Óbidos, regalo de bodas

miércoles, 14 de abril de 2010

Al norte de Lisboa, en plena región de Estremadura, descubrimos el pequeño Óbidos, un pueblo cuyo nombre me era tan desconocido como los encantos que escondía. Tan escondidos los tiene que para conocerlos hay que asaltar las murallas de 13 metros de altura que lo rodean a través de alguna de sus puertas. Las viviendas quedan así aisladas intramuros por estas paredes defensivas que construyeron las árabes. Se puede dar la vuelta a Óbidos desde las alturas, con las almenas como barandillas a lo largo de 1 kilómetro y medio.

Desde allí, desde lo alto de alguna de sus torres, se ve que todo el pueblo confluye hacia su castillo, una construcción con historia pues el rey Dinis I lo utilizó como regalo de bodas a su esposa Isabel en 1282 y esta tradición se mantuvo inalterada hasta 1833. Hoy constituye uno de los paradores nacionales más espectaculares de Portugal, y una estancia en él sería sin duda un buen regalo de compromiso.

El recorrido ya sobre tierra transcurre por pequeñas calles empedradas y sinuosas, y la gran cantidad de iglesias revelan que que el fervor religioso es importante en Óbidos; no obstante, su Semana Santa es muy famosa por una procesión nocturna a la luz de las antorchas. Las casas, blancas y relucientes, cubren sus paredes con franjas de colores amarillo o azul, mientras se adornan con variadas flores. Entre ellas, algún bar en el que degustar el popular licor de Ginjinha, hecho a base de cereza.

El ultraje del peaje

domingo, 11 de abril de 2010

Un road trip es una forma divertida, rápida y económica de viajar por un país; sin embargo, en el viaje por Portugal sólo podría estar de acuerdo con la primera de esas premisas, porque los atascos y los peajes imposibilitaron el cumplimiento de las otras dos.

Desde hace unos años, Portugal ha modernizado su red de comunicaciones con autopistas de varios carriles que vertebraban los flujos norte-sur y este-oeste del país. Trasladarse por estas nuevas carreteras es casi obligatorio, pues las antiguas son malas y peligrosas. Lo malo de ello es que por todas ellas hay que pagar un peaje de tránsito, cogiendo un ticket cuyo coste se paga al final, dependiendo de qué salida hayas tomado.

Este peaje, sin importar el trayecto, es carísimo, desorbitado diría yo (está claro de dónde quieren sacar el dinero para financiar las obras); pero es que además provocan unas colas de coches incomprensibles. Vale que estuviéramos en Semana Santa y todos los españoles nos pusiéramos de acuerdo en ir a Portugal. Pero el tardar 40 minutos en recorrer 600 metros para poder pagar es ilógico; una vez que te acercas a la taquilla, vemos que no todas están abiertas y que los taquilleros, por decirlo de alguna forma, no se manejan con mucha prisa. Lo cual mosquea aún más. El tiempo que se gana circulando por las autopistas se pierde intentando pagar por su servicio.

El caso más flagrante fue intentando entrar en Lisboa por el magnífico Puente del 25 de abril. Para cruzarlo en sentido entrada, hay que pagar un peaje ínfimo de algo más de un euro. Pero las colas para pagarlo son interminables. No tiene ningún sentido construir un puente para mejorar la circulación si para poder cruzarlo te llevas media hora. En Portugal, salga con tiempo.

Atasco en la comarcal

miércoles, 7 de abril de 2010

Los madrileños, durante los días laborables, tienen que soportar los terribles embotellamientos que se suceden a todas horas en sus calles; por eso, los fines de semana, aprovechan para desintoxicarse huyendo de la capital... lo único malo es que el hecho de salir todos provoca que un sábado por la mañana pueda haber tanto atasco como cualquier otro día.

Hace poco fui a Patones de Arriba, un pintoresco pueblo del norte, situado en plena montaña, al sur del embalse del Atazar. Nuestro plácido viaje para comer un buen cochinillo en uno de los numerosos restaurantes del pueblo se vio repentinamente alterado porque cientos de madrileños habían pensado exactamente lo mismo que nosotros.

Para acceder a Patones, hay que tomar una estrecha carretera que salva el desnivel de la montaña. Difícilmente pasan dos coches en sentido opuesto, pero sin duda esto fue lo de menos. A poco de llegar, primera dificultad: un coche parado en una curva, tratando de dejar pasar a turismos que se iban y sin saber muy bien porqué no se movía. Pero lo mejor llegó después: a doscientos metros del pueblo, un atasco de coches en doble sentido, todos parados; ¿el motivo? una discusión entre dos individuos que acabó con una luneta trasera rota, una mano ensangrentada y con toneladas de paciencia de los no involucrados. Menos mal que salió el típico a dar fluidez al tráfico (buenísima su frase de "pegaos un poco más", refiriéndose a que orillásemos los coches, pero no demasiado bien aplicada en este contexto). Cuando por fin nos movimos, tocaba estacionar, entre los muchos coches que habían llegado antes que nosotros. Una vez conseguido, sólo queda andar de vuelta al pueblo.

Los coches no pueden entrar en Patones; de hecho, un bolardo impide su entrada. Tampoco cabrían, pues por sus estrechas calles sólo pueden circular sus pocos vecinos. Si consigues llegar a Patones de Arriba, disfrutarás de un pueblo de postal, en plena montaña con todas sus casas construidas al estilo de la Arquitectura negra, edificaciones que utilizan la pizarra como materia prima constructiva. Esto da homogeneidad al pueblo, con calles apacibles, llenas de plantas y empinadas cuestas, de suelo empedrado. El paseo, las vistas y el cochinillo bien merecen la visita, pero eso sí, habrá que procurar ir un día entre semana, cuando el atasco se encuentre en la capital.

Julio Baptista en el mercado

lunes, 5 de abril de 2010

Julio Baptista soñaba con ser un gran futbolista, una estrella del balón como el gran jugador brasileño con el comparte nombre. Pero el camino a la gloria del pequeño Julio se presentaba bastante arduo. El lugar en el que le tocó crecer no era el más propicio para cumplir su anhelo; más bien todo lo contrario.

Julio era un niño de corta edad, que vivía en Chichicastenango, la población gutemalteca donde cada jueves y domingo se celebra un populoso mercado de artesanía, ropa, alimentos y demás enseres. Entre tenderetes de máscaras y y humeantes puestos de mazorcas, Julio, como cualquiera niño de su edad en Chichicastenango, nos recibió con cara de pena, haciendo suyo el clásico "un quetzal amigo", la moneda equivalente a unos pocos céntimos con la pretendía ayudar a su familia. Entre todos, la dulce mirada de Julio nos conmovió, las historias de su familia que su frágil voz contaba nos llegaron dentro, y sus ganas de jugar al fútbol y dejar de pedir en el mercado nos decidieron a comprarle un balón de fútbol. Nos despedimos de Julio contemplando su sonrisa y con la promesa de que el domingo, cuando volviéramos, jugaríamos con él un partido.

Pero la realidad de Julio no es tan sencilla. Los niños como él se ven obligados por sus padres a pedir a los turistas, que abarrotan los puestos del mercado buscando con el regateo que ese producto tan exótico les salga aún unos céntimos más barato; si no llevan nada a casa por la tarde, reciben reprimenda. Por contra, las niñas dejan de ser niñas muy pronto. Su cultura las hace mayores, y enseguida se encargan, ataviadas con los vivos colores de las faldas y mantas de la etnia maya quiché, de cuidar a sus hermanos pequeños portándolos a su espalda; sus caras reflejan tristeza, quizás la pena de una niñez perdida, de ancianas encerradas en un cuerpo de niña.

El domingo regresamos al mercado de Chichicastenango. Entre la multitud buscamos a Julio, con el deseo de no encontrarlo y de que estuviera con sus amigos echando una pachanguita. La masa invadía los puestos, no importaba qué se estuviera vendiendo. Los mayas hacían su agosto vendiendo su artesanía a cambio de unos pocos quetzales, que significa nada para nosotros y tantísimo para ellos. Pero, justo cuando nos íbamos, apareció Julio. Nuestra alegría de que viniera a despedirse se truncó cuando lo primero que nos dijo fue "un quetzal amigo"; le preguntamos por la pelota y nos volvió a pedir dinero. La sensación de rabia fue inevitable; es probable que su padre hubiera revendido el balón a la tienda donde lo compramos para sacar algo de beneficio de un círculo vicioso sin sentido.

Me dio mucha pena la historia de Julio Baptista; muchas veces me pregunto qué habrá sido de él, si su vida habrá cambiado algo, si habrá podido dejar de pedir en la calle, o si por contra él estará haciendo lo mismo con su descendencia. Quien sabe si, la próxima vez que vuelva a Chichicastenango, la pelota de fútbol volverá a estar en la misma tienda donde la compré.

Y de repente... Tikal

lunes, 29 de marzo de 2010

Y de repente, tras muchas, muchas horas de camino por carreteras y caminos sinuosos e incluso peligrosos hacia el norte de Guatemala, tras soportar un intenso aguacero tan habitual por las tardes a estas latitudes, llegamos a Tikal aún sin ser muy conscientes de lo que ello suponía. Alcanzar Tikal es llegar a la cuna de la civilización maya, una referencia obligada para quien quiéra entender una de los pueblos más sorprendentes de la historia de la humanidad.

Tikal fue una de las ciudades mayas más importante de toda la civilización, tanto en extensión como en población (pudo llegar a los 150.ooo habitantes). Rival de la hoy mexicana Calakmul, su esplendor se mantuvó durante 6 siglos hasta su misteriosa decadencia a finales del s. X. En todo ese tiempo, los mayas, jerarquizados en reyes y pueblo, construyeron un tejido urbano lleno de templos, tumbas, observatorios astronómicos (los avances en este campo fueron increiblemente certeros), palacios y residencias de los que hoy en día perviven edificaciones muy destacadas.

El mejor ejemplo es La gran Plaza, un rectángulo jalonado por palacios, una necrópolis y los templos I y II. Viendo las dimensiones de estas escarpadas construcciones de piedra, me maravilla el pensar de lo que fue capaz el hombre de levantar sin apenas medios, y de cómo han resistido el paso del tiempo. Aunque la mano del hombre actual debe ayudar a rescatarlos, pues la selva se ha ido tragando los edificios y los trabajos arqueológicos, como los que se realizan en la Plaza de los 7 templos, se afanan por retirar toda la maleza con que la naturaleza ha ido cubriendolos. A varios kilómetros de allí se eleva el templo IV, cuyos 64 metros constituyen el techo de toda la ciudad. Si puedes subir su empinada escalera sin problemas, la vista te ayudará a comprender qué es de verdad Tikal: un inmenso mar verde, un canopy de vegetación que va más allá de donde alcanza tu mirada del que emergen, salpicados, las partes más altas de los templos mayas. Impresionante.

Pero Tikal no es solo ruinas mayas. Tikal también es selva. La inaccesibilidad de este emplazamiento lo vuelve aún más interesante. Alrededor de los templos sólo hay selva, y por la selva hay que encaminarse para ir de un lugar a otro dentro del parque. Los senderos se ensombrecen ante los altísimos árboles, como la ceiba, el árbol nacional de Guatemala. De repente, unas ramas comienzan a caer sobre nuestras cabezas. Son los monos, que desde las copas dejan a las claras que estamos invadiendo su territorio. Vemos helechos y plantas gigantes con hojas más grandes que nosotros. Hormigas rojas por cuya entrada al hormiguero cabe mi zapato entero, pájaros carpinteros de cabeza roja que repican en los troncos, órugas anaranjadas, toda clase de insectos, serpientes y tarántulas... los grandes mamíferos y el quetzal se han ocultado durante el día. Es la selva de día, pero el vivirla de noche no tiene precio. En la oscuridad los sonidos se intensifican, se oyen monos aulladores y otros ruidos indescriptibles, que asustan al más osado. No hay que tentar a las fieras, que los monos ya nos habían advertido durante el día.

Y la lava la vi

sábado, 20 de marzo de 2010

En Guatemala tuve la ocasión de cumplir uno de lo sueños que perseguía desde pequeño. Fascinado por el espectáculo natural (aunque a veces trágico) de las erupciones volcánicas, tan asiduas en el Etna, siempre me preguntaba cómo sería la lava. Y el volcán Pacaya, al sur de la capital guatemalteca, me brindó esa oportunidad. A pesar de haber estado inactivo durante siglos, sus entrañas explosionaron en 1965 y desde entonces los ríos de lava discurren por sus laderas de manera habitual.

La lava es fascinante, evocadora e hipnotizante. Su presencia se siente mucho antes de verla. Las ondanadas de calor se notan a más de 100 metros de distancia del río. Acercarse mucho a la lengua de fuego es peligroso, pues las rocas de lava fosilizada que se asientan a su orilla en pueden estar tan calientes que pueden derretirse en cualquier momento. Desde una distancia prudencial, y como adormecido por la alta temperatura, te puedes pasar horas viendo el magma externo en su lentísimo fluir ladera abajo. Parece mentira que algo tan bonito pueda resultar tan peligroso, aunque bien es verdad que en una carrera por la supervivencia cualquiera podría ir más rápido y salir vencedor.

El volcán Pacaya es una ascensión asequible. En su primera parte, el camino tiende a subir rodeado de extensa vegetación, entre las que destacan las palmeras llamadas "pacaya" que dan nombre al volcán. Al final, el paisaje se desertiza y surge el gran cono final, siempre humeante y del que brotan las lenguas de lava. Su ascensión es complicada, pues el único lado factible es una empinada cuesta cuyo suelo está formado por infinitas piedras que mientras asciendes 3 metros te obligan a retroceder 2. Una extenuación soportable por el ansia de poder ver el cráter desde el mismo borde, pero la misión debe ser abortada casi en la cima: un horrible hedor a huevos podridos nos indica que las emisiones de azufre han aumentado y la respiración se vuelve peligrosa. Los volcanes son imprevisibles y no hay que hacerles enfadar.

Volvemos camino atrás, desandando por las rocas volcánicas que los visitantes recolocan para formar palabras o mensajes. Nos acompañan durante todo el día dos niños guatemaltecos, que al comienzo de la subida vendían como bastones palos de un metro de altura (fácilmente cogidos de cualquier rama de árbol) por un quetzal (la moneda nacional, equivalente a menos de 10 céntimos) y que ahora en la bajada se obstinaban por recuperarlos; hay que volver a hacer negocio con los próximos soñadores que quieran ver la lava.

El lago más hermoso del mundo

viernes, 19 de marzo de 2010

Se dice del Lago Atitlán que el escritor británico Aldous Huxley (autor de Un mundo sin fin) lo definió en su día como "el lago más hermoso del mundo". Me ha llamado siempre la atención que se destaque esta frase tan poco original, desde mi punto de vista, pues ciertamente, cualquiera que haya divisado el principal lago de Guatemala podría haberla pronunciado.

Su visión constituye uno de los principales reclamos turísticos del país. Quizás, cuando Huxley lo contempló, no se habían construido todavía los hoteles que resalen en las orillas por encima de la frondosa vegetación que rodea a la gran masa de agua. Pero, aún así, la postal que el lago deja impregnada en nuestra retina es tan indescriptible que ninguna fotografía podría captarla en su totalidad.

El lago, a 1500 metros sobre el nivel del mar, tiene un perímetro de unos 130 kilómetros, rodeado por montañas que lo encajonan entre las que destacan 3 volcanes que superan los 3 kilómetros de altitud: Atitlán, Tolimán y San Pedro. Este encerramiento otorga una quietud extrema a sus aguas de un turquesa inigualable pese a alcanzar en algunos puntos una profundidad de hasta 350 metros.

Algunas pequeñas poblaciones se esparcen salpicadas alrededor del lago. Son la base de operaciones para paseos en barco o bicicleta con los que obtener otros puntos de vista de este lugar. Nosotros, desde Panajachel, disfrutamos de un relajante baño en unas aguas sorprendentemente cálidas, sobre las que curiosamente flotaban pedazos de piedras pómez, provenientes quién sabe de dónde.

Fue una pena despedirse tan pronto del Lago Atitlán. Subiendo colina arriba, desde al autobús se hacía imposible no echar la vista atrás y ver cómo las aguas turquesas se iban tornando moradas conforme el sol se iba ocultando, o no asombrarse de cómo el cielo se teñía de un color anaranjado sobre el que resaltaban en negro las siluetas de los volcanes, o no pensar en cuánta razón tenía Aldous Huxley.

Un museo con premio

sábado, 13 de marzo de 2010

Al hilo de los museos de autor, encontramos en Madrid el de Joaquín Sorolla, que a pesar de ser valenciano, realizó una gran parte de su obra en un edificio de Madrid que hoy se ha reutilizado como expositor de su vida y obra.

Todo un premio para nuestros ojos, el poder estudiar a este autor en las propias salas donde compuso su extensa obra. Así, la estancia donde pintaba se conserva con los muebles, caballetes y pinceles que usaba. Los cuadros demuestran un gran apego a su familia (hay incontables imágenes de su mujer e hijos), al naturismo (muchos ejemplos de jardines; aunque también podríamos meter aquí su gran interés por pintar cuadros de playas) y a las costumbres de la época (interesante comprobar cómo iban las mujeres al mar a primeros del siglo XX); pero sobre todo destaca su uso de la luz: sombras, reflejos y rayos de sol dan una sensación de absoluto realismo al lienzo. En este titulado La bata rosa, las franjas de luz hacen creer que de verdad el sol está entrando en la sala a trazos irregulares.

Otro premio es sentirse como en casa. Sorolla tiene muchas reminiscencias andaluzas; y no sólo porqué muchos de sus jardines representan el Alcázar de Sevilla o la Alhambra de Granada. El jardín de la entrada al museo, el patio andaluz de su casa, los zócalos de estilo mudéjar o la cerámica que decora las estancias... una pizca de arte andaluz a muchos kilómetros de distancia.

Pero sin duda el mejor premio es llegar a casa y poder gritar con satisfacción: "Hoy he visitado el museo Sorolla"...

Paralela Cibeles

viernes, 19 de febrero de 2010

Ayer descubrí un universo paralelo al que hasta ahora había conocido. Está claro que sólo mi infinita curiosidad podía llevarme a asistir a algo que no me interesaba para nada como era la Pasarela Cibeles que esta semana se celebra en el IFEMA de Madrid. El show de ayer era de dos jóvenes diseñadores que exponían sus colecciones en la pasarela blanca. Me sorprendió todo lo que rodea a este evento: decenas de periodistas, infinitos focos de luz, cámaras... Camuflados un poco entre el público, vimos los dos pases que apenas duraron... ¿10 minutos? Desde luego me esperaba algo más longevo...

La verdad es que me gustaría que alguien me explicase para qué sirven este tipo de eventos. Porque lo que vimos ayer me pareció realmente vergonzoso. La primera sesión parecía el desfile de la cabalgata del Carnaval de Cádiz: los modelos portaban "disfraces" (o "estilismos", como los llaman los entendidos) que parecían de conejito o de dinosaurio, incluso uno llevaba cosida una churra al pantalón; en el segundo, unas avatares de la moda (por su famélica figura y por su espigada forma de andar) llevaban una especie de funda de ropa transparente y unas faldas tipo hawaiiana que parecían una bolsa de Carrefour recortada en tiras.

Realmente, no le veo el sentido. Porque nadie va a salir a la calle ni a ir a ninguna fiesta (bueno, excepto al Carnaval, supongo) con trajes que te tapan la cara, que son incómodos de llevar, con los que no se puede ni andar, con sombreros a lo pelo de Marge Simpson... ¿Y esto crea tendencia? Porque qué horror a lo que tendemos. Parece que lo que se busca en la moda es el ser original, el inventar algo que nadie ha hecho antes (tipo el arte moderno).... parece que volvemos al "todo vale".

Pero lo que más me llamó la antención es el ambiente que rodea a la moda. Ahí sí que me quedaba en fuera de juego. El público que acude a estos eventos, evidentemente interesado en marcar tendencia, es gente que hace de su imagen un patrón de vida. Preocupados por llevar el pelo más así o más asá, de punta hacia arriba, peinado-despeinado, con combinaciones horterísimas de vestimentas... buscando, nuevamente, el destacar frente a los demás. Un postureo que me recordó mucho a las carreras de caballos. Pero por muy diferente que quieran ser, al final son todos iguales. Todos preocupados su aspecto, todos poniendo poses mientras se hacen fotos, todos embobados viendo a los modelos pasar, comentando en serio los trajes (mientras yo me muero de la risa), ¡incluso tomando notas! (lo que daría por saber qué escribían)... En fin, un universo vacío para lelas y para lelos.

La plaza del pueblo

domingo, 14 de febrero de 2010

Todos los pueblos tienen una plaza (bueno, todos menos Covanera). Y no es un dato irrelevante: la plaza constituye un lugar esencial en la vida de sus ciudadanos. Ya desde antiguo la plaza, otrora llamada ágora o foro, ha sido una constante en todas las civilizaciones, desde los egipcios a los mayas, como el espacio público de encuentro, comercio y discusión.

Hoy en día las plazas siguen cumpliendo esa función. En los pueblos, los viejos se reúnen en la plaza para hablar del tiempo, del fútbol y de a quiénes se han encontrado por el camino. En la plaza se vende, se suele instalar un mercado, y siempre está el bar del pueblo donde echar la partida. En la plaza los niños juegan, las madres gritan a los niños que juegan, los hombres miran a las madres que gritan, y no se sabe muy bien porqué en la plaza siempre suele aparecer el tonto del pueblo haciendo de las suyas.

Será porque en Covanera no hay, pero me suelo fijar mucho en las plazas de los pueblos. Las hay grandes, pequeñas, cuadradas o redondas, porticadas, cerradas o abiertas... pero siempre suelen ser especiales. Hoy no hablaré de las plazas más conocidas de España (la Mayor de Madrid, la de Salamanca), sino de algunas excepcionales de pequeños municipios en los alrededores de Madrid. Seguro que pronto la lista se amplía.

Plaza Mayor de Chinchón, Madrid.
El pueblo de la bebida favorita de las borrachas de Aquí no hay quien viva destaca por su enorme plaza porticada, de geometría totalmente irregular. Casi cerrada en su totalidad por casas de 3 pisos, con paredes blancas y balcones de madera en verde, la plaza ha tenido usos de lo más diversos en la historia: corral de comedias, proclamaciones, ejecuciones públicas, corridas de toros... todo ello con la presencia coronaria de la Iglesia de la Asunción desde lo alto. Un lugar perfecto para zamparse una buena comida o comprar productos típicos, pero no busques heladería porque no la hay.

Plaza Mayor de Riaza, Segovia.
El pequeño pueblo de Riaza tiene una plaza circular, donde por supuesto en las fiestas se celebran las corridas de toros. La plaza no es cerrada, pero todas las casas que la rodean tienen unas característicos soportales, en cuyo techo, como curiosidad, se ven algunos agujeros a través de los cuales los vecinos espiaban quién estaba llamando a su puerta. La plaza es un sitio ideal para tomar algo calentito después de haber esquiado en la cercana estación de La Pinilla, pero eso sí, hay que saber que en el bar te dan colacao pero sólo frío. ¿?


Plaza Mayor de Ocaña, Toledo.
Impresionante espacio casi cuadrado, totalmente cerrado al que se accede por callejones atunelados. Su amplitud y simetría asombran: dos lados con 17 arcos en piedra de medio punto, los otros dos con 18, formando unos soportales llenos de comercios. Casas de 3 pisos perfectamente iguales y el ayuntamiento la jalonan. Su similitud con la Plaza Mayor de Madrid es evidente, aunque esta fuera construida un siglo después.

Un día en Alcalá

miércoles, 10 de febrero de 2010

Si alguien viniera de visita a Madrid, le ofrecería un plan de día completo en Alcalá de Henares, la ciudad patrimonio de la humanidad que apenas dista 20 minutos de la capital. Un lugar de cultura, turismo y vida, en el que las 24 horas se pueden quedar cortas.

Se deja el coche en el aparcamiento ubicado en el interior del recinto amurallado, donde cada año, por el puente de los difuntos, se representa la obra de Don Juan Tenorio. Desde allí, en pleno centro, ya destaca la Catedral de los Santos Justo y Pastor con su esbelta torre. De la misma plaza surge la calle Mayor, la calle soportalada más larga de España donde se ubica la casa natal del más ilustre alcalaíno, Miguel de Cervantes, convertida en un museo.

Es la hora de comer, y nos encontramos en el mejor lugar posible. La calle Mayor es famosa por sus terracitas, donde, al igual que en Granada, la tapa se sirve gratis junto con la bebida. Al final de la calle nos encontramos con la inmensa Plaza de Cervantes, lugar espacioso y tranquilo que aloja al Ayuntamiento de la ciudad.

En la misma plaza tenemos la posibilidad de subir a la Torre de Santa María, desde cuya cumbre se obtiene una panorámica de la ciudad y de sus innumerables torres, tantas que uno se pierde a la hora de distinguir ya los que es un convento de un colegio u otra cosa.

Queda lo mejor de la visita. Alcalá es famosa por su Universidad, originalmente la "complutense" (nombre romano de Alcalá) y muy importante por ser la primera fundada en España, por el Cardenal Cisneros. De hecho, el ambiente universitario se nota en sus calles, llenas de jóvenes que por estas fechas sólo hablan de los exámenes parciales. Impresionan su fachada y los patios interiores. Justo al lado de la plaza de la universidad hay un convento donde las monjas venden las típicas almendras garrapiñadas de Alcalá. Por supuesto que no lo pude resistir.

Si aún nos quedan fuerzas, se puede uno perder por las calles alcalaínas donde encontrará palacios, escudos, conventos y más conventos, colegios y facultades, e incluso algún ser extraño como el Torito Bravo.

Por la noche, un buen plan es ir al Corral de Comedias, en la misma plaza de Cervantes, uno de los teatros más antiguos de España donde aún, cada fin de semana, se celebran representaciones. Aunque no menos bueno es irse de bares y pubs, llenos de universitarios, que aguantan hasta las tantas. Y no digo cómo me enteré de esto.

La catedral a su gusto

sábado, 6 de febrero de 2010

Al norte de Gran Canaria, tras una sinuosa carretera que recorre un valle, se alza de repente, ante los atónitos ojos de cualquier lince, una estructura de color grisácea que contrasta en tamaño y color con las pequeñas casas blancas características de las islas. Al aproximarnos más, descubrimos que la construcción es en verdad una catedral, inmensa y recargada, que poco pega en el paisaje que la circunda. Una razón más para acercarnos a conocerla.

Estamos en Arucas, una población isleña pequeña, más conocida por ser la catedral del Ron de caña Arehucas. Pero no era la fábrica la que estábamos viendo. La Catedral de Arucas destaca primero por su color, grisáceo tirando a negro, dado que para su construcción se ha usado roca volcánica tan presente en Canarias. Por otro lado, es muy grande para un poblado tan chico. Pero lo más sorprendente es su estilo arquitectónico, con rosetones, agujas recargadas de 60 metros de alto y estirados ventanales. Un edificio gótico en toda regla que se empezó a construir... en el año 1909.

Por ello se define como neogótica, pero no importa, si Arucas quería una catedral, están en su derecho de construirla como quieran. Es más, en verdad la catedral no es tal; se llama Iglesia de San Juan Bautista, pero a los aruquenses les gusta presumir de su "Catedral de Arucas". Un edificio a su gusto y, desde luego, con gusto.

¡Qué planazo!

martes, 2 de febrero de 2010

Irte con tus compis de promo a las Canarias y sin saber que justo coincidía con el inicio de los Carnavales es un superplan. Pero volverte y pasártelo de lujo sin ni siquiera haber pisado el mogollón de las fiestas es auténticamente un planazo.

Por los que fuimos, Isra el sultán, Jaime obsesionado con estar siempre cerca de un sanitario, Mónica la chatunga que aguantó estoicamente rodeada de hombres, Jonay el rey del asaderito, y un Lince al que le cambia la cara de color de la mañana a la noche. Por los que nos encontramos, Álvar rompecorazones, Juan Carlos asiduo del Hooters y Aurelio el Ironman. Y por todas las personas que conocimos y que, sin apenas conocernos, nos trataron como en casa. Las literales 48 horas en Gran Canaria han sido espléndidas.

En 48 horas te da tiempo a hacer mucho y dormir poco. Da tiempo a conocer el ambiente nocturno de Las Palmas y a contemplar el amanecer desde una privilegiada terraza en la Playa de las Canteras. A tomar una bandeja de churros tamaño XL y a escuchar blasfemias acerca de ronquidos inventados. A conocer Arucas y a tomar un asaderito canario con una espectacular vista del mar. A asistir a una cena con desconocidos que te invitan y a tomar el riquísimo ron Arehucas canario para hacer cierto el himno "Borracho hasta el amanecer".

También se puede comer hamburguesas al más puro estilo americano y bailar el pollo rodeado de pivones. Ir a la Playa del inglés para pegarse un bañito en enero y pasear por las desérticas dunas de Maspalomas. Ir a conocer la torre y el centro de control de Canarias y disfrutar de la felicidad de los conocidos que el día anterior eran desconocidos. Y dar un paseo nocturno por el paseo marítimo de Las Palmas y acabar cenando rica comida canaria en una terraza junto al mar.

Un fin de semana reconfortante en todos los sentidos. Un planazo que habrá que repetir. Lo mismo la próxima hasta vamos al Carnaval.

Si las bicicletas hablaran

viernes, 29 de enero de 2010

Si las bicis hablaran, se sorprenderían de cómo una ciudad como Madrid, a la cabeza en vanguardia para muchas cosas, las tiene completamente olvidadas en su red de comunicaciones; las bicis se quejarían de tener que ir por unas aceras estrechas, esquivando peatones, por el miedo a circular por unas calzadas repletas de coches en su doble vertiente: parados en un atasco o a velocidad endiablada; y llorarían por la incomprensión de conductores que les pitan, les aparcan en doble fila o les abren la puerta del coche sin mirar si viene alguna.

Justo ayer recorrí los 12 kilómetros que separan mi casa de la Puerta del Sol, un recorrido en exclusividad por la calle Alcalá (la más larga de la ciudad) que se tradujo en una terrorífica experiencia de riesgo: ni por la acera ni por la calzada, soportando pitidos, Alonsitos, atascos, taxistas... el ciclista no cuenta nada en Madrid. Realmente, acudía a un evento que pretende conseguir lo contrario: todos los jueves finales de cada mes, a las 8 de la tarde, se reunen de manera no oficial en la Plaza de Cibeles todos aquellos ciclistas que lo deseen para dar un paseo conjunto por Madrid. Es la conocida como Bici crítica.

Al llegar a Cibeles me sorprendí de la gran masa de ciclos presentes: podría haber más de mil personas congregadas. Y enseguida empezó el recorrido, un itinerario de unos 10 kilómetros que cada mes varía según van decidiendo los que van en cabeza, los veteranos de este movimiento que ha cumplido ya 5 años de vida. El ambiente es festivo, y el pelotón ocupa toda la calzada por lo que impide el paso de coches. Así, hicimos un tranquilo paseo, ya sin miedo a ser atropellados por nadie, de casi dos horas de duración por las principales calles del centro, pasando junto a la Puerta de Alcalá, las torres de Colón, el Palacio Real, la Puerta de Toledo, Atocha y de nuevo Cibeles.

La concentración carece de normas, aunque se suele respetar a los peatones que tienen que cruzar la calle. No así a los vehículos motorizados: en los cruces, algunos ciclistas taponan a los vehículos para que no pasen y la bici crítica permanezca compacta. En el gran pelotón se ve de todo: monociclos, bicis antiguas de estas altísimas, tandems, gente en patines o monopatín, incluso un ciclista con un remolque que va llevando un hilo musical un poco esperpéntico pero bastante animado. Es muy curioso observar las reacciones de la gente al ver una concentración de bicis por las calles de Madrid ocupando tanto espacio: los incrédulos, los que se enfadan, y los que están encantados, como la señora mayor que, loca de contenta, se acercó para darme las gracias por esa gran idea de salir todos en bici, algo que ella ya no podía hacer.

¿Necesita Madrid una red de carriles bici? Es más, ¿sería factible? Es cierto que las distancias en la capital son tan enormísimas que el coche se hace imprescindible para los desplazamientos. Pero Madrid debe estar a la altura de las grandes ciudades europeas, que están apostando por integrar las bicicletas en el trazado urbano como un complemento a la red de transportes. El transporte público en Madrid es la envidia de muchas ciudades (el metro, quizás el mejor del mundo), pero debería dar más importancia a este medio tan ecológico. Muchos dicen que no hay hueco, pero también se decía de Sevilla y se ha conseguido. Las bicis ya han hablado, ahora le toca el turno a los políticos.

Clase de arte

domingo, 24 de enero de 2010

Tenía ciertos reparos a la hora de ir a conocer el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, ya fuera por lo repipi del nombre o por todas las implicaciones de lujo y fama que rodean a la familia de Tita Cervera. Pero la verdad es que, dejando al margen el lado rosa, me alegro mucho de haberme comido mis prejuicios porque la visita es, sencillamente, imprescindible.

Esta acaudalada familia ha apostado por invertir su fortuna en el coleccionismo de obras de arte, que ahora queda expuesto a pocos metros del Museo del Prado. Pero, a diferencia de este, el Thyssen está organizado de una manera cronológica, es decir, esta familia tiene tantísimo dinero que ha sido capaz de recopilar cuadros que van desde la pintura medieval del siglo XIV hasta los más modernos del Por Art del siglo pasado, pasando por todos los estilos y escuelas de la historia.

Así, ir al Thyssen es como acudir a una clase práctica de Historia del Arte. Con la audioguía al oido me fui enterando de toda la evolución del arte, claramente ejemplificada en la colección. Del teocentrismo al humanismo, de la pintura burguesa a la popular, del policromismo al tenebrismo, de Tintoretto a Van Gogh, del rococó al cubismo, de los patrones al individualismo... los progresos de las técnicas artísticas resumidas en 3 plantas. En ninguna clase teórica aprendí tanto como en este museo.

Además, por esta época el Thyssen (conjuntamente con la Fundación Caja Madrid) acoge la exposición temporal Las lágrimas de Eros, que nuevamente está organizada de una manera que considero muy acertada: se elige un tema genérico, en esta ocasión la relación del amor y la muerte en el arte, y se exponen obras de épocas y estilos diferentes sobre ese tema. Es muy ilustrativo porque da a entender de qué variada forma se puede expresar lo mismo, y se observa también la evolución del arte. No sé muy bien qué pinta el vídeo de Beckham echándose una siesta, pero todo lo demás de la exposición me pareció realmente interesante.