El Monasterio de San Lorenzo del Escorial es uno de los monumentos más sorprendentes que he visto. Su grandiosidad salta a la vista, comparándolo sobre todo con el pequeño municipio de San Lorenzo que lo acompaña en su ubicación y resaltada desde el mirador que subiendo por la calle Presa se encuentra en las faldas del Monte Abantos. Desde esta privilegiada posición, en plena Sierra de Guadarrama, el monasterio domina el horizonte, quedando a lo lejos Madrid y la silueta de sus torres.
Los 60 kilómetros que lo separan de la capital, un suspiro de trayecto en coche, se tradujeron en 8 días de paseo en silla elevada (muy al estilo de Abraracúrcix) para el rey Felipe II, principal propulsor de la idea de construir un palacio real cerca de la villa de Madrid en el que la familia del monarca pudiera habitar 3 de los 12 meses del año (al parecer, cada estación la pasaban en uno de los 4 sitios reales que hay desperdigados por el país). Su construcción se justificó como un homenaje a la victoria en la Batalla de San Quintín, el 10 de agosto de 1557, precisamente el día de San Lorenzo. El patrón de Huesca está definitivamente ligado al edificio: su muerte quemado en una parrilla se refleja simbólicamente por todos los rincones del monasterio; el cuadrado rayado con el asa es su logotipo, y hasta la estructura del mismo recuerda a una parrilla dada la vuelta (en las 4 esquinas hay unas torres, y el asa de la parrilla sería los aposentos reales que sobresalen de la base cuadrada del edificio).
Lo primero que se visita son las estancias reales, los lugares donde el monarca y su familia pasaban los días. No dejaba de ser una vida aburrida y monótona. Las habitaciones estaban separadas (incluso las del rey y la reina), rodeando la basílica para escuchar la misa desde una ventana y no tener que bajar a la iglesia; a los niños sólo los podían ver en una sala donde daban paseos y leían unos mapas; y, en el comedor, los monarcas no hacían ningún esfuerzo: nada más sentarse, su séquito se ponía manos a la obra, y, para el colmo de la vagueza, les metían los cubiertos con los alimentos en la boca para que los reyes no hiciesen ningún esfuerzo.
El palacio, de suma austeridad para ser real, copa sus paredes con cuadros de los Austrias, hasta que la dinastía desapareció (cosa lógica, pues se casaban entre parientes; al ver la sucuesión de los cuadros se nota en sus caras una cierta degradación con el paso de las generaciones, y el último, Carlos II, murió sin descendencia y con un aspecto físico no muy digno de rey). También se visitan la Biblioteca, un magnífico templo del saber con una cúpula que recuerda a la de la Capilla Sixtina; los jardines, las salas capitulares y la iglesia, aunque estos días estaba de reforma.
Pero sin duda lo que más me llamó la atención fue el panteón funerario de todos los Reyes de España. No sabía que todos los cuerpos yacientes de los monarcas españoles y de sus cónyuges, desde el primero de los Austrias hasta el último de los Borbones que ha fallecido, se encontraban en los bajos del monasterio. Este lugar, de una belleza extrema, fue construido por Felipe II para honrar a su padre Carlos I (el de la cantinela de "Carlos I de España y V de Alemania"). El lugar asombra a todo el que lo visita: una sala cilíndrica, con 26 huecos donde reposan veintiséis sarcófagos de oro y mármol negro sostenidos sobre garras de león en bronce. Allí sólo está permitodo el descanso para las personas que han reinado la nación. Reposan, en un lado de la sala, las tumbas de los reyes (y de la única reina, Isabel II); y justo enfrente, las de sus esposas (y el marido de Isabel). No todas están ocupadas: antes de reposar para siempre en el panteón, los reyes pasan de 30 a 40 años en el "Pudridero", donde se van descomponiendo; allí se encuentran aún Victoria de Battember, don Juan de Borbón y Doña María de las Mercedes. Cuando pasen al Panteón, aún quedarán dos huecos para Don Juan Carlos y Doña Sofía; lo que pase en el futuro (si habrá más reyes, si no los habrá, dónde se ubicarán sus cuerpos), es aún una incógnita. Pero aún quedan muchos años para ello.
Al margen de los monarcas, el subsuelo del Monasterio es un pequeño cementerio de los cuerpos de sus familiares y allegados. Impresiona sobremanera el panteón en forma de tarta de comunión, de todos los infantes muertos de pequeños. Nunca imaginé que el monasterio pudiera albergar tanta tumba, supongo que por eso también le dieron forma de parrilla.
Fiambres a la parrilla
lunes, 25 de mayo de 2009
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Los monos se vistieron de seda
martes, 19 de mayo de 2009
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Ver lo invisible
miércoles, 13 de mayo de 2009
La astronomía. Siempre me ha gustado mirar al cielo, ver las estrellas, preguntarme la distancia a la que están, o si la luz que estamos viendo es la de una estrella viva o muerta, si eso tan grande será un planeta, qué habrá ahí fuera que no vemos, o cómo puedo verlas si están tan lejos... Son tantas las preguntas y a veces tan pocas las respuestas. Eso es quizás lo que haga de la astronomía una ciencia tan interesante. Un par de visitas a dos observatorios astronómicos me han hecho acrecentar la admiración por el cielo.
Observatorio astronómico de Cantabria, Valderredible. Situado en medio de la nada, justo en la frontera entre Burgos y Cantabria, en lo alto de la gran llanura del páramo de la Lora. Alejado de toda luz artificial, es un lugar ideal para la observación de cuerpos celestes. Nada interfiere entre tus ojos y el cielo. El observatorio organiza visitas gratuitas, nocturnas y, para mi sorpresa, diurnas. Nuestra visita era a las cinco de la tarde y su experto personal nos dio la oportunidad de comprobar que las cosas están ahí aunque no las veamos.
Nos subieron a la segunda planta del observatorio donde una gran cúpula de 4 metros de diámetro coronaba la sala. En medio, un gigantesco telescopio al que se accedía por unas escaleras demandaba nuestra atención. Antes de poder utilizarlo, una de las personas del centro nos estuvo explicando algunos conceptos básicos de la astronomía. Pero enseguida pasamos a la acción. Nuestro guía puso una lente de 10 cm y nos dijo que nos preparásemos para ver el sol. Siempre es peligroso dirigir los ojos al astro rey, pero eso colocó un filtro a través del cual obervamos una especie de ostia consagrada de una redondez perfecta. A continuación, un nuevo filtro rojo que nos desveló algunos secretos que nuestro sol esconde: tiene unas manchas que corresponden a zonas frías que no mantienen la temperatura global de la estrella (aunque me gustaría saber a qué se llama "fría" en un astro que está a 5.000 grados de temperatura), y de su perímetro se desprendían unos hilillos, correspondientes a protuberancias en su forma. Después, una lente más ancha, de 40 cm, nos permitió llegar más lejos (a 25 años luz) para divisar Vega, una de las estrellas más cercanas al sistema solar. Se trata de una de las objetos más brillantes del cielo, aunque nunca imaginé que podría llegar a verla en pleno día.
Observatorio astronómico de Cardeña, Córdoba. En el paraje natural de la Sierra de Montoro y Cardeña, el pequeño municipio que da nombre al parque tiene, en su parte más elevada, un observatorio referencia en Andalucía. A pesar de no estar totalmente aislado, no existen grandes núcleos de población cerca luego las observaciones son excelentes. En esta ocasión la visita fue nocturna, junto con uno de los grupos de escolares de las Aulas Viajeras de la Junta, aunque me comentaron que también está abierto al público en general para visitas puntuales.
Lo más llamativo de la visita fue que, gracias a la buena temperatura, pudimos subir a una azotea desde la que el guía en cuestión nos estuvo explicando las principales constelaciones del cielo. Para ello, utilizó un puntero láser especial, de una potencia específica para este uso, pues su rayo verde llegaba tan lejos que tocaba los puntos brillantes del firmamento. El guía me comentó que para poder usar esta herramienta hay que tener un permiso especial, pues apuntar a los ojos con él puede ser bastante peligroso. Acto seguido, nos metimos en la cúpula que alberga el telescopio y, tras mostranos las Pléyades, nos dio la sorpresa de enfocar a Saturno. Fue una sensación muy especial ver otro planeta, no en foto ni en la televisón, sino allí, en vivo y en directo. De color blanquecino con un filtro especial, se observaban perfectamente sus anillos, y unos puntos negros que, según nos dijeron, correspondían a las sombras que dejaban sus lunas. Tan lejos y tan cerca. Algo que está a millones de kilómetros de distancia visto a golpe de telescopio. Impresionante.
Observar el firmamento es un lujo gratuito del que las grandes ciudades nos han privado. Por eso, estas visitas son tan especiales. Aunque no podré evitar siempre que pueda tumbarme en el campo una noche bien abrigadito a ver qué nuevo espectáculo me brinda el cielo.
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En busca del templo perdido
domingo, 10 de mayo de 2009
En algún lugar del Valle de Manzanedo, al norte de la provincia de Burgos, existe un lugar enigmático escondido en la ladera de una de sus montañas, un marco incomparable para cualquier explorador ávido de aventuras. Desde la angosta carretera paralela al río Ebro, a la altura del salto de agua de Rioseco, unas piedras que se entreven entre la maleza nos dan la pista definitiva: parece que hemos acertado.
Tras aparcar el coche, seguimos un sendero que asciende el cual nos conduce, tras unos cuantos metros, a un muro ruinoso llenos de zarzas con una oquedad que nos sugiere ser la entrada. La suerte está echada. ¿Qué habrá detrás? La curiosidad nos puede y no dudamos en penetrar por esa puerta a pesar de que la naturaleza parezca querer evitarlo.Tras sortear los pinchos, nos encontramos un paisaje desolador. Una especie de casa demolida, de dos plantas, con las vigas caidas, una gruesa columna en buen estado y algún arco. Una escalera alimenta las tentaciones de subir arriba, pero el mal estado del techo desaconsejan tal locura. Mejor contarlo desde abajo.
Seguimos andando y observamos otro muro, con una entrada en forma de arco llena, cómo no, de arbustos y ramas. Pero, al fondo, algo vuelve a hacer resurgir la curiosidad por este enigmático lugar. Se divisa el campanario de lo que sería una iglesa, de varios arcos y, desde luego, muy muy alto para estar en un sitio como este. No cabe duda, hay que traspasar esta nueva puerta.Y, a partir de entonces, la aventura cobra un nuevo color. El nuevo espacio en el que nos encontramos nos confirma que debemos estar en un lugar religioso abandonado, de mucha importancia. Llegamos a una especie de plaza cuadrada, rodeada de arcos de altura colosal unidos entre sí en dos plantas. La mayoría se conservan muy bien, aunque pasar debajo de alguno daba bastante respeto. La forma de este lugar nos recuerda, evidentemente, a los claustros de los monasterios.
Entre más y más arbustos, encontramos una puerta de madera abierta de par en par. Hay que entrar ahí como sea. Y, nada más traspasar la entrada, nos dimos cuenta de que la aventura había merecido la pena. De repente, y de forma totalmente inesperada, nos encontramos dentro de un inmenso templo, el típico de cruz latina con 2 naves laterales y una central. ¿Quién hubiera podido imaginar que algo así podría estar allí, alejado de todo y oculto entre el bosque? El ambiente era de lo más enigmático. Por las ventanas, la luz entraba tenue y daba más misterio a nuestra exploración. La iglesia estaba en ruinas, conservando su estructura pero con grandes bloques de piedra esparcidos por el suelo. Son momentos en los que te sientes como Indiana Jones descubriendo algo que poca gente conoce. No podía evitar pensar en algún tesoro escondido.
En nuestro paseo vimos el altar, marcos colgados de la pared sin cuadros que mostrar, vidrieras rotas, una escalera que bajaba a lo que parecían ser unas catacumbas, y otra oscura de caracol que ascendía a una torre. Desde arriba, bosque y más bosque. Estábamos solo por allí. Pero ningún tesoro a la vista (no sé si oculto). Ni lo más recóndito se libra del expolio. Aunque el lugar en sí es un tesoro, y haberlo encontrado te llena de satisfacción.
Todo este misterio tiene una buena explicación. El conjunto se denomina Monasterio de Santa María de Rioseco y data del s. XIII; durante años fue un foco de riqueza para la zona norte de la provincia, pero la decadencia tras la conquista de los franceses y la desamortización de Mendizábal en 1835 hizo que se abandonara poco a poco hasta su desuso total en la década de 1960. Desde entonces, el lugar ha quedado abandonado sin proyecto alguno de reforma o reutilización, para el libre uso de ilusionados Indianas en busca de aventuras.
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Lo nunca visto
miércoles, 6 de mayo de 2009
Sevilla es una ciudad especial para muchas cosas; todos los acontecimientos se suelen vivir con mucha intensidad, y por supuesto la inauguración de un transporte público tan costoso como el metro no podía ser menos. La solución para muchos de las congestiones de tráfico en el centro y periferia de la ciudad ha tenido una acogida masiva y, desde los ojos de un lince viajero, ha dado lugar a situaciones nunca vistas.
Ha sido el proyecto más esperado. De hecho, nunca había visto que se tardasen más de 30 años en terminar la primera línea, desde la idea inicial de los años setenta a los parones por las supuestas críticas condiciones del subsuelo sevillano (repleto de agua... como si no hubiera islas con líneas y líneas de metro subterráneo). La reactivación de la iniciativa en 1999 vivió un retraso tras otro hasta su inauguración oficial hace justo un mes. Eso sí, con 5 de las 22 estaciones cerradas.
Ha sido el proyecto más accidentado. De hecho, nunca había visto tantas y tantas incidencias desde los rallies de Carlos Sainz. Una tuneladora que pierde aceite, los túneles que se desvían unos metros de su trazado original, una viga que se desploma sobre la SE-30 y el colmo unos días antes de la supuesta puesta en marcha: un quiosco que es engullido de repente creando un socavón de 6 metros en la Puerta de Jerez.
Ha sido el proyecto con mejor acogida. De hecho, nunca había visto que, en sus primeros días, los usuarios de las paradas intermedias no se pudieran subir al vagón porque la gente no se bajaba en ninguna estación: cogían el metro en las cabeceras y de ahí no se apeaban hasta que volvían a su casa. El recorrido completo ida y vuelta. Ir de excursión al metro. Las colas para entrar, en los días de Semana Santa, salían de la estación y daban la vuelta a todo el edificio. Ni Madonna había creado tanta expectación.
Ha sido el proyecto que más ha dado que hablar. De hecho, nunca había visto tanta disparidad de criterios: que si nadie entiende cómo se saca el billete, que si no hay bancos en las estaciones, que si es muy moderno y limpio, que si las mamparas de seguridad son un acierto, que si el vagón es muy chico, que si los diseños de Vittorio y Luchino de los asientos son una pasada, que si va muy lento, que si las estaciones están muy lejos... El caso es hablar de él. Pero todos lo han cogido.
Ha sido el proyecto más peculiar. De hecho, nunca había visto situaciones como la del otro día volviendo de la Feria, cuando el tren repleto se detuvo unos metros después de arrancar en Blas Infante. El conductor, micrófono en mano, soltó una parrafada que no podía haber ocurrido en ningún otro lugar del mundo: "A vé, er grasioso que haya tirao de la palanca de emergensia, que la vuerva a poné en su sitio; ¡o de aquí no nos movemo hasta mañana!". No pude evitar una sonrisa. Primero, porque en ningún momento pensó que a lo mejor se tiró de la palanca porque hubiera una emergencia de verdad. Y luego, por la formalidad del protocolo de actuación: ni advertir que eso es una falta grave, ni amenazar con que venga la seguridad... todo muy de andar por casa. Inigualable.
Pero, sea lo que fuere, el metro ya está aquí para el disfrute de todos. Y que dure.
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Para Paracuellos
miércoles, 29 de abril de 2009
Unos intrépidos estudiantes de SENASA habían intentado sin éxito en varias ocasiones alcanzar las enormes bolas blancas de radar próximas al mirador de Paracuellos del Jarama, pueblo situado sobre una colina al pie del aeropuerto de Barajas. Las malas condiciones atmosféricas, unas veces por baja visibilidad, otras por una gélida temperatura cercana al punto de rocío, habían convertido en frustradas todas sus aproximaciones para alcanzar el elevado lugar desde el que observar sus aviones favoritos. Pero como la perseverancia es una virtud, estos estudiantes consiguieron su objetivo en un día de esos de "sol y moscas".
Felices y bien preparados, nuestros aspirantes a controladores metieron motor en su coche con un motero como número dos siguiendo al tránsito a la vista, y enfilaron juntos la avenida principal del pueblo de Barajas, que parece tener fin cuando se topa con las vallas del aeropuerto. Pero no, un camino secreto en forma de túnel se abre por debajo de las pistas y vertebra las entrañas del aeropuerto. Tras varios kilómetros de oscuridad, pudieron notificar pistas libres y de repente aumentó la visibilidad a más de 10 kilómetros. Ante ellos se alzaba la cuesta de Paracuellos, curvas ilimitadas en un circuito a izquierda y derecha que desembocaba en la entrada al pueblo. Tras alguna órbita, viraron derecha por la Avenida del Radar y encontraron una urbanización con calles pero sin casas. Ese era su destino. Dejaron los vehículos lo más cerca que pudieron del acantilado y recorrieron andando por tierra los últimos pies que los separaban del borde del precipicio.Bajo sus pies se alzaba el aeropuerto de Barajas, el más grande de España y uno de los más concurridos del mundo. Desde esa privilegiada posición se podían distinguir sus 4 pistas, dos paralelas para aterrizar y otras 2 para despegar; sus 4 torres de control, su laberíntico entramado de calles de rodaje y sus edificiones terminales (el combinado de las T1, T2 y T3, y los dos separados de las modernas T4 y T4S); al fondo de la estampa, la ciudad de Madrid, con la inconfundible silueta de las míticas 4 torres. Y, por supuesto, un avión tras otro sin parar para llenar de movimiento la espectacular imagen que se captaba.
El espectáculo estaba servido. Un improvisado mirador, la compañía de unas cervecitas, unos prismáticos para hacerlo todo más cercano y unos receptores de alta frecuencia que permitían cotillear todo lo que se estaba cociendo. Con estos walkies especiales, bien sintonizados, se pueden oir las conversaciones que mantienen pilotos y controladores en su quehacer diario. Pero con cuidado, porque si bien la escucha pasiva está permitida, la transmisión ilegal es un delito (menos mal porque se podría liar parda). De esta forma, pusieron sonido a la película muda que se proyectaba ante sus ojos. De no ser por ellos, no habrían comprendido que la anormal configuración del aeropuerto (las aeronaves venían del norte) estaba provocando retrasos de hasta media hora; o que una bandada de pájaros era el motivo por el que un avión alineado en pista tardaba demasiado en salir.
Lo mejor es que, a estas alturas, estas conversaciones ya resultan normales, y, lo que es más extraño, hasta coherentes. Cifras, letras, matrículas, Ecos y Charlis, todos unidos formando complicados trabalenguas bilingües; enemigos imposibles hace poco y ahora compañeros de una vida. Y entre gigantes Boeings 777 y pequeños Embraers se fue la tarde en un plis. Rodadura terminada.
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Un poquito de laurel
lunes, 20 de abril de 2009
El laurel, esa planta aromática que condimenta nuestros guisos y que los emperadores romanos utilizaban illo tempore como símbolo de la victoria, adquiere connotaciones especiales en boca de los logroñeses. Pero no precisamente por el sabor que desprende en algún plato de la gastronomía local; "Laurel" es el nombre de la calle más populosa, conocida y atrayente de la ciudad de Logroño.
La Laurel es una estrecha calle que tiene la particularidad de contar con más de 50 bares en los que se pueden degustar vinos (de Rioja, por supuesto) y tapas o pinchos. Es costumbre entre los vecinos de Logroño acudir en masa a las horas de comer y de cenar para tapear de bar en bar y reunirse con amigos o conocidos. La particularidad es que cada bar se ha especializado en un pincho o dos que se muestran rodeados de todos los demás tras las cristaleras de las barras de los bares. El pincho y la copita de Rioja forman un hábito inevitable que se repite en cada una de las paradas de esta ruta de bares. De hecho, la conocen como "La senda de los elefantes" por la trompa que se suele coger antes de volver a casa.
En pleno centro de la urbe, nuestros primeros pasos no se encaminaron a la catedral o al paseo del Ebro; la hora a la que llegamos (una y media de la tarde) nos hizo decantarnos sin dubitar demasiado a la irresistible tentación de la Laurel. Entre una ingente masa de gente, nos dirigimos a un bar, otro y otro, y en todos la escena se repetía. Bebida y el pincho de la casa. Así, fuimos probando sepias, gambas fritas, setas, zapatillas de jamón, huevos rotos y "wonderbras". Una tapa en cada bar y a buscar otro. Y lo mejor es que el precio era de lo más asequible: no más de dos euros y medio el conjunto (bebida y tapa). Entre vinos y jotas que nos cantó algún lugareño, la diversión era cada vez mayor. Y, por culpa de la ley no escrita que dictamina que hay que acabar en número impar, terminamos conociendo hasta 7 bares de la calle.Tapear es todo un arte. Pero está claro que si es con un poquito de laurel, mucho mejor.
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Aterrizar desde fuera
jueves, 16 de abril de 2009
El auténtico control aéreo se visualiza desde la torre de control de los aeropuertos. En los centros las aviones se reducen a simples puntos de varios colores que pululan por las azules pantallas de las posiciones UCS. Tras las cristaleras de las torres, los puntos se transforman en aviones de chapa y metal, y sus movimientos, simulados en las pantallas, se tornan reales en el aire.
Tuve la suerte de poder visitar la Torre del aeropuerto de Asturias, el más septentrional de España, ubicado en Ranón (que también es el más alejado de su capital de toda España, nada menos que a 50 kilómetros de Oviedo). Aprovechando el día despejado, los aviones que llamaban por frecuencia para aterrizar se podían buscar en el cielo y desde la lejanía se divisiban pequeños puntos a los que poco a poco les crecían alas, ventanas y les salía un tren de aterrizaje de la panza. Parece mentira cómo, hace varios meses, me resultaban incomprensibles las comunicaciones aeronáuticas, y cómo, ahora, alcanzaba a entender las autorizaciones, las incidencias, las peticiones, y toda la parafernalia que rodea a este trabajo: los cruces de pista de coches para revisar algo (más habitual de lo que creía), el encender las luces del aeropuerto a la intensidad adecuada (para no molestar a los pilotos), el meter en el ordenador los planes de vuelo de forma correcta y la importancia de preactivarlos en el momento adecuado (para que durante todo su trayecto pueda ser vigilado por los siguientes compañeros)...El despegue y la llegada de un avión son los momentos más emocionantes. Comprobar cómo se eleva sobre las alturas apenas a media pista (desde dentro parece que tarda muchísimo más) y cómo enfila el aterrizaje desde tan lejos descendiendo gradualmente hasta posarse como un pájaro sobre el asfalto de la pista. Y es curioso cómo cambian los conceptos cuando te situas desde fuera. Si uno llega de sus vacaciones, cuando las ruedas del avión tocan tierra parece que ya todo acaba; pero desde el fanal me di cuenta de todo el trabajo extra que ello conlleva. Desde ese momento, un coche de color amarillo chillón ya esta esperando para guiar a la aeronave al estacionamiento adecuado. Cuando llega, del vehículo sale un operario vestido del mismo color hortera con dos luces para avisar al piloto de cuándo tiene que frenar, al tiempo que otra persona ya está preparada para ponerle un calzo a las ruedas delanteras. Mientras esto ocurre, una camioncito con varios remolques ya rodea al avión preparándose para empezar a transportar maletas, y una pasarela telescópica se va acercando poco a poco a la puerta delantera para que salgan por allí los pasajeros. Todo perfectamente coordinado.
La visita a la torre fue muy interesante y aprendí mucho, pero aún me quedaba otra sorpresa. La conductora del coche amarillo aceptó darme una vuelta por todo el aeropuerto. Nervioso y animado, corrí raudo en su búsqueda y, a ras de pista, guiamos a un par de aviones hasta su aparcamiento correspondiente. En un momento de tranquilidad, nos metimos en la pista (previo permiso del controlador, claro) y me resultó impresionantemente ancha (45 metros). Allí aceleró y la recorrimos a toda velocidad ida y vuelta. Después de eso, un avión más en su sitio y dimos una vuelta por la perimetral del aeropuerto, que es una carretera que lo bordea por dentro de las vallas de protección. En 7 minutos (son varios kilómetros de camino) vi de cerca el ILS, el VOR/DME (que son los radares que guían a los pilotos en sus trayectorias) y las luces de aproximación, esos conceptos teóricos que tanto usamos en clase y a los que pocas veces les das forma. Terminado el paseo, vuelta a la torre después de una novedosa experiencia.
Los conceptos cambian. Y mola.
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Desfile de Xanas
domingo, 12 de abril de 2009
Las tierras del norte son muy dadas a la creencia en seres extraordinarios que habitan de forma subrepticia en sus bosques y montañas. En Asturias, la mitología guarda un lugar privilegiado a las Xanas, unas ninfas cuya existencia se liga a la cercanía de las dulces aguas de los ríos más cristalinos, que estas bellas hadas utilizan para lavar sus ropajes o como espejo para peinarse mientras susurran canciones misteriosas. Naturalmente, por su extrema singularidad, encontrarse con una Xana es casi tan complicado como ver un lince en Doñana, pero quizás el problema sea saber dónde buscar.
Muy cerca de Oviedo (las posibilidades que para el senderismo ofrecen la proximidad de las montañas a esta ciudad son inmensas) se halla el conocido como Desfiladero de las Xanas, que enlaza con la popular Ruta del Oso que recorre el valle del río Trubia. Sus características hidrográficas lo convierten en un lugar perfecto para el escondite de las ninfas. Saliendo de la capital y tras poco más de 20 kilómetros, se inicio el sendero justo antes del pueblo de Villanueva y del área recreativa donde se cuidan a las osas pardas Paca y Tola.
El camino se empina súbitamente para alcanzar las altas paredes del acantilado. A casi 80 metros de atura el angosto sendero quita el hipo al mirar hacia abajo y divisar el río Viescas (o De las xanas) convertido en un fino hilo de agua. Echamos la vista atrás y los poblados se pierden en la serranía. Hacia delante, las paredes de las montañas se confunden entre sí aproximándose cada vez más y resultan un refugio ideal para las Xanas. El trazado atraviesa túneles, cascadas de agua y, cuando camino y río se unen, puentes y bosques que permiten acercarse a la corriente. Pero, entre piedras y árboles llenos de musgo, propios de parajes encantados, ni rastro de las hadas de agua. El susurro de una canción me hace sospechar la presencia de alguna, pero no era más que mi compañero Alfredo cantando "Una rosa es una rosa".
Tras dos horas de caminata, el desfiladero concluye en el minúsculo pueblo de Pedroveya, en entorno de lo más rural con laderas verdecidas, animales de granja con su inconfundible olor, y los clásicos horreos asturianos. En el poblado hay un famoso restaurante donde dimos buena cuenta de una señora fabada; tuvimos suerte, pues es el único bar de la aldea y siempre está muy demandado. La vuelta atrás transcurre por el mismo camino, pero en pendiente cuesta abajo (muy recomendable para bajar la copiosa comida). El regreso permite disfrutar nuevamente de esta ruta que algunos conocen como "El pequeño Cares"; pero las ninfas de agua dulce seguieron escondidas a nuestros pasos. No hubo la suerte que tuve en Doñana.
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La calle de los monumentos
martes, 7 de abril de 2009
Oviedo es la única ciudad que he conocido que dedica una de sus calles a sus monumentos. También es cierto que es de las pocas que tiene varios de ellos a algunos kilómetros de distancia. Parece un acierto, entonces, nombrar la carretera que conduce a ellos como "Avenida de los monumentos" para ayudar al viajero a encontrarlos. La calle no es plana; muy al contrario, tiende hacia arriba, ascendiendo en las faldas del Monte Naranco, símbolo y emblema de los ovetenses. Por ello, lo más recomendable es visitarlos en coche, aunque muchos optan por hacerlo andando, corriendo o en bicicleta: de hecho, existen dos pruebas deportivas para coronarlo por estos dos últimos medios y la Vuelta a España lo ha acogido como meta de etapa en algunas ocasiones.
Santa María del Naranco. Después de 3 kilómetros por la angosta carretera que asciende desde Oviedo nos encontramos con esta iglesia prerrománica del S XIX, mandada construir por aquella época como palacio y posteriormente reconvertida para fines religiosos. Las visitas están muy restringidas, por lo que hay que limitarse a contemplar su doble planta desde el exterior. No obstante, subiendo por sus dos escaleras de piedra del lado septentrional se entreven a través de algunas rendijas columnas y paredes del interior. La iglesia está en todo su esplendor pues ha sido restaurada hace poco y su triple arcada de los costados oriental y occidental han sido escogidos para el logotipo de la famosa campaña "Asturias paraíso natural".San Miguel de Lillo. Cien metros más arriba de la Iglesia de Santa María del Naranco se alza la de San Miguel de Lillo, completando el binomio de monumentos prerrománicos del s. XIX. Esta iglesia sí fue construida para tal fin desde sus inicios, quizás como complemento a la vecina residencia palaciega. Es más pequeña que la anterior y tiene forma de una casita.
Sagrado Corazón de Jesús. De nuevo con el coche y tras una cerrada curva a la derecha la carretera vuelve a picar hacia arriba. Entre mensajes de apoyo a los ciclistas de La vuelta pintados sobre el asfalto ascendemos bordeando el monte y, tras un par de kilómetros, llegamos a la cima. El lugar está muy acondicionado para pasar un día campestre, con mesas y columpios ideales para domingueros. Al final del camino nos encontramos una enorme escultura de un cristo (aunque más pequeña que el Cristo del Otero de Palencia) con los brazos en cruz en actitud acogedora. La imagen se distingue desde abajo en la propia Oviedo, y es espectacular verla de noche pues se destaca su forma en blanco sobre el negro fondo de la montaña. Debajo, montada sobre el pedestal, se encuentra la Cruz de la Victoria, símbolo que aparece en el escudo del Principado de Asturias.
En lo alto del monte, a 634 metros sobre el nivel del mar y en un hermoso día claro, la vista de la ciudad de Oviedo, al sur, con su cinturón de montañas al fondo, son espectaculares. El mejor final para una calle singular.
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Oviedo, ¡oh!
miércoles, 1 de abril de 2009
Hacía más de 10 años que no visitaba la ciudad de Oviedo; demasiado tiempo para una ciudad que te deja con la boca abierta. Y no es porque tenga unos monumentos que deslumbren al mundo entero (aunque Calatrava ha diseñado un nuevo Palacio de Congresos muy a su estilo que destaca con su blancura por encima de todos los demás edificios). Más bien es por su carácter tranquilo que la convierten en una ciudad ideal para vivir.
Aunque tengo que reconocer que hablo desde el punto de vista de alguien que ha estado en Oviedo 5 días de pleno sol; no es lo habitual, ya que, muy al contrario, la máxima histórica en Oviedo es de sólo 38 grados y llueve la mayor parte de los días del año. Ello repercute en sus parques y jardines, siempre verdes, como el Parque de San Francisco en pleno centro de la ciudad.
La capital del Principado de Asturias no es muy grande (algo más de 220.000 habitantes) y es ideal para pasear por sus calles, las cuales, como curiosidad, siempre tienen el nombre de algún personaje del que se dice su nombre, apellidos y profesión entre paréntesis. Entre edificios históricos pasamos por delante del Teatro Campoamor donde cada año se entregan los Premios Príncipe de Asturias, y del Auditorio Príncipe Felipe donde cada domingo se reunen los fans de Fernando Alonso para ver los grandes premios en pantallas gigantes.
De repente, unas campanas comenzaron a doblar al ritmo del famoso "Asturias patria querida". Es una tradición que el reloj de la Plaza de la Escandalera toque a las en punto el himno de Asturias. Seguimos el paseo entre estatuas callejeras (por Oviedo permanecen inmóviles multitud de personajes que cohabitan con los viandantes, algunos conocidos como la Regenta o Woody Allen, y otros anónimos como "El viajero" o "La lechera") y llegamos a su Catedral, dedicada a El Salvador (como la de Cifuentes), cuya preciosa aguja de observa desde muchos puntos de la ciudad. Su horario de visita es muy restringido pero pudimos asomarnos antes de que comenzase un oficio; aunque la verdad es que tampoco mereció mucho la pena.
Tras ello, nuevamente la música llamó nuestra atención. En la plaza de la Catedral un grupo de personas ataviados con trajes tradicionales cantaba y bailaba danzas regionales ante la atenta mirada de los turistas; no es algo extraño en Oviedo, donde también se ven grupos de gaiteros tocando por las calles, con sus ropajes típicos y los clásicos zuecos (llamados "madreñas") alegrando el día a los demás..jpg)
Cerca de la Catedral bajamos a la Calle Gascona, donde la mayoría de los bares son "chigres" o sidrerías. Tras dar buena cuenta de la gastronomía asturiana, nos dirigimos a una especie de rastro que se coloca en Oviedo en varias de sus calles del centro. Al igual que en el de Madrid, los ciudadanos van allí a encontrar cualquier cosa, y el regateo está a la orden del día.
Los ovetenses deben estar muy contentos de vivir en su ciudad. Quizás por ello tengan ese deje al hablar que les hace acabar cada frase con el vocablo "ho". No deja de resultar sorprendente oirles decir ""Vamos al bar, ho!" (que parece que estén animando a mi hermano Álvaro), pero lo tiene como algo normal, como el "pues" de los vascos. De hecho, "¿qué pasa?" lo dicen como "¿qué yo ho?. El idioma astur (o bable) es muy curioso, pero tendré que volver de nuevo a Uviéu para conocerlo mejor y dedicarle algunas palabras más en mi blog.
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La roja imparable
domingo, 29 de marzo de 2009
La suerte de vivir en Madrid te hace poder disfrutar de eventos importantes como el partido que la campeona de Europa tenía que disputar contra Turquía para clasificarse para el Mundial de Sudáfrica. A mi nunca me ha llamado la atención el ver los partidos de la selección (de hecho sólo había visto uno muy aburrido en el Benito Villamarín con Clemente de entrenador) pero el hecho de poder disfrutar del juego que el combinado nacional practica hoy en día (está considerada la mejor selección del mundo actualmente) y de que el escenario fuera el Santiago Bernabeu (al que llevaba mucho tiempo queriendo acudir) me ofrecían motivos suficientes para cambiar aquella antigua opinión.
El viaje en metro ya presagiaba que el ambiente sería el de las grandes ocasiones. Una masa de gente ataviada con los colores oficiales se embutía en los vagones entre cánticos de apoyo al equipo. Deseosos de salir de aquella olla a presión (y nunca mejor dicho), llegamos a la parada y ante nosotros se alzaba la impresionante figura del estadio, todo iluminado y con sus 4 torres de esquina dándonos la bienvenida a nosotros y a las 75 mil personas que habían agotado todas las localidades. Entre ellas mi
amigo Richi de Tubilla que por casualidad me encontré en los aledaños y nos hizo la foto.
Procedimos a buscar nuestra puerta de entrada y entre reventa y reventa pasamos por unos puestos preparados para entretener al público antes del comienzo con temas relacionados con la selección. Sin duda, lo que más me gustó fue la vitrina donde se exponía la Copa de Europa que ganamos el junio del año pasado. También era lo que más expectación causaba. Por fin entramos al campo, que era de lo que más ganas tenía, y no me defraudó. Tres gradas altísimas con miles de asientos y, curiosamente y a diferencia del Atleti, para combatir el frío unos calefactores de una potencia desmesurada para calentar todo el campo.
El partido fue entretenido y la selección jugó como ella sabe en la segunda parte, donde nos hizo disfrutar a todos. Aunque me llamó la atención que la grada no animase mucho. Hace poco vi por televisión el amistoso que España jugó contra Inglaterra en el Pizjuán y se escuchaba que los aficionados no pararon de apoyar al equipo desde el minuto uno. Pero en Madrid ni siquiera tras la alegría del gol la gente se animó con cánticos. Todos sentados y a continuar comiendo pipas.Aunque sin duda lo mejor fue el descanso, y no por el bocadillo. El speaker nos deleitó con las canciones españolas más auténticas y el público sí que se enfervorizó al ritmo de Paquito el Chocolatero, El Fary, el Porompompero y, por supuesto, el "Que viva España" de Manolo Escobar. Todos de pie, cantando y bailando, y pasando un momento muy divertido. Sólo puedo pensar en la cara que se les quedaría a los turcos ante todo un estadio moviéndose adelante y atrás al ritmo del Chocolatero. Tuvo que ser impactante. Spain is different.
Al final, victoria (décima consecutiva, todo un record) y el mundial más cerca. La roja imparable.
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Tierra de buen comer
viernes, 27 de marzo de 2009
Tenemos la suerte de vivir en un país donde se da mucha importancia a la comida: se aprecian los alimentos y el comer es un placer. El pasado puente estuve en Asturias y me planteé como objetivo probar esos productos típicos como les fabes, el cabrales o la sidra que tanta fama tienen. Cindo días me dieron para degustarlos, repetir y descubrir nuevos secretos de su gastronomía.
Les fabes. Es el plato por antonomasia. Todos los restaurantes lo ofrecen; incluso hay algunos que las cocinan exclusivamente: tienen tanto éxito que no necesitan de más comidas para obtener clientela. Las fabas clásicas (no confundir con la fabada) se componen de alubias blancas y un acompañamiento a base de productos derivados del cerdo (morcillas, chorizos...) que se donomina compango. Es un plato muy pesado y me dejó el estómago tan orondo que costaba reconocerme. Respecto a lo que dicen que ocurre después de tomar les fabes... pues sí, no es mentira.
El pote. Muchas personas cofunden el pote con las fabas, cosa lógica pues ambos llevan alubias. Pero el pote se hace de forma diferente, pues las cuecen con verduras y hortalizas. Básicamente, con patatas y berzas, las cuales están muy arraigadas en Asturias pues soportan muy bien el crudo clima de esta tierra. Me resultó mucho menos pesado que su pariente "fabil".
El pitu. Se confunde también con el pote, aunque en esta ocasión sólo por el nombre. El pitu es el pollo, que lo sirven con pimientos rojos. No está mal pero no es lo más ligero después de los copiosos platos de alubias que te sirven.
El arroz con leche. Antes de estar en Asturias no sabía que este postre tan típico es de los más populares de la región. Dicen que se diferencia en que es más cremoso porque se deja cocer el arroz más tiempo. Sea como fuere, estaba buenísimo.
El queso. En Asturias hay hasta 42 denominaciones de quesos puramente asturianos. Vacas y campo tienen de sobra y su leche es muy buena; supongo que de ahí saldrá tanta variedad. El que más me gusta es el Cabrales, un queso azul que presume de ser el más fuerte del país. En el puente lo probé en les Patatines al Cabrales, que se sirven con una salsa hecha a base del queso, nata y un poco de sidra... irresistible el rebañar con pan. Otro descubrimiento ha sido el queso de La Peral, que se elabora al norte de la región. Es también un queso azul pero un poco más suave que el Cabrales. Y uno curioso es Afuega'l pitu ("Ahoga el pollo"), uno de los más antiguos de Asturias que presenta dos versiones, en colores blanco y rojo. La diferencia entre uno y otro es que uno de los dos lleva pimentón, pero no diré cual... Me quedé con ganas de probar el Gamonedo, pero debido a los 30 euros que vale el kilo creo que esperaré algo más de un año para comprármelo.
La sidra. Esta bebida hecha con zumo fermentado de manzana es una razón de ser en Asturias. Existe todo un protocolo de actuación para beberla que me ha llamado mucho la atención. Se sirve fría y en botella de vidrio verde. El camarero abre su tapón de corcho y la sirve en vasos especiales, anchos y altos. Para ello, levanta la botella con una mano y en la otra agarra el vaso pegado al cuerpo con una inclinación determinada. Lo más difícil del proceso es que los buenos "chigreros" lo realizan sin mirar el vaso (guiándose por el sonido). El escanciado, si no se anda fino, mancha todo el suelo. Por eso los camareros no te dejan hacerlo a ti. De esta forma la bebida coge aire y su sabor mejora. Se llena el vaso muy poco, y hay que beberlo de un trago, pero no todo, sino dejando un culito que hay que tirar al suelo por el mismo lugar por el que has bebido (dicen que para limpiarlo), lo cual me costaba bastante hacerlo porque me parecía una guarrada. Y al cabo de un rato, el camarero se acerca de nuevo, te pregunta que si quieres otro "culín" y se repite el proceso hasta acabar la botella (lo cual no tarda mucho porque entre lo que cae fuera del vaso y el culito que se tira se va media botella sin beberla).
Después de toda esta panzada de comer, sólo puedo decir: objetivo cumplido.
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Sorpresa en el camino
martes, 17 de marzo de 2009
Volviendo en soledad del curso de aguas bravas, y con tiempo suficiente para llegar al almuerzo en Madrid, decidí que sería una buena oportunidad para detenerme en algún lugar que me llamase la atención, aprovechando que ya me encontraba por allí. Desde mi coche pasé por varios pueblos pintorescos pero fue Cifuentes el que más me picó la curiosidad con un castillo y una iglesia que sobresalían por encima del resto del pueblo.
Una vez dentro del pueblo, me dirigí a esos dos monumentos que me habían atraido a este lugar alcarreño, y descubrí que lo que yo creía castillo era iglesia, y que lo que creía iglesia era convento. Me acerqué al punto de información turística y la empleada, con suprema amabilidad (no debía de haber mucho turista por la localidad), me contó con detalle toda la historia del municipio y los aspectos más interesantes que debía conocer. Y fue cuando, para mi sorpresa, me di cuenta de que había acertado con la elección: Cifuentes tiene mucho que ver.
Cifuentes es otro ejemplo más (como Córdoba o Tudela) de ciudad pacífica en la que han convivido las tres culturas (judía, árabe y cristiana), de las que quedan reminiscencias en sus calles. Las que no fueron destruidas durante la Guerra Civil, claro; pues Cifuentes soportó hasta 32 bombardeos durante el periodo bélico que arrasaron con muchas de sus casas y con el Convento, hoy afortunadamente restaurado y de uso público.
El pueblo es lugar de paso del Camino de Santiago (por ello quedan también restos de algún hospital de peregrinos, al estilo de los de Guadalupe) y precisamente en su iglesia destaca un pórtico románico dedicado al apóstol, con preciosas escenas de la vida de Jesucristo en sus capiteles, de los 12 apóstoles y de los hombres buenos sobre los seres malos (me recordó al mítico pórtico de Sangüesa, en Navarra).
Después de que en Turismo me dijeran que la Iglesia mayor era una auténtica joya, no quedaba más remedio que echarle un vistazo. Está dedicada a El Salvador (como la de Oviedo), pero no me dio tiempo a conocerla demasiado porque replicaban las campanas a las 12,00 para avisar del comienzo de la misa. Según salía me cruzaba con las señoras (muy) mayores que no faltaban a su cita del domingo, tan agradables al responder con felicidad un simple "buenos días".
Bajé por la calle Escalerillas a la plaza mayor, donde se concentraban varios moteros. Por estos pueblos de La Alcarria, según me ha contado mi compañero Migue, los amantes de las dos ruedas motorizadas se despachan a gusto por las sinuosas carreteras que conectan los pueblos; además, en Cifuentes, existe un Museo de Automoción que como estaba cerrado no sé de qué trataba pero seguro que a los moteros les gusta.
Enseguida llegué a otro de los elementos destacados de la localidad. En Cifuentes nace el río del mismo nombre, por varios conductos que brotan de la pared o incluso del suelo (como el río Huéznar en San Nicolás del Puerto) por medio de burbujitas que se aprecian desde la superficie del agua. De Hecho, el nombre de "Cifuentes" viene de "Cien fuentes", y aunque no se sabe de cuántas fuentes exactamente emana el río, se dice que "al menos nace de 7", y por eso en el escudo del municipio se representan 7 chorros de agua. La zona está muy bien acondicionada y se conoce como La balsa, donde varios patos nadan sobre el agua recién nacida. El río Cifuentes es un afluente del Tajo que se hermana con él en la localidad de Trillo, más al sur.
Y una vez allí, nueva sorpresa: en Cifuentes también hay castillo, pero no el que yo creía haber visto, sino otro sobre una colina. Un castillo con orígenes musulmanes pero aprovechado por ricas familias de duques portugueses que lo utilizaron tras la Reconquista como aposento real. Aquí, como en Guadalajara, los títulos nobiliarios tuvieron un importante peso. El castillo está vallado pero un resquicio me permitió darme una vueltecita y contemplarlo desde más cerquita. Y desde allí, desde lo alto, pude ver una estampa preciosa del pueblo al que, igual que Cela en su famoso libro Viaje a la Alcarria, había tenido la suerte de acercarme a conocer.
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Ir al Tajo
domingo, 15 de marzo de 2009
El viernes, después del tajo, muchos se van a tajar; yo, prefiero irme al Tajo. Este fin de semana, gracias a la propuesta de alguno de los quetzales, he podido asistir a un curso de piragüismo en aguas bravas, algo inexplorado hasta entonces por mí, que sólo había remado en ríos o mares tranquilos. El curso se ha desarrollado en el recientemente creado Parque Natural del Alto Tajo, al sudeste de la provincia de Guadalajara, un entorno de bosque de pinos donde la empresa Enaltotajo enseña a diversos niveles cómo afrontar las variables corrientes del Tajo a su paso por el parque.
A tan sólo dos horas de Madrid se encuentra su sede, en el minúsculo (y no exagero) pueblo de Valtablado del Río, de tan sólo 7 habitantes. Juanto a las casetas donde guardan todo el material, los monitores nos explican conceptos esenciales de esta disciplina, parecida pero diferente en cuanto a técnica a los kayaks tradicionales. Para descender por aguas bravas es fundamental conocer cómo se comporta un río (su hidrotopografía), cómo existen lenguas principales de agua y contracorrientes a sus lados que hay que utilizar para poder descansar en la travesía. Cosas que, sentados en una mesa, nos cuesta entender.
Enseguida nos embuchamos en nuestros neoprenos, ajustamos nuestras piraguas y comenzamos la aventura. Junto a la base de un puente sobre el río, sin mucha fuerza, aprendemos cómo meternos en la corriente del río (la llamada "toma de corriente" y empiezan las caídas. En aguas bravas, el movimiento del cuerpo es fundamental, pues mueve la embarcación y ayuda a enfrentar el casco de la piragua a la corriente en la posición adecuada para no volcar. Si se vuelca, no hay que entrar en pánico: se recoge el material, se acerca uno a la orilla y se vacía el agua que haya entrado; sino, allí están los monitores para ayudarte.
Aprendimos la técnica del stop, que consiste en salir de la corriente que te impulsa hacia adelante con un movimiento rápido hacia una zona de contracorriente; este me gustó especialmente pues parece la que piragua derrapa en al agua y queda aparcada en la orilla. Enseguida emprendimos la marcha y comenzó la acción.
En aguas bravas las piraguas van muy rápido. Se coge el llamado "tren de olas" y te sientes como en una montaña rusa de agua con continuas subidas y bajadas. Pero eres tú el que pilotas, y si dejas de palear la embarcación puede virar y acabar bocabajo. No es peligroso, pero no se debe perder la calma. En el camino nos encontramos una dificultad: un tronco caído se encuentra en mitad del río, justo después de un salto de medio metro. En estas situaciones, los monitores recomiendan bajarse de la piragua y estudiar la situación. Si tras el peritaje no se ve claro, lo mejor es aplicar la regla número 1 (el "porteo" de la piragua) y superar por tierra el obstáculo; pero no era este el caso: tras el salto de agua, debíamos girar a la derecha y sortear el tronco. Muy divertido, pero la caída fue inevitable. No pasa nada: a vaciarla de nuevo.
El transcurso del Tajo por su cañón no presenta mucha dificultad, pero sí da pie a momentos muy divertidos de corrientes rápidas. En una de ellas, practicamos el Vac, otra técnica que consiste en curzar el río de orilla a orilla, pero no perpendicularmente a la corriente (pues no lo conseguiríamos), sino en paralelo y en sentido contrario. Divertido y difícil.
En total, estuvimos 3 horas que se me pasaron enseguida. Se me quedó corto y hubiera seguido mucho más. El curso era de dos días y sólo pude hacer uno por motivos de cobtrol. La experiencia ha sido muy positiva. Así que habrá que repetirlo en otra ocasión. Sin tajos ni rasgaduras, mañana lunes vuelvo al tajo. Pero espero volver pronto al de las mayúsculas.
PD: Por primera vez no uso en mi blog una foto mía o de algún compañero de viaje; las cosas de tener la cámara estropeada. Espero subsanarlo pronto.
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