Tirol porque me toca

martes, 29 de abril de 2008


En Munich, la ciudad más importante del sur de Alemania, comimos en un bar de lo más típico. Al norte del lugar más ilustre de la ciudad (la Marienplatz, el centro neurálgico) callejeamos hasta encontrar una pintoresca plaza llena de refinados bares entre los que se encontraba la Hofbräuhaus. Acudí a él un poco receloso, pues lo recomendaba mi guía a sabiendas de que era un sitio clásico de reunión de guiris (aún no me acostumbro a asimilar que ahora también lo soy yo) al estilo de la Carbonería en Sevilla. Pero la experiencia fue sumamente satisfactoria.

Al entrar, nos encontramos con un amplio espacio lleno de alargadas mesas con sus respectivos bancos. Todas estaban ocupadas, aunque en una de ellas sólo había un hombre mayor sentado. Sabíamos que en Alemania es normal compartir mesa con desconocidos, así que no nos sorprendió la amabilidad con la que el senor nos acogió. Era alemán, y nos dio algunas recomendaciones sobre la cerveza que debíamos tomar y las comidas más típicas de la región (cómo no, salchichas, hervidas en esta ocasión, y un poco de carne banada en salsa de cerveza).

La Hofbrähaus, a pesar de estar llena de extranjeros, es un lugar de reunión de la gente de la zona de Baviera, quienes no dudan en ponerse sus trajes tradicionales de tiloreses para encontrarse con sus paisanos. Nuestro amigo alemán nos comentó que se reunen todas las semanas (ese día era domingo), y alzando un poco la vista comprobamos que en la mesa de al lado la indumentaria de tres personas no eran los clásicos vaqueros que todo el mundo lleva en Alemania; al contrario, eran tiroleses, con sus clásicos gorros verdes, camisas blancas con tirantes y pantalones cortos (aunque haga muchísimo frío). Uno de ellos llevaba incluso el típico bigote de color gris con las puntas alargadas y en forma de espiral.

Allí estaban, bebiendo cerveza en jarras de litro (que aún no he sido capaz de pedir -me conformo de momento con la de medio litro) y disfrutando al son de una banda de música tirolesa que tocaba unas canciones muy divertidas (con instrumentos de viento y percusión) y que animaba a la gente a beber a la voz de "Ein, zwai, suffe" (algo así como: "uno, dos, y a beber"). El bar estaba repleto de tiroleses y me llamó la antención una senora perfectamente ataviada para la ocasión que, golpeando su mesa con dos cucharas de madera, podía con naturalidad seguir la melodía de las canciones. Nuestro amigo alemán, cuyo ritmo de beber cervezas era imposible de mantener, nos comentó que esa mujer siempre aparecía por allí y ocupaba el mismo lugar.

Las camareras también iban vestidas conforme al estilo tirolés (con sus faldas y apretadas vestimentas); algunos jóvenes pasaban vendiendo los clásicos "Pretzels" (un pan en espiral algo saldado que se toma a todas horas) que sostenían en sus manos; y lo que más me llamó la atención fueron unas taquillas especiales, con forma de jarra de cerveza, en la que los clientes habituales podían guardar bajo llave su recipiente favorito (todo el mundo sabe que la cerveza hay que beberla en su vaso adecuado).

Todo de lo más típico, pero yo salí encantado. Ahora entiendo algo más a los guiris que visitan la Carbonería.

Mejor sin humos

lunes, 21 de abril de 2008


Ya he dado uno de las pasos más importantes para integrarme en la cultura alemana: me he comprado una bici, el medio de transporte más utilizado en Tübingen y en toda Alemania. La adquirí en una tienda-taller donde reparan los ciclos viejos y los venden de segunda mano. Y ahora la uso para ir todas las mananas a la escuela de idiomas, gracias a la cual gano 30 minutos de sueno y me ahorro unos 15 de viaje (también me integro en esto de calcular los tiempos).

Por la ciudad apenas hay coches. No he visto aún ningún atasco ni mucho menos a nadie tocando el claxon. Hay aparcamiento de sobra por todos sitios y los pocos vehículos que circulan lo hacen moderadamente. La mayoría de la población utilizada la práctica red de autobuses, que con apenas 30 líneas alcanzan todos los puntos de la ciudad. Hay autobuses a todas horas y lo más increíble es que en cada parada se puede leer en una tabla a qué hora pasará el próximo autobús... !y siempre coincide! No he escuchado a ningún companero quejarse de que algún autobús se haya retrasado (al contrario, casi todos hemos perdido alguno). Y por supuesto nadie paga. Bueno, nadie controla que lleves el ticket encima, aunque doy más que por sentado que todos y cada uno de los viajeros cumplen con la legalidad (a mi me dieron los del curso un abono mensual).

Pero, sin duda, la reina es la bicicleta. Están aparcadas por toda la ciudad (sobre todo en la estación de tren), con simples cadenas porque nadie las roba. De hecho, muchas de ellas están abandonadas y nadie te diría nada si las cogieras y las repararas. Hay carril bici, aunque simplemente es un par de líneas rojas que separan la calzada para los vehículos de la de las bicicletas (el de Sevilla está bastante mejor disenado). Pero no hace falta porque todo el mundo respeta a los ciclistas. Y con una tecnología de vanguardia: desde chubasqueros que cubren hasta el manillar, hasta remolques adosados al cuadro bajo el sillín para poder llevar a los ninos.

Yo con mi bici voy encantado. Cierto es que la alterno con el autobús, sobre todo los días que llueve mucho. Pero también podría combinarlos, ya que aquí te dejan subir las bicis en el autobús (te dejan subir hasta los perros). Es sin duda un país con otra mentalidad, muy bien organizado y un magnífico ejemplo a seguir en la lucha por conseguir un transporte más limpio y eficaz.

La puntualidad alemana

martes, 15 de abril de 2008



Ayer perdí mi primer autobús en Alemania. Me dirigía al centro de Tübingen para tomar unas cervezas por la noche, pero llegué a la parada un minuto tarde. El autobús acababa de marcharse y tenía que esperar al siguiente, que, desgraciadamente, no llegaría hasta 30 minutos más tarde.

Este es sólo un ejemplo de lo precisos que son los alemanes con el tiempo. Los relojes tienen fama de ser suizos pero sus vecinos los germanos han debido de comprar todas las existencias. La exactitud con que calculan todo nos ha abordado desde el primer día que llegué aquí. Lo primero que me explicó mi familia fue que para llegar a tiempo a la escuela, debo coger el autobús a las 7,40 (porque cada autobús de cada una de las líneas tiene perfectamente marcada su hora de paso en todas las paradas); pero debo llegar al menos dos minutos antes, porque el autobús puede pasar o un minuto antes o después; pero lo que es seguro es que llegando dos minutos tarde ya no se encuentra ni rastro del vehículo. El trayecto dura 18 minutos hasta la estación, donde hago un rápido trasbordo para coger otra línea a las 8,01 que en 9 minutos me deja cerca del instituto de idiomas. Ya en la escuela, de vez en cuando nos dan algún descanso, aunque en uno nos quedamos impertérritos cuando nos dijeron que duraba 7 minutos.

Ante esta situación hay que ir mirando la hora a cada instante, cosa que llevo mal porque no he traído el reloj y tengo que mirarla en el móvil. Pero no hay problema, ya que en casa, cuando me ducho por las mananas, un práctico reloj situado en la misma ducha me avisa con su ritmo veloz que el tiempo se me agota para no perder el autobús.

Todo este control del tiempo lo asumen con total normalidad, y a los espanoles, con nuestra bien ganada fama de tardones, nos cuesta un mundo asumirla. Aquí nadie llega tarde, por lo que hay que estar siempre a la hora indicada. Menos mal que, ayer cuando perdí el autobús, había quedado con espanoles.

Feria... ¡a bailar!

viernes, 11 de abril de 2008


La Feria, la gran fiesta de Sevilla. Una ciudad volcada con su semana grande. Un año entero de espera para gozar intensamente durante 7 días de juerga.

Creo que por muchos aspectos es un evento especial. Las mujeres, de todas las edades, desfilan en un pocentaje elevadísimo con sus trajes de gitana de múltiples colores. Y cómo les queda... Las casetas, como la de mi amigo Otto, ese punto de reunión en el que siempre encontrarás diversión y ganas de bailar sevillanas y disfrutar. La generosidad de la gente, siempre dispuesta a hacerte sentir a gusto cuando les rindes visita. Y el rebujito, la bebida estrella, tan refrescante y tan peligrosamente suave, que corre a raudales por todos los rincones (no me quiero acordar de los tiempos en los que sólo se bebía la manzanilla). Y todo ello a pesar de la lluviosa semana que hemos tenido este año.

Me gusta la feria, aunque de siempre he pensado que es una fiesta elitista, y que debería cambiar para abrirse más a sus visitantes, las gentes de fuera que sólo pueden entrar en las poquísimas casetas públicas que tiene el real. Parece que, en unos años, la feria cambiará de ubicación para hacerse más grande y entonces las públicas tendrán más cabida.

Eso ya se verá, y yo lo veré desde fuera. Hoy viernes me despido de la feria, y el año que viene será este mismo día en el que la empiece. Esta ha sido la última feria que viviré completa en unos años, dado que el año que viene espero estar por otros lares. Y ya sólo me queda hoy porque mañana me embarco (aunque sería más correcto decir "me enaviono") en mi nueva aventura por tierras germanas. Con la buena compañía será una experiencia inolvidable.

Un crisol de culturas

sábado, 5 de abril de 2008

Esta última semana, mientras trabajaba con mis niños de las aulas viajeras, me ha tocado, por diversos avatares de la vida, ir a Córdoba todos los días de la semana, de lunes a viernes. La verdad es que, con tanta visita, he tenido la oportunidad de conocer muchos lugares de esta hermosa ciudad, algunos de los cuales me resultan ya muy familiares; pero ello no ha sido óbice para tener mi cámara digital siempre a mano y poder retratar rincones que me resultan espectaculares.

Los paseos por Córdoba son reflejo de su rica historia; ha sido a lo largo de los siglos testigo directo de la convivencia de pueblos muy distintos, primero los romanos y luego los judíos, musulmanes y cristianos, quienes han dotado a la ciudad de una particular idiosincrasia y de un legado artístico de incalculable valor. Paseando por el empedrado suelo de su judería (del que me acuerdo porque es tan molesto para mis botines de suela plana), entre patio y patio, se pueden encontrar en pocos metros una sinagoga, varias iglesias y la majestuosa mezquita.

Por sus calles se levantan con frecuencia numerosos esculturas, cosa lógica si se entiende la cantidad de ilustres personajes que han nacido en Córdoba, como el filósofo Séneca, el judío Maimónides o el musulmán que da nombre a la calle de mi hermano Álvaro, Averroes; todos ellos referencias obligadas en su campo. Un importante escritor, Góngora, decidó uno de sus sonetos al río que pasa por su ciudad, en el que calificó al Guadalquivir como el "gran rey de Andalucía".

La ciudad era bonita, pero lo será aún más en un futuro próximo. Los grúas y los andamios pueblan el paisaje, ya que la ciudad está haciendo un enorme esfuerzo por ser considerada capital europea de la cultura en 2016, como se lee un muchos carteles. Lo tendrá difícil, pues compite con Cáceres y Burgos, pero desde luego motivos para conseguirlo le sobran.

No es salto para cabreros

martes, 1 de abril de 2008

Ahí está, imponente, el Salto del Cabrero, la gran abertura natural que a lo largo de los siglos ha separado a dos magnas paredes de roca totalmente verticales. Una, de 80 metros de altura; la otra, un poco más baja, pero con una caída lo suficientemente impresionante para cortar el hipo de cualquiera. Ubicado en pleno Parque Natural de Grazalema, el dibujo que forma es único, ya que de las numerosas cimas que con características similares lo rodean, ninguna sufre una brecha similar.

Por ende, no resulta extraño que su unicidad haya dado pie entre los lugareños a numerosas leyendas que traten de dar una explicación a tan insólito fenómeno. Una nos cuenta que un cabrero que tenía un hijo enfermo, reunió dos cántaros de leche de sus cabras para poder sanarlo. Por la premura de la situación, pegó un gran salto desde una pared a la otra para ahorrar tiempo, con la suerte de que, al llegar, ni una sola gota se había derramado de ambos recipientes. Lo que no dice la leyenda es si los por todos conocidos milagrosos poderes de la leche salvaron a su hijo.

Otra nos narra la historia de un cabrero que pidió a un usurero 5 monedas de oro para poder curar a su hija enferma (parece que todo gira en torno a lo mismo); pero al no poder devolver el dinero, el prestamista se quedó con su rebaño de cabras y amenazó con quedarse con sus dos hijos. El cabrero huyó, y al saltar sobre una grieta en la montaña, esta se abrió como si hubiera sido Moisés el que brincaba, y por ella cayeron sus dos hijos y el adeudado. No sabemos nada del rebaño de cabras.

Parece físicamente complicado que un cabrero pueda llegar a saltar esta distancia (aunque soy de letras, quién sabe), pero aún así me gusta esto de las leyendas. Es muy del folclore popular. Por eso yo tengo mi propia versión de por qué la montaña está dividida en dos. Para mi, está clarísimo que fue culpa de un cabrero de Bilbao, a quien, mientras perseguía una cabra que se había escapado del rebaño en Santurce, se le cayó el hacha y su pesada hoja golpeó el suelo. No llego aún a entender porqué llevaba un hacha en vez de una cuerda para cazar al animal, pero está visto que en las leyendas siempre queda algo por explicar.

Si yo fuera un buen rover...

domingo, 30 de marzo de 2008

Si yo fuera un buen rover, estaría encantado de haber hecho la ruta al Salto del Cabrero por el Parque Natural de Grazalema. No pararía de recordar los enormes riscos que circundan el parque, las increíbles formas que adoptan y lo escarpadas que son sus paredes. Y me acordaría con satisfacción de los animalillos que pacían tranquilamente por unas laderas de un color verde sorprendente para estar en Andalucía. Y estaría orgulloso de haber llegado a la gran brecha rocosa desde la que admirar las diferentes tonalidades que las montañas dibujaban en el horizonte.

Si yo fuera un buen rover, sonreiría al recordar cómo jugamos al Tetris para llenar el coche, cómo inventamos la nueva diócesis de Pino Montano, cómo tratamos de evitar que cierto pañuelo verde acabara dentro de nuestras mochilas, cómo interpretamos lo mejor posible los papeles azules de Teresa, cómo llenamos a las lugareñas de supersticiones en torno a la sal, cómo usamos la mayonesa para todo, cómo encontramos la forma de abrir la puerta de la casa parroquial o cómo de bien superaron los rovers las pruebas de Sigue la Pista.

Si yo fuera un buen rover, estaría deseando que llegase la próxima ruta.

El misterio de la bolsa

viernes, 28 de marzo de 2008


Nadie sabe muy bien porqué, pero un fenómeno extraño ocurre en Burgos y afecta a todas las mujeres de la ciudad. Toda mujer, ya sea adolescente o mayor, que pasea por Burgos lleva una bolsa en la mano. Ya puede ser la hora de después del desayuno, a la hora de la comida o a las tantas de la noche, que las burgalesas siempre tienen la costumbre de llevar algo en una bolsa.

Puede paracer un chiste, de hecho a mi me lo pareció cuando me lo dijeron. Por eso quise comprobarlo con mis propios ojos de lince, y me quedé estupefacto cuando descubrí que esta tradición está muy arraigada. Cada vez que entro en la ciudad, lo primero que hago es fijarme si las señoras portan la oportuna bolsa. Y no falla. Por la Avenida de la Paz, por el centro o por Gamonal, las mujeres burgalesas no van por la calle sin su bolsa de rigor.

Y no puedo evitar reirme cada vez que lo veo.

De punta en blanco

martes, 25 de marzo de 2008


Casi por casualidad, esta Semana Santa he acabado yendo, como casi siempre, a Covanera, el minúsculo pueblo donde mi padre nació, en el norte de Burgos. Pero este año el frío temporal que ha azotado al norte de la Península me ha deparado una gran sorpresa, una Covanera nueva que desconocía: ha caido una gran nevada y el pueblo ha quedado completamente cubierto de un manto blanco.

Durante todo el día, el frío fue creciendo y los machuchos (gentilicio de la aldea) intentaban adivinar cuándo empezaría la nevada. Por la tarde, volviendo del Pozo Azul comenzaron a caer pequeños copos de nieve con gran intensidad. Todo ocurrió muy rápido, y en apenas 15 minutos el pueblo había cambiado por completo. Lo que antes era verde ahora se había blanqueado, encima de las casas no se veían las tejas, los coches no se distinguían unos de otros, y los árboles nos hacían creer que estábamos en Navidad. Las máquinas quitanieves empezaron su jornada y no pararon de pasar para retirar nieve de la carretera y echar sal. Y hacía mucho frío, aunque perfectamente soportable con un buen abrigo y un gorro de lana (muy al contrario que en Sevilla, donde el frío te cala los huesos).

Nunca había visto nevar de esa forma. Como decía Unamuno en uno de sus poemas, "la nieve es silenciosa", y es un espectáculo ver cómo los copos van posándose tranquilamente sin que nada se libre (llegamos a los 25 cms de grosor). El pueblo estaba hermoso, pintado de un blanco muy puro y limpio, más que el de Ariel. Y los machuchos salieron a la calle a pasear sobre la alfombra blanca (me encantó cómo crujían las botas sobre la nieve en polvo), o a lanzar bolas de nieve en improvisadas batallas (con alianzas de dudosa valía) , o a construir muñecos gigantes.



Por supuesto me apunté a todo ello, aunque lo que más me gustó fue la pista de hielo que montamos en la cuesta del Chimbo (la más alta del pueblo), donde ayudados de unos grandes plásticos nos deslizamos cual integrantes de un equipo olímpico de bobsleigh.

Difícil de entender

martes, 18 de marzo de 2008

El año pasado, mi amiga Rochelle, de Australia, se quedó a pasar unos días en Sevilla, y como quiera que vino por estas fechas, pensé que sería una buena oportunidad para enseñarle qué era la Semana Santa, una de las dos principales fiestas de la ciudad. Pero, por más esfuerzos que hice, la pobre no logró entender del todo el concepto, y al volver a su tierra me mandó un email contándome lo mucho que le había gustado Sevilla y lo poco que había asimilado estos días festivos.

No es de extrañar. Para la mente de un australiano, que vive en las antípodas a 20.000 kilómetros de aquí, tiene que resultar bastante chocante andar por una calle al lado de una persona ataviada con un antifaz largo que le acaba en un gran cucurucho del revés, con una túnica completamente negra, sujetada por un ancho cinturón de esparto, y por lo general descalzo. O ver desfilar, ante la mirada atenta de miles de personas, a toda una serie de personas con las citadas vestimentas, unos detrás de otros portando enormes y pesados cirios, sin pensar en estar asistiendo a una manifestación de miembros del Ku Klux Klan.

Nosotros porque estamos acostumbrados desde pequeños, pero Rochelle quedó profundamente impactada. Aún así, hizo sus esfuerzos por comprender la fiesta, y apreció el valor artístico de las tallas de vírgenes y cristos que se pasean en sus pasos a hombros de los sufridos costaleros. O el sentimiento de los saeteros cuando comenzaban a cantar frente a su procesión preferida.

Gracias a ella volví a ver algún paso después de muchísimos años. No me interesa mucho esta fiesta, pero sé reconocer que conmueve el respeto de los fieles durante la estación de penitencia de cualquier hermandad, la ilusión de los niños por conseguir bolas de cera y sobre todo, las auténticas obras de arte que año tras año salen a la calle para ser admiradas.

Al Pim, pi, y al vino...

sábado, 15 de marzo de 2008

Lo mejor de trabajar haciendo rutas de tapas para turistas es que te ofrece la oportunidad de conocer bares y de degustar su gastronomía. En ocasiones, dejamos Sevilla y hacemos las rutas en otras ciudades. La semana pasada fue la primera vez que fuimos a Málaga, donde la taberna que más me llamó la atención fue "El pimpi", situada en un lugar estratégico: en la plaza que acoge las ruinas del teatro romano, a las faldas de la Alcazaba árabe.

Es un lugar muy popular entre los malagueños, pues, al igual que El Perejil en Sevilla, la gente acude allí para beber vinos (sus tapas no son nada del otro del mundo). El bar, muy amplio y con multitud de salas diferentes, se atiborra por las noches de jóvenes y mayores que lo utilizan como primer punto de reunión en la noche.

Allí conocimos a Jose, uno de los camareros del Pimpi. Al parecer, José es bastante conocido en Málaga por su asombrosa capacidad de llevar las bebidas en la bandeja. Ante una comanda de 20 cosas diferentes, es capaz de organizar su bandeja, colocando ordenadamente los vasos, copas y botellas y siempre encontrando el hueco que parece imposible para que todo quepa y dar un solo viaje. Una vez que todo está dispuesto en su sitio, coloca una sola mano debajo de la bandeja y se dirige con firmeza a la mesa correspondiente esquivando a la numerosa clientela. Todo un espectáculo digno de Qué apostamos. Que no esperen mis queridos guiris que yo haga algo parecido.

Desde su humildad, Jose quitó importancia a su habilidad, y nos comentó que en El Pimpi era habitual que la gente se arrancara por palmas y flamenqueo tras dar buena cuenta de algunas copas de vino. Lo malo del asunto es que la mayoría no era precisamente pariente cercano de Camarón y los improvisados espectáculos resultaban un tanto desagradables al oido. Por eso colocaron algunos carteles disuasorios, que, si bien no han eliminado los espontáneos cantes, los han reducido en parte. Hubiera estado bien asistir a alguno de ellos, pero no nos volvimos a Sevilla lo suficientemente tarde para que el vino hubiera iniciado sus efectos.

Cambiando a mejor

domingo, 9 de marzo de 2008

Mi trabajo en Málaga del jueves pasado me otorgó un respiro de 4 horas que aproveché para visitar la ciudad. Nunca antes me había llamado mucho la atención Málaga, pero en esta ocasión descubrí una ciudad con nuevos aires: calles peatonales, obras de restauración de sus principales monumentos, nuevos proyectos (museos, el metro..), limpieza... y el placer de contar con una playa.

No es la mejor playa en la que he estado, pero disfruté en la oscura arena de la Malagueta, que comienza junto al puerto y se extiende hasta más allá de donde mi vista alcanzaba. Allí hacía frío, pero la gente aprovechaba para pasear y darse un respiro del tráfico o las obras de la ciudad. Según me contó Ana, mi mae malagueña que conocí en Costa Rica, también la Malagueta ha mejorado, en calidad e infraestructuras. Allí han implantado un parque infantil para niños y varias zonas de césped con palmeras en las que poder tumbarse a la sombra en un día de mucho sol. Y también, por si alguien no sabe dónde está, nueve enormes letras que permiten leer el nombre de la playa, que por supuesto exploté como nuevo foco de diversión con Ana y con Helen, mi compañera de trabajo.


Todo ello me lleva a pensar que Málaga está cambiando. Se está invirtiendo mucho, y eso se reflejará en mejoras en la calidad de vida de sus habitantes y visitantes. Otras deberían tomar su ejemplo.

Una mirada desde el río

jueves, 6 de marzo de 2008

Es, creo, mi lugar favorito de Sevilla. Un pantalán. Este embarcadero sobre el río en la orilla de Triana, cerca del puente de Chapina, es un lugar desde el que la ciudad se ve desde otra perspectiva.

Tumbado sobre él, la vida es tranquila, sin la barahúnda (curiosa palabra que aprendí de "Un mundo sin fin") del tráfico o las aglomeraciones. Tu cuerpo se mueve al ritmo que marcan las aguas del Guadalquivir, especialmente perturbadas cuando pasa el barco turístico camino de la Expo y cuando vuelve de regreso. El viernes pasado (un soleado día de febrero) disfruté contemplando desde allí los incontables piragüistas que practican su deporte favorito, o las personas que aprovecharon para tomar el sol o para charlar con sus amigos descansando sobre el verde césped del Capote.

Es un lugar especial, que descubrí el año pasado gracias a Lobote. Un lugar ideal para pasar una noche de verano (con el aliciente de tener que apañártelas para entrar con la puerta cerrada), o para encontrar ese bolígrafo que creías perdido. Un lugar al que siempre desvío la mirada cuando paso cerca, con ganas de volver a él a ver la vida pasar.

Sevilla a mi ritmo

martes, 4 de marzo de 2008

Algo está cambiando en Sevilla. Una ciudad anquilosada en el tradicionalismo más puro está apostando por el desarrollo sostenible con iniciativas de transporte como el metro o el tranvía (aunque a un ritmo de trabajo excesivamente lento) y la sensacional red de carriles bici que a lo largo de 77 kilómetros han teñido de verde las principales calles de la capital y alrededores.

El tráfago de vehículos en Sevilla es insoportable. Por eso alenta comprobar cómo cada vez más la gente utiliza la bicicleta para desplazarse. Es lógico, pues es un medio de transporte ecológico (no necesita combustible ni contamina), rápido (los carriles esquivan muchos semáforos y las facilidades de aparcamiento son uno de sus mejores argumentos a favor) y sano (es una forma de hacer un poco de ejercicio). Además, Sevilla, por su orografía (completamente llana) y por su clima (soleado y poco lluvioso), es un lugar propicio para el uso de las bicicletas.

Por todo ello, no llego a entender a los detractores de los carriles bici. Afortunadamente, los ciudadanos les están quitando argumentos con su masiva utilizacón de las nuevas vías. Es cada vez más frecuente ver a niños, señores enchaquetados, abuelos, guiris o estudiantes universitarios pedaleando con alegría o esperando a que se abra el semáforo de las bicis (una vez conté hasta diez bicicletas esperando junto al puente de los bomberos en San Bernardo).

A todo ello hay que sumar el nuevo servicio público de alquiler de bicicletas llamado Sevici, que permite coger una bici en una estación cualquiera de las muchas que hay esparcidas por la ciudad y devolverla en otra diferente. Hay ya más de 7.000 usuarios con el carnet anual de Sevici, y es una cifra creíble porque no hay día que no se vean circular por las calles estas características bicicletas rojas con su gracioso sonido de timbre.

Es una delicia pasear por la ciudad a tu ritmo, sin peligro alguno, y poder admirar la Catedral y la Giralda por las zonas peatonales. Me pongo contento sólo con pensarlo.

La octava maravilla

domingo, 2 de marzo de 2008

En la reciente votación internacional para elegir las Nuevas 7 maravillas del mundo (el 07 del 07 del 07, una fecha idónea para tal evento) la Alhambra de Granada se quedó a un puesto de ingresar en ese selecto club. No digo que por su belleza no lo merezca, pero en parte me alegré, pues si ya es difícil conseguir una entrada para visitar el monumento (hay que reservar con mucha antelación o hacer cola el mismo día desde muy temprano para conseguir alguna suelta, como en nuestro caso), si hubiera conseguido esa condecoración aún sería mucho más complicado acceder a su interior.

A la Alhambra no le hace falta ningún título para ser maravillosa. Desde el mirador de San Nicolás, en el barrio del Albaycín, se observa toda su magnificencia, aunque hay que tener paciencia para sacar una buena foto sin ningún japonés intercalado en la imagen. Aún así, mi visión favorita del palacio árabe la obtuve, por su novedad, desde el Sacromonte, la montaña que continúa hacia arriba el barrio nazarí. Al estar a un nivel más alto que el monumento, se contempla la Alhambra en su totalidad, como una pequeña maqueta de juguete.

La Alhambra es el reflejo de la ocupación árabe en la Península durante 800 años (que se dice pronto). Era una medina en sí misma y tenía palacios para el califa y su corte, mezquitas, jardines con mucha agua (tan importante para los musulmanes) y una fortaleza defensiva aún visitable. Lo que más impresiona es su arquitectura y estilo artístico: sus preciosos artesonados (o techos de madera), las yeserías en las paredes (me encantaría saber árabe para entender los textos que escritos tan bellamente se convierten en arte en sí mismos) o la variedad de arcos (de herradura, lobulados, de medio punto)... Me recordó muchísmo al Alcázar de Sevilla, cosa lógica ya que son construcciones coetáneas (comparten incluso salas comunes como el Salón de los Embajadores). También coinciden en que, tras la Reconquista, los reyes cristianos los usaron como residencia real, y Carlos I no dudó en dejar su huella con un enorme palacio en medio de la Alhambra que desgraciadamente desentona con su entorno.

España expulsó definitivamente a los árabes en 1492, siendo Granada y la Alhambra el último reducto por conquistar. Boabdil entregó las llaves de la ciudad y se fue con lágrimas en los ojos al volver la vista atrás y contemplar que había perdido la Alhambra. Normal que llorara. Nunca volvería a visitar esta maravilla del mundo.