Volviendo en soledad del curso de aguas bravas, y con tiempo suficiente para llegar al almuerzo en Madrid, decidí que sería una buena oportunidad para detenerme en algún lugar que me llamase la atención, aprovechando que ya me encontraba por allí. Desde mi coche pasé por varios pueblos pintorescos pero fue Cifuentes el que más me picó la curiosidad con un castillo y una iglesia que sobresalían por encima del resto del pueblo.
Una vez dentro del pueblo, me dirigí a esos dos monumentos que me habían atraido a este lugar alcarreño, y descubrí que lo que yo creía castillo era iglesia, y que lo que creía iglesia era convento. Me acerqué al punto de información turística y la empleada, con suprema amabilidad (no debía de haber mucho turista por la localidad), me contó con detalle toda la historia del municipio y los aspectos más interesantes que debía conocer. Y fue cuando, para mi sorpresa, me di cuenta de que había acertado con la elección: Cifuentes tiene mucho que ver.
Cifuentes es otro ejemplo más (como Córdoba o Tudela) de ciudad pacífica en la que han convivido las tres culturas (judía, árabe y cristiana), de las que quedan reminiscencias en sus calles. Las que no fueron destruidas durante la Guerra Civil, claro; pues Cifuentes soportó hasta 32 bombardeos durante el periodo bélico que arrasaron con muchas de sus casas y con el Convento, hoy afortunadamente restaurado y de uso público.
El pueblo es lugar de paso del Camino de Santiago (por ello quedan también restos de algún hospital de peregrinos, al estilo de los de Guadalupe) y precisamente en su iglesia destaca un pórtico románico dedicado al apóstol, con preciosas escenas de la vida de Jesucristo en sus capiteles, de los 12 apóstoles y de los hombres buenos sobre los seres malos (me recordó al mítico pórtico de Sangüesa, en Navarra).
Después de que en Turismo me dijeran que la Iglesia mayor era una auténtica joya, no quedaba más remedio que echarle un vistazo. Está dedicada a El Salvador (como la de Oviedo), pero no me dio tiempo a conocerla demasiado porque replicaban las campanas a las 12,00 para avisar del comienzo de la misa. Según salía me cruzaba con las señoras (muy) mayores que no faltaban a su cita del domingo, tan agradables al responder con felicidad un simple "buenos días".
Bajé por la calle Escalerillas a la plaza mayor, donde se concentraban varios moteros. Por estos pueblos de La Alcarria, según me ha contado mi compañero Migue, los amantes de las dos ruedas motorizadas se despachan a gusto por las sinuosas carreteras que conectan los pueblos; además, en Cifuentes, existe un Museo de Automoción que como estaba cerrado no sé de qué trataba pero seguro que a los moteros les gusta.
Enseguida llegué a otro de los elementos destacados de la localidad. En Cifuentes nace el río del mismo nombre, por varios conductos que brotan de la pared o incluso del suelo (como el río Huéznar en San Nicolás del Puerto) por medio de burbujitas que se aprecian desde la superficie del agua. De Hecho, el nombre de "Cifuentes" viene de "Cien fuentes", y aunque no se sabe de cuántas fuentes exactamente emana el río, se dice que "al menos nace de 7", y por eso en el escudo del municipio se representan 7 chorros de agua. La zona está muy bien acondicionada y se conoce como La balsa, donde varios patos nadan sobre el agua recién nacida. El río Cifuentes es un afluente del Tajo que se hermana con él en la localidad de Trillo, más al sur.
Y una vez allí, nueva sorpresa: en Cifuentes también hay castillo, pero no el que yo creía haber visto, sino otro sobre una colina. Un castillo con orígenes musulmanes pero aprovechado por ricas familias de duques portugueses que lo utilizaron tras la Reconquista como aposento real. Aquí, como en Guadalajara, los títulos nobiliarios tuvieron un importante peso. El castillo está vallado pero un resquicio me permitió darme una vueltecita y contemplarlo desde más cerquita. Y desde allí, desde lo alto, pude ver una estampa preciosa del pueblo al que, igual que Cela en su famoso libro Viaje a la Alcarria, había tenido la suerte de acercarme a conocer.
Sorpresa en el camino
martes, 17 de marzo de 2009
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Ir al Tajo
domingo, 15 de marzo de 2009
El viernes, después del tajo, muchos se van a tajar; yo, prefiero irme al Tajo. Este fin de semana, gracias a la propuesta de alguno de los quetzales, he podido asistir a un curso de piragüismo en aguas bravas, algo inexplorado hasta entonces por mí, que sólo había remado en ríos o mares tranquilos. El curso se ha desarrollado en el recientemente creado Parque Natural del Alto Tajo, al sudeste de la provincia de Guadalajara, un entorno de bosque de pinos donde la empresa Enaltotajo enseña a diversos niveles cómo afrontar las variables corrientes del Tajo a su paso por el parque.
A tan sólo dos horas de Madrid se encuentra su sede, en el minúsculo (y no exagero) pueblo de Valtablado del Río, de tan sólo 7 habitantes. Juanto a las casetas donde guardan todo el material, los monitores nos explican conceptos esenciales de esta disciplina, parecida pero diferente en cuanto a técnica a los kayaks tradicionales. Para descender por aguas bravas es fundamental conocer cómo se comporta un río (su hidrotopografía), cómo existen lenguas principales de agua y contracorrientes a sus lados que hay que utilizar para poder descansar en la travesía. Cosas que, sentados en una mesa, nos cuesta entender.
Enseguida nos embuchamos en nuestros neoprenos, ajustamos nuestras piraguas y comenzamos la aventura. Junto a la base de un puente sobre el río, sin mucha fuerza, aprendemos cómo meternos en la corriente del río (la llamada "toma de corriente" y empiezan las caídas. En aguas bravas, el movimiento del cuerpo es fundamental, pues mueve la embarcación y ayuda a enfrentar el casco de la piragua a la corriente en la posición adecuada para no volcar. Si se vuelca, no hay que entrar en pánico: se recoge el material, se acerca uno a la orilla y se vacía el agua que haya entrado; sino, allí están los monitores para ayudarte.
Aprendimos la técnica del stop, que consiste en salir de la corriente que te impulsa hacia adelante con un movimiento rápido hacia una zona de contracorriente; este me gustó especialmente pues parece la que piragua derrapa en al agua y queda aparcada en la orilla. Enseguida emprendimos la marcha y comenzó la acción.
En aguas bravas las piraguas van muy rápido. Se coge el llamado "tren de olas" y te sientes como en una montaña rusa de agua con continuas subidas y bajadas. Pero eres tú el que pilotas, y si dejas de palear la embarcación puede virar y acabar bocabajo. No es peligroso, pero no se debe perder la calma. En el camino nos encontramos una dificultad: un tronco caído se encuentra en mitad del río, justo después de un salto de medio metro. En estas situaciones, los monitores recomiendan bajarse de la piragua y estudiar la situación. Si tras el peritaje no se ve claro, lo mejor es aplicar la regla número 1 (el "porteo" de la piragua) y superar por tierra el obstáculo; pero no era este el caso: tras el salto de agua, debíamos girar a la derecha y sortear el tronco. Muy divertido, pero la caída fue inevitable. No pasa nada: a vaciarla de nuevo.
El transcurso del Tajo por su cañón no presenta mucha dificultad, pero sí da pie a momentos muy divertidos de corrientes rápidas. En una de ellas, practicamos el Vac, otra técnica que consiste en curzar el río de orilla a orilla, pero no perpendicularmente a la corriente (pues no lo conseguiríamos), sino en paralelo y en sentido contrario. Divertido y difícil.
En total, estuvimos 3 horas que se me pasaron enseguida. Se me quedó corto y hubiera seguido mucho más. El curso era de dos días y sólo pude hacer uno por motivos de cobtrol. La experiencia ha sido muy positiva. Así que habrá que repetirlo en otra ocasión. Sin tajos ni rasgaduras, mañana lunes vuelvo al tajo. Pero espero volver pronto al de las mayúsculas.
PD: Por primera vez no uso en mi blog una foto mía o de algún compañero de viaje; las cosas de tener la cámara estropeada. Espero subsanarlo pronto.
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Todo bajo control
martes, 10 de marzo de 2009
Todos los de la escuela teníamos un gusanillo en el estómago. Después de mucha clases de teoría, de parrafadas memorizadas difíciles de comprender por lo abstracto de sus planteamientos, por fin íbamos a poder dar algo de forma al etéreo mundo del control aéreo.
El otro día estuvimos de visita en el Centro de Control Aéreo de Torrejón, uno de los 4 centros de control desde los que se controlan todos los aviones que sobrevuelan los cielos españoles (en concreto desde éste se maneja la zona central y norte del país). Es la dependencia en la que trabajan más controladores aéreos y en la que se toman las decisiones más importantes. Es la referencia en control de España, y nosotros como neófitos acudíamos allí con la ilusión de un principiante.
La sala de control impresiona nada más entrar. Un cubículo enorme, sin paredes interiores, donde todos los días del año y a todas las horas del día hace la misma temperatura y se dan las mismas condiciones de iluminación. Tiene su lógica: el controlador tiene que estar cómodo en su puesto de trabajo, y estar inmenso en ese submundo le hace no distinguir, por ejemplo, el día de la noche (en los centros de control nunca se detiene el trabajo). Tres de sus 4 paredes están llenas de las posiciones UCS, un pareja de ordenadores donde aparecen todos los aviones que en ese momento surcan los cielos españoles; en la cuarta, el jefe de sala, aburrido mientras el resto de sus compañeros hagan bien su trabajo.
Nos acercamos a una de estas posiciones; los controladores en activo nos tratan con extrema amabilidad; se nota que ellos pasaron en su día por el trance en el que nos encontramos nosotros. Observamos su labor y les bombardeamos a preguntas. Julio, un conocido de mi compañero Migue, nos invita a pasar la tarde con él frente a su monitor. Durante la hora que pasamos con él, pasamos de la ignorancia inicial ante un galimatías de puntitos y letras de diversos colores, a entender un poco la mecánica del control, el principio de evitar que dos aviones estén en el mismo lugar a la misma hora, y de cómo prevenir posibles conflictos entre la marabunta de aviones que aparecen en pantalla. En realidad, un controlador no trata con todos, todo está sectorizado y el trabajo se hace más sencillo; se trata de ir colocando las piezas en su sitio. Y parece mentira pero todo encaja.
A la hora toca descanso. La mente acaba exhausta debido a la concentración que se requiere, y Julio nos da una vuelta por las instalaciones que tienen para descansar: una cafetería con precios muy asequibles, una sala de simuladores, un gimnasio y un rincón lúdico con mesas de billar y futbolín.
Al poco Julio vuelve a su puesto. Nosotros a nuestra casa. Y me voy de allí lleno de alegría con la sensación de que en el futuro voy a trabajar en algo que me encanta.
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Aires de guerra
viernes, 6 de marzo de 2009
En la escuela decidieron que el mejor día para poner la primera visita a exteriores fuese el día más lluvioso del año. Una pena pues el Museo del Aire en el aeródromo de Cuatro Vientos, al sur de Madrid, bien merece un recorrido tranquilo (y seco) para conocer de cerca todo lo que muestra.
El museo es una gozada para los seguidores de la aviación, tanto para aquellos cuya afición nació de un interés puramente personal, como para iniciados como yo a los que la escuela les ha "forzado" a descubrir este apasionante mundo. De todos modos, cualquiera puede disfrutar de un paseo a través de las historia reflejada en las 132 aeronaves que están expuestas ya sean bajo techo en los diversos hangares o al aire libre en las extensas explanadas del recinto.
La aviación, como tantos otros inventos (se me ocurren ahora el GPS o Internet) ha supeditado su desarrollo al uso militar que de ella se hacía. Los avances más importantes en este campo han tenido siempre un fin bélico (en las guerras era fundamental ir técnicamente por delante de tu enemigo) y así, mejoras como el uso de radares para determinar las posiciones o para identificar si te encontrabas con un amigo o enemigo (friend or foe), han sido y son utilizadas hoy en día para la aviación civil comercial. En el museo, la mayoría de las aeronaves expuestas son aparatos de combate que en su época supusieron innovaciones únicas.
Antonio, el guía que nos acompañó, nos detallaba historias de algunas de las piezas del museo. Él fue quien nos enseñó que Roland Garros nunca fue famoso por haber jugado al tenis, sino por ser un gran aviador, el primero en cruzar el Mediterráneo, a bordo de su hoy rudimentaria Morane-Saulnier. O que Anthony Fokker fue el inventor del sincronismo entre las hélices y las ametralladoras que se disparaban desde cabina, con el fin de no hacer agujeros a las palas en cada disparo.
Pero, quizás por su bajo tono de voz, o por algunos de sus comentarios bélicos poco apropiados desde mi punto de vista, me decidí por hacer más caso a mi compañero Inaki, auténtico amante de este mundo, que, aparte de saber de lo que habla, vive cada comentario. Con él me fijé en los modelos más antiguos, muy aparatosos, con sus alas de tela y sus cables y remaches; parece increíble que estas máquinas pudieran en algún momento elevarse por los aires, y más aún aterrizar con sus débiles ruedas de bicicleta. Alguno de las hangares está repleto de motores, de pistón y de turbinas; me habían explicado antes cómo eran, pero impresiona verlos in situ, con sus miles de piezas y sus exagerados tamaños (y pensar que alguien haya podido ser capaz de inventar algo así).
La visita la dedicamos a la parte techada, pues la lluvia nos impidió poder contemplar los aviones de fuera, también militares en su mayoría pero más modernos. Pero estoy seguro de que otro día volveremos, pues los primeros domingos de cada mes se realizan exhibiciones en el aeródromo de Cuatro Vientos en las que se vuelan algunos modelos antiguos. Dicen que es todo un espectáculo. Cita pendiente.
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"Te quiero mucho"
sábado, 28 de febrero de 2009
Hace ya algún tiempo que Alba Molina canta este pegadizo estribillo en las cortinillas publicitarias que la consejería de Turismo de Andalucía ha ido colando en las programaciones de las diferentes cadenas televisivas. Hoy es 28 de febrero y es el día de Andalucía. Siempre me acordaré cuando de chico nos obligaban en el colegio el día antes a dibujar banderas de Andalucía y salir al patio a cantar el himno.
Estaba claro que de colegial no alcanzaba a entender lo que supone este día y lo que supone Andalucía. Un día en el que se celebra la fecha en la que el pueblo andaluz decidió constituirse en Comunidad Autónoma; yo no había nacido pero los que lo vivieron lo recuerdan como un día importante.
Hoy ya no vivo en Andalucía pero estoy seguro de que volveré; la tierra de uno atrae mucho: son tus raíces, es tu gente, es tu cultura. He tenido la suerte de conocer sus 8 provincias y en todas he encontrado gente sana, amable y abierta. Un pueblo con tradiciones asentadas, fiestas con sentimiento, gastronomía deliciosa, y un acento intrínseco que forma parte de su idiosincrasia (mal que le pese a alguna).
Al margen de ello, el patrimonio de Andalucía, tanto cultural como natural, es envidiable. Por su estratégica situación, esta tierra sureña ha ido acogiendo a pueblos unos tras otros (fenicios, romanos, árabes, cristianos) y de todos ha quedado un legado monumental difícil de igualar. Y su clima y gran extensión ofrece estampas variopintas como sus 917 kilómetros de costa, el rincón más lluvioso de España en la sierra de Grazalema en Cádiz, el desierto de Almería, las marismas de Doñana o las blancas cumbres de Sierra Nevada con el pico más alto de la Península.
Parece que me ha contratado Manolito Chaves para promocionar la tierra, pero no le hace falta. No es para menos sentirse orgulloso de venir de dónde vengo. Feliz 28 de febrero.
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La fauna del Carnaval
martes, 24 de febrero de 2009
No creo que haya otro lugar del mundo en el que haya tanto personaje suelto como en la noche más populosa del Carnaval de Cádiz. Porque disfraces hay muchos (las tiendas suelen tener los mismos), pero en este lugar donde se rebosa gracia la imaginación alcanza límites insospechados. Los gaditanos y los no gaditanos pueden pasar meses pensando su disfraz de Carnaval, con una relación en cuanto a diversión directamente porporcional a lo ocurrente e inversamente proporcional al dinero que te gastes en prepararlo.
Ir sin disfraz por sus calles es estar fuera de juego. Todos se disfrazan y todos demuestran alegría, de forma que podemos tener interactuando a alguien vestido de telepollo siendo timado por un seudopolicía municipal; en Cádiz en Carnaval todo vale: le valió al mismísimo Papa, que orgulloso saludaba a sus fieles desde las alturas de un carro del Carrefour siendo llevado por su grupo de cardenales; o a los Lacasitos que con sus vivos colores rivalizaban en creatividad con otros M&Ms tamaño persona; la Mini-yo, Amy Winehouse, los Locopizza, los Messenger andantes que "salían a beber" o el mismísimo Tuenti (¿cómo puede haber un disfraz de Tuenti?), todos en Cádiz y con ganas de fiesta.La fiesta es fundamentalmente nocturna pero comprobamos cómo desde la tarde ya la plaza de la Catedral se animaba con charangas y el Paquito Chocolatero, y cómo se llenaba de los seres más extravagantes. Los disfraces más repetidos, los de pitufos, piratas de mucha y poca monta (Jack Sparrows sobre todo), vacas (más vacas que en Madrid), hippies, y algún que otro caballero medieval pero ninguno como los "Cruzados de Beckelar". Las calles y plazas se llenaban hasta el colapso, y cambiar de plaza, de la de España a la Mina o a la de las Tortugas, es una locura. Pero, eso precisamente, una locura, es esta fiesta. Una macrobotellona en la que todo el mundo está caracterizado y con un buen rollo que se contagia de unos a otros. A nadie conoces pero con todos compartes algo: las ganas de diversión.
La noche se acaba pero los gaditanos continúan su Carnaval. Nos volvimos el domingo y nos perdimos el carrusel de coros, que ya disfruté el año pasado. Pero ello no es óbice para afirmar con rotundidad: Carnaval de Cádiz. Mejor fiesta 2009.
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La cañada de mentira
sábado, 14 de febrero de 2009
Madrid se ha llenado de vacas. Y no precisamente de las que, año tras año, colapsan la Castellana en la popular Fiesta de las trashumancia reivindicando la defensa de las cañadas reales, esos pasos para el ganado que recorren durante centenares de kilómetros la Península Ibérica. Estas vacas de mentira forman parte de Cowparade, una iniciativa curiosa que trata de acercar el arte a todos mediante su exposición pública a pie de calle (algo que, como en otras ocasiones, aplaudo sin dudar).
La idea de Cowparade surgió hace 10 años en Zurich, y desde entonces ha copado plazas y calles de las principales ciudades del mundo. Las vacas llenan Madrid de color, y la gente se detiene con asombro a ver estos curiosos animales de fibra de vidrio a tamaño real. Las 100 vacas no pasan desapercibidas; no obstante, están repartidas por los lugares más emblemáticos de la ciudad, como la Puerta del Sol, la plaza de Santa Ana, la Puerta de Toledo y muchos más. La de la Puerta de Alcalá enseña orgullosa un "2016" para apoyar la candidatura olímpica de la ciudad.
La idea parece un poco tonta, pero algo tendrá cuando tiene tanto éxito. Y es que esta iniciativa va más allá de la simple exposición de estas obras al aire libre. Tiene un trasfondo social, pues desde su preparación (los diseños, desde reivindicativos, humorísticos o publicitarios, se sacaron de un concurso en el que todo el mundo pudo participar) hasta su finalización (en la que algunas de las vacas serán subastadas para obtener fondos de ayuda a diversas ONGs) están pensadas para unir arte y solidaridad.Me gusta Cowparade porque está muy bien pensada. De hecho, han contado incluso con la desgraciadamente inevitable acción de los vándalos. La vaca de la foto de arriba, Albertina, fue robada de su ubicación en la plaza de Lavapiés por un grupo de chavales que no tuvo otra cosa que hacer que llevársela a su casa. Otras aparecen rotas y llenas de graffitis. Para paliar un poco este daño se ha creado un "Hospital de vacas" en el que todos los desperfectos son "sanados" por estudiantes de la Escuela de Restauración y Conservación de Bienes Culturales de Madrid metidos a "veterinarios"; además, han tenido el acierto de colocarlo junto al Hospital Infantil Universitario Niño Jesús para que los niños enfermos puedan disfrutar de este evento. Un nuevo punto a favor.
Esta particular cañada estará por Madrid hasta el 21 de marzo. Mejor, aún me quedan muchas por ver.
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No hay domingo sin rastro
martes, 10 de febrero de 2009
El domingo hice lo que muchos madrileños hacen los domingos: ir al rastro, ese lugar en el que, como en los zocos árabes, se compra y se vende de todo. Aprovechando una tregua en la meteorología y sin intención de comprar nada, cogí el metro y me bajé en la parada de Puerta de Toledo, como podía haberlo hecho en la de La Latina (impresionante el número de personas que se bajaron en esta estación), Tirso de Molina o Embajadores, todos ellas formando un rectángulo que encierra en su seno el barrio de Lavapiés, sede de este popular mercadillo.
No es casual la ubicación del rastro. Lavapiés y su castizo nombre han sido siempre un barrio humilde, hogar de las clases bajas de la ciudad en otras épocas. Por ello no extraña que allí nazca y muera todos los domingos y festivos un improvisado mercado lleno de puestecillos que van desde tenderetes a una simple acera en el suelo (todo vale) en los que se puede hallar cualquier cosa. De hecho, hay un popular dicho que afirma que "lo que no se encuentre en el rastro, no existe". Y puede que sea verdad.
Al rastro llegué a eso de las 12:30, la hora de los guiris. Y es que en el rastro el tiempo importa. Los que simplemente van a pasear, por conocerlo, suelen visitarlo en sus dos últimas horas de vida (de una a tres, que coincide con el momento de mayor bullicio y ajetreo). Sin embargo, los auténticos buscadores de objetos, van al rastro a primera hora (a las 9:00), a patearse todas sus calles y encontrar las mejores gangas que poder regatear con algo de tranquilidad. De momento, no era mi caso.
Mi camino por el rastro se sucedió por sus típicas y empinadas callejuelas: la calle Mira el río Baja, la Ribera de Curtidores, la Plaza del Cascorro. En ese recorrido, los puestos de objetos se sucedían sin descanso, y la masa de gente, curiosa o interesada, se agolpaba por doquier. Con mi mano siempre en el bolsillo (los frecuentes robos son la cara triste de todo esto) me sorprendí de ver cosas que jamás pensé que se pudieran vender: tornillos, pomos y visagras antiguas (¿quién quiere una visagra oxidada?). Pues sí, había gente preguntando por ellas. Y es que, una de las cosas que he aprendido, es que en Madrid hay gente para todo. Y eso me fascina.
Relojes, libros usados, espejos, sillas, banderas, chapas... You name it... Hasta unos patines (justo en la semana en que me había planteado comprarme unos, y en la que había poco más que ironizado sobre la posibilidad de encontrarlos en el rastro). Pues allí estaban. Además, el rastro tiene algo de social: la gente va, pasea, se entretiene, compra algo, disfruta de algún espectáculo callejero y después se va a La Latina de tapeo. Cosa que, para adaptarme aún más a la cultura madrileña, no dejé de hacer.
Fue un gran día de domingo, aunque no encontré rastro de nada que me interesase plenamente. Pero, después de lo vivido, estoy seguro que es que no busqué bien. Está claro que tendré que volver otro día más temprano.
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Guadalajara de cerca
domingo, 1 de febrero de 2009
Ya sabía yo que tarde o temprano terminaría visitando Guadalajara; por mucho que me habían insinuado sobre la pérdida de tiempo que supondría ir a una ciudad carente de atractivos turísticos, mi permanente curiosidad y los escasos 53 kilómetros que la separan de Madrid (lo que convierten a estas dos ciudades en las terceras capitales de provincia más próximas de toda España, por detrás de las duplas Valladolid-Palencia y Bilbao-Vitoria) me animaron a aprovechar mi sábado libre para hacerle una visita.
Y en tan sólo 25 minutos ya había llegado. No es un dato irrelevante, pues su proximidad a la capital de España forma parte, para bien o para mal, de su idiosincrasia. Esta tan cerca que desde allí se divisan a lo lejos las impresionante 4 torres de Madrid. Guadalajara está circundada por las autopistas que van a Zaragoza (la A-2 y la R-2) lo que la convierte en un lugar de fácil acceso para los madrileños que, por su cercanía, la han acogido como ciudad dormitorio (también quizás por unos precios de vivienda más asequibles). Ello repercute en la ciudad, que crece, pero con gente de fuera; algo que los guadalajareños asumen con la duda de si se convertirán en un barrio más de Madrid.
Pero Guadalajara tiene muchas aspectos que le confieren identidad propia. Tiene una historia, desde los árabes que la fundaron y le dieron ese nombre con el prefijo característico. Y unos nombres importantes para la ciudad, como la familia de los Mendoza, que dejaron como legado un impresionante palacio con un patio de doble arcada reflejo de su riqueza; o la condesa de la Vega del Pozo, que está presente en todos los rincones aunque nosotros sólo vimos un Panteón con su nombre de accesos complicados junto al recinto ferial.
El paseo por la ciudad es agradable aunque corto, pues con sólo 80.000 habitantes hay que tener cuidado para no salirse del perímetro. Pero tiene pinta de ser un lugar donde se vive con mucha tranquilidad. Como un pequeño pueblo. Subiendo por su calle mayor, se ven edificios de todos los tipos. Desde el ayuntamiento o el inmenso Banco de España, hasta las pequeñas casas que rodean la Concatedral. Desde fachadas mudéjares que recuerdan su pasado musulmán a graciosas muestras de graffitismo permitido en muchas paredes del centro. Casas que vieron nacer a ilsutres famosos como Buero Vallejo o afables anónimos como la señora Julia que nos ayudó por dos veces a encontrar nuestro camino. Contrastes extraños pero interesantes.
Por todo ello, rechazo las opiniones prejuiciosas que me aconsejaban no visitar esta ciudad manchega. Siempre es beneficioso conocer sitios nuevos, y más aún si los tengo a mi lado.
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Las noticias desde dentro
martes, 27 de enero de 2009
No todos los días se tiene la oportunidad de visitar el periódico generalista de mayor tirada en España. En la facultad nos enseñaron que los medios son el cuarto poder y que su poder de influencia en la sociedad es determinante en la mentalidad de la masa (al hilo de la actualidad, parece que lo de "derrocar gobiernos" no es exclusivo de las profesiones de altos vuelos; o al menos, lo de "derrocar presidentes", como ha conseguido sorprendentemente el Marca con el del Madrid). Por eso, el ofrecimiento de mi amigo Nando de dar una vuelta por la redacción de El País me inspiró una creciente curiosidad.
Mi compañero en Periodismo está viviendo en primera persona lo que se cuece en el medio impreso del grupo Prisa, pues está empezando a hacer sus pinitos en la sección de Internacional. Así que nadie mejor que él para enseñarme algún entresijo del coloso de la información. Lo primero que vimos fue la puerta de atrás, repleta de furgonetas que, debido a la hora (las once de la noche) se preparaban para cargarse de manojos de periódicos para que a primera hora del día siguiente todos sus fieles pudieran ver en portada la sonriente cara de Obama (no podía ser de otra forma).
En la entrada principal, el recepcionista me dejó pasar sin impedimentos. "A estas horas no hay problema". Dejamos la cafetería y subimos a la segunda de las cinco plantas del edificio. Y, al abrirse las puertas, la sorpresa inesperada. Nunca imaginé que la redacción de El País fuera un inmenso espacio diáfano, donde se mezclaban en aparente caos todas y cada una de las secciones del periódico sin ninguna pared que sirviera de separación entre ellas.
Desde el pasillo que la circunda y a través de los cristales que la rodean, pude ver cómo a esas horas el trabajo en la redacción estaba casi hecho. De las casi 300 mesas que rebosaban aquel espacio (todas llenas de papeles amontonados y pantallas de ordenador), apenas quedaban algunas ocupadas: las de los de Deportes, que esperaban con cara de sueño y aburrimiento a que acabase el partido de Copa entre el Español y el Barcelona; y los del periódico Digital, estos sí en mayoría, que tienen que quedarse toda la noche en vela para actualizar la web en el caso de que algo suceda. Es lo que tiene la inmediatez informativa.
La redacción vacía y el periódico en la rotativa, imprimiéndose. Visitamos también la redacción de El País Semanal (nuevamente sin gente) y fue significativo el hecho de ver un ABC tirado en el suelo de uno de los pasillos. Yo, prudente de mí, pasé a su lado sin pisarlo.
La verdad es que, a pesar de ver la redacción dormida (como el periodista que veía el partido), me impresionó. Pero tiene que ser espectacular verla despierta, llena de gente, de bullicio cada vez que hay una noticia, de personas corriendo por los pasillos con papeles en la mano y bolígrafos en la oreja. O al menos así es como yo siempre me la he imaginado. Espero tener otro día la oportunidad de descubrirlo.
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Pinsapos entre tinieblas
lunes, 19 de enero de 2009
"Hecho en Andalucía" (como rezaba el lema de la campaña con la que la Junta quiso promocionar los productos andaluces). El pinsapo es una especie vegetal única y genuina del sur de España. Debe ser que las condiciones de los lugares en los que abunda (la serranía de Ronda), con veranos cálidos, inviernos fríos y precipitaciones abundantes, favorece su crecimiento. Parece una mezcla de abeto y pino, pero tiene sus diferencias: algunas se me escapan pues no soy un entendido (seguro que algún biólogo podría aportar algo más), pero superficialmente sus hojas tiene una forma muy peculiar, con hojas muy erguidas con miles de pequeños "pinchos" verdes y pequeños conos en su punta que deben de ser su fruto.
Es un árbol precioso, pero, realmente, muchas veces no sabemos valorar lo que tenemos. De hecho, su descubridor ni siquiera procedía de aquí. Fue un suizo llamado Edmund Boissier, un botánico aventurero que con ganas de explorar nuevos horizontes vino a Andalucía. Quedó prendado de este tierra (cómo no) y realizó múltiples viajes observando su flora, hasta dar con la clave de su nuevo hallazgo en 1838, que reflejó en su libro Notice sur l'Abies Pinsapo. Una vez más, los foráneos conocen más que los oriundos.
Es una suerte poder contar con una especie autóctona, pero su disfrute puede tener caducidad: está en peligro de extinción (a veces creemos que sólo los animales corren el riesgo de desaparecer) por causas varias como la deforestación o los proyectos urbanísticos. Es por ello por lo que su observación está restringida en algunos casos, como en el Parque de Grazalema en Cádiz (donde, para poder hacer alguna ruta, hay que solicitar permiso previo y el cupo de visitantes es limitado). Sin embargo, en la Sierra de las Nieves, en Málaga, este árbol también copa las montañas y todo tipo de rutas (por el momento) están permitidas. Así, aprovechando que el pasado campamento de Navidad se ubicó en plena sierra, nos adentramos en una de ellas para conocerlo.
Comenzamos en el pueblo de Yunquera, desde donde partía un camino que pasaba por el camping "El Pinsapo Azul" (pinsapo lo entiendo, pero ¿azul?) y proseguía sin pérdida en ascenso continuo hasta el Puerto del Saucillo durante 6 kilómetros. En este trayecto divisamos nuestro primeros pinsapos, preludio de lo que vendría después.Ya arriba, el Saucillo cuenta con un mirador, pero la espesa niebla que nos acompañó durante toda la ruta (habitual por esta zona) nos impidió ver nada. Allí comenzaban dos senderos, una para llegar a al cumbre del Torrecilla (el pico más alto de la provincia de Málaga) y un nuevo sendero, circular, con una longitud de 5 kilómetros, que fue el que tomamos. Un cartel indicador nos daba información de la ruta, pero no nos avisaba de que nos adentrábamos en un bosque espectacular.
De repente, caminando por un estecho sendero nos vimos cubiertos por una frondosa masa de vegetación que la niebla contribuía a hacer aún más interesante. En este trayecto los pinsapos se multiplicaban, y se mezclaban con quejigos, pinos y otros arbustos. Un número inimaginable de árboles comparado con lo que habíamos visto hasta entonces.
Si hubiésemos hecho caso al cartel de la ruta, que nos avisaba de tomar en los cruces siempre el camino de la izquierda, habríamos llegado a Puerto Bellina y desde allí habríamos iniciado el camino de vuelta al Puerto del Saucillo y después la bajada a Yunquera. Pero como en algún momentos tomamos el camino equivocado (pues nuestra ruta se yuxtaponía con un sendero GR que nos confundió), acabamos dando una vuelta tremenda hasta acabar (sin saber aún cómo) en la carretera que uno Yunquera y El Burgo. No nos importó pues, así, pudimos disfrutar más de los pinsapos.
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Adiós a la navidad
martes, 13 de enero de 2009
Resulta llamativo despedir la Navidad cuando Madrid sigue cubierta de un manto blanco y cuando aún hoy hemos visto caer (aunque en menor medida que el pasado viernes) algunos copos de nieve. Pero este período del año se dio por concluido la semana pasada cuando, el día siguiente al de Reyes, los operarios del ayuntamiento comenzaron a desmantelar toda la parafernalia navideña.
Este año, al igual que el anterior, me ha tocado vivir parte de esta fiesta en otra ciudad. Y por supuesto la Navidad en la capital da mucho que contar. Como ya he corroborado en más de una ocasión, en Madrid todo es más grande de lo normal. Y como tal, impresiona. Gallardón, el alcalde, en sus presupuestos (y quizás con algo de conciencia ecológica que nunca viene mal a un político) ha invertido menos dinero en la colocación de bombillas (aún así se han colocado casi 7 millones en toda la ciudad) que además son de menor consumo. A pesar de ello, el gasto municipal ha aumentado porque parte de ese dinero lo han destinado a pagar a diseñadores de lujo para establecer modelos de iluminación innovadores, únicos y, ciertamente, espectaculares.
De esta forma, la moda también ha llegado este año colgada de un lado a otro de la calle. Las tradicionales campanitas de bombillas amarillas han pasado la historia en favor de vanguardistas modelos de múltiples colores y parámetros minimalistas (menos es más). En Chueca la bandera multicolor pendía en tiras sobre las cabezas de los viandantes, y en el paseo de Recoletos eran millones de círculos los que se perdían en el horizonte. Merecía la pena hacer un recorrido pues cada calle ofrecía una imagen diferente; de hecho, este año han puesto un servicio de autobús (por un euro) para poder ver las principales con un extra de un de guía cantando villancicos incluido.
A ello hay que añadir los árboles. Tanto los de verdad (con lucecitas en vez de frutos) como los de mentira, los de Navidad, que por supuesto, también eran enormes. Hasta 17 metros medía el de la Puerta del Sol (una especie de cono gigante decorado con triángulos verdes asimétricos); pero se ve que había otro de 51 metros diseñado por Agatha Ruiz de la Prada (esta mujer hace de todo) en la plaza de Carlos V. Habría que haberlo visto.
Pero lo que más me ha sorprendido de Madrid no ha sido ni su espectacular cabalgata ni la inimaginable marabunta de gente que invade el centro en estas fechas (y que literalemente te impide avanzar por las calles). Pues no. Lo que más me ha llamado la atención es la extraña costumbre que tienen los madrileños de ponerse pelucas de extravagantes tonalidades en la cabeza, a cada cual más ridícula. Es un fenómeno digno de estudio, pues lo mismo te ves a un cabeza de familia con un gorro con dos cuernos de reno, que a un abuelete con una cabellera morada tipo Alaska. La gente compra en masa estos productos y se los pone sin pudor. Y preguntando preguntando, aún no he encontrado a nadie que me explique este sin sentido. Igual es para ir a juego con la iluminación.
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La gran nevada en Madrid
viernes, 9 de enero de 2009
Hoy hemos vivido una jornada histórica en Madrid. El despertar me trajo una sorpresa al mirar por la ventana del salón. ¡Estaba nevando! Llevábamos ya muchos días de frío y la posibilidad de precipitación de nieve sopesaba en el ambiente. Así que no lo dudé y enseguida me cambié de calzado: los botines por las botas de montaña. El día prometía. Ataviado con gorro y guantes nos dirigimos a las clases matinales, cuando por el camino me encontré con que casi no reconocía mi coche. Menos mal que a la escuela voy a pie.
La nieve lo cambia todo. De hecho, es la única que ha conseguido que los madrileños se vean forzados a conducir despacio. Era gracioso comprobar las caras de algunos al volante, impacientes por no poder acelerar. Al comenzar la clase, faltaba más de la mitad de los compañeros. Por las ventanas se veía cómo se empezaban a formar atascos en las carreteras. Y, después de apenas 3 horas con nuestro profesor, se nos anuncia que se suspende la jornada por el mal estado del tiempo. Día libre y rienda suelta a los juegos, batallitas y bolazos en un entorno totalmente recubierto de nieve que se asemejaba a la típica estampa navideña.
Los propios madrileños no recordaban una nevada igual desde hacía mucho tiempo. Los copos no han parado durante todo el día, y se ha formado una capa en el suelo que ha alcanzado los 10 centímetros. Según la tele, no ocurría algo igual desde 1977. Qué suerte estar aquí para contarlo. La ciudad se ha colapsado por completo, y muchos conductores, por la impericia de pisar el freno en un suelo tan resbaladizo, han terminado con sus vehículos en la cuneta. Las cabezas pensantes de la ciudad, desbordados por un fenómeno que les ha cogido por sorpresa, han pedido a sus ciudadanos que usen el transporte público; era lógico dejar el coche en casa, pero el metro estaba repleto de gente y muchos autobuses, como este que vimos en la Alameda, han perdido el control y se han cruzado obstaculizando algunas calles y consecuentemente todo el tráfico.Otra importante consecuencia ha sido el cierre de Barajas, por primera vez en su historia. Hasta que las máquinas quitanieves han hecho su trabajo y han liberado las pistas, multitud de vuelos han sido desviado a aeródromos cercanos y el caos, nuevamente, se ha adueñado del principal aeropuerto del país.
Yo por mi parte he disfrutado como un enano de mi primer día de nieve en Madrid. Nos han dado fiesta en el "cole" y lo hemos aprovechado al máximo. Y es que la nieve, realmente, lo cambia todo. Menos mal que me puse las botas.
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El Cabo de Gata desde una piragua
miércoles, 7 de enero de 2009
Tenía muchas ganas desde hace tiempo de visitar el Cabo de Gata; por eso, la maravillosa propuesta liderada por nuestro querido José Carlos de hacer una ruta en piraguas recorriendo el litoral mediterráneo del sur de España era poco menos que irresistible. Un fin de semana con los quetzales bien merecían las 6 y pico de horas que separaban Madrid de Agua Amarga, la pequeña aldea desde donde comenzaríamos nuestra aventura al sur de Carboneras (donde se iba a construir el famoso hotel que destruiría el desértico y virgen terreno natural que hacen único a este parque exento de complejos vacacionales que atraigan al turismo de masas). En el litoral oriental de España no existe otro lugar igual.
El sábado la jornada comenzó pronto, con los primeros rayos del sol. Las 12 canoas biplaza y la individual comenzaron su marcha dirección sur en una espléndida jornada soleada y carente de viento (el cual hubiera dificultado enormemente la estabilidades de nuestras naves). Desde el mar, y a bastantes metros de la orilla, la naturaleza nos ofrecía un paisaje espectacular: la aridez más absoluta (no obstante, el Cabo de Gata es una de las zonas menos pluviosas de Europa) a través de montañas rocosas formadas bien por acumulación de sedimentos o por restos volcánicos que no dejaban opción a la supervivencia de planta alguna. Pasamos la Cala de enmedio y la Punta Javana y apenas vimos varios arbustos y alguna palmera solitaria.
La primera parada la efectuamos en la Cala de San Pedro, un lugar propicio para los nudistas debido a que su acceso es muy complicado. Ante los restos de una antigua torre vigía, y sin mirar mucho de reojo, estuvimos jugando a un anárquico baloncesto sin reglas en un agua de temperatura templada. Después de descansar sobre su arena de color grisáceo, proseguimos la marcha. Dejamos atrás el Playazo de Rodalquilar donde descubrimos que también hay playas de arena blanca en el Parque Natural y nos aproximábamos a uno de los puntos críticos de la ruta si hubiera habido viento: la Punta de la Polacra. Al ser un saliente de tierra que provoca un cambio de dirección en la ruta de sur a oeste, es una zona donde el fuerte aire puede ocasionar violentos oleajes que ponen en peligro a toda embarcación que ose rondar cerca de la costa. Nostros tuvimos suerte y el tiempo, contradiciendo a las predicciones meteorológicas, nos concedió una tregua y pudimos disfrutar de un paraje extraordinario.
El mismo viento que hubiera condenado al fracaso nuestra expedición había forjado, a lo largo del tiempo, unas formas curvas en las montañas de roca que conferían a sus paredes diseños espectaculares. Lugares innaccesibles para el hombre y sólo conquistados por las gaviotas, únicas testigos de aquella obra de arte. Ellas y nosotros. Antes de terminar de cruzar la Polacra, descubrimos una cueva a la que pudimos acceder sin bajarnos de nuestras piraguas. Otro lugar inédito para muchos se abría antes nuestras embarcaciones. Conforme nos adentrábamos en ella, la luz se atenuaba hasta llegar al límite de paso posible. Allí nos topamos con unas bolas rojas pegadas en la roca bajo el nivel de la superficie del agua. Se trataba de una especie viva que algunos denominaron "tomatitos de mar". No sé si el nombre es muy científico pero sí bastante clarividente.
Continuamos remando y decidimos que era un buen momento para comer. Nos detuvimos en la Cala del Carnaje, que no era el mejor lugar porque en vez de arena contaba con pedrolos gordos como bolas de una bolera. Pero aprovechamos para hacer submarinismo en sus transparentes aguas. Allí vimos bancos de peces, erizos de mar, su fondo rocoso y por supuesto Andrea, la estrella del mar, encontró cosas donde nadie más las veía.
El agua en el Cabo de Gata no tiene comparación. Durante toda la ruta era increíble comprobar cómo debajo de nuestra canoa se podía contemplar el fondo marino. Su color variaba del turquesa al azul oscuro dependiendo de la profundidad del fondo y de su composición. Por eso pararse para bucear era casi una obligación, aunque algún vuelco de piragua no fue precisamente voluntario.
Al atardecer nos detuvimos en la Cala del Toro, único lugar de todo el Cabo de Gata donde encontramos una especie de bosque, lleno de árboles. Un oasis en el desierto. Allí plantamos el campamento y descansamos del largo día de remar tumbados en la orilla. Sin duda, el hotel más barato y de más estrellas.
Al día siguiente, tras un precioso amanecer, reanudamos el viaje pasando por nuevas calas de ensueño, como el Islote del Moro donde tuvimos que tener pericia para pasar entre dos grandes rocas sin volcar. Finalmente, llegamos a nuestro destino, San José, un lugar bastante más turístico y alejado de la paz que nos había acompañado el día y medio anterior. Una ruta de casi 40 kilómetros inolvidable que desbordó las ganas que tenía de conocer este lugar mágico.
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Nuevo año
jueves, 1 de enero de 2009
Hace justo 365 días estaba celebrando la entrada en 2008 muy lejos de España, en un lugar mágico como la Playa Uvita de Costa Rica. Este año el escenario ha sido el tradicional, en casa y con la familia. Diferente pero igualmente satisfactorio. El año pasado los actores fueron los peligros de la Ruta Quetzal, y ayer, los amigos scouts. Muy bien rodeado dimos todos juntos la bienvenida a 2009.
Hoy me quiero acordar de un viaje que tenía pendiente de comentar. Hace unos meses nos reunimos en Agua Amarga, en pleno Cabo de Gata, un grupo de monitores de la ruta para uno de nuestros famosos encuentros. Año tras año, la familia va creciendo, y lo que en principio se convirtió en reuniones por España de los monitores de 2006, se ha convertido ya en una tradición a la que se sumaron el año pasado los de 2007 y recientemente los nuevos de 2008.
En Almería el número de participantes ascendió a 25, todo un record. Aún me sigue impresionando el enorme esfuerzo que realizamos todos por llegar a tiempo, tanto por el número de horas de trayecto (Marta vino desde Asturias, Charuca desde Valladolid, Andrea desde Ponferrada o Meri Angels desde Salamanca, por ejemplo) como por el escaso tiempo del que disponemos para reunirnos (apenas un fin de semana). Pero quizás por ello estos encuentros se viven tan intensamente: todos vamos con ganas e ilusión por reencontrar caras conocidas y por disfrutar al máximo cada segundo.
La excusa en esta ocasión era realizar una ruta en piraguas por el Parque Nacional del Cabo de Gata. Una experiencia impresionante maravillosamente organizada, como siempre, por el frente granadino encabezado por José Carlos. Las cristalinas aguas del mar Mediterráneo fueron testigos de los ataques piratas de canoa o canoa (con míticas peleas como la encarnizada contra Palma y José Pablo), con robos de remos incluidos y trasvase de objetos de una embarcación a otra. Volteos no autorizados de piraguas y paradas en el camino para sumergirnos y explorar el fondo marino fueron constantes en nuestro recorrido. Que si una playa nudista por aquí; que si una estrella de mar encontrada, cómo no, por Andrea; que si Charuca y Paula dedicen hacer más kilómetros que nadie y pasarse el destino...Dos días intensos cargados de anécdotas que llevarnos en la retina. Anécdotas y otras cosas, pues alguno se llevó equipaje extra. Agustín y su pedrolo, la manta azul, la gorra amarilla, algunas piñas, y por supuesto la margarina tricolor que hizo las delicias de todos los presentes... y que incomprensiblemente (aún no me lo explico) se encuentra actualmente en el congelador de mi piso de Madrid.
Espero que el recién estrenado 2009 traiga nuevas aventuras. Por ganas de verse, desde luego, no va a quedar.
Publicado por Lince, viajero de culo inquieto en 22:06 0 comentarios
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