El anillo del compromiso

miércoles, 9 de junio de 2010

Imitando el modelo del resto de grandes ciudades europeas, Madrid trata de ponerse al día en cuanto al transporte de bicicletas se refiere, solventando sus grandes dificultades de tamaño, orografía (cuántas cuestas) y de tráfico a motor. A ello se ha comprometido el ayuntamiento, a través de un Plan Director de Movilidad Ciclista de Madrid que aspira a completar, en 2016 una red viaria de 115 kilómetros. Hoy, tal compromiso va materializándose poco a poco, como en el casi completo Anillo Verde.

El Anillo Verde es una propuesta de carril bici circular, a través de un trazado asfaltado de 6 metros de ancho independiente del resto de vehículos. Bordea todo Madrid, por ello tiene una longitud nada menos que de 65 kilómetros. Poco práctico desde el punto de vista de la movilidad urbana, pero una propuesta muy interesante para un grupo de ciclistas ociosos. El anillo permite dar la vuelta a Madrid y conectar barrios muy distantes y muy distintos, y ver una realidad diferente al centro que es lo que todo el mundo ve.

Nuestro viaje comienza en el este, en mi barrio, en la zona del Parque Juan Carlos Primero. Tomamos dirección norte siguiendo siempre los altos postes que nos informan del kilómetro en el que nos encontramos y de cuánta distancia falta para la siguiente zona de descanso, habitualmente con bancos y fuentes para el avituallamiento, de las cuales el anillo está muy bien proveído. Allí conocemos los nuevos barrios residenciales de San Chinarro, Las Tablas o Montecarmelo, que siguen el típico modelo de bloques tranquilos, sin ajetreo de tráfico ni ruido de comercios.

Tras pasar el enlace con el carril bici que sube a Colmenar y a la sierra de Madrid, seguimos ahora dirección oeste, bajando paralelos al río Manzanares. A nuestra derecha tenemos el Monte del Pardo, a nuestra izquierda empiezan a verse edificios importantes de Madrid como el Faro de Moncloa o el Palacio Real, y y más abajo nos adentramos de lleno en la Casa de Campo, que como es sábado está repleta de gente, llamándome la atención que el 90% eran sudamericanos.

Ya llevamos la mitad del camino y nos encontramos en el sur de Madrid. La fisionomía de los barrios ha cambiado. Estamos en Aluche, en fiestas por cierto, y pasamos por Carabanchel. Se ven barrios más pobres que los del norte, y también el tipo de gente cambia, menos pija, más de calle. De hecho, tras cruzar el Parque del Manzanares y pasar junto a la Caja Mágica, circulamos junto a un barrio de chabolas que daba bastante miedito, teniendo en cuenta además que ya estaba anocheciendo.

Tras ello, el anillo nos dirigía al lado este de Madrid, con barrios más cuidados que los que habíamos pasado por el sur, como los de Moratalaz o Las Rosas. Aquí se encuentra la única parte del anillo que aún está en obras, coincidiendo con el paso junto al Estadio Olímpico, por lo que toca callejear hasta reencontrar nuestro camino. Finalmente, tras 6 horas de viaje, cruzamos el puente sobre la A-2 del barrio de Canillejas que nos dejó en el punto de partida.

La aventura de rodar por Madrid sin peligro fue altamente gratificante, no sólo por la seguridad de ir con tu bici sin miedo sino porque me dio la oportunidad de ver lugares que de otro modo nunca hubiera conocido. Aunque deja bastante que desear su señalización, tanto por su ausencia en muchos puntos como por ser errónea, lo que nos hizo perdernos más de una y de dos veces, el Anillo Verde es una idea magnífica, aunque, para que resulte verdaderamente útil para la vida diaria de los madrileños, deba verse complementado con vías radiales que conecten con el centro. Todo un reto con el que hay que comprometerse.

Un bosque en la ciudad

domingo, 6 de junio de 2010

Quedan pocas semanas en Madrid, y hay que aprovechar el tiempo que resta. Madrid nunca se acaba, y siempre hay algo nuevo por conocer. Cómo me arrepiento de no haber descubierto antes un lugar como la Casa de Campo.

Asociada hace años a las putas, la Casa de Campo se ha reinventado y el cierre al tráfico de muchas de sus hectáreas le ha hecho ganar en calidad medioambiental. Putas, haberlas haylas, pero pocas en comparación con la ingente cantidad de ciclistas, viandantes, corredores, jinetes a caballo, piragüistas en el lago o chavales que van al Parque de atracciones o al Zoológico.

Yo y mi bici nos dispusimos a descubrir este entorno natural. Existen varias rutas ciclistas, pero no están muy señalizadas. Lo mejor es perderse por los caminos y senderos que se meten entre la frondosa vegetación; y perderse, te aseguro que te pierdes. Porque la Casa de Campo no es un parque, es un auténtico bosque en la ciudad, donde es fácil sentirse aislado del mundo, una sensación de soledad tan difícil de lograr en la barahúnda madrileña.

Se pueden recorrer decenas de kilómetros entre pinos, robles, fresnos o sauces, por senderos más propios de un circuito de cross, con continuos vaivenes, subidas y bajadas, o terraplenes donde sentir un frenético vértigo flipándose un poco. Y todo al ladito de Madrid.

En estas, después de tantos meses, encontre mi lugar favorito de Madrid. Tras una subida a un monte, que no sabría volver a encontrar, llegué a la cima donde, a la sombra de un roble, observé la estampa más bonita de la ciudad en la que he vivido los últimos 19 meses. Allí, en solitario y en silencio, se veían, tras el Manzanares y las copas de los árboles del Parque del Oeste, las puntas de los edificios más significativos: las 4 torres, las Kío, la Torre Picasso, el Faro de Moncloa, el rascacielos de Plaza España, el Palacio Real o la Almudena... Todos al alcance de un vistazo, desde una posición privilegiada. Me podría haber quedado horas allí sentado.


Si tuviera que volver a aquel lugar, es probable que no supiera desandar mis pasos y encontrarlo. Menos mal que me aseguré de que quedase bien fijado en mi retina.

Corpus Toletorum

jueves, 3 de junio de 2010

No hay nada como decidir ir de tapitas a Toledo... y que te pille allí de pleno la festividad del Corpus. La ciudad repleta de gente, tanto en los bares como fuera de ellos, y algún desfile por las calles que nos impide el paso. Así que, un poco obligado por las circunstancias, no quedaba otra que ver un poco de que iba la cosa (creo que en Sevilla nunca lo he visto).

Y la cosa era un poco extraña. Por las calles, la gente agolpada dejaba libre un carril central para que desfilasen militares, vestidos de uniforme y marchando al son del tambor de una banda. ¿Militares en una festividad religiosa? Pues sí, y lo curioso es que el gentío, a su paso, aplaudía a raudales, sin mayor aliciente que verlos pasar.

Pero en esta procesión no sólo hay militares. También se saca la Custodia típica de esta celebración, que abandona la fastuosa Catedral por 3 horas para recorrer las calles del centro, acompañada por sacerdotes y monaguillos. Y este año, casualmente, con polémica, pues es la primera vez que a su salida el himno nacional ha sido interpretado por la banda municipal de Toledo en vez de por la banda militar, para apartar los honores militares del acto religioso. Entonces, ¿por qué siguen procesionando los miembros del ejército? Parece que por tradición, pues les han permitido que, voluntariamente, pueden seguir desfilando. Y con buena acogida del público, como comprobé con los aplausos.

Más allá de no entender mucho el sentido de la fiesta más allá de la tradición, lo mejor es lo bonita que está la ciudad. Si ya de por sí Toledo es preciosa, el centro estaba engalanado con guirnaldas de plantas, toldos para sofocar el calor, trozos de césped artificial decorativos, cabezudos, tronos de imágenes religiosas y los balcones todos jalonados con escudos de colores. Una forma especial de ir de tapitas.

Los contrastes de Tenerife

martes, 1 de junio de 2010

Lo que más me ha gustado de Tenerife es su falta de homogeneidad. Los contrastes entre sur y norte determinan una dicotomía que agrada, a buen seguro, a todo aquel que la visite.

El sur de Tenerife es el paraíso de los guiris. Las mejores playas de la isla, entendiéndose por extensas, están muy enfocadas al turismo. Los hoteles y apartamentos invaden la línea de costa, y los extranjeros encuentran un clima propicio durante todo el año para satisfacer sus ganas de sol. En el sur siempre hace bueno, aunque el viento también es protagonista, lo cual es óbice para la práctica del surf y derivados.

En cambio, en el norte siempre llueve o hace niebla. También por ello, el paisaje es verde y permite descubrir lugares tan encantadores como el Valle de la Orotava. La isla se vuelve más abrupta, y emergen acantilados como los de Masca, uno de los espacios naturales más impresionantes y sorprendentes que he visto nunca. En el norte es donde viven los chicharreros, donde esá su capital Santa Cruz o donde están las ciudades más bonitas, como Puerto de la Cruz o San Cristobal de la Laguna.

Pero también difiere el centro de la isla, donse se alza colosal el Teide. Parece mentira como tan sólo en 30 kilómetros se pasa de estar a nivel de mar a ascender al punto más alto de España con sus 3.718 metros. El paisaje vuelve a cambiar y se convierte en desértico, apenas algunas especies vegetales como los tajinastes rojos sobreviven a una árida extensión de roca volcánica. La nieve perpetua pinta de blanco la cima de una montaña dando una nota de color diferente al marrón de los roques y llanuras.


Así, en apenas unos kilómetros de extensión, la isla de Tenerife esconde algo para todos los gustos. Contrastes que juegan.

Mil años con un drago

lunes, 24 de mayo de 2010

Al habitante más antiguo de Tenerife, 31 años teóricamente más viejo que Matusalén, le cuesta aferrarse a la vida. Los achaques de la edad no pasan en balde para el ejemplar de drago que sobrevive en Icod de los Vinos, al norte de la isla. Determinar la edad de este árbol es tarea imprecisa, pues los tallos de los dragos carecen de anillos de crecimiento y sus años se determinan en función de las ramas que se distribuyen en su copa en forma de paraguas. Pero lo que es seguro es que el drago milenario tiene muchos, muchos años.

Las arrugas en su ancho tronco (9 metros de diámetro), o la enorme cavidad de 6 metros que se ha desarrollado en su interior, son sólo indicios de su deterioro. La salud de este vestigio del pasado languidece, y las actuaciones para su conservación han respondido a técnicas tan inverosímiles como el relleno de su oquedad interior con cemento y piedras, o la instalación de un ventilador para deshumidificarlo y evitar la aparición de hongos y bacterias que dañen la madera. Todo por conservar este símbolo de 16 metros de altura declarado monumento nacional en 1917.

Un árbol único en el mundo, pues por él fluye savia de color rojo y no blanca como en todos los demás, sin duda la sangre que emana de este dragón dormido que, según cuenta la leyenda, se despertó hace siglos para ayudar a una joven guanche que huía de un mercader que le perseguía. El mercader, precisamente, llegó a Tenerife en búsqueda de esa sangre roja con propiedades curativas, pero su encontró en su camino esta joven de la que se enamoró. La joven, aprovechando un momento de descuido mientras el mercader comía manjares de la tierra, corrió a esconderse en el hueco del tronco del drago. Y como si estuviésemos en el Jardín de las Hespérides, el árbol se transformó en un monstruoso dragón que defendió a su manzana de oro, a su joven guanche, de los ataques del mercader, que huyó despavorido al creer haber interferido en los legados de los dioses.

Realidad o leyenda, el Drago de Icod de los vinos continúa aún resistiendo al paso del tiempo. Matusalén murió en el diluvio universal, ¿hasta cuándo fluirá la sangre de este dragón?

La primera titada

viernes, 21 de mayo de 2010

Una titada es una reunión de titos (aunque ahora también está asumiendo el significado de "primera ronda del póker en la que todos juegan"). Y los titos son un grupo de tonTitos que no para de decir palabras sin sentido, fundamentalmente que rimen con "mi brigada" y otros sufijos indeterminados que entraran a formar parte de la CrAcademia. En este plan, el tito Fots, el tito Rou, el Tito Rich, el titjo Jaf y el tito Phelps se dispusieron a hacer su primera titada en Tenerife.

Los locarios aspirantes a brigadieres montaron su campamento base en Los Cristianos, cerquita de una playa que juega para coger un poco de morenismo. Entre partidas de dados, partidas de póker, partidos de fútbol playa y partidos de ping pong playa, los titos pronto empezaron a expander su círculo de amistades: que si una barbacoa el jueves, que si 5 italianas que al final se quedaron en dos, que si chicas de Vigo, que si unas irlandesas de acento incomprensible, que si una novia farlopera... que liada mi brigada.

También hubo tiempo para conocer todas las carreteras de la isla, a bordo de nuestro flamante Seat Córdoba con apertura en 6 cómodos pasos. Conforme se acercaba el final del viaje, los titos se fueron convirtiendo en Rafa Mora, Felpi, la Rouquesa de Alba, Feti y Desmondo, pero el éxito de la titada no decreció. ¿Para cuando la siguiente? Cuando quieras, maquinón.

Las sorpresas de la caja mágica

domingo, 16 de mayo de 2010

Nunca sabes qué sorpresa te depará el contenido de una caja mágica. La Caja Mágica de Madrid es, en principio, el lugar donde se celebra el Masters Series de Madrid, uno de los torneos de tenis más importantes del circuito ATP. El recinto, de novísima construcción, cuenta con un moderno cierre que permite cubrir el campo en caso de inclemencia meteorológica, tres pistas centrales y otras muchas secundarias para entrenamientos y partidos menos importantes, y es una de las bazas más sólidas en la(s) candidatura(s) de Madrid a las Olimpiadas.

En la pista central vi el primer partido de tenis oficial en directo de mi vida, en el que un decadente Carlos Moyá fue vapuleado por un tal B. Becker que no se llamaba Boris. Me llamó la atención el silencio que reina durante la disputa de los puntos: no se puede entrar o salir de la grada hasta el descanso que se hace cada dos juegos, no se puede hablar durante el intercambio de golpes, el móvil debe estar en silencio... El tenis en directo mola, se escuchan los golpes, el esfuerzo, se aprecian los bolazos en la arcilla, se ven las caras del público como se mueven de un lado a otro, se ve cómo funciona toda la maquinaria de recogepelotas, jueces de líneas (vaya curro), limpiadores de líneas, o la espectacular cámara que sobrevuela las cabezas de todos por un sistema de cables en suspensión. Una pena que el partido no estuviera más interesante, porque en uno disputado el ambiente debe ser espectacular.


Pero este Masters Series es mucho más. Tiene un punto de glamour que nada tiene que ver con el tenis. Yo, como espectador normalucho, tuve que sentarme en las gradas más altas, pues el estadio tiene reservados nada menos que 394 palcos con las mejores perspectivas del juego. Eso hace que los mortales, los verdaderos aficionados, estén lejos y los VIP (¡cuántos hay en Madrid!), se queden con las mejores plazas. Porque en el palco de debajo mía se reunieron un cuarteto de famosos que me sorprendió por los escasos nexos de unión con los que los relaciono: Paulina Rubio, Santiago Segura, Juande Ramos y Manolo Santana, los cuatro juntos y disfrutando (de cerca) del tenis (del del alemán, porque el de Moyá...).

Además, los bajos de la Caja Mágica parecen un centro comercial, lleno de tiendas de lujo para que los del postureo compren mientras van al tenis. Un poco extraño, la verdad. Y en los descansos, o si el partido era aburrido, unas terrazas con bares y restaurantes que dan a un laguito, un sitio donde al solecito se estaba tan a gusto que fácilmente se te puede olvidar que a lo que habías venido era a ver tenis. O no, porque nunca se sabe lo que hay dentro de una caja mágica.

El camino de puntos amarillos

viernes, 7 de mayo de 2010

Los finde de semana los madrileños se lanzan a la sierra, como se conoce por estos lares a las montañas del norte de la provincia. Una de las rutas más populares es el Camino Schmidt, nombre nada castizo para un sendero creado en los años 20 por un guarda austriaco del bosque. La ruta es muy asequible y no tiene pérdida, pues, cual Dorothy en Oz, basta con seguir los puntos amarillos que en árboles y piedras van señalizando el camino a seguir.

Una buena idea para realizarla es dejar el coche en Cercedilla, lugar donde termina la ruta. Allí se puede coger el tren de la sierra, la pintoresca línea de Cercanías que une Cercedilla y el puerto de Cotos y que atraviesa la montaña por su estrecha vía rodeada de pinos. El paisaje lo abandonaremos en la estación del Puerto de Navacerrada, desde donde comienza nuestra ruta a pie. Entre los edificios de una estación de esquí ya cerrada por estas fechas, debemos ascender por carretera hasta tomar una pista de tierra a la izquierda. Antes de llegar a la residencia del ejército del aire, el sendero ya señalizado se inicia a nuestra izquierda.

El camino es sencillo, y alterna repechos y bajadas. Aún en abril, el hielo recubre parte del camino, y hay que andar con cuidado para no resbalar en un descuido. Por eso sorprender ver cómo osados ciclistas desafían las leyes de resistencia para hacer el camino a dos ruedas. Entre un espeso bosque de pinos silvestres y siempre con sombra que alivie el calor, el sendero cruza transversalmente la pista de esquí de El escaparate, aún con mucha nieve. Sin crampones lo único que queda es pasar despacito para no probar el descenso acelerado de pistas sin esquíes.

En pocos kilómetros llegamos al Collado Ventoso, el punto más alto del recorrido, con 1892 m AMSL. Hoy sin viento, es un lugar precioso para descansar y tomar un piscolabis. A partir de aquí, y siempre siguiendo nuestras guías amarillas, el camino sólo es de descenso, entre más pinos y robles, hacia el Valle de la Fuenfría. Es esta una zona muy transitada, pero es normal, pues es ideal para pasar el fin de semana. Verdes praderas, el río, los árboles y bien comunicado por carretera, un lugar5 estrellas en el manual del buen dominguero.

Camino abajo llegamos en pocos kilómetros al lugar donde comenzamos nuestra ruta, la estación de tren de Cercedilla, completando así mi primera ruta de senderismo por la sierra.

El palacio da pena

martes, 4 de mayo de 2010

La mayoría de las veces la evaluación que se hace de un viaje depende no ya del valor histórico o monumental de sus elementos visitados; frecuentemente, el hecho de que nos guste algo más o menos puede depender de nuestro estado de ánimo, del tiempo que hizo, del cansancio acumulado, de los percances que nos ocurrieron o de las gentes que conocimos. Muchos factores que dan lugar a múltiples interpretaciones.

Algo parecido ocurrió en Sintra, la bella población portuguesa cuya visita me decepcionó por la masificación de turistas que decidieron visitarla el mismo día que yo. Añadiendo además un día lluvioso nada favorable, las colas, los atascos y el gentío no me dejaron disfrutar de un sitio que por otra parte me pareció único: un microclima que genera copiosos bosques rodea una ciudad de palacios y callejuelas con un encanto especial.

El ejemplo más claro ocurrió en el Palacio da Pena, un lugar de fantasía situado en la peña de una montaña (de ahí su nombre), en medio de un bosque de 200 ha de lagos, pinos, helechos y secuoyas, donde se pueden hacer rutas de senderismo y admirar las vistas que desde lo alto ofrece la planicie portuguesa. El Palacio es de cuento de hadas, con sus torres y almenas, con sus paredes de colores, con sus mosaicos de azulejos, con su puente levadizo que da al patio y sus recónditos rincones para perderse.

Pero lo que parecía una visita idílica me dejó mal sabor de boca, precisamente, por esa sobresaturación de personas. Tuvimos que hacer cola para coger el bus que nos subiese a lo alto, después cola de 15 minutos para sacar la entrada, y luego una vez dentro del parque, nueva cola para entrar al recinto del palacio. Cuando las colas parecían haber terminado, una nueva fila de gente para entrar a visitar las estancias; pero una vez dentro, había tanta gente que de habitación en habitación se avanzaba al ritmo del de alante. Así es imposible disfrutar de algo, aprate de que las habitaciones de los monarcas me parecieron una recopilación de lo más kitch de todas las culturas del mundo (árabes, indios, japoneses...). Seguramente me influenció mi estado de ánimo. Y para rematar, nueva cola para coger el bus de vuelta.

Por todo ello, la visita al Palacio me dio pena, porque en verdad el lugar era increíble. Pero de todo se aprende, así que en vez de ir a Sintra un sábado santo como esta vez, estoy seguro de que la disfrutaré mucho más en mi próxima visita, un martes a ser posible.

Un viaje super super chulo

lunes, 26 de abril de 2010

Hay muchos adjetivos que podrían describir el viaje a Lisboa, como el de rabioso, pero me quedo mejor con el de super chulo; bueno no, super super chulo. Los mejores viajes son los que pasan las cosas más inesperadas, y en esto ya empezó así desde el principio, porque desde luego quién se iba a esperar que a Fati la del GPS se le ocurriera mandarnos a otro pueblo con una calle igual que la del albergue de Lisboa.

Pero una vez superada esta primera dificultad, todo salió a pedir de boca: y desde luego, porque no pasaban ni dos horas desde la última comida que ya nos entraba otra vez hambre: los choripanes de Óbidos, las queijadas de Sintra, la torta de miel de Nazaré, el bacalao de Lisboa... siempre acompañado, no podía ser de otra forma, de su cervecita, Sagres si era posible.

Un viaje en el que también acompañó el tiempo: unas veces llovía, otras hacía bueno... con esta predicción, ¿quién se iba a resistir a pegarse un bañito en la playa de Guincho? Entre viaje y viaje en coche, un repaso a la guía para conocer mejor los lugares, aunque ya sabéis, si te interesa, manda callar al que va leyendo.

Un viaje en el que al principio no pintaba nada y al final me alegró mucho conocer a Paula, Rosanna la que siempre faltaba, Zaida, Alberto, Tania, Andrea y Cecilia, y al que ya conocía, claro. Obrigado-nos.

Portugal alicatada

jueves, 22 de abril de 2010

Uno de los aspectos más curiosos de Lisboa, y de Portugal en general, es su propensión a revestir de azulejos, como si fuera el más clásico de los cuartos de baño, todo fachada o pared que se precie. Los mosaicos de azulejos lo adornan todo: fachadas de edificios de viviendas, paredes de interior de monumentos tan importantes como el monasterio de Alcoçaba, las estaciones del metro de Lisboa... una tradición que no por antigua se pierde: al contrario, las nuevas construcciones utilizan el azulejo como un ornamento importante, y lo comprobamos en alguno de las modernas construcciones de la Expo del 98 o en el estadio del Sporting de Lisboa hecho para la Eurocopa de 2004.

El azulejo fue introducido en la península por los árabes, pero su gran impulsor en Portugal fue Manuel I, quien lo importó de Sevilla. Al principio, se mantuvo el estilo árabe de figuras geométricas, pero más adelante, con la reconquista, se dio paso a los clásicos temas religiosos y posteriormente a temas costumbristas, como las escenas de caza del Palacio Nacional de Sintra. En esta época, el uso del color se limitó al azul. Hoy en día, los azulejos muestran colores de todo tipo, y rellenan las paredes de toda la ciudad incluso con funciones divulgativas, como en aquel puente en el que se disponían una serie de diferentes mariposas con sus nombres latinos.

Los azulejos dan un toque de personalidad propia al país; de hecho, en Lisboa tienen su propio museo. Aunque bien es cierto que, los que decoran los exteriores de los edificios, los podrían tener un poco más cuidados, pues por Alfama se pueden ver muchos desgastados, rotos o caídos. A no ser, pensandolo bien, que esto sea también un signo de distinción.

Colgado por Lisboa

lunes, 19 de abril de 2010

Por Lisboa corre una esencia especial, diferente, heterogénea y embaucadora; es una ciudad difícil de definir, mezcla de nuevo y viejo, de culturas y estilos. Quizás es esa indefinición lo que la hace tan atrayente o misteriosa, o la que provoca que todos los que han ido a Lisboa coincidan en que cuando estás saliendo de ella siempre te quede la sensación de que estás deseando regresar. Te quedas colgado por Lisboa.

En Lisboa, incluso las cosas que no te gustan tienen su encanto. Su aire se enrarece por su odioso tráfico, propio de una gran ciudad; pero, en contraprestación, su metro, moderno y cómodo, funciona a la perfección. La ciudad se asienta junto a la desembocadura del en este punto inmenso Tajo; aunque la brisa fluvial no sea especialmente amable para los olfatos, el río ofrece otros muchos valores añadidos: atempera el frío, los paseos junto a él en días soleados son una delicia y las vistas de Lisboa con el Tajo de fondo desde los muchos miradores de los barrios altos son inigualables.

En Lisboa, una calle es la columna vertebral: la rua Augusta, absolutamente plana, conecta la plaza del Rossio con el arco que se antepone a la Praça de Comercio, abierta al río. Me llamó la atención el particular enlosado de las calles, un sencillo pero estéticamente resolutivo mosaico de piedras blancas y azules, que combinados formaban figuras geométricas o incluso nombres de comercios. A ambos lados, cuestas y más cuestas conducen a dos de los barrios más populares.

Alfama, al oeste, es un típico barrio árabe de callejuelas y cuestas. Lo mejor para adentrase en él es pillar uno de los míticos tranvías amarillos lisboetas; su traquetreo denota vetustez, palabra que puede definir esta parte de Lisboa. Por Alfama la decadencia no es fea: las casas pueden estar cayéndose, las paredes desconchadas, a las clásicas paredes de azulejos que recubren la mayoría de sus casas siempre les falta alguno, las calles pueden estar levantadas... pero todo ello confiere a Alfama un encanto íntimo y especial. En el barrio destacan la Catedral o Sé y el Castelo de Sao Jorge, que domina la colina desde su privilegiada posición.

Al este, tras empinadas rampas llegaremos al Barrio Alto. Podemos optar por ascender los cientos de escalones o usar el Elevador da Bica que en pocos segundos salva el desnivel con nuevas vistas espectaculares. Por sus callecitas se respira la Lisboa más tradicional; sin duda, lo que más me llamó la atención fue cómo los lisboetas no dudan en tender su ropa en el balcón para que se seque. Debe ser tradición el exponer las intimidades a todos los viandantres. El Barrio Alto es el mejor lugar para disfrutar la noche lisboeta, ya sea en la animada Rua Atalaya, donde sus decenas de bares te permiten sacar las bebidas a la calle y charlar con tus amigos bajo las ropas colgadas; o en algún lugar donde escuchar la canción portuguesa por excelencia: el fado.

Pero Lisboa ofrece mucho más. Como todos sabemos el año del descubrimiento de América, los lisboetas se saben de carrerilla la fecha del terremoto de Lisboa de 1755; prácticamente, la historia de todos sus edificios empieza con la cantinela del "Fue reconstruido después del terremoto de Lisboa de 1755..."; el más significativo que se salvó fue el Monasterio dos Jerónimos, en el barrio de Belem; otra visita obligada, no sólo por comprar pasteles, sino porque el día que fuimos hacía tan bueno que sus amplias explanadas de césped estaban abarrotadas de gente, incluso algunos osados jugaban al fútbol delante de la Torre de Bélem, el símbolo de la ciudad.

La experiencia del terremoto transformó Lisboa; por ello todo lo nuevo se hace con cabeza. A este respecto, me maravilló el Parque das Naçoes, los restos de la expo de 1998. Con muchísima envidia comprobé cómo, a diferencia del caso de la expo de Sevilla, todos sus modernos edificios han sido conservados y reutilizados: el oceanario, el teleférico, sus cuidadas y limpias calles, incluso edificios de viviendas y restaurantes que dan vida a una de las zonas más bellas de la ciudad.

Así es Lisboa; y espero que la próxima vez que vaya, la encuentre tan igual y diferente como la conocí.

Donde occidente acaba

sábado, 17 de abril de 2010

Es el punto final. Más allá, ningún caminante puede ir más lejos. El meridiano más occidental de toda la Europa continental pasa por unos acantilados que se han dado en llamar el Cabo da Roca. Ciento cuarenta metros roca abajo, el mar azota fuerte contra las paredes; es el primer contacto de las aguas con un continente inmenso.

El lugar llama la atención por sus increíbles vistas. Desde el mirador, el horizonte se abre en perfecta línea recta, y en los acantilados se abren cuevas enigmáticas. Al contrario que en el sureño Cabo de San Vicente, en el Cabo de Roca abunda la vegetación, y las laderas se copan de verde. Un monumento con una cruz nos recuerda las coordenadas que ponen fin al continente, y un faro datado en 1772 resiste aún y siempre el fuerte azote del viento que siempre reina en este punto.

Unos kilómetros más al sur, se halla una de las playas más espectaculares de la zona, la playa de Guincho, un lugar preferente para windsurfistas que tienen aseguradas las olas en cualquier época. La fuerza del agua es tan intensa que apenas con mojarte los pies se corre el riesgo de ser llevado por una ola, por eso es considerada una playa peligrosa. Pero ello no es óbice para disfrutar del encanto de una puesta de sol desde sus dunas.


Óbidos, regalo de bodas

miércoles, 14 de abril de 2010

Al norte de Lisboa, en plena región de Estremadura, descubrimos el pequeño Óbidos, un pueblo cuyo nombre me era tan desconocido como los encantos que escondía. Tan escondidos los tiene que para conocerlos hay que asaltar las murallas de 13 metros de altura que lo rodean a través de alguna de sus puertas. Las viviendas quedan así aisladas intramuros por estas paredes defensivas que construyeron las árabes. Se puede dar la vuelta a Óbidos desde las alturas, con las almenas como barandillas a lo largo de 1 kilómetro y medio.

Desde allí, desde lo alto de alguna de sus torres, se ve que todo el pueblo confluye hacia su castillo, una construcción con historia pues el rey Dinis I lo utilizó como regalo de bodas a su esposa Isabel en 1282 y esta tradición se mantuvo inalterada hasta 1833. Hoy constituye uno de los paradores nacionales más espectaculares de Portugal, y una estancia en él sería sin duda un buen regalo de compromiso.

El recorrido ya sobre tierra transcurre por pequeñas calles empedradas y sinuosas, y la gran cantidad de iglesias revelan que que el fervor religioso es importante en Óbidos; no obstante, su Semana Santa es muy famosa por una procesión nocturna a la luz de las antorchas. Las casas, blancas y relucientes, cubren sus paredes con franjas de colores amarillo o azul, mientras se adornan con variadas flores. Entre ellas, algún bar en el que degustar el popular licor de Ginjinha, hecho a base de cereza.

El ultraje del peaje

domingo, 11 de abril de 2010

Un road trip es una forma divertida, rápida y económica de viajar por un país; sin embargo, en el viaje por Portugal sólo podría estar de acuerdo con la primera de esas premisas, porque los atascos y los peajes imposibilitaron el cumplimiento de las otras dos.

Desde hace unos años, Portugal ha modernizado su red de comunicaciones con autopistas de varios carriles que vertebraban los flujos norte-sur y este-oeste del país. Trasladarse por estas nuevas carreteras es casi obligatorio, pues las antiguas son malas y peligrosas. Lo malo de ello es que por todas ellas hay que pagar un peaje de tránsito, cogiendo un ticket cuyo coste se paga al final, dependiendo de qué salida hayas tomado.

Este peaje, sin importar el trayecto, es carísimo, desorbitado diría yo (está claro de dónde quieren sacar el dinero para financiar las obras); pero es que además provocan unas colas de coches incomprensibles. Vale que estuviéramos en Semana Santa y todos los españoles nos pusiéramos de acuerdo en ir a Portugal. Pero el tardar 40 minutos en recorrer 600 metros para poder pagar es ilógico; una vez que te acercas a la taquilla, vemos que no todas están abiertas y que los taquilleros, por decirlo de alguna forma, no se manejan con mucha prisa. Lo cual mosquea aún más. El tiempo que se gana circulando por las autopistas se pierde intentando pagar por su servicio.

El caso más flagrante fue intentando entrar en Lisboa por el magnífico Puente del 25 de abril. Para cruzarlo en sentido entrada, hay que pagar un peaje ínfimo de algo más de un euro. Pero las colas para pagarlo son interminables. No tiene ningún sentido construir un puente para mejorar la circulación si para poder cruzarlo te llevas media hora. En Portugal, salga con tiempo.