos. Al contrario, todo eran vítores a los nacionales. Es más, además de las tumbas de Franco y de Primo de Rivera, ubicadas en el mejor lugar del templo, vi muchas inscripciones alabando a los que lo dieron todo por la patria. De los otros, ni rastro.

La citada Ley propone que el Valle de los Caídos se aleje de la política para convertirse en un simple centro de culto religioso. Yo, después de mi visita, me parece acertado reutilizar tan magna obra de ingeniería. Pero vería más positivo convertirlo en una especie de museo de la Guerra Civil, un lugar de estudio y reflexión donde todos seamos conscientes de lo que pasó y cuatos para que no vuelva a ocurrir. Y desde luego un lugar que sirva para recordar a unos y a otros, pero no para ensalzar a ninguno.

Las hoces mágicas

domingo, 25 de octubre de 2009

Hay tantos lugares en España que desconocemos, que cuando los descubres empiezas a plantearte cómo es posible no haber oido hablar de ellos antes. La sorpresa positiva me llegó hace un par de semanas en las Hoces del Río Duratón, al noreste de Segovia. Un parque natural moldeado alrededor del río Duratón que ofrece vistas espectaculares y amplias posibilidades de disfrute.

El entorno natural se conforma de unas enormes paredes de roca caliza que acompañan el curso del río desde el precioso pueblo de Sepúlveda hasta 25 kilómetros después, cuando el agua se remansa en la presa de Burgomillodo. Lo más impresionante son los meandros que genera el río, chicanes imposibles que transmitirían paz y tranquilidad a los mismísimos pilotos de Fórmula 1. Junto a ello, estos cortados cuentan con la mayor colonia de buitres leonados de toda Europa, que nidifican en sus verticales y que hace que en el primer semestre de cada año el acceso al parque sea limitado y haya que solicitar permiso para recorrerlo.
Entre las muchas opciones, optamos por hacer piragüismo. Se puede hacer por libre, pero también hay empresas que te facilitan el material. Como en octubre el río lleva poca agua, la ruta tuvimos que hacerla al norte del parque, en el embalse de Las Vencías junto a San Miguel de Bernuy. Hubiera sido un detalle que la empresa nos hubiera dicho que no estábamos en las Hoces, pero bueno, el paseo fue bonito y tranquilo, sin dificultad y también observando la inmensa colonia de buitres que sobrevolaba nuestras cabezas. En el parque, esta vez sí, hay varias rutas de senderismo. Nosotros hicimos la larga, que camina junto al río durante 12 kilómetros, disfrutando muy de cerca de los buitres, que se asomaban desde lo alto como buscando carnaza, de los árboles, de las setas... de todo lo que nos explicase Andrea.

Pero sin duda me quedo con un lugar de todo el parque. Como diría Charuca, un lugar mágico. En uno de los meandros del río, en el más cerrado, en todo lo alto del cortado, se alza la ermita de San Frutos. La ermita en sí no es especialmente relevante, pero sí lo es el sitio. Por la tarde, cuando llegamos, la masa que allí había no era de buitres, sino cientos de personas que, como nosotros, querían visitar aquel lugar. Pero como preferimos disfrutar de los sitios menos masificados, dedicimos dar un paseo por las Hoces y esperar a que anocheciese un poco. Fue la mejor decisión. Si no lo hubiéramos hecho, no habríamos sentido la paz que reinaba en ese lugar. De noche, en aquel idílico lugar, en el meando sobre las aguas del Duratón que quedaban a un lado y a otro, sólo estábamos nosotros. El silencio se interrumpía con los sonidos de buitres y otras aves. El agua tranquila abajo y las estrellas que se asomaban por arriba. De estos momentos que disfrutas sólo de pensar lo privilegiado que eres.

Más ligero que el aire

martes, 20 de octubre de 2009

La nueva aventura la vivimos en el aeródromo de Ocaña, donde en una clase práctica de física íbamos a comprobar cómo objetos pesados pueden oponerse a la gravedad y ascender sin propulsión gracias a la ayuda de las masas de aire. Practicamos el vuelo sin motor, pequeños veleros de escaso cuerpo y alargadas alas pero con una estabilidad enorme, capaces de, sin ayuda propulsiva, elevar hasta 600 kilos de peso (la suma del peso del aparato más el de los dos ocupantes) aprovechando las corrientes térmicas de aire caliente.

Pero para ponerlos en marcha sí que hace falta ayuda. El velero no puede despegar por sí solo, sino que, unido por una cuerda, va a remolque de una avioneta motorizada que lo separa del suelo. Una vez en el aire, se va ganando altura poco a poco hasta que, a 800 metros, se tira de una palanca para que la cuerda se suelte y el velero empiece a volar por sí mismo.

Es en ese momento cuando te das cuenta de que estás levitando en el aire. El ruido del motor de la avioneta se aleja, el silencio te rodea y te encuentras flotando lejísimos del suelo. El instructor toma los mandos y, afortunadamente, sus instrumentos de vuelo le indicaron que había encontrado una térmica. Comenzamos a ganar altura, en círculos, hasta la increíble cifra de 1.700 metros. Compruebo que los pueblos, a esa altura, son diminutos; estamos altísimos, pero la seguridad de la aeronave logra batir el temor inicial y comienzo a disfrutrar del viaje. Dejamos la térmica y volamos perdiendo altura gradualmente.

Tras un minuto de curso, el instructor te deja los mandos. Manajar un velero no es difícil, aunque no me hubiera atrevido a hacerlo si él no tuviera también mandos para evitar mis locuras. Siempre con el horizonte como referencia, y con las interferencias de Radio Nacional en la radio de a bordo, comenzamos a hacer piruetas. La punta hacia abajo para ganar velocidad: llegamos a los 180 kilómetros por hora. Llegamos a sentir la ingravidez: como cuando vas con un coche y tomas un cambio de rasante, practicamos lo mismo en el aire y noté como todo mi cuerpo flotaba a tanta distancia del suelo. Después entramos en pérdida, es decir, subimos el morro lo máximo posible para perder la sustentación y que el avión se precipitase al vacío: la capacidad de recuperarse de los veleros es tan elevada que casi no te da tiempo a tener miedo. Luego, con el ala izquierda casi en vertical, hicimos giros sobre esa misma ala, con la sensación de estar totalmente perpendicular a la tierra.

Después de media hora de viaje, tocaba aterrizar en la pista. Tras las correspondientes autorizaciones, tomamos tierra, aunque no sé muy bien que hice que nos salimos de la pista. Salimos del estrecho aparato y hubo que empujarlo manualmente para sacarlo de la pista (no había aire ni motores que nos movieses). Volar en velero es una manera diferente de experimentar nuevas sensaciones y, desde luego, una clase de física muy bien aprovechada.

Madrid bajo tierra

sábado, 17 de octubre de 2009

Cuando bajas al subsuelo para subirte a él, el cierre de puertas da paso a un símil de lo que es Madrid. La vida en el metro refleja en parte lo que ocurre encima de los túneles. El metro parece la ONU: no habrá vagón en el que no haya rumanos, chinos, sudamericanos, nacionales o guiris. Desde mi lejana parada en la Alameda de Osuna, los viajeros van entrando poco a poco en los vagones, peleando por los asientos libres cuando alguien ha llegado a su destino.

En el metro la gente se mezcla, se iguala: no hay marcas caras de coche que los diferencien, todos luchan por no perder el equilibrio. Los largos trayectos se salvan de muchos modos: la lectura o la música en los cascos son las opciones predilectas; también es frecuente que en alguna parada un músico en ciernes se suba y cante (a menudo con poco arte) alguna cancioncilla en busca de una propina.

La gente se agolpa en el vagón, y el viaje entre estación y estación es un paréntesis de tranquilidad en la ajetreada vida madrileña. Pero todo concluye con el anuncio de la llegada al destino: la masa se mueve, busca hueco, se prepara para la salida, y la apertura de puertas marca el inicio de una nueva carrera por salir cuanto antes y volver a las prisas que caracterizanlos hábitos madrileños.

Hoy, 17 de octubre, el metro de Madrid cumple 90 años. En todos esos años, el subterráneo ha evolucionado desde la primera línea inaugurada por Alfonso XIII entre Sol y Cuatro Caminos hasta convertirse hoy en el tercer metro más largo del mundo, con 16 líneas, 310 kilómetros de vías, con infinidad de correspondencias entre las líneas (casi todas se comunican con todas) que es lo que de verdad le da utilidad, o con la asombrosa cifra de 335 trenes funcionando al mismo tiempo. Toda la ciudad y exteriores está conectada, y en un futuro la expansión aún será más impresionante. Un ejemplo de movilidad y de un proyecto bien hecho.

El ágora escocés

martes, 13 de octubre de 2009

La religión ha sido motivo de conflictos a lo largo de la historia, como el otro día vi un poco decepcionantemente en Ágora. Necesitado de un poco más de argumento por lo poco que me aportó el film de Amenábar, recordé que en Escocia la religión es un asunto importante, y quizás investigarla me aportase datos interesantes.

Escocia siempre vive a la espalda de Inglaterra; y en temas religiosos no iba a ser menos. La influencia católica en Escocia proviene de sus vecinos de Irlanda (otros que siempre van de la mano de los ingleses), cuando un emigrante irlandés, San Columba, fundó la primera abadía católica en la isla de Iona. Tras la caída del Imperio Romano, los católicos fueron extendiéndose en declive de los paganos, y uno de ellos, San Mungo, fundó la ciudad de Glasgow en el 543 d.c.

La Catedral de Glasgow se fundó en 1136 en lo alto de una colina, sobre la que fue capilla de San Mungo. Pero los brotes de protestantismo no tardaron en sacudir Escocia. El reformador que introdujo la reforma religiosa fue John Knox, quien aprovechó la victoria de los ingleses sobre los escoceses a finales del s. XVI para imponer su doctrina, y la Catedral cambió súbitamente de signo religioso.

Hoy se viven tiempo más pacíficos, que es lo que debería ser el objetivo de todo esto. El protestantismo está asentado en Escocia, aunque el catolicismo se mantiene en buena parte de su vertiente occidental. De hecho, en Glasgow, la gran capital del oeste, los fieles se reparten al 50% entre una y otra doctrina. La Catedral protestante convive con la Católica de Saint Andrew's, y los aficionados al fútbol hacen de la religión el estandarte de sus equipos: los católicos del Celtic frente a los protestantes del Glasgow Rangers. Un enfoque curioso que, visto lo visto, podría ser guión de cualquier largometraje.

Y Wallace gritó "Libertad"

martes, 6 de octubre de 2009

William Wallace es el héroe nacional de Escocia. A diferencia de otros ilustres escoceses como Robert Burns (era también otra época), quien luchó a través de la palabra, el famoso guerrillero dio su vida por la independencia de su país frente al ejército invasor inglés. Como buen visitante de Escocia, antes del viaje tuve mi sesión de Braveheart, la superproducción de Mel Gibson que narra la vida de Wallace y las batallas que libró por defender sus ideas.

Esta historia hizo acrecentar mis ganas de visitar el recuerdo que Escocia ha dedicado a este personaje. El Monumento Nacional de William Wallace se sitúa en lo alto de alto del monte Abbey Craig, desde cuya cima se dice que Wallace divisó a las huestes inglesas, factor que fue decisivo en la victoria del agerrido pero ínfimo y rudimentario ejército escocés frente al más avanzado inglés en la famosa Batalla del puente de Stirling.

En este destacado lugar se ha construido una torre de 70 metros de altura, que hay que salvar gracias a los 246 escalones de una estrecha escalera de caracol. En su interior se narra la vida y milagros de Wallace, aparte de diversos objetos como una espada casi tan alta como yo. Pero lo mejor viene arriba del todo, con una extraordinaria vista del pueblo de Stirling, con su castillo dominador, y de un casi circular meandro del río Forth donde se libró la batalla.

Wallace ganó un combate pero no la guerra. No logró la libertad del pueblo escocés pero su influencia siempre quedará. De hecho, ha logrado vencer una lid menor del s XIX: alguna mente pensante decidió dedicar una estatua a William Wallace a los pies del monumento... con la inteligente idea de ponerle la cara de Mel Gibson. Afortunadamente, años de protestas y vejaciones a la misma consiguieron su retirada.